Ninguna historia es inocente

18 Jul

Hay un libro que recomiendo a quien se tome un poco en serio esto de escribir, “El guión” de Robert McKee. Yo lo he empezado este verano y, además de admiración, me está llenando de gratitud, porque parece que se ha instalado en mi cabeza para resolver todas las dudas que venía arrastrando en la novela que ahora tengo entre manos.

Aparte de trabajar la estructura, los personajes, el tiempo…,  (todo interesantísimo) McKee sustituye el término “tema” por el concepto “idea controladora”, que viene a ser una frase donde queda concentrado el mensaje profundo de la historia. En una idea controladora hay dos parámetros: el valor en juego, como el amor, la muerte, la felicidad, la justicia o el destino; y la causa, que completa positiva o negativamente al anterior, de forma que uniendo ambas podemos enunciar una sentencia ( y tomo algunos ejemplos del texto): “el amor está por encima del dinero” (Titanic); “la justicia triunfa porque el protagonista es más listo que el criminal”(Colombo); “el odio nos destruye cuando tememos al sexo contrario” (Amistades peligrosas). McKee nos aconseja que pensemos voluntariamente en contraideas, las opuestas a la que queremos transmitir; de esta forma estaremos seguros de que nuestra idea triunfará (llegará al espectador/lector) no porque hemos escrito aferrados a ella, sino porque ha superado esas fuerzas poderosas contra las que se ha enfrentado.platon

Ahora podríamos temer que imaginar una idea controladora es muy difícil, pero McKee nos anima. Él considera que cualquier historia funciona siempre que envíe un mensaje capaz de penetrar en nosotros, y lo ilustra nombrando a Platón, quien pidió a los gobernantes de Atenas el exilio de todos los poetas y cuentacuentos por ser una amenaza contra la sociedad. Los escritores trabajan también con ideas, pero no como los filósofos, ya que las ocultan dentro de seductoras historias cargadas de emoción. Y la amenaza no surge de las ideas sino de las emociones, porque el pensamiento se puede controlar y manipular, pero la emoción remueve las voluntades de forma impredecible.

Por eso todos los tiranos cuando se hacen con el poder instalan la censura contra escritores.  “Platón insistía en que los narradores eran gente peligrosa. Tenía razón” (Pág 166).

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