El hoy es malo pero el mañana es mío

14 Oct

Salvador Compán

Editorial ESPASA

En un estado represivo, donde los ciudadanos no pueden tomar decisiones libres, los niños dejan de crecer —como canta el poema de César Vallejo al que a menudo se alude durante la obra— y paradójicamente, los adultos permanecen infantilizados. La novela de Salvador Compán se desarrolla desde el comienzo de la guerra civil hasta los años sesenta, donde un tímido comienzo de modernización y apertura —simbolizado por los primeros pantalones vaqueros y la visita de algunos turistas—, no impide el dominio de la cerrazón moral y política que sigue estigmatizando a los que no comparten la ideología de los vencedores. Vidal Lamarca, un adolescente de familia anarquista, aficionado al dibujo, es apresado al finalizar la guerra civil, pero salva su vida mediante una traición, “… las miradas lo seguirán empujando hasta el fondo de otra cárcel, dentro de la cárcel”, que junto a la pérdida de su primer amor, Clara Hervás, se convierten en la atormentada culpa que le impedirá conseguir una vida plena.

La acción se desarrolla en Daza —acrónimo de Úbeda y Baeza— donde el autor nos brinda magníficas descripciones de la aburridísima y asfixiante vida de un pueblo andaluz en los años sesenta “como al resto del país, a la localidad le sobraba pasado”, y en el que triunfan personajes como Sebastián Lanza, el mentor maléfico que a cambio de redimir a Vidal ante las autoridades franquistas le exige fidelidad; que está bien relacionado entre los dominantes; dedicado a oscuros negocios posibles por la hambruna generalizada de la posguerra; que tiene inconfesables sentimientos hacia Vidal, pero es un entusiasta cumplidor con la Patria y la Iglesia. Muy interesante la imagen del viejo camión soviético ZIS-5, reliquia y símbolo de la guerra ya oxidada pero todavía presente que Lanza quiere resucitar a toda costa. En contrapartida a esta influencia negativa, aparece Rosa Teba, la mujer del nuevo director de una sucursal bancaria —guapa, culta y moderna— con la que inicia un amor adúltero pero liberador en la puritana y reprimida Daza.

Utilizando una interesante estructura en capítulos —cada uno comprende a un intervalo histórico— es Pablo, un adolescente también con aficiones pictóricas, quién nos cuenta su vida y la de Vidal en paralelo: su despertar sexual: “erotismo varado en los codos de las chicas”; su educación: “estudiábamos con lápices sin punta y, más que ideas, nos metían en el pecho ese ruido anciano del que advertía César Vallejo”; y su aprendizaje de la pintura, a la vez que Vidal se va liberando de su culpa. Al principio se nos aparece como un personaje enigmático e inquietante que guarda un pasado oscuro, pero será en el capítulo dedicado a 1936 cuando comprendamos ese pasado que condiciona el presente de los años sesenta, y como para él no ha acabado la guerra, no ha salido de la cárcel: “imitará a sus carceleros, tendrá que abandonar lo que él es y ser otro en contra de sí mismo. Ser otro peor de lo que es”.

Parte de la historia se cuenta a través de una novela gráfica y autobiográfica, que Vidal está dibujando y Pablo leyendo. Es un recurso narrativo interesante y muy visual, que además permite tanto los saltos en el tiempo como dar información condensada. Hay imágenes importantes: Clara Hervás represaliada, la despedida de sus padres antes de estallar la guerra, la descripción de Sebastián Lanza y, por supuesto, aquella que pretendía ser la imagen final de la novela y que no desvelaremos aquí. En un estilo fluido, con un lenguaje poético, rico y preciso, el autor demuestra conocimiento de la naturaleza humana: “esa especie de autoridad que le concedemos a todo lo bello”, “como era muy joven y miraba el mundo a través de primeros planos”, ¿adónde vas si no vas contigo, si es tu cuerpo y no tú el que salvará el pellejo?; nos muestra el horror de la guerra y de la posguerra; el retorcer de la Historia en la que los republicanos son los rebeldes y el delito de sedición llega hasta 1934: “como si por una lógica de lo perverso dictara que el Movimiento ya existía mucho antes de haber nacido”.

Por último, destacar algo más en esta recomendable novela: como el autor traslada a los personajes su afición por la pintura, las interesantes reflexiones que al hilo de ella realiza: “Crear es parecido a arar: hay que levantar la realidad y removerla hasta que nos enseñe sus raíces”, “Para pintar no hay que ver sino mirar, y para mirar a fondo solo te vale conocer las cosas con los ojos de la cultura y el arte”, que constituyen su particular desiderátum sobre el proceso artístico y que yo asumo como buena aprendiza para aplicarlo la creación literaria.

Salvador Compán nació en Úbeda (Jaén). Su biografía esta marcada por la enseñanza, la narrativa, los artículos de prensa o las colaboraciones en radio. Sus aficiones tienen que ver con la pintura. Tiene publicados relatos en <<Cuídate de los poemas de amor>> (Almuzara, 2007) , y sus reflexiones sobre la provincia de Jaén en un ensayo:  <<Jaén, la frontera insomne>> (Fundación Lara 2007). La mayoría de sus novelas han conseguido reconocimientos literarios entre los que destacan el Premio Andalucía de la Crítica por <<Un trozo de jardín>> (Algaida 1999) y el de Finalista del Premio Planeta por <<Cuaderno de viaje>> (Planeta 2000).   <<El hoy es malo pero el mañana es mío>> es su séptima novela.

 

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