Paseos por Cádiz

5 Oct

 Paseos por Cádiz20151002_170655 (1)

“Esperanza era una gitana joven, con trenza negra y zarcillos de oro, que me asignó el padre Gabriel para enseñarle a leer. “Seguro que te llevas bien con ella -me dijo-. Es así como tú: nerviosa y presumida.” Me comprometí a ir tres veces a su casa, en realidad a su habitación dentro de una casa de vecinos, en la que siempre olía a mezcla de café y puchero; sobre todo el hule de flores y cuadros que cubría la mesa donde ella se esforzaba con las letras. Mientras dábamos clase, sus niños corrían alrededor y Esperanza se levantaba cada poco a limpiar mocos o chillarle a alguno. ” (Sin noticias de Acuario página 17)

Esto ocurría en tardes lluviosas de un otoño lejano. He vuelto a recorrer las calles que rodean la catedral, y he encontrado aquella casa de vecinos, ahora restaurada, donde al entrar ya no te hundes en la oscuridad de patios cegados o en el olor de las ollas, sino que el antiguo palacio se muestra luminoso bajo la montera de cristal. Esperanza posiblemente vivirá en un piso de la avenida, cuidada por sus mocosos, ya no tan niños. Me gustaría que al cabo hubiera aprendido a diferenciar las palabras acero, asiento y azul, que a mí tanto me preocupaban y que ella pronunciaba invariablemente con el sonido s.

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