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Con su camisita y su canesú

14 Sep

Una muñeca vestida de azul, con su camisita y su canesú… Vestida con el disfraz de princesa, Alice aprende a decir azul, rosa y azul; de la cocina llega el olor a masa fermentada en el horno, a brócoles y a infusión de jengibre; por la ventana llega el aguacero que azota los cristales y difumina el contorno de la calle, encerrándome aún más en este cuarto. “Palma palmita que viene mamá, palma palmita mummy”. Alice se pone sus zapatos de purpurina. Me asomo para ver el mar y no lo distingo del cielo lloroso, una bruma plomiza e irreal los une y nos envuelve a todos en la misma cortina empapada. “Un ratón chiquitín, chocolate y turrón…”. La lámpara rosa del cuarto encendida a las tres de la tarde, de nuevo el invierno, otro más, el eterno invierno, que no reconozco… Como tampoco reconozco al Stefano risueño y optimista en el huraño que no para de quejarse porque se siente explotado, porque trabaja como un mulo, porque gana muy poco dinero… Lo animo a que proteste o a que busque otro trabajo, él replica “sí, sí”, pero continúa refunfuñando sin hacer nada.

            Rosemary me acerca un té y me sonríe: “¿esa canción te la enseñaron en tu colegio cuando eras pequeña?” Asiento en silencio, el olor a jengibre me inunda y cierro los ojos: los apuntes de Business, las botellas ordenadas en sus estanterías, las quejas de Stefano, la lluvia, los edificios grises, la risa estrepitosa de Elsa, mis padres por Skype, el 22, los espaguetis solo con tomate, la calefacción al mínimo, el frío, los malos modos de Stefano, el silencio… Esta es mi vida.

A través de la neblina veo una chica arrastrando un trolley.

 

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Como surcos de la bajamar

10 Ago

A través de un ventanal los veo cruzar la pista de aterrizaje: arrastran sus trolleys, mi madre se alisa varias veces el pelo con ese gesto nervioso tan suyo, mi padre tose y le da una vuelta más a la bufanda, los dos se protegen la cara de la ventisca que trae frío y lluvia en esta Semana Santa de una primavera gélida. Ya están aquí, por fin ellos han encontrado el momento de venir y yo me siento con fuerzas para mostrarles que estoy bien, que tengo trabajo, que no deben preocuparse por su hija.

Sus brazos abiertos desde lejos, sus sonrisas, sus ojos brillantes, me hacen olvidarme de las malas noches, del mal comer, del frio exterior e interior y me acurruco entre ambos, los tres llorando, riendo… En sus arrugas mojadas, como los surcos de una bajamar en la arena, reconozco mi país, mi ciudad, mi casa; sus besos ansiosos me devuelven todo el amor, tenaz y generoso, que me permitió crecer y allí, asida al olor añorado, me hundo en mi infancia.