La forastera

11 Dic

Olga Merino

Ed. Alfaguara                                  

Además de los genes y las posesiones, se heredan algunos actos, y sus vergüenzas, como si con la memoria familiar se transmitiera de una generación a otra el ADN de un patrón de conducta, tan inevitable como una enfermedad. Esta es la hipótesis que le sirve a la autora de esta magnífica novela para reflexionar sobre los motivos que impulsan al suicidio: “como un comportamiento aprendido. Alguien entre los familiares o en el entorno próximo se quitó la vida y ese suicidio persiste en la memoria”; como una de esas cosas que se mete en la sangre y los miembros están abocados a cumplirlo: “Los que se matan están arropados por otros muertos, por la tradición agónica de quienes los precedieron”; suicidio por desamor, por el peso de un secreto, porque el mundo conocido se acaba, o porque “se lo comía la tristeza, y sus muertos lo llamaron” en algunas familias el suicidio es un destino inexorable.

Ángela, protagonista y narradora de La forastera, es una mujer madura que regresa de Londres, tras una traumática ruptura amorosa, al pueblo del que sus padres emigraron, una tierra de olivos, frutales, huertas y cereal, pueblo del que jamás se dice su nombre y que podríamos situar en la campiña del alto Guadalquivir, en busca de lo que ni ella misma sabe muy bien: “¿En qué malgasté mi vida? ¿De qué iba huyendo?” Vive en El Hachuelo con la única compañía fiel de sus dos perros, y la ocasional de dos inmigrantes, jornaleros del cortijo Las Breñas, propiedad de los terratenientes, los Jaldones, con los que mantiene una antigua disputa por el robo de las tierras a su familia, los Maroto. Tras la aparición del amo Julián Jaldón ahorcado, se produce una sucesión de acontecimientos, entre ellos nuevos suicidios, y desvelamiento de secretos con los que Ángela asume que para tener un presente debe conocer y asumir los fantasmas de su pasado.

Olga Merino desarrolla en tiempo presente el conflicto con los habitantes vivos del pueblo y los actuales propietarios; y en pasado, su infancia, la relación con su padre, los rencores y sucesos entre ambas familias, y la relación con su novio inglés. Haciendo gala de un potente pulso narrativo, la autora consigue que este cruce continuo entre dos tiempos, presente y pasado, lo realicemos con absoluta facilidad, como si estuviéramos dentro de la mente y los recuerdos de Ángela. A partir de ahí la colección de personajes que la rodea ―tanto los vivos y presentes, como los recordados, o los espíritus familiares que la acompañan― se dibujan con enorme maestría, entre ellos: la tía Emeteria, espiritista y espíritu aparecido, que trabajó de sirvienta en las Breñas y guarda un secreto muy doloroso y decisivo para sus vidas; su padre, enfermo del pulmón por trabajar en la fábrica, al que ella siempre sintió como un desconocido: “Un hombre demasiado mayor para tener una hija tan pequeña. Yo fui un desliz, y lo miraba con recelo, embebido en sí mismo, remugando”; Niger, su novio inglés, un pintor neurótico con el que descubre la auto destrucción en el amor; Ibrahim, senegalés, callado y trabajador, con el que desarrolla una relación ambivalente; las mellizas, distantes y especuladoras; el capataz Dionisio, que no sabe adaptarse a los cambios; Tomás, hippie trasnochado que regenta un bar donde se puede oír buena música; o el viejo Rodales al que permiten vivir en la abandonada fábrica de harina… Con ellos construye una historia dura, como el paisaje, en la que todos guardan secretos y todos están unidos entre sí: “todos somos medio parientes, hijos del incesto” y a la tierra, ya sea madre o madrastra: “La tierra hambrienta reclama lo que le pertenece.”

Si es de alabar el pulso narrativo, más lo es el estilo, muy visual, casi fotográfico a veces: “… normas y lejía es lo único que pueden ofrecerle”, dos sustantivos para definir un asilo; “El coche olía a ambientador de barra americana, a Ducados, a hombre solo” o para describir certeramente al personaje; siendo poético en otras ocasiones: “Un temblor en el aire, el crujido de una semilla que germina, el hervor de los insectos, la avidez de la mariposa negra que revolotea sobre las espinas de una aulaga”; utilizando siempre un amplio y preciso vocabulario del medio rural ―que me hizo recurrir con frecuencia, pero gratamente, al diccionario― con el que demuestra tanto su conocimiento: “Es malo quemar leña de higuera. Los ajos no deben plantarse con luna menguante. La encina es el árbol que más atrae la descarga del rayo”, como su amor por la Naturaleza, y con el que además de ilustrar su prosa, reivindica la riqueza de nuestro patrimonio cultural y natural. ―Y de otro contexto no me resisto a reseñar la magnífica descripción del estudio, el trabajo y los colores que utiliza el pintor―. 

Pero esta es una obra llena de aristas, con varias capas de lectura, y en un nivel más profundo, la autora ha escrito una novela sobre aprender a volver, a tus orígenes, a tus antepasados, a ti misma. No es casualidad que Ángela estuviera leyendo Pedro Páramo. Ella ha vuelto a la tierra donde nació y vivió su padre, en la que los muertos hablan entre sí y con los vivos: “Los muertos no necesitan articular palabras para hacerse entender”;  los muertos siguen habitando sus casas: “Las casas tienen memoria. A veces, los muertos se ríen”, donde crecieron y parieron: “Todos mis muertos suben a la superficie mientras trato de poner orden en mi cabeza”, y al igual que en la novela de Juan Rulfo, en el pueblo parecen estar todos muertos, porque prefieren callar a luchar por su tierra, que será arrasada y perderá la identidad.

Vivir en un pueblo aislado implica vivir en un tiempo más flexible, percibir con distinto sentido el espacio: “El ritmo cíclico del campo, la cadencia de las estaciones, me absorbió y acabó diluyendo los restos de lo que fui.”, lo que ella necesitaba para sosegarse.También es un universo cerrado y fisgón, clasista y machista, una manada espesa: “Y las risotadas, el ejercicio colectivo de una mordacidad defensiva”, que le hace recordar por qué se fue. Pero en su recorrido de ida y vuelta, Ángela ha aprendido a defenderse: “Ten cuidado, despojo; las lobas sabemos dónde hay que morder” y, sobre todo, a no estar jamás sola: “no temo la soledad: mis muertos me acompañan”.

BIOGRAFÍA

Olga Merino (Barcelona, 1965) es licenciada en Ciencias de la Información y máster en Latin American Studies por la University College of London (Beca La Caixa/British Council). Ha residido en Londres y en Moscú. Ha publicado cuatro novelas: Cenizas Rojas (Ediciones B, 1999), fruto de su experiencia durante cinco años como corresponsal en Rusia;  Espuelas de papel (Alfaguara, 2004), que narra la epopeya de una humilde familia andaluza que emigra a Cataluña durante la posguerra; Perros que ladran en el sótano (Alfaguara, 2012); y La forastera (Alfaguara 2020)
Ha sido Traducida al italiano, neerlandés e inglés. En 2006, obtuvo el X Premio Mario Vargas Llosa NH de Relatos, por el cuento Las normas son las normas, y en 2013 un accésit de los Premios del Tren por el relato Presagio. Actualmente, es columnista de El Periódico de Catalunya y profesora en la Escuela de Escritura del Ateneo Barcelonés.

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