MADRES CON CARRITO

1 Abr

 

Madres con carrito 

A pesar del esfuerzo de los centros comerciales, conmigo no lo consiguen: la primavera siempre me coge desprevenida y un día, sin darme cuenta, ya es Domingo de Ramos.

Mis hijos se suelen levantar siempre canturreando el viejo refrán “Domingo de Ramos, Domingo de Ramos: al que no estrena algo se le caen las manos”, lo que me provoca un complejo de culpa tremendo porque Sevilla entera se echará a la calle luciendo sus estrenos primaverales y yo, un año más, no cumpliré el rito.

Cuando hoy me asomo al balcón compruebo que, en efecto, la calle ya está llena de familias impecablemente arregladas. Muchas son madres jóvenes que estrenan trajes de chaqueta color crema, rosa palo, azul cielo…y unos zapatos de tacones enormes con el talón al aire que me producen frío y dolor de pies nada más mirarlos. Sus niños van vestidos con trajes de terciopelo y encajes, calcetines de perlé calados y relucientes zapatitos de charol. Si son niñas llevan lazos de raso, tiesos como estandartes, en unas coletas de donde no se escapa ni un pelo (desde mi casa huelo los litros de colonia que los mantienen a raya). Y los maridos no se quedan atrás luciendo ternos perfectamente planchados.

Son solo las 10 de la mañana. ¿A qué hora se ha tenido que levantar esta mujer para poder salir con toda la familia así de impecable a la calle? Nosotros todavía estamos en pijama desayunando.

Me invade la vieja sensación de que siempre llego tarde a todo, pero me animo: al fin y al cabo hoy es un día de fiesta. Rezando porque quede algún calcetín sin usar de la última vez que fui al hiper, empiezo a revolver los armarios de los niños: un chándal algo más nuevo, un pantalón de vestir que probablemente le quede corto desde la última vez, mocasines rozados por las punteras… Por fin, bastante entrada ya la mañana, mi familia sale a la calle para disfrutar de otro Domingo de Ramos.

Decidimos introducirnos en el ambiente sobre la marcha, visitando primero la iglesia del barrio donde ya se ha formado una cola de cuarenta minutos. A nuestro lado un señor cojo de repente se cae al suelo. Mi hijo pequeño, sentado en el carrito, se ha agarrado a su muleta y cuando la cola echó a andar de nuevo, se la arrancó de las manos. Lo ayudamos a levantarse pidiéndole mil disculpas, pero la cara sonriente del niño nos quita toda credibilidad. Afortunadamente, el señor cojo tenía buen carácter y no se enfadó.

Ya en el interior de la iglesia, no sé si fue por la penumbra, el ambiente sagrado o el colorido de las flores, pero los niños empezaron a preguntar todo lo que se les ocurría sobre los pasos.

–          Bueno, sí, bastante antiguo… sí – contesto yo.

A mi alrededor un ejército de cofrades enchaquetados en azul marino con medallas de plata colgadas del pecho, me observan, no sabría distinguir si con indignación o con pena. Mis hijos siguen preguntando obedientes justo en esta ocasión, a una de las consignas de la casa: hay que desarrollar la curiosidad. Hasta que un cofrade, muy amablemente, me indica que si lo deseo puedo adquirir la “Guía completa de la Hermandad de la Hiniesta”.

El resto de la mañana y parte de la tarde, transcurrieron plácidamente entre colas de iglesias y bares a reventar, donde puedes haberte peleado por una mesa para luego comprobar que acaban de cerrar la cocina y solo les queda queso. Pero al atardecer, hay que posicionarse para las cofradías de la noche.

Cuando llegamos, ya está todo el mundo colocado en las aceras ocupando las primeras filas. Como tengo comprobado que la solidaridad entre madres con carritos es algo tácito, en una zona donde había varios me atreví a incorporarme. Rápidamente me hacen un hueco.

–          Digo, pues claro que cabemos todos. Pon bien al niño para que vea.

Dos golpes de melena cardada hacia atrás, un ajuste de la chaqueta, y el pecho para delante. ¡Qué poderío!

–          Los niños son lo primero – me dicen.

Fui capaz de percibir ciertas miradas suspicaces hacia mi atuendo, no excesivamente esmerado para un Domingo de Ramos, pero la presencia de mis tres hijos me otorgó credenciales de sobra para entrar en el privilegiado club “Madres con carrito” y gocé de su beneplácito.

Sin embargo una señora mayor no estaba conforme con la situación. Después de invertir, junto a su marido, muchas horas de espera, vio peligrar su situación de privilegio por nuestra culpa.

–          Si pero, eso no es así. ¡Los niños, los niños! ¿Y las personas que llevamos aquí más tiempo? Ahora resulta que yo no voy a ver nada.

¡Destapó la caja de los truenos! Aquello se convirtió en un debate público, donde mis colegas madres se emplearon a fondo.

–          Sí, vamos, ¡con lo que viene ésta ahora! ¡Pues no dice que le molestan los niños!

Aquello era poco menos que una blasfemia.

– ¿Qué pasa?- les preguntaban los maridos desde atrás.

–          Esta, que quiere ponerse ella la primera. Dice que estaba antes.

–          Digo, ¿Y qué quiere? ¿Qué no haya niños?

–          Claro, como ella ya tiene la matriz seca…. Pero ¿y las demás qué?

–          ¡Tendremos que parir!

Lo peor es que me miran para que intervenga también apoyando la causa, pero yo sonrío, muevo afirmativamente la cabeza sin mucho entusiasmo… Soy consciente de que las estoy decepcionando, esperan de mí más energía en la refriega porque por edad y circunstancias mi bando está clarísimo, pero me da pena de la señora que tenía ilusión en ver de cerca a su virgen. Además cuando envejecemos todos nos convertimos un poco en niños; y sobre todo estoy horrorizada, porque éstas son capaces de ponerme a parir allí mismo, y en el sentido mas literal del término.

Finalmente en esas bullas cada uno se acomoda, y una vez consolidado el sitio, nadie te discute la propiedad de tu medio metro cuadrado.

Cuando después de casi una hora de espera apareció el paso de Cristo, la música y el olor del incienso aplacaron definitivamente los ánimos. La oración en el huerto, con su olivo incluido y sus figuras vestidas de antiguos judíos se mecía al compás de las trompetas. El capataz da la orden de parar justo frente nosotros y tan inmensa suerte fue celebrada por todos con una explosión de aplausos. Ese fue el momento que me hijo eligió para pedir pipí.

–          Espera un poco, ahora no puedo.

–          ¡Pipí, mamá, pipí!

–          En esta acera no hay ningún bar, y no podemos cruzar porque el Cristo esta ahora mismo delante de nosotros.

Ese tipo de razonamientos no los entiende un niño de 2 años, sobre todo cuando llevas meses celebrando como una fiesta cada vez que te pide el pipí. Empezó a berrear tratando de quitarse las correas del carro.

–          Es que está aprendiendo a pedir el pipí -lo disculpo.

Nuevamente salen en mi defensa las madres:

–          ¡Natural!

–          Como le estoy quitando los pañales…

–          Tu no te preocupes, pide paso que nosotras te guardamos el carro.

–          ¡Tendrá que orinar la criatura¡

–          Me permite…. por favor,… me permite.

Si alguno de ustedes ha intentado cruzar la multitud que se apelotona delante de un paso de Semana Santa en Sevilla, no tengo que explicarles nada; pero si no, les diré que el único suelo disponible es estrictamente el que ocupa la suela de los zapatos, y a veces, ni ése.

Cuando llegué al servicio del bar en la acera de enfrente varias mujeres estaban esperando, y en lo que se refiere a necesidades fisiológicas, la solidaridad deja mucho que desear. Así que una vez terminada toda la operación, el paso con su banda de música iban ya calle abajo, y yo me quedé sin verlo.

La Virgen llegó mecida, aplaudida, piropeada. Una marcha, ruidosa y alegre, la traía bailando desde que volvió la esquina; y al terminar, alguien desde un balcón se lanzó a cantar una saeta.

Este es el momento mágico que todos hemos esperado, cuando el espacio y el tiempo desaparecen y puede ser una noche de primavera de cualquier año. En el aire, quieto y casi cómplice, solo se escucha la saeta, el compás de los barales y el arrastre en el suelo de las zapatillas de esparto de los costaleros… Hasta hoy, que otro sonido procedente del carrito, comenzó a oírse.

– Ayyy, ayyyy, ayayayyy- toma aire- yayay- mas alto- ñai, ñai ñai….

Debo aclarar que él siempre ha sido un niño muy sociable y participativo, con la enorme virtud de integrarse perfectamente en todos los ambientes a los que va. Debió deducir que en ese momento lo que había que hacer era cantar, o más bien quejarse, muy alto y con mucho sentimiento.

Los ojos vidriosos, la emoción contenida, el arrobo espiritual se esfumaron porque el momento mágico se ha roto. Comenzaron los “¡Shiiis!” destemplados y las miradas de reprobación. Esta vez, para mi desgracia, no tengo la protección de las madres. Lo que está haciendo el niño no tiene excusa, y la culpa es decididamente mía, porque ha quebrantado una regla, no escrita, que todo buen sevillano debe aprender desde su más tierna infancia: respetar los símbolos religiosos de la ciudad.

Cuando me giro para buscar a mi marido, está muerto de risa, lo que hace todavía más insostenible nuestra situación. Me hace un gesto con la mano que entiendo como: “Vámonos de aquí antes de que nos peguen”. Así que nos hemos vuelto a casa entre aliviados y avergonzados, y decidimos a que, por el momento, es mejor disfrutar estas vacaciones de otra manera.

Lo dicho: a mí la primavera siempre me coge desprevenida.

*************

Esto lo escribí hace años, cuando era una “madre con carrito”. Ahora mis hijos salen en enormes pandillas de adolescentes, que se mueven por la ciudad como gansos en migración, y me critican que ellos son los que menos saben de Semana Santa. No controlan los recorridos de las cofradías, ni tampoco, terrible delito, saben diferenciar una Virgen bajo palio de otra. Y todo eso es por mi culpa, por mi manía de llevarlos cuando eran chicos a la playa en Semana Santa.

En fin…, ¡Feliz Domingo de Ramos!

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