DE NOCHE, BAJO EL PUENTE DE PIEDRA

6 Ene

Leo Perutz

Libros del Asteroide

        Hay libros que te atrapan por la intriga de la historia, otros por su belleza poética y la atmósfera que consiguen crear, a veces es un personaje quien te seduce y lleva de la mano hasta el final, pero en este que hoy os recomiendo, además de todo lo anterior, lo que me ha hecho disfrutar ha sido su estructura. Dieciséis capítulos ―cada uno con enigma y desenlace propio― narran en círculos una historia central que aparece sin importancia, un conjunto de relatos que forma una unidad de orden superior y se convierte en novela. Desde el primer capítulo ―donde ya vemos el desenlace de la historia medular― comprendes que se van a repetir situaciones, que el autor te va a llevar encadenando los personajes, y que va a narrar por fragmentos, hasta que en tu cabeza de lector se compongan las piezas del puzzle.

La historia principal es un triángulo amoroso, a saber: Rodolfo II, rey de Bohemia y emperador del Sacro Imperio Romano Germánico ―amante de las artes, manirroto y paranoico―; el riquísimo comerciante judío Mordejai Meisl que vive en la plaza de las tres fuentes del gueto de Praga ―“Durante toda su vida el oro lo había perseguido, le había hecho la corte y seducido, y cuando lo había rechazado siempre había vuelto junto a él”―, y su bellísima mujer Esther. Los tres protagonistas aparecen desenfocados en todos los relatos, y solo al final se llega a comprender el porqué de sus actos. Pero para hacer esta estructura más complicada, y a la vez más interesante, el autor ha cambiado el orden cronológico de los sucesos, de forma que conocemos al emperador y a Meisl viejos y desencantados antes que jóvenes, o la guerra de religiones en Bohemia antes de la grandeza y poder del reino. Y en el centro ―tomando su nombre “De noche, bajo el puente de piedra”― coloca la historia de amor, narrada con un precioso lirismo, sin nombrar a sus auténticos protagonistas.

Aunque pronto se sospecha que este triángulo es una excusa para mostrar la Praga del siglo XVI, llena de magia y ocultismo, ciudad de la Cábala, del Golem ―la criatura mitológica de los judíos―, atrapada en sus supersticiones medievales, donde es posible contratar a un alquimista para que consiga la piedra filosofal en el “El alquimista olvidado”, bajo el gobierno de un rey alucinado y con el río Moldava como canalizador de ánimas y amores. Leo Perutz era aficionado a las matemáticas ―quizás de ahí su juego narrativo―, y también a la Historia, por lo que muestra con gran precisión documental tanto el ambiente pomposo de la poderosa corte centroeuropea como su decadencia. Aparecen personajes históricos, además de los aristócratas correspondientes, el astrónomo y matemático Johannes Kepler―que se hace sospechoso por no creer en la validez de la astrología―, Tycho Brahe, o el rabino Loew, personaje real que desarrollará un importante papel en la historia.

Como toda obra de arte ―y esta es una de las joyas de la literatura europea del siglo xx―, la novela trata del amor y también de otras facetas de la condición humana, por ejemplo de la avaricia, de las ansias de poder en “La mesa del emperador” donde los libertadores de Bohemia nunca podrán sentarse, sin embargo la Historia de los pueblos no depende de las batallas ganadas o perdidas, sino de algo tan prosaico como estar harto de comer buñuelos; de la mala suerte, en “El coloquio de los perros” ―título muy cervantino― la que tiene un pobre hombre judío al que van a ahorcar junto con dos perros, y se entera de la existencia de un tesoro enterrado; de la locura en “Enrique, el del infierno”, donde se nos muestra al emperador envejecido, teniendo visiones de encarnaciones del diablo, obsesionado con que su hermano Matías lo va a matar; de lo efímero e inútil que es el paso del ser humano, con todas sus riquezas o sabidurías, sobre la tierra en “La vela consumida” metáfora de la vida de Meisl; del tiempo y el olvido en “El pintor Brabanzio”; y por supuesto de la muerte, que está presente en todos los relatos y en algunos con indudable humor, desde el primero “Peste en el barrio judío” donde los fantasmas de los niños en el cementerio bailan a la vista horrorizada de un violinista y un saltimbanqui, los mismos que más tarde vuelven a aparecer en “La jarra de aguardiente”, esta vez muy mayores, oyendo a las ánimas nombrar a los que morirán, pero prefiriendo cotillear de los vecinos y beber de su jarra de aguardiente. El humor, en forma de sonrisa amable o de ironía socarrona, frente a las miserias humanas es una característica en toda la obra. Como también lo es un lenguaje poético, a veces barroco, que integrando lo onírico con la realidad consigue mostrar una Praga mágica, de tal manera que algunos capítulos  recuerdan a cuentos de hadas como “El tálero robado” donde un emperador muy joven se enfrenta en el bosque con tres diablos ―¿quizás los tres Reyes Magos? Perutz utiliza en otra ocasión iconografía cristiana―: “…el oro procede del fuego, la plata del aire y el cobre del agua”, dicen; aparece un Meisl todavía niño, pero ya con su especial don para la riqueza, y el destino que los unirá a ambos de por vida.

Algunos relatos terminan narrados en primera persona por un joven Peruzt cuando asiste a clases de Jakob Meisl, eterno aspirante a médico y sobrino tataranieto del protagonista, que recolocando cada hecho en su momento y cada personaje en su lugar, va dando pistas de la historia, hasta que en el “Epílogo” con la lectura del testamento el tiempo se cierra sobre sí mismo. Este personaje, junto con el rabino Loew, le sirve a Peruzt para insertar su defensa de la causa judía, a los que hemos visto discriminados y arrinconados en el gueto, siendo utilizados pero nunca valorados por los cristianos. El gran rabino Loew expresa su sufrimiento creando “…de luz de luna y moho, hollín y lluvia, de musgo y argamasa” la imagen de un Ecce Homo que representa el sufrimiento del pueblo judío perseguido y escarnecido durante siglos. De este rabino cuenta la leyenda que, por su gran dominio de la palabra, logró dar forma a la criatura inferior Golem, para utilizarlo como criado. Borges ―gran admirador del autor al igual que Alfred Hitchcock, Italo Calvino o Graham Greene― recreó esta hazaña en un poema que lleva ese nombre.

Bien saben, sabemos, los escritores el poder de la palabra como instrumento de creación. Me gustaría emular en una novela propia la estructura fascinante de esta obra maestra, pero si a Leo Perutz le llevó 30 años escribirla… más vale que me ponga a la tarea hoy mismo porque a mí, y con resultados más que inciertos, puede que no me alcance el tiempo.

Leo Peruzt (Praga 1882- Bad Ischl 1957) nació en una acomodada familia de origen sefardita. Vivió en Viea y Trieste hasta que en 1938, con los nazis en el poder, se instala en Tel Aviv: en 1950 consiguió regresar a Viena. Entre su obra destacan las novelas: Mientras dan las nueve (1918), El marqués de Bolívar (1920), El maestro del juicio final (1923), Turlupin (1924), y De noche, bajo el puente de piedra (1953)

 

 

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