Madeira 2: Caldeirao verde

23 Nov

El agua desciende tranquila por la pendiente de la levada, esas construcciones que los habitantes de Madeira han realizado para llevar agua desde las partes altas —altísimas—, y húmedas —nubosas—, hasta las bajas y conseguir así cultivar algo en esta isla de relieve increíble. Junto a cada levada discurre un sendero, en uno de los cuales me encuentro.

A un lado, las paredes de las rocas negras, que rezuman agua sin descanso, están tapizadas de helechos, musgos y acantos en un espléndido jardín vertical; al otro, rododendros densos en hojas —que ya quisiera cualquier parque— junto a enormes y altísimas hortensias de flores verdes, no azules —como si el exceso de agua les permitiera ese derroche de clorofila— y árboles tan tupidos que impiden ver el precipicio desde donde ascienden, o la ladera boscosa de enfrente; y delante el camino, a veces despejado, otras cruzado por ramas horizontales, tan fuertes que invitan a columpiarte en ellas para recordar la infancia. Todo florece, todo germina, todo crece hasta tamaños imposibles de imaginar en nuestros áridos jardines, mientras el agua sigue corriendo y los pájaros cantando. Aquí sí se cumple aquello de que los árboles no te dejan ver el bosque, un terreno inexplorado, pero no tenebroso ni acechante como en los cuentos infantiles.

El sonido continuado del agua, como el de la fuente de un patio, o de un pueblo, es tranquilizador y me invita a meditar. Un pequeño pájaro con las alas blancas y negras, la tripa gris y el babero amarillo, me rodea picoteando el suelo, sin ningún miedo. Nos miramos de frente. La luz clarea en las pequeñas olas de la corriente. Los helechos gotean. Las nubes se cierran sobre la montaña. Las raíces de los árboles forman una red en el suelo. Yo sigo escuchando la cadencia del agua, el primo del gorrión picoteando tranquilo alrededor. 

Solo revolotea cuando pasan los senderistas de todas las nacionalidades y en todas las actitudes: deportistas que ascienden las cuestas caminando vigorosamente apoyados en bastones, o incluso corriendo; familias con niños que corretean —lo que no deja de tener cierto peligro habida cuenta los precipicios que asoman tras la cortina verde—; indolentes parejas, quizás en viaje de novios, que sonríen y manifiestan su amor en cada curva; y, sobre todo, grupos de saludables jubilados anglosajones, con el pelo blanco y las rodillas huesudas. Aunque yo también sea una intrusa, a mi amigo le debo parecer un elemento más del paisaje.

Continúo por un camino que se complica. A veces se estrecha tanto que solo es posible caminar sobre las rocas húmedas de la propia levada, o bien se introduce en el interior de la montaña por túneles serpenteantes y oscuros donde la única guía es el sonido del agua, que sigue corriendo junto a los pies, y la improvisada luz del móvil, si la tienes. Es un momento difícil, pero afortunadamente unos animosos senderistas, perfectamente equipados para la aventura con linternas en la frente, te rescatan de ese principio de rendición.

El final del sendero es una inmensa catarata —más de 100 metros de altura— cuya agua se almacena en la laguna Caldeirao verde, y que alimenta la levada siguiendo el ineludible camino hacia abajo. Allí nos volvemos a encontrar, y a reconocer, todos los intrépidos senderistas. La feracidad de la vegetación, el agua grandiosa, la sensación de felicidad por haber llegado y de gratitud por lo que se te ofrece…recuerdan lo que debe ser un paraíso.

Pero incluso estos se acaban, toca 6,5 Km de vuelta.

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