PATRIA

26 Ago

Fernando Aramburu

Tusquets Editores

 

 

Hay quién aprieta el gatillo, quién jalea el disparo, también quien calla y sobre todo quién tiene que aprender a vivir sin un padre, un hermano o un marido. ¿Cómo se afronta la vida tras un atentado terrorista? Fernando Aramburu, con evidente conocimiento de causa, desciende en su novela “Patria” hasta la cotidianeidad doméstica de víctimas y verdugos, nos muestra las comidas, las fiestas del pueblo, las estaciones del año, la omnipresente lluvia, el campo y el mar de Euskadi bajo la terror de ETA.

Lo primero que comprobamos es que la sombra de un atentado es alargada. A partir de ese día, de ese segundo, el universo interior y exterior de la víctima cambia: desde no poder estudiar en tu tierra —mejor fuera y sin decir que se es hija de asesinado—; a la formación de una pareja —excluyente por mucho que te atraiga si el otro es abertzale—; hasta la negación misma de la felicidad —preciosa la escena donde Xabier fantasea, entre vapores etílicos, con la vida amorosa que pudo tener y no tuvo, atrapado en una tela de araña del techo que alguien olvidó limpiar, igual que él está en su pasado—. Esa sombra se instala entre los dos hermanos, que evitan hablar de cómo se sienten, o incluso asistir juntos a una conferencia sobre el tema. Además del dolor por la pérdida del padre, la vergüenza. Las víctimas estorban, están señaladas, o renombradas, como la viuda Bittori a la que llaman La loca porque ha decidido volver a su casa en el pueblo: una luz encendida y un geranio en el balcón tienen más poder que las bombas y los disparos de sus verdugos, los que ahora susurran, con tremenda distorsión de la realidad: “viene a causar problemas”, “somos víctimas de Estado y ahora somos víctimas de las víctimas”. 

Victimas, verdugos… y por supuesto los testigos mudos, porque ningún acoso es posible sin la colaboración, o la omisión de ayuda, del resto: en tiendas, bares, en la calle, hay a quién le gustaría saludar al señalado cuando todavía está vivo, ir a su entierro cuando muerto, pero no lo hacen, por miedo, o porque una vez que tu nombre aparece pintado en la pared el cerco se cierra, y algo habrá hecho, dicen hasta los amigos cercanos. Sociedad policial, donde unos vecinos se vigilan a otros, se espían los horarios, quién habla y quién no euskera —interesante la utilización del euskera como arma arrojadiza—… y, a veces, se informa a los terroristas.  El autor consigue trazar un panorama representativo de una sociedad sometida al terror: “En nombre de la patria, un puñado de gente armada, con el vergonzoso apoyo de un sector de la sociedad, decide quién pertenece a dicha patria y quién debe abandonarla o desaparecer”, puesto en boca de un escritor, alter ego de Fernando Aramburu, en la novela.

Miren, la madre del terrorista, dura e implacable, tiene la mente cerrada a una sola idea: defender a su hijo, para lo que ha de defender también la causa de su hijo, incluidos los asesinatos, con consignas aprendidas —opresión del pueblo vasco, lucha armada necesaria—, que repite sin titubear aunque los muertos sean sus amigos entrañables. Se vuelve abertzale, siempre la primera, la  más concienciada, la que más chilla en las manifestaciones. Todo por su hijo favorito, incluso se enfrenta al sensible Gorka y la sensata Arantxa, por el gudari Joxe Mari, hombre de acción a quién no le interesan las teorías políticas, solo unas ideas básicas que asume y defiende sin fisuras, y del que asistimos a sus inicios en la kale borroka, su integración en un comando, y su reclusión en la cárcel, donde las consignas se van quedando vacías, y debe enfrentar la realidad de que ha echado a perder su vida, ahora no sabe muy bien porqué.

El autor también deja muy claro el papel que tuvo la iglesia en la figura de relamido sacerdote Don Serapio —al que le huele el aliento, metáfora clara del fondo podrido desde el que ascienden sus palabras—, que alienta a los jóvenes a la lucha pero luego predica la paz, que acoge las quejas de los verdugos y se convierte en un acosador más de las víctimas: “Que no vengas al pueblo, que otros también ha sufrido, que otros también necesitan que les pidan perdón” le insta a Bittori; y en equidistancia, retrata el papel torturador de las fuerzas del estado, sin falsas componendas, con meridiana claridad. Pero Bittori es tan tenaz como sus verdugos, necesita saber quién disparó a su marido, “limpiar de pus la herida para que sane”, necesita que le pidan perdón.

Aunque el escenario sea Euskadi y la época los años duros del terrorismo etarra, Fernando Aramburu ha conseguido mostrar de forma universal cómo es el sufrimiento, sus consecuencias físicas y psíquicas, que unos hombres provocan a otros. Una novela apasionante, valiente, que remueve las convicciones y que merece ser leída.

 

Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) es licenciado en Filología hispánica. Considerado como uno de los narradores más destacados en lengua española es autor de las novelas Fuegos con limón (1996), Los ojos vacíos (2000), “El trompetista del utopía” (2003), “Bani sin sombra” (2005), “Viaje con Clara por Alemania” (2010), “Años lentos” (2012)  VII Premio Tusquets editories de Novela y Premio de los Libreros de Madrid,  “La gran Marivián” (2013), y “Ávidas pretensiones” (2014) Premio Biblioteca Breve 2014. Como cuentista así mismo ha publicado diferentes volúmenes. 

 

 

 

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4 comentarios to “PATRIA”

  1. Elena Marqués 26 agosto, 2017 a 18:23 #

    Lo cogí con reticencias. Pensé que me iba a encontrar con un libro moralista o duro o algo para lo que no estaba preparada. Me agarró desde el primer capítulo. La prueba es que no tardé nada en leerlo. Hacía tiempo que no encontraba un texto en que se describiera tan bien a los seres humanos. Sencillamente admirable.

    • universointroito 26 agosto, 2017 a 19:26 #

      A mí también me atrapó desde el principio, y me ha recordado mucho todo lo que estuve reflexionando sobre el acoso cuando lo describí en mi novela. “Patria” es conmovedora, no te deja igual después de lelerlo y muy valiente.

  2. riberaine 27 agosto, 2017 a 8:43 #

    El país Vasco está mejor ahora,aunque todavia queda mucho por recorrer

    • universointroito 27 agosto, 2017 a 11:25 #

      Imagino. Pero el acoso de los prepotentes es algo que se sigue dando, no solo en el País vasco. Un saludo

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