La relación Mallo-Alberti

23 Nov

Fue tan próspera a nivel creativo, que durante el tiempo que duró nuestra relación sentimental, las trayectorias de ambos aparecen definitivamente imbricadas. Nos vimos por primera vez en el parque del Retiro a finales de mayo de 1925, el día que Federico García Lorca ofreció allí un recital poético con motivo de la inauguración de la I exposición de artistas ibéricos. Estábamos en El Retiro Dalí, Federico y yo, unos muchachos pasaron cerca y saludaron con el brazo y yo pregunté quiénes eran. Lorca contestó: “uno es un poeta muy bueno y otro es un poeta muy malo”. Eran Alberti e Hinojosa. De hecho, Alberti acababa de ganar el premio nacional de literatura por Marinero en tierra. Poco después de este encuentro tuvimos nuestras primeras citas en el Museo del Prado.

Maruja Mallo.

Me los imagino disfrutando del sol y de la deslumbrante poesía de Federico, todos jóvenes y artistas. El poeta gaditano que, con su mar a cuestas, llevaría aún pegada la sal a las plantas de los pies, dejaría al caminar estelas en el aire, triunfaba en la capital de una España ilusionada por cambiar la enseñanza, la justicia, la sociedad, la vida.

Me los imagino despreocupados, ajenos a lo que el futuro les depararía.

A Maruja y Rafael les unió su amor por el arte, tuvieron una relación enriquecedora y creativa, como sucede cuando a la plenitud de los cuerpos se le une la imaginación y la entrega. Pero fue “la artista” quien le abrió los ojos a nuevas realidades, como el surrealismo, a “el artista” que se alejó de su Marinero en Tierra para escribir auténticas transcripciones poéticas de los cuadros de Maruja, mientras ella le correspondía con figurines y decorados para sus obras teatrales.

Me los imagino en los bares, en los cafés de barrio, siempre con pocas pesetas en los bolsillos, en los cines con el piano acompañando a los geniales mudos Charles Chaplin o Buster Keaton.

Pero llegó el desamor y el abandono. Después la guerra, el exilio y el franquismo que arrasaron con todo. En cualquier caso, habitó el olvido.

Reyes García-Doncel

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