Nuevos dioses en viejas hornacinas

30 Abr

Reyes García-Doncel escritoraTodos hemos sido alguna vez turistas, esa categoría de persona que se caracteriza por estar permanentemente andando y haciendo fotos. Las ruinas viejas, porque las hay también nuevas, te evocan los valores del mundo en el que fueron construidas. Desde un sencillo y olvidado teatro invadido por margaritas, hasta uno grandioso a las faldas de un volcán nevado, como los que visité la semana pasada, reflejan las escalas de poder humanas y divinas, los miedos, los anhelos de los pueblos que los construyeron.

A finales del siglo XIX y principios del XX, la intelectualidad europea ya había descubierto el teatro griego de Taormina (Sicilia), un lugar en el que a la vez que contemplas la representación, el Mediterráneo azul verdoso se extiende a tus pies, y el monte Etna invade el horizonte tras el escenario. Lugar paradisiaco donde los haya. Por eso los dioses también estaban allí.

Según mandaba la antigua jerarquía, un piso más arriba de los asientos de la cávea se situaba la hilera de hornacinas donde las estatuas de los dioses custodiaban, o amenazaban, por encima de sus cabezas a los mortales. Los dioses griegos eran vengativos, lujuriosos, soberbios, borrachos…y controlaban un destino inevitable, muy a menudo catastrófico, para los hombres. En definitiva, eran protagonistas en el teatro de sus vidas.00005

Veinte siglos después, el lugar está invadido por turistas que saltan sobre las piedras milenarias fotografiándolo todo, compulsivamente. Japoneses fotofóbicos tapados hasta la neurosis bajo sombrillas, junto a jubilados anglosajones encantados de tener la oportunidad de vestirse con sandalias y camisas veraniegas… A veces, uno de ellos se sienta en la hornacina que perteneció a un dios, o a una diosa, ya irremediablemente vacía porque su estatua se destruyó o fue encerrada en un museo. Los dioses no existen, solo tenemos diosecillos, cuyo poder reside en la tecnología. El de Cronos sobre el tiempo, el de Artemisa sobre la naturaleza, el de Apolo sobre la música… a golpe de click. Porque todos poseen instrumentos con los que pueden volar más rápido que Eolo, almacenar miles de poemas cantados, y sus mensajes llegarán a más velocidad de lo que Hermes, el de los pies alados, jamás pudo soñar.

O quizás no. El verdadero poder de los turistas es el económico: son la salvación de las economías mediterráneas. Los adoramos, los veneramos, los agasajamos… Nos interesa que vengan a fotografiar el teatro con sus cámaras de última generación, que se alojen en hoteles situados en los parajes con las vistas más privilegiadas… Y aunque sean diosecillos, pueden ocupar un espacio en el Olimpo de las hornacinas que adornan el piso superior.

Pasarán los siglos y otros dioses vendrán a ocuparlas. Me encantaría saber quienes serán.

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