Comida para Nessie

27 Sep

En el autobús viajaban turistas de varias nacionalidades: italianos, alemanes, chilenos, indios, estadounidenses…, y los consabidos orientales, entre los que destacaban por su comportamiento extraño una pareja de adolescentes surcoreanos. Ella tenía el pelo largo y lacio con flequillo, vestía una chaquetita rosa brillante y falda corta, a pesar del frio otoño escocés; el chico, con gafas y sobrepeso, parecía un muñeco tierno y asexuado al que tirarle pellizcos en los mofletes. No hablaban con nadie, casi tampoco entre ellos, enfrascado cada uno en su móvil.

El recorrido desde Edimburgo hasta las Highlands estuvo amenizado por un conductor-guía alto, rubicundo, socarrón, y algo excéntrico, que hablaba un inglés perfectamente entendible además de los idiomas de todos los presentes. Mientras conducía, era capaz de criticar continuamente a su gobierno a la vez que nos hacía preguntas a gritos, con un vozarrón recio y potente imposible de eludir, de nuestra tierra: “¡Ah! Sevilla, a mí me llovió en Sevilla, ¡Peor tiempo que en Escocia!”. Y no había discusión posible, a pesar de que nuestros cuerpos todavía recordaban la última ola de calor. Así fue pasando revista a todos los tópicos de los diferentes países y cuando le llegó el turno a los surcoreanos, éstos ni le contestaron ni le miraron. Él no volvió a dirigirles la palabra.

En un viaje de casi 5 horas, atravesamos todos los lugares emblemáticos de las luchas escocesas contra el ejército británico, William Wallace incluido, en las que siempre murieron muchos más ingleses de los contabilizados oficialmente. Observando aquellas tierras inhóspitas, rodeadas de montañas todavía heladas por las que corrían ríos salvajes entre las rocas, esos páramos yermos, sin arboles, solo con hierbas agrestes comidas por unas vacas gordas y lanudas, te podías imaginar a sus habitantes luchando feroces contra cualquier invasor, y a los romanos decidiendo olvidarse de ellos detrás del muro de Adriano.Lago Ness

Lagos de todas las formas y tamaños, zonas pantanosas,  ciénagas, se sucedían hasta que finalmente llegamos a nuestro objetivo: el famoso lago Ness. Largo, estrecho, con las rocas de los fondos color negro, sus aguas eran oscuras, y además en aquellos momentos ya estaba iluminado solo por la zona del sur. Un embarcadero, un castillo derruido, con historias de luchas y realezas que se asomaba a su orilla, y una tienda de suvenires a reventar de objetos con la imagen de Nessie, eran las únicas señales de humanidad que lo rodeaban. El conductor-guía nos informó de las tres posibilidades: crucero, crucero con castillo o nada. “Y cuando digo nada es nada, porque no hay nada”, advirtió. Cada uno escogió su actividad preferida, salvo los adolescentes coreanos que dijeron: “Nothing” El guía les espetó con brusquedad: “Hey man, nothing is nothing!” y ellos asintieron. Todos nos volvimos a mirarlos. Si después de aguantar un viaje de 5 horas no querían visitar nada ¿a qué habían venido?

El barco del crucero navegó por esas aguas sombrías mientras una grabación nos contaba los avistamientos contabilizados del monstruo, más de los que la gente creía, y los extraños movimientos de agua que algunas veces se producían en la superficie. Mientras, el viento frío te enredaba el cabello, y las nubes descargaban una lluvia fina,  o bien pasaban como hilachas por delante del sol, dándole al castillo un aire doliente, el de aquellos honores perdidos que los señores medievales tuvieron que defender, y a su sombra, deformada por las olas sobre el lago, la posibilidad de resucitar entre la bruma.

Volvimos al autobús para el regreso, pero en los asientos de los adolescentes coreanos solo estaban sus móviles apagados. Eso significaba que ni podrían llamar en el caso de que se hubieran perdido ni tampoco el conductor podría contactar con ellos. Este llamó a la oficina central por si allí habían recibido algún aviso, negativo; llamó al otro autobús de la misma compañía que hacía la ruta con media hora de diferencia por si los había visto andando en la carretera, negativo; preguntó en la tienda de suvenires, negativo; llamó de nuevo a su oficina central, donde recibió ordenes de esperar a la policía. Cuando esta llegó requisaron los móviles y finalmente nosotros partimos.

Al cerrar la puerta del autobús el conductor dijo con su voz bronca:

— Comida para Nessie.

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Una respuesta to “Comida para Nessie”

  1. carmenjuanfco1@telefonica.net 29 septiembre, 2013 a 15:31 #

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