MADEIRA 1: Vuelo a Funchal

8 Nov

El Vasco de Gama es un largo tránsito entre la niebla rodeado por farolas de luces amarillas. A las 3,30 de la madrugada en el aeropuerto de Lisboa me llama la atención la cantidad de gente durmiendo por los suelos, ¿es que no hay suficientes bancos? El cambio horario con nuestros vecinos me regala una hora más de espera, yo también intento dormir, pero las puertas de embarque se van llenando o vaciando de viajeros al son de los altavoces, las llamadas de aviso son continuas y repetidas en tres idiomas, el sonido de las ruedas de los trolleys, las conversaciones a gritos… A las 6,30 empiezo a no soportar la suciedad de mis manos, del foulard con el que intento sin éxito defenderme de la luz y, por supuesto, de los duros bancos de plástico. No hay un lugar tranquilo para dormir, así que desisto, pero mis propósitos de aprovechar el tiempo leyendo los apuntes de la imagen poética también se estrellan en mis ojos enrojecidos. Mejor bajar los párpados, no hay nada fuera de ellos lo suficientemente importante —puede que tampoco dentro— pero ahora solo toca esperar. Hasta que por fin el deseado numerito para el embarque aparece en pantalla. Entonces, toda esa desidia se convierte en prisas y movimientos compulsivos… y es cuando llega el instante del pánico: ¿dónde está la tarjeta de embarque? Palpo todos mis bolsillos: ¿habré perdido, a lo largo de los numerosos lugares por donde me he arrastrado, el salvoconducto que me permitirá liberarme de esta cárcel acristalada?

Amanece en una Lisboa rodeada por nubes, aún así puedo ver los tejados rojos, el enorme y verde estadio del Sporting, y algunos parques y avenidas. El mar pronto se hace dueño del paisaje, y cruzamos el Atlántico mientras las nubes adoptan todos los tonos posibles de púrpuras (“La Aurora temprana de dedos de rosa”, como diría Homero) hasta terminar en el blanco refulgente de un buen día soleado.

Tras hora y media, en la que sí consigo dormitar, el avión da un giro sobre sí mismo, más parecido al de una exhibición de acrobacia aérea que al de un vuelo comercial, y aterriza en el aeropuerto Cristiano Ronaldo peinando con su ala izquierda los tejados cercanos. Veo aproximarse el mar azul por la proa, ¿tendrá suficiente pista? Por lo visto tras la ampliación, el aeropuerto es mucho más seguro…

Funchal aparece como una ciudad extendida en la que las casas llegan casi hasta las cimas de unas enormes montañas buscando siempre el menor desnivel posible, y dejando libres solo los barrancos verticales. Cuentan que cuando la Reina Isabel de Castilla le preguntó a Cristóbal Colón cómo era Madeira, este cogió un papel, lo arrugó con sus manos y al soltarlo sobre la mesa le dijo: “Así es Majestad”. Buena comparación. Los picos de miles de metros, con sus correspondientes coronas de nubes, caen casi en vertical hasta el mar, las torrenteras han excavado profundos barrancos, y las cataratas de agua se deslizan por las vertiginosas laderas. Pero durante el recorrido hacia el hotel voy descubriendo cultivos en terrazas, túneles perfectamente conservados, viaductos y cauces de hormigón en lo que significa una lucha continua contra este relieve volcánico negro, hostil y magnífico.

También observo que la vegetación, como un regalo de la Naturaleza, crece con feracidad asombrosa, y a poca distancia de la costa se vislumbran las sombras de las islas Desertas, donde solo habitan aves.

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