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Hasta que sea verano

14 Ene

Ignacio Arrabal

Editorial Anantes

El paraíso puede convertirse en un infierno y los juegos de la niñez en tragedia, cuando la maduración se produce a la fuerza y de forma dolorosa. En “Hasta que sea verano” Ignacio Arrabal narra una historia de desarrollo, la del cambio durante el verano de un grupo de jóvenes, amigos desde la infancia, hacia la edad adulta sin vuelta atrás posible. Pero también es —y esto es lo que me ha parecido más interesante— una reflexión sobre cómo se construye la memoria, cómo las vivencias recordadas condicionan los años posteriores: “La desilusión y la tristeza de su presente, y que lo acompañarán en su futuro, son fragmentos sueltos de su pasado”.

En una playa del sur llamada Cala del Diablo, varias familias de Madrid veranean juntas, sin apenas mezclarse con los lugareños, desde hace años. Es un mundo amable, conocido, donde los roles sociales están bien establecidos. Esta supuesta estabilidad se ve amenazada por la llegada de unos nuevos veraneantes, una familia francesa —extranjeros, lo desconocido, lo anhelado, lo que no sabes que quieres pero aparece— que como catalizadores inevitables, van a poner en evidencia las fisuras de su amistad e incluso el bienestar y equilibrio de sus vidas familiares.

La energía vital del sexo es uno de los elementos de la trama. El personaje de Fabien destapa identidades sexuales reprimidas en una sociedad llena de prejuicios, y el de Sophie, objeto de deseo por el que todos suspiran, lo encarna como forma de comunicación pero también de jerarquía y dominio en el grupo. Javier es el líder al que todos admiran y se someten porque tiene una seguridad —en una discutible escala de valores, pero él sabe muy bien lo que quiere— de la que los otros carecen: “Un hombre que mira la vida como si la vida le debiera algo”. En este proceso de desarrollo, la inmadurez significa moverte entre la duda y la indecisión paralizante, cuya viva imagen es Alonso, el narrador, del que asistimos a su enfrentamiento con situaciones, en ocasiones dramáticas, que lo obligan a definirse y que él afronta con escaso éxito: “Me sumí en el silencio y dejé que la duda y la rabia se convirtieran en rencor y luego en odio”.

El ambiente de verano, muy bien reflejado por el autor, nos sumerge en los baños de mar y sol, en las tardes lánguidas y sexo fácil en Cala Diablo, espacio que simboliza la infancia, un paraíso que se va volviendo infierno conforme la historia avanza, hasta convertirse en el perdido. Entre los miembros se generan historias de amor imposible, bien por convenciones sociales, por represión o por la no correspondencia, hasta que el primer muerto altera definitivamente sus visiones aniñadas de la vida: “… si allí quedaron enterradas nuestras vidas vírgenes… y los recuerdos se bajan con el tren en marcha”.

Pero no todos en el grupo van a enfrentarse a los hechos, y sobre todo a los recuerdos, de la misma manera. Es este un aspecto, el cómo se realiza la construcción de la memoria, en el que el autor también ahonda —lo que sintió el personaje entonces, y lo que en realidad había tras haberlo descubierto al cabo de los años— de forma inteligente: “Es como si los recuerdos quisieran insinuarme que había algo escondido en esas pequeñeces a las que no le dimos la debida importancia”. De hecho la reconstrucción exhaustiva de aquel verano es el hilo conductor de la narración, llegando a la conclusión de que los recuerdos pueden impedir tener una vida adulta plena: “No le asustaba tanto sufrir como recordar”.  En resumen, una lectura recomendable con la que nos sentiremos identificados.

Ignacio Arrabal (Sánlucar de Barrameda, 1973) es autor de los volúmenes de poesía La palabra tiempo, La superficie del aire, Los sueños intactos, y La luz inversa, obteniendo premios como el Ángaro, Santa Teresa de Jesús o Paul Beckett. En 2014 publicó una selección de relatos bajo el título Las vidas invisibles y en 2016 debutó como novelista con El rasgo suplementario.

Ejerce la crítica literaria en revistas especializadas y en Diario de Jerez

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LA VUELTA AL DÍA

17 Dic

Hipólito G. Navarro

Páginas de Espuma

Tras doce años sin publicar, en barbecho como él mismo reconoce, Hipólito G. Navarro nos trae “La vuelta al día”, veintiún textos de temática variada que ha sido merecedora del Premio Andalucía de relato. En un prólogo-cuento inicial el autor nos relata los criterios que utilizó para agruparlos en secciones: los escritos y reescritos pero guardados en el cajón, los realizados por encargo, los que surgieron bajo la influencia de determinadas personas, o los que proceden de su más íntimos pensamientos y recuerdos. En todos ellos aparecen dos características que ha mostrado desde el comienzo de su carrera literaria: el humor —la sana capacidad de reírse de uno mismo, fealdades, incompetencias, fracasos amorosos y torpezas varias—, que además lo salva de situaciones amargas; y por otro lado un material autobiográfico —el despertar a la sexualidad y a la lectura, los amigos de la adolescencia, el padre…, en la Sierra de Huelva, su Macondo particular— que como el autor reconoce: “es muy fuerte en esta obra y sobre todo el último conjunto de cuentos”.

Entre los veintiún relatos, me parece interesante reseñar:

  • Verruga Sánchez” dónde desarrolla la hipótesis fantástica de qué pasaría si la sabiduría, la personalidad, incluso la voz, de alguien dependiera de una desagradable verruga, que conforme esta creciera lo hiciera también el encanto personal. Una caricatura del complejo de feo, que recuerda al mito bíblico de Sansón con su melena, y que a la postre no reconforta porque en la fealdad puede estar el tan buscado sentido de la vida.

  • Los artistas cautivos” es una lúcida crítica al tipismo, a la categoría de indígenas en que los andaluces nos hemos convertido, como consecuencia de la reverenciada industria nacional: “Esta aldea es poco menos que una comuna de funcionarios con antifaz”. Idea que se repite en “Puentes, acueductos” donde los pueblos de la sierra son parques temáticos: “Pasados dos o tres minutos la actividad aldeana es total”, pero como todo trabajo, ser figurante costumbrista también cansa: “Aguantan aún el tirón de los fines de semana, pero no están ya para muchos puentes”

  • En “Tantas veces huérfano” nos narra la historia de la llegada de la electricidad a la aldea del padre, pero cuando esta se ilumina a él se le apaga la vida. En este trágico relato, Hipólito G. Navarro utiliza con maestría la pantalla de la TV del bar para describir el ambiente, para conectar con los movimientos de los personajes, para crear un ambiente aterrador a la vez que onírico, hasta que el niño termina: “…viendo pasar veloces las caras de estupor de los vecinos como si ellos dos fuesen montados en un tiovivo”.

  • Mucho ruido y pocas nueces” es una alegoría del mundo del teatro, en concreto el de Chespir —así escrito— y un homenaje a Borges.

  • Luis Tristán, pintor de fondos”, relato realizado por encargo con motivo de una antología de relatos sobre El Greco, es un precioso homenaje a la serranía de Huelva. A partir del personaje de un cuadro reconstruye toda su posible historia —de amor por cierto, como muchas otras que aparecen en la obra—, en lo que podríamos considerar un relato histórico, lo que aumenta la versatilidad del autor.

  • Los otros Tiresias y Clariclea (variaciones pornoeróticas sobre una obsesión astriciliana)” nos traslada al “Orlando” de Virginia Woolf, mucho más disparatado, en la que se nos enseña un muestrario de investigaciones y posibles inventos para transformarse en mujer.

  • Los dos últimos “La vuelta al día”, narra los recuerdos de su adolescencia en el pueblo; y finalmente el emotivo relato “La poda y la tala de los árboles frutales” sobre su padre alcohólico, que le inculcó amor por los libros, por un único libro. “Hay demasiada autobiografía en estos cuentos, me temo (…) sobre todo en la última sección, la que presta su título al libro, ahora me veo demasiado desnudo”, reconoce.

Hipólito G Navarro es uno de nuestros cuentistas más reconocido, tanto por reflejar los huecos del alma mediante grandes verdades dichas con sencillez y humor: “Unos oficiales se especializan en escalas de cuerda, con estribos, y otros en escalas de valores, con todos sus peldaños mismamente metafísicos”, como por su capacidad para generar un estilo novedoso, a veces caricaturesco hasta el esperpento, porque no se trata de sobre qué contar, sino de cómo hacerlo, de ser singular. Domina la técnica narrativa de fabricar cuentos redondos (“Las estampas del timo”), de generar intriga con pocas palabras (“la maldita operación”, “las escopetas pueden estar oxidadas o no”), o con una escalada de preguntas retóricas que desembocan en el mayor desastre (“La excusa termodinámica”), o en finales sorpresivos (“Ligamentos” y “En el fondo de la memoria”), sin olvidar la poesía por ejemplo en esta preciosa descripción de un hormiguero: “… un pequeño volcán en miniatura hecho de finísimas partículas de entusiasmo”.

El recuerdo —volver al corazón— y la memoria, como el autor bien sabe por su formación científica, son una construcción del cerebro, un sistema de conexiones nerviosas que se mantienen o se pierden, que interactúan entre ellas hasta dar el relato que nos contamos a nosotros mismos, para lo que la literatura resulta un gran aliado. Tan equivocado sería decir que la obra de un autor es solo la proyección de su biografía, como que esta no importa. Pero nuestra memoria no es solo nuestra, es compartida, así que animo al autor a que continúe escarbando en ese fondo porque como él opina lúcidamente: “El oficio a la postre solo sirve para disimular un poco y que no se descubra tan a las claras la autobiografía”. Oficio demostrado, que sus lectores queremos seguir disfrutando.

BIOGRAFIA

Hipólito G. Navarro (Huelva, 1961) es autor de los libros de relatos ‘El cielo está López’ (1990), ‘Manías y melomanías mismamente’ (1992), ‘El aburrimiento, Lester’ (1996), ‘Los tigres albinos’ (2000) y ‘Los últimos percances’ (2005) ‘Mario Vargas Llosa NH’ al mejor libro publicado; y de la novela ‘Las medusas de Niza’ (Premios Ateneo de Valladolid 2000 y de la Crítica andaluza 2001). Con la antología ‘El pez volador’ (Páginas de Espuma, 2008), preparada por el escritor Javier Sáez de Ibarra, recibió el Premio ‘El Público’ de Narrativa 2009, otorgado por los periodistas culturales de Andalucía. Durante los años 1994 y 2001 editó la revista ‘Sin embargo’, dedicada al cuento literario. Asimismo, fue el responsable de la edición de los cuentos completos de Fernando Quiñones, ‘Tusitala’ (Páginas de Espuma, 2003). Sus relatos, traducidos a diez idiomas, están recogidos en numerosas antologías del género en Europa y Latinoamérica.

Raíces y puntas

18 Nov

Alejandro Luque

Triskel Ediciones

A pesar de su juventud —cuarenta y pocos es nada—, Alejandro Luque tiene una amplia experiencia como periodista cultural, como escritor, y en menor medida como músico; la misma que ha ido plasmando en su blog “Raíces y puntas” desde 2007, del que ahora la editorial Triskel ha publicado esta selección que nos ocupa.

Por tal origen, esta obra tiene difícil clasificación: podría ser un libro de viajes; un compendio de crítica literaria y cinematográfica; un conjunto de opiniones sobre la situación política y social de nuestro país; una reflexión sobre de pequeños sucesos de su vida… Es decir, lo que escribimos todos los que mantenemos un blog. Entonces, ¿qué es lo que hace esta obra diferente y, en nuestra opinión, digna de ser leída?

La cantidad de personajes de todas las artes —algunos totalmente desconocidos para mí, debo reconocer— que aparecen como resultado de sus entrevistas o análisis, es abrumadora; pero el autor no realiza una escueta anotación informativa, sino que se implica en la vida pasada y futura del artista, se duele de sus errores, se alegra con sus éxitos.. y sobre todo ejerce una crítica basada en el compromiso ético, en la denuncia de los que conciben la literatura como un manejo interesado de la lengua para conseguir lectores —en un momento dado parafrasea a Serrat: “Entre esos tipos y yo hay algo personal”—. Mención especial se merece la entrada del pregón a la clausura del III Festival de Perfopoesía de Sevilla, dedicada a los malos poetas —categoría en la que él mismo se incluye—, donde  al hilo de un humor que permanece en todo el texto, realiza una disección hilarante de los personajes que revolotean alrededor de esa categoría literaria. No dudo en que habrá autores por los que Alejandro Luque tendrá preferencias —muy interesante como nos cuenta su evolución en gustos y conocimientos literarios—, de otros él mismo reconoce abiertamente su debilidad: Borges y Carlos Edmundo de Ory, sus guías espirituales desde la juventud  —“La deuda que uno contrae con quienes lo han hecho soñar nunca caduca”—, pero es de agradecer ese intento de visión honesta sobre el panorama literario.

La critica social y económica no deja de estar presente, la crisis en todas sus formas y más aún en el oficio de periodista o de escritor, pero es interesante como el autor defiende la necesidad de sacudirnos de una vez la losa de la España negra, de ese destino trágico al que parecemos abocados por ser un país cutre, cateto y pobre… Es tener definitivamente una mirada joven, libre de prejuicios que parecen aplastarnos desde la creación del imperio. Bordeando la crítica, o el comentario ilustrativo, aparecen también otros que podemos definir como cotilleos sobre autores literarios y demás personajes de la farándula (no necesariamente artística), que nos demuestran como indudablemente el autor se divierte en su trabajo, que aunque mal pagado e incierto, le compensa con otras prebendas, a veces materiales —cuando come y bebe a cuenta de la institución de turno— y otras espirituales, por lo que “a cualquier cosa le llaman trabajar” se congratula y expone en las redes a menudo.

Con “Raíces y puntas” viajamos a Sicilia, muy importancia en la vida del autor; Cuba, de la que teme no ser capaz de expresar todo lo que la isla significa; Nueva York: “Visitar NY es revivir los importantes mitos de la literatura y el cine”; Grecia e, incluso sin coger un avión, solo a través de la literatura, a Japón. En todos estos lugares paseamos por ciudades a las que ya conocemos antes de ir, ciudades icono, reprocesadas en nuestra imaginación: “Inevitable la sensación de que pasear por NY no puede ser un descubrimiento sino un reconocimiento”. Pero me atrevo a afirmar que todos estos viajes Alejandro Luque los realiza sin salir de Cádiz, y por tanto de su infancia y adolescencia, porque la comparación con dicha ciudad es continua: “En Cádiz como en Venecia no hace frío sino humedad”, “…el ficus (del Orto Botánico de Palermo) bien podría competir con el de la Caleta gaditana”, “Siracusa, esa otra Cádiz”, recuerdos como restos de un naufragio que le devuelve la marea: “Yo tuve una isla”, precioso comienzo de su  entrada sobre una playa de Ceuta. Realidad que nos acoge en la sabia frase de Antonio Machado sobre la verdadera patria del hombre,  o citando a una de las entrevistadas por la que el autor demuestra más aprecio, Ana Mª Matute: “El hombre es en todo caso lo que queda del niño. Todos caminamos con nuestra infancia a cuestas”. Esta gaditanía, de la que presume abiertamente de forma casi militante, impregna todas las entradas, no solo por la referencias geográficas, sino por la utilización de su particular léxico: cortapichas, sangangui, biruji…;  o por la filosofía de vida, que absorbida desde su más tiernos años se desprende, pero sobre todo por la guasa, la que le permite sobrevolar por todas sus críticas sin demasiado escozor:  “Hay que ver lo que se parece un concierto de Ken Follet a una novela de Ken Follet” “Los malos poetas somos como aquel personaje de Borges: no tenemos nada que decir y además lo decimos”.

Asistimos también, como no podía ser de otra forma, a sus pequeñas vicisitudes y victorias personales, como la importancia de dejar de fumar, que se convierte en casi una ruptura sentimental, sus cavilaciones sobre tabaco versus inspiración porque: “¿No tienen los fumadores cierto aire de familia con los tragafuegos del circo?”; o asumir la irremediable llegada de la calvicie (medida el tiempo, motivo de intimidad con personajes ilustres…) con dignidad.

Hemos dicho lo que podría ser, ahora lo que no es: no es una novela, ni un compendio de relatos, ni un poemario…, pero cada entrada participa de alguno de estos géneros como todo buen blog. Debemos admitir que a veces es difícil mantener la atención del lector, ya que este modelo de estructura puede resultar repetida, pero en cualquier caso es un libro muy recomendable. Como dijo Cervantes: “Quien mucho lee y mucho viaja, mucho vive y mucho sabe”. Es este el caso.

  Alejandro Luque (Cádiz 1974) desde 2005 es redactor cultural del El Correo de Andalucía y colabora asiduamente en diversos medios de presa escrita, radiofónica y televisiva. Su carrera periodística se inició en 1994 en el Diario de Cádiz y Cádiz Información, para luego pasar a El País donde colaboró cinco años. Durante diez años codirigió la revista de literatura y pensamiento Caleta, y actualmente impulsa la revista digital de cultura M´Sur.

                Ha publicado la antología de poetas gaditanos “La Plata fundida” (Quorum 1997); el poemario “Armas gemelas” (2003); el ensayo biográfico “Palabras mayores” (2004), donde analiza la amistad entre Borges y Fernando Quiñones; la novela corta “Calle de la soledad antigua”(Tristana 2006) ; y el libro de relatos “La defensa siciliana” (Algaida 2006) ganadora del IV Premio Alfonso de Cossío de Relatos Cortos; y “Viaje a la Sicilia con un guía ciego” (Almuzara 2007), una sugerencia para seguir las huellas de Borges en Sicilia.

                Como músico acompaña habitualmente al cantaor Juan Luis Pineda, con quién ha grabado el disco Olla de grillos

 

El hoy es malo pero el mañana es mío

14 Oct

Salvador Compán

Editorial ESPASA

En un estado represivo, donde los ciudadanos no pueden tomar decisiones libres, los niños dejan de crecer —como canta el poema de César Vallejo al que a menudo se alude durante la obra— y paradójicamente, los adultos permanecen infantilizados. La novela de Salvador Compán se desarrolla desde el comienzo de la guerra civil hasta los años sesenta, donde un tímido comienzo de modernización y apertura —simbolizado por los primeros pantalones vaqueros y la visita de algunos turistas—, no impide el dominio de la cerrazón moral y política que sigue estigmatizando a los que no comparten la ideología de los vencedores. Vidal Lamarca, un adolescente de familia anarquista, aficionado al dibujo, es apresado al finalizar la guerra civil, pero salva su vida mediante una traición, “… las miradas lo seguirán empujando hasta el fondo de otra cárcel, dentro de la cárcel”, que junto a la pérdida de su primer amor, Clara Hervás, se convierten en la atormentada culpa que le impedirá conseguir una vida plena.

La acción se desarrolla en Daza —acrónimo de Úbeda y Baeza— donde el autor nos brinda magníficas descripciones de la aburridísima y asfixiante vida de un pueblo andaluz en los años sesenta “como al resto del país, a la localidad le sobraba pasado”, y en el que triunfan personajes como Sebastián Lanza, el mentor maléfico que a cambio de redimir a Vidal ante las autoridades franquistas le exige fidelidad; que está bien relacionado entre los dominantes; dedicado a oscuros negocios posibles por la hambruna generalizada de la posguerra; que tiene inconfesables sentimientos hacia Vidal, pero es un entusiasta cumplidor con la Patria y la Iglesia. Muy interesante la imagen del viejo camión soviético ZIS-5, reliquia y símbolo de la guerra ya oxidada pero todavía presente que Lanza quiere resucitar a toda costa. En contrapartida a esta influencia negativa, aparece Rosa Teba, la mujer del nuevo director de una sucursal bancaria —guapa, culta y moderna— con la que inicia un amor adúltero pero liberador en la puritana y reprimida Daza.

Utilizando una interesante estructura en capítulos —cada uno comprende a un intervalo histórico— es Pablo, un adolescente también con aficiones pictóricas, quién nos cuenta su vida y la de Vidal en paralelo: su despertar sexual: “erotismo varado en los codos de las chicas”; su educación: “estudiábamos con lápices sin punta y, más que ideas, nos metían en el pecho ese ruido anciano del que advertía César Vallejo”; y su aprendizaje de la pintura, a la vez que Vidal se va liberando de su culpa. Al principio se nos aparece como un personaje enigmático e inquietante que guarda un pasado oscuro, pero será en el capítulo dedicado a 1936 cuando comprendamos ese pasado que condiciona el presente de los años sesenta, y como para él no ha acabado la guerra, no ha salido de la cárcel: “imitará a sus carceleros, tendrá que abandonar lo que él es y ser otro en contra de sí mismo. Ser otro peor de lo que es”.

Parte de la historia se cuenta a través de una novela gráfica y autobiográfica, que Vidal está dibujando y Pablo leyendo. Es un recurso narrativo interesante y muy visual, que además permite tanto los saltos en el tiempo como dar información condensada. Hay imágenes importantes: Clara Hervás represaliada, la despedida de sus padres antes de estallar la guerra, la descripción de Sebastián Lanza y, por supuesto, aquella que pretendía ser la imagen final de la novela y que no desvelaremos aquí. En un estilo fluido, con un lenguaje poético, rico y preciso, el autor demuestra conocimiento de la naturaleza humana: “esa especie de autoridad que le concedemos a todo lo bello”, “como era muy joven y miraba el mundo a través de primeros planos”, ¿adónde vas si no vas contigo, si es tu cuerpo y no tú el que salvará el pellejo?; nos muestra el horror de la guerra y de la posguerra; el retorcer de la Historia en la que los republicanos son los rebeldes y el delito de sedición llega hasta 1934: “como si por una lógica de lo perverso dictara que el Movimiento ya existía mucho antes de haber nacido”.

Por último, destacar algo más en esta recomendable novela: como el autor traslada a los personajes su afición por la pintura, las interesantes reflexiones que al hilo de ella realiza: “Crear es parecido a arar: hay que levantar la realidad y removerla hasta que nos enseñe sus raíces”, “Para pintar no hay que ver sino mirar, y para mirar a fondo solo te vale conocer las cosas con los ojos de la cultura y el arte”, que constituyen su particular desiderátum sobre el proceso artístico y que yo asumo como buena aprendiza para aplicarlo la creación literaria.

Salvador Compán nació en Úbeda (Jaén). Su biografía esta marcada por la enseñanza, la narrativa, los artículos de prensa o las colaboraciones en radio. Sus aficiones tienen que ver con la pintura. Tiene publicados relatos en <<Cuídate de los poemas de amor>> (Almuzara, 2007) , y sus reflexiones sobre la provincia de Jaén en un ensayo:  <<Jaén, la frontera insomne>> (Fundación Lara 2007). La mayoría de sus novelas han conseguido reconocimientos literarios entre los que destacan el Premio Andalucía de la Crítica por <<Un trozo de jardín>> (Algaida 1999) y el de Finalista del Premio Planeta por <<Cuaderno de viaje>> (Planeta 2000).   <<El hoy es malo pero el mañana es mío>> es su séptima novela.

 

Andar sin ruido

23 Sep

Carlos Frontera

Páginas de espuma

En su primer libro de relatos, Carlos Frontera aborda las relaciones en la familia, la pareja, incluso los vecinos, las mascotas y los hijos no tenidos: todo lo que se supone un hogar, o una casa que nos gustaría llamar hogar. En medio de una profusión de líquidos, fluidos y todo tipo de desechos orgánicos —con preferencia meridiana por los pelos—, y con una imaginación desbordante, el autor refleja un mundo donde las leyes de la Naturaleza no funcionan como deberían, y donde una anécdota inesperada puede desencadenar una situación fantástica capaz de cambiar todo.

A pesar del humor y de los inteligentes juegos de palabras —a los que el autor nos tiene muy acostumbrados en otros foros—, la lectura deja un regusto amargo: la familia, esa institución donde crecemos, donde está nuestra intimidad y se supone que podemos dejar las caretas, nos condiciona —hasta a las gramíneas, en “Si todos los chinos saltaran a la vez”, que producen alergia y pinchan, son unas puñeteras, por culpa de su familia—; y puede resultar un nido de horror, como en el escalofriante relato “Todas las familias felices” que, con mención irónica a Tolstoi, describe crueles cuidados paternales, despellejar a los hijos, para luego: “…me subiría en su regazo y me acariciaría los costurones”. El hogar, ese lugar que nos obliga a andar, a amar, a comer y a vivir sin hacer ruido; o por el contrario, a intentar llenarlo con gritos para acallar el aplastante silencio.

A pesar de estas amarguras, creo que el autor muestra una decidida apuesta por la pareja, como se ve en los preciosos y románticos relatos: “Romper el encantamiento”, “Te Q” y “Charquitos de lluvia”…, siempre y cuando las decodificaciones de las palabras funcionen, sobre todo si uno posee una mente tan original como la de Carlos Frontera.

Además de los relatos ya nombrados, destacar entre los diecisiete que componen el volumen:

            —“Las novias cuando nos dejan”, describe como un novio intenta controlar mediante cajas clasificadas con el abecedario, todo el desamor que arrastra, pero sin ningún éxito.

            — A lo largo de una descripción de todas las posibilidades que hay para arrancarse pelos de la barba, y qué hacer luego con ellos, el personaje de “Para la mejor mamá del mundo”, se debate entre ser hijo o transformase en padre, pero duda porque reconoce que: “Digan lo que digan, no es fácil ser padre. (…) Si fuese algo tan sencillo, crecerían padres en los arriates, o los sortearían en las gasolineras”.

            —“Una ligera sensación de puaj” es una preciosa historia de un mundo destrozado, donde el sol solo tiene dos posiciones, como un interruptor; en el que la narradora bebe en infusión las cenizas del marido para que le de fuerza: “Tus cenizas me mantienen con vida. Tus cenizas y mi animal”, como llama a su cuerpo empeñado en sobrevivir. Y en medio de esta distopía, el autor plantea si se “deben”, si los no engendrados nos reclaman: “Los hijos que nunca tendré llorando desde el futuro”.

            —En “Andar sin ruido”, relato que da nombre al libro, se manifiesta de manera magistral ese horror posible en el interior de las paredes de una casa: el padre alcohólico y maltratador —“Mamá y yo tuvimos que aprender a caminar flojito, a jugar flojito, a querernos flojito o hacia dentro”,  “… una mamá que andaba sin ruido, una mamá que al final ni era fantasma ni era mamá, la pobre”—, que ahora ha quedado reducido a un esqueleto sentado en la silla del comedor, mientras la madre, que dice quererlo igual, no para de cantar. El niño lo visita por las noches y “…cuando tengo uno de sus huesecitos, lo muerdo un poco. Esta soso y huele a botella, y a veces se queda algún trozo entre los dientes y me hace sangre en las encías”.

            —“Piel muerta” nos muestra una relación de pareja en la que uno de ellos recoge y conserva en una caja la piel muerta del otro mediante “…raspar callosidades” “…apurar lo caliente del reposabrazos”, con afán de reproducir al amado: “Tu piel muerta tan igual a ti pero sin ti dentro, tan perfecta”, y el turbador resultado de que es mejor la piel vacía que la persona completa.

            —“Transparente y no” narra la hipótesis fantástica de que un cenicero de cristal, grande y sólido, suspendido en el aire, no caiga. “Un cenicero que se comporta de este modo descarta cualquier posibilidad de rutina, dinamita la costumbre, la calma y hasta la compostura, si uno se descuida” La situación desencadena todos los miedos de la pareja, ralentiza su tiempo, y agranda el silencio, aunque ellos intenten hacer mucho ruido para llenarlo. Pero como él reconoce en este juego de palabras: “Romper el silencio así era corromper el silencio”. El cenicero domina todo, su sombra traslúcida los envuelve en un mundo fantástico de medusas y fondos marinos en el que “…si gritase ahora, no se oiría nada”.

            —“Obrar bien”, máximo exponente de la afición del autor por los residuos y fluidos orgánicos, es una declaración de cómo funciona la familia: una institución tan importante no puede estar sostenida solo por el amor, el odio es una forma, como otra cualquiera, de unión. Una hija se decepciona al comprobar que en el hospital han sedado a su padre moribundo: “…pero para el aguijón de mis palabras no hay tratamiento paliativo”, le susurra, y se venga de forma escatológica mediante una “plasta maloliente y rojinegra sobre tu pecho…”.

—En “Conquistar más cotas (un cuentómic, vaya)”, cuento dedicado a Hipólito G. Navarro del que el autor se confiesa admirador, es donde realiza mayor número de juegos inteligentes que reflejan el verdadero sentido de las palabras: “cortina de humor”, “los ánimos están bien temblados” o “una se hunda juventud”. Se incluyen dibujos para ilustrar las acciones o las conversaciones que, al igual que las palabras, también juegan al equívoco. En este relato unos padres ancianos tienen el comportamiento de perro alfa y beta de la manada, siendo relegados los hijos al nivel omega, por lo que llaman a un adiestrador de ancianos-perros, para enseñarles como deben tratarlos: “Nos doman por tontos”.

            —En “El perro azul” de nuevo algo insólito, una presencia extraña, en este caso un perro azul que se cuela en la casa, genera un silencio imposible de romper, o que el narrador no se atreve a hacerlo. El perro azul es la metáfora de aquello que sin preverlo, ni poder eliminarlo, te vuelve la vida del revés.

En su debut editorial, que no literario porque Carlos Frontera lleva años escribiendo y dando clases de escritura creativa —aunque uno de sus personajes afirme que: “Escribir es de cobardes. Escribir está sobrevalorado, siempre lo ha estado”—, nos encontramos un escritor con más que evidente dominio de la lengua —“A veces el marido omega da en el blanco, a veces el juego de palabras acierta en el centro mismo del ingenio”—, pero sobre todo, a una persona sensible ante la incapacidad de amar y comunicarse de los humanos. En ese humor, en sus juegos de palabras, se esconde dolor y algo de vergüenza, pero eso es lo que lo hace real, impactante, lo que te golpea directamente en las entrañas. Quizás la única solución sea resignarse a vivir con una ligera sensación de puaj.

Carlos Frontera (Conil 1973), es Diplomado en Turismo y profesor de Relato avanzado en Casa Tomada. “Andar sin ruido” es su primera obra publicada.

 

 

PATRIA

26 Ago

Fernando Aramburu

Tusquets Editores

 

 

Hay quién aprieta el gatillo, quién jalea el disparo, también quien calla y sobre todo quién tiene que aprender a vivir sin un padre, un hermano o un marido. ¿Cómo se afronta la vida tras un atentado terrorista? Fernando Aramburu, con evidente conocimiento de causa, desciende en su novela “Patria” hasta la cotidianeidad doméstica de víctimas y verdugos, nos muestra las comidas, las fiestas del pueblo, las estaciones del año, la omnipresente lluvia, el campo y el mar de Euskadi bajo la terror de ETA.

Lo primero que comprobamos es que la sombra de un atentado es alargada. A partir de ese día, de ese segundo, el universo interior y exterior de la víctima cambia: desde no poder estudiar en tu tierra —mejor fuera y sin decir que se es hija de asesinado—; a la formación de una pareja —excluyente por mucho que te atraiga si el otro es abertzale—; hasta la negación misma de la felicidad —preciosa la escena donde Xabier fantasea, entre vapores etílicos, con la vida amorosa que pudo tener y no tuvo, atrapado en una tela de araña del techo que alguien olvidó limpiar, igual que él está en su pasado—. Esa sombra se instala entre los dos hermanos, que evitan hablar de cómo se sienten, o incluso asistir juntos a una conferencia sobre el tema. Además del dolor por la pérdida del padre, la vergüenza. Las víctimas estorban, están señaladas, o renombradas, como la viuda Bittori a la que llaman La loca porque ha decidido volver a su casa en el pueblo: una luz encendida y un geranio en el balcón tienen más poder que las bombas y los disparos de sus verdugos, los que ahora susurran, con tremenda distorsión de la realidad: “viene a causar problemas”, “somos víctimas de Estado y ahora somos víctimas de las víctimas”. 

Victimas, verdugos… y por supuesto los testigos mudos, porque ningún acoso es posible sin la colaboración, o la omisión de ayuda, del resto: en tiendas, bares, en la calle, hay a quién le gustaría saludar al señalado cuando todavía está vivo, ir a su entierro cuando muerto, pero no lo hacen, por miedo, o porque una vez que tu nombre aparece pintado en la pared el cerco se cierra, y algo habrá hecho, dicen hasta los amigos cercanos. Sociedad policial, donde unos vecinos se vigilan a otros, se espían los horarios, quién habla y quién no euskera —interesante la utilización del euskera como arma arrojadiza—… y, a veces, se informa a los terroristas.  El autor consigue trazar un panorama representativo de una sociedad sometida al terror: “En nombre de la patria, un puñado de gente armada, con el vergonzoso apoyo de un sector de la sociedad, decide quién pertenece a dicha patria y quién debe abandonarla o desaparecer”, puesto en boca de un escritor, alter ego de Fernando Aramburu, en la novela.

Miren, la madre del terrorista, dura e implacable, tiene la mente cerrada a una sola idea: defender a su hijo, para lo que ha de defender también la causa de su hijo, incluidos los asesinatos, con consignas aprendidas —opresión del pueblo vasco, lucha armada necesaria—, que repite sin titubear aunque los muertos sean sus amigos entrañables. Se vuelve abertzale, siempre la primera, la  más concienciada, la que más chilla en las manifestaciones. Todo por su hijo favorito, incluso se enfrenta al sensible Gorka y la sensata Arantxa, por el gudari Joxe Mari, hombre de acción a quién no le interesan las teorías políticas, solo unas ideas básicas que asume y defiende sin fisuras, y del que asistimos a sus inicios en la kale borroka, su integración en un comando, y su reclusión en la cárcel, donde las consignas se van quedando vacías, y debe enfrentar la realidad de que ha echado a perder su vida, ahora no sabe muy bien porqué.

El autor también deja muy claro el papel que tuvo la iglesia en la figura de relamido sacerdote Don Serapio —al que le huele el aliento, metáfora clara del fondo podrido desde el que ascienden sus palabras—, que alienta a los jóvenes a la lucha pero luego predica la paz, que acoge las quejas de los verdugos y se convierte en un acosador más de las víctimas: “Que no vengas al pueblo, que otros también ha sufrido, que otros también necesitan que les pidan perdón” le insta a Bittori; y en equidistancia, retrata el papel torturador de las fuerzas del estado, sin falsas componendas, con meridiana claridad. Pero Bittori es tan tenaz como sus verdugos, necesita saber quién disparó a su marido, “limpiar de pus la herida para que sane”, necesita que le pidan perdón.

Aunque el escenario sea Euskadi y la época los años duros del terrorismo etarra, Fernando Aramburu ha conseguido mostrar de forma universal cómo es el sufrimiento, sus consecuencias físicas y psíquicas, que unos hombres provocan a otros. Una novela apasionante, valiente, que remueve las convicciones y que merece ser leída.

 

Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) es licenciado en Filología hispánica. Considerado como uno de los narradores más destacados en lengua española es autor de las novelas Fuegos con limón (1996), Los ojos vacíos (2000), “El trompetista del utopía” (2003), “Bani sin sombra” (2005), “Viaje con Clara por Alemania” (2010), “Años lentos” (2012)  VII Premio Tusquets editories de Novela y Premio de los Libreros de Madrid,  “La gran Marivián” (2013), y “Ávidas pretensiones” (2014) Premio Biblioteca Breve 2014. Como cuentista así mismo ha publicado diferentes volúmenes. 

 

 

 

La carretera

27 Jun

 

Cormac  McCarthy

Literatura Mondadori

En mi interés por aprender como se muestra el miedo, he releído “La carretera” donde McCarthy nos relata la huida de un padre con su hijo por un mundo desolado. Y lo hace con frases cortas, desnudas, aparentemente simples, y diálogos concisos, porque no hace falta nada más. Se cruzan con el horror en cada paso de esa interminable carretera, cada vez más fría y húmeda, que alguna vez llegará al mar:  “¿Qué ocurre, papá? / Vamos/ Pero ¿qué pasa?/ Los árboles están cayendo/ El chico se incorporó y miró a su alrededor espantado”

Recorren un mundo donde alguna vez hubo ciudades con familias felices, pero que hace tiempo fue devastado por un inmenso fuego, una metáfora del castigo que sin duda la humanidad mereció, de forma que la ceniza se hace omnipresente, impregnando  todos los objetos, volando en el viento y cayendo sobre los surcos de tierra que alguna vez fueron labrados.  Porque si algo hemos aprendido desde que las hecatombes, naturales o provocadas, se televisan en directo, es que siempre son grises. Nada que ver con esas películas catastrofistas tan de moda durante una época en la que barcos o edificios se hundían, pero plenos de sol y colorido. En los desastres, lo primero que se pierde es el color y todo se cubre con una pátina de polvo gris.

El niño es un ángel, de hecho uno de los personajes cadavéricos con los que se encuentran se lo dice; un ángel que, incluso en los momentos más terribles, trata de encontrar el sentido de sus vidas, y se autoafirma una y otra vez, y le pide a su padre, agotado, descreído y desesperado, que también le confirme que ellos son los buenos: “Nosotros nunca nos comeríamos a nadie ¿verdad?/No, claro que no/ ¿Aunque estuviéramos muriéndonos de hambre? / Ya lo estamos”  Entre ambos, el recuerdo de la madre, que se rindió. Pero esa es otra opción, y ante el horror se puede continuar y resistir… con una bala en la recámara, por si acaso, que afortunadamente nunca tiene que usar.

Porque cuando no hay recursos naturales, o cuando esta forma de explotarlos claramente insostenible se derrumbe, quedará el ser humano enfrentado a sí mismo y ahí, según el autor, se verá que el hombre es un lobo para el hombre (con perdón de los lobos). Pero en esta historia, el autor les permite conseguirlo, y el niño al final verá recompensado sus esfuerzos.

Dejo la novela, en la TV aparecen las imágenes del incendio de Doñana, y en el cielo de una playa de Cádiz las nubes de humo rodean a un sol demasiado rojo.