TERRITORIOS QUE HABLAN

25 Ene

bar cristales hooper

 

TERRITORIOS QUE HABLAN

Desde que decidí tomarme más en serio esto de la literatura, he intentado aprender, y sigo haciéndolo, todo lo que puedo sobre el oficio de escribir. Entre los decálogos que caen en mis manos y los apuntes de creación literaria que encuentro, observo una enorme cantidad de referencias a la descripción del espacio, con consejos frecuentes cómo: “nuestros personajes habitan en un lugar y tiempo concretos”, “el espacio sirve para mostrar la acción social”, “se deben imaginar detalles descriptivos” …, y muchos otros sin duda muy útiles que aprovecho para leer, pero que siempre me suenan a un intento de concluir, de una manera aseada, un trabajo tedioso, como si el espacio fuera un añadido molesto pero necesario para la acción narrativa.

Sin embargo, en mi caso desde el principio descubrí que me condicionaba la visibilidad, y que no tengo que hacer grandes esfuerzos para mover a los personajes por una casa o por las calles de una ciudad. Es más: es que sin espacio no tengo personajes. Nunca están en el aire, sino perfectamente anclados en un territorio, por lo que necesito, si ya existe, verlo, y si no, fabricarmelo con un collage artesano de fotos y dibujos, y con pequeños mapas donde sitúo la carretera, con sus puentes, por la que conducirá el protagonista para ir a su trabajo, el río que los separará como una frontera, el centro comercial donde estará la cafetería cuyas tazas de loza blanca serán testigos de sus conversaciones… Entonces es cuando ellos aparecen, y se colocan en el territorio unos más cercanos y otros más alejados entre sí, y resulta que esas distancias también significan algo en la trama, y es el propio espacio el que me lo va descubriendo. Porque si alguien vive en ese lugar tiene que hablar, comer, respirar, vestir y amar de una determinada manera: me aparecen personas perfectamente nítidas con sus pasados a cuestas, los mismos que han sido cobijados por esos lugares.

Quizás por eso, y salvando todas las distancias imaginables entre él y yo, me gustan tanto los cuadros de Edward Hooper, porque él no solo pinta la luz, los muros o los cristales, sino que esos muebles de los años cincuenta, esos relojes en sombras con números y agujas grandes, esas cortinas pesadas de terciopelo hasta el suelo, o esas cristaleras de bares solitarios… están contando una historia, a la que además hemos llegado siempre empezada y siempre inacabada, para provocar nuestra desazón y obligarnos al trabajo de observar mejor. Sus espacios, por sí solos, reproducen perfectamente todos los consejos que nos dan los catálogos de literatura creativa. Quizás sea eso lo que le convierte en un pintor tan cinematográfico: sus territorios son relatos.

Ya me gustaría a mí conseguir, algún día, lo mismo con las palabras.

Hopper-through-window

 

 

 

 

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2 comentarios to “TERRITORIOS QUE HABLAN”

  1. Anónimo 30 enero, 2013 a 18:07 #

    Ciertamente “sus territorios son relatos”…

  2. josefina. 6 junio, 2013 a 19:06 #

    Todo se configura dentro de un espacio,aun estando fuera de Órbita.

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