Madeira 3: Grutas de Säo Vicente y costas.

30 Nov

Tras cruzar hacia el norte la Sierra de Água llegamos a las Grutas de Säo Vicente. En este centro volcánico la Geología se ha hecho parque temático, con bajada a los infiernos del núcleo —una enorme bola incandescente cuyos destellos se parecen a los de las lejanas estrellas— y con máquina del tiempo que nos traslada hasta el origen volcánico del archipiélago, incluidas. Tras la interesante explicación divulgativa, realizamos un paseo de 700 m por los túneles que la lava formó en su descenso hacia el mar: al solidificarse la parte exterior más rápidamente, como una costra, que la interior, por donde la lava continuaba fluyendo, tras la erupción han permanecido unos perfectos tubos que se pueden recorrer,  con la ayuda de escalones y senderos construidos al efecto. El ambiente es húmedo y frío —los visitantes más optimistas tienen que abrigarse con sus toallas playeras— pero en este mundo rocoso y oscuro, existen cristalinos lagos azules y han crecido algunos helechos junto a la luz de los focos.

Descendemos hacia la costa sur oeste —con una nube pinchada en Sierra de Água durante muchos kilómetros y el frío todavía metido en la espalda— por magníficos y continuos túneles construidos para salvar las vertiginosas pendientes que descienden hasta la orilla. Esta zona es la más turística de la isla, así que todo son facilidades para el primer motor económico, para que el turista pueda llegar desde aeropuerto de Funchal a los hoteles playeros en menos de cuarenta minutos. Un sol implacable, que nos libera de todo el abrigo que fue necesario para pasear por las profundidades volcánicas, y un mar azul, invitan al baño, como lo están haciendo los todavía numerosos turistas que llenan la playa de Calheta, cuyo nombre intenta recordar a la de Cádiz pero es artificial: fabricada con arena blanca traída del Sáhara, mucho más chica, y no tiene ni barquitas pesqueras ni castillo, sino anglosajones jubilados y familias rusas. A los que desde luego ahora mismo envidiamos. ¿Cómo es posible este cambio de clima en solo 30 Km de distancia?

Al atardecer llegamos a la península de San Lorenzo, situada en la costa este —y que se prolonga bajo el mar hasta las Desertas— tras atravesar un conjunto residencial de casitas populares portuguesas, con tejas rojas y piedras enmarcando las ventanas, imagino que el equivalente a nuestros tópicos pueblos marineros blancos. La vegetación es propia de zonas áridas —algún pino, algún cactus— escasa, e inexistente al final de la península. Ni rastro de los exuberantes bosques de las zonas altas.

La luna llena asoma ya tras los promontorios rojos y ocres que, como unos gigantes inoportunos, salen del agua; hay bolas de lava rodando por las laderas; reconozco basaltos, diabasas, pumitas…; farallones verticales caídos desde los acantilados, mientras las olas siguen golpeándolos, rompiéndolos, decenas de metros bajo nuestros pies. La falta de vegetación, las rocas desnudas, el color del cielo, evocan una sensación de soledad y desolación intensa, como la de estar en un mundo extraño… ¿quizás en Marte? Se me ocurre pensar que si un náufrago llegara a estas costas, después de la alegría de gritar “¡tierra!”, pensaría que más le valiera haber seguido en el mar, porque no hay manera de ascender por esos imponentes acantilados.

Al llegar al hotel encuentro en internet una leyenda sobre unos enamorados ingleses que durante la Edad Media —es decir, antes del descubrimiento del archipiélago— huyeron de sus familias porque no aprobaban su noviazgo, ella era de origen noble, y embarcaron hacia Francia. Pero una terrible tormenta desvió la nave, provocó el naufragio, y fueron a parar a las islas Desertas donde, como su propio nombre indica, no hay nada de nada, en las que… murieron de enfermedad y hambre. Ella primero, él a los pocos días, pero antes levantó una cruz donde dejó escrita su triste historia.  Fueron sus huesos los únicos restos humanos que los primeros colonos portugueses encontraron a su llegada a la isla. Murieron, pero imagino que viendo unas puestas de sol preciosas, sobre afiladas rocas rojas y un limpio mar azul.

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