BAJAMARES

13 Feb

Antonio Tocornal

Ediciones Insólitas

Hay libros que no basta con leerlos una vez, que antes de acabarlos ya sabes que tendrán una relectura, libros que agradeces tenerlos entre las manos como quien ha descubierto un tesoro inesperado. Bajamares de Antonio Tocornal es uno de ellos, del que me atrevo a hacer esta reseña a sabiendas de que habrá capas de comprensión y facetas de la historia que se me quedarán atrás, pues tal es la cantidad de símbolos que aparecen y tan bien narrado el relato.

La novela se desarrolla en Roque Espino, un islote inhóspito  rodeado de farallones que se ha cobrado muchas vidas a lo largo de los años. A la necesidad imperiosa de un guardafaro responde el protagonista, con la condición expresa de que nadie pise la isla, salvo el barquero que cada quince días le lleva los víveres y útiles necesarios. Y en este escenario isla, el autor despliega  un espléndido relato sobre un hombre también isla que, al igual que su hábitat rocoso, está rodeado por abismos personales.

       Cinco voces a coro nos conducen por un texto onírico y poético, a veces duro y soez, a saber: la voz del guardafaro ―que repasa su vida desde que siendo muy joven se hizo cargo del faro, pero no en una forma de tiempo lineal, sino circular, como corresponde a un hombre que se rige por los ciclos de la naturaleza―; la voz del barquero ―el único ser humano en contacto, que nos va descubriendo la extraña relación que mantienen ambos―; la voz de un narrador omnisciente, una sucesión de documentos oficiales sobre diversos temas y finalmente un largo lamento de la madre muerta. Ni el guardafaro, ni el barquero, ni por supuesto la madre muerta, son narradores creíbles pues ocultan, cambian e incluso inventan hechos, pero frente a ellos el autor utiliza al narrador omnisciente y a los documentos, de forma que su lejanía proporcione la fiabilidad necesaria, y muestre que no todo es como aparenta en la mente del farero. Además esta alternancia de perspectivas le da agilidad al relato de un hombre solo en una isla lejana, lo que podría convertirse fácilmente en un monólogo agobiante.

Pero no ocurre así, pues es una delicia dejarse llevar por la prosa de Tocornal, por su maestría en el uso del lenguaje, por las imágenes que despliega, y asistir a través de los ojos del guardafaro a las pleamares y bajamares, a las noches estrelladas: el negro del mar y el negro del cielo se funden en una noche sin luna a través de la costura de un horizonte ciego que es como una cicatriz, al canto de algún grillo osado que llegó enredado en la tela de su viento, a los cambios de estaciones. Asistimos a pasajes escatológicos ―magnífica y valiente descripción del acto de defecar―, eróticos ―precioso el del árbol de las novias―, o violentos, pero siempre envueltos en olores, luz y sabores capaces de crear un estado de ánimo en el lector y un ambiente perfectamente creíble, sin necesidad de un argumento complicado, solo al compás de las mareas y los años.

Los “personajes” que acompañan al guardafaro durante toda su vida son: un perro ―con ojos de persona y que no envejece―; miles de omnipresentes lagartos: diablos subalternos (…) parecen una lengua movediza que siempre va unos pasos por detrás, como el manto verde y vibrante de algún rey excéntrico; los náufragos enterrados en el Cementerio de los Pies fríos: como si el mar reclamase para sí, dos veces al día, los cadáveres que se había cobrado, que él se preocupa de acondicionar: Me gusta la dignidad, la poesía y la tragedia que encierran los naufragios; un cangrejo ermitaño y aristocrático metido en una caja de oro con incrustaciones; los graznidos de las gaviotas, como una coma o un punto y coma en el cielo; el árbol de las novias; la ballena con la que tiene un vínculo ancestral, como si fuesen de alguna manera miembros de la misma familia… Y un voluminoso diccionario enciclopédico. Resulta contradictorio, y a la vez esclarecedor, que una persona tan huraña y asocial tenga ese amor por las palabras, aunque no le ponga nombre propio a nada de lo que le rodea porque… el único que podía nombrar las cosas no tenía quien lo escuchase. Cada día él las estudia y eso le mantiene su condición humana. Memorable el pasaje de las ballenas flotadoras y las palabras navegando por el mar, preciosa metáfora del lenguaje: en la encrucijada movediza de un mar lejano y entre ellas formaban una frase breve en el tiempo.

El autor lleva al límite las condiciones de vida, pero el guardafaro ama la naturaleza, su islote y su soledad: Allá afuera parece que siempre tuviera una cita conmigo mismo a la que no hubiera prisa por llegar, porque a pesar de la dureza, ha sido capaz de crear un universo que incluye un camino hasta las antípodas donde habita su otro yo, en un faro idéntico, por cuyos mares también habrá navegado la ballena. Además tiene lo más importante: ¿Hay alguien más rico que el que se puede permitir perder su tiempo sin sentirse culpable por ello?, porque como repite a lo largo del texto:el tiempo en el Roque no significaba gran cosa. Un hombre con la experiencia de años en leer los signos del viento y del mar, que conoce cada mm de roca, es muy creíble que diga: Nada es eterno, ni lo bueno ni lo malo, y que los días en rojo de su calendario no sean los oficiales sino aquellos en los que ha disfrutado de algo especial, por ejemplo la llegada de una botella con la marea. En ese tiempo eterno se abre la Posibilidad, siempre en mayúsculas porque lo completa todo, es el destino, el camino que se bifurca… o no.

Los problemas existenciales y metafísicos que plantea el autor conviven con historias de naufragios y con un halo de libro de aventuras: aparte del obvio Robinson Crusoe, revivimos el Viaje al centro de la Tierra, y la idea del doble, de las vidas paralelas mientras se sueña, como en Antes de Adán. Sin olvidar el humor que intercala de forma elegante, como la ecuanimidad del farero con las ramas de levante y poniente en el árbol de las novias, la actitud supuestamente solemne de los lagartos del cementerio, o la historia del alcalde innovador.

A la vejez del guardafaro se descubre su trágica y espantosa historia familiar, y se intuyen los motivos por los que decidió recluirse en la isla, la huida como opción vital. Toda la familia de palabras que incluyen amor, amistad, cariño, afecto… No me salen. Y al final la ballena, con su sabiduría ancestral grabada en la retina, vendrá en su auxilio para proporciónale el único lugar donde puede encontrar la paz.

Antonio Tocornal nació en San Fernando (Cádiz). Cursó estudios de Bellas Artes en Sevilla y tras una larga estancia en París (1984-1991), se instaló definitivamente en la isla de Mallorca. Actualmente se dedica exclusivamente a leer y a escribir. Compagina esas actividades con la realización de informes de lectura para escritores, correcciones de estilo, así como asesoramiento personalizado para narradores y clases particulares de escritura creativa. Es colaborador en las revistas Moon Magazine y  RSC Culture Magazine. Publicaciones: La ley de los similares (novela) Editorial Dauro. 2013; La noche en que pude haber visto tocar a Dizzy Gillespie (novela). XXII Premio de novela «Vargas Llosa». Editorial Aguaclara. 2018; En el paréntesis del mundo (relato). Premio «Ignacio Aldecoa» de la Diputación Foral de Álava. 2020 ; Bajamares (novela). XIX Premio de novela corta «Diputación de Córdoba». Editorial Insólitas, 2020; Pájaros en un cielo de estaño (novela). Premio «València» de Narrativa en castellano Alfons el Magnànim. Editorial Versátil. (Publicación prevista para diciembre de 2020); Numerosos relatos en antologías, revistas y revistas digitales.

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