Archivo | Satélites habitables RSS feed for this section

El hoy es malo pero el mañana es mío

14 Oct

Salvador Compán

Editorial ESPASA

En un estado represivo, donde los ciudadanos no pueden tomar decisiones libres, los niños dejan de crecer —como canta el poema de César Vallejo al que a menudo se alude durante la obra— y paradójicamente, los adultos permanecen infantilizados. La novela de Salvador Compán se desarrolla desde el comienzo de la guerra civil hasta los años sesenta, donde un tímido comienzo de modernización y apertura —simbolizado por los primeros pantalones vaqueros y la visita de algunos turistas—, no impide el dominio de la cerrazón moral y política que sigue estigmatizando a los que no comparten la ideología de los vencedores. Vidal Lamarca, un adolescente de familia anarquista, aficionado al dibujo, es apresado al finalizar la guerra civil, pero salva su vida mediante una traición, “… las miradas lo seguirán empujando hasta el fondo de otra cárcel, dentro de la cárcel”, que junto a la pérdida de su primer amor, Clara Hervás, se convierten en la atormentada culpa que le impedirá conseguir una vida plena.

La acción se desarrolla en Daza —acrónimo de Úbeda y Baeza— donde el autor nos brinda magníficas descripciones de la aburridísima y asfixiante vida de un pueblo andaluz en los años sesenta “como al resto del país, a la localidad le sobraba pasado”, y en el que triunfan personajes como Sebastián Lanza, el mentor maléfico que a cambio de redimir a Vidal ante las autoridades franquistas le exige fidelidad; que está bien relacionado entre los dominantes; dedicado a oscuros negocios posibles por la hambruna generalizada de la posguerra; que tiene inconfesables sentimientos hacia Vidal, pero es un entusiasta cumplidor con la Patria y la Iglesia. Muy interesante la imagen del viejo camión soviético ZIS-5, reliquia y símbolo de la guerra ya oxidada pero todavía presente que Lanza quiere resucitar a toda costa. En contrapartida a esta influencia negativa, aparece Rosa Teba, la mujer del nuevo director de una sucursal bancaria —guapa, culta y moderna— con la que inicia un amor adúltero pero liberador en la puritana y reprimida Daza.

Utilizando una interesante estructura en capítulos —cada uno comprende a un intervalo histórico— es Pablo, un adolescente también con aficiones pictóricas, quién nos cuenta su vida y la de Vidal en paralelo: su despertar sexual: “erotismo varado en los codos de las chicas”; su educación: “estudiábamos con lápices sin punta y, más que ideas, nos metían en el pecho ese ruido anciano del que advertía César Vallejo”; y su aprendizaje de la pintura, a la vez que Vidal se va liberando de su culpa. Al principio se nos aparece como un personaje enigmático e inquietante que guarda un pasado oscuro, pero será en el capítulo dedicado a 1936 cuando comprendamos ese pasado que condiciona el presente de los años sesenta, y como para él no ha acabado la guerra, no ha salido de la cárcel: “imitará a sus carceleros, tendrá que abandonar lo que él es y ser otro en contra de sí mismo. Ser otro peor de lo que es”.

Parte de la historia se cuenta a través de una novela gráfica y autobiográfica, que Vidal está dibujando y Pablo leyendo. Es un recurso narrativo interesante y muy visual, que además permite tanto los saltos en el tiempo como dar información condensada. Hay imágenes importantes: Clara Hervás represaliada, la despedida de sus padres antes de estallar la guerra, la descripción de Sebastián Lanza y, por supuesto, aquella que pretendía ser la imagen final de la novela y que no desvelaremos aquí. En un estilo fluido, con un lenguaje poético, rico y preciso, el autor demuestra conocimiento de la naturaleza humana: “esa especie de autoridad que le concedemos a todo lo bello”, “como era muy joven y miraba el mundo a través de primeros planos”, ¿adónde vas si no vas contigo, si es tu cuerpo y no tú el que salvará el pellejo?; nos muestra el horror de la guerra y de la posguerra; el retorcer de la Historia en la que los republicanos son los rebeldes y el delito de sedición llega hasta 1934: “como si por una lógica de lo perverso dictara que el Movimiento ya existía mucho antes de haber nacido”.

Por último, destacar algo más en esta recomendable novela: como el autor traslada a los personajes su afición por la pintura, las interesantes reflexiones que al hilo de ella realiza: “Crear es parecido a arar: hay que levantar la realidad y removerla hasta que nos enseñe sus raíces”, “Para pintar no hay que ver sino mirar, y para mirar a fondo solo te vale conocer las cosas con los ojos de la cultura y el arte”, que constituyen su particular desiderátum sobre el proceso artístico y que yo asumo como buena aprendiza para aplicarlo la creación literaria.

Salvador Compán nació en Úbeda (Jaén). Su biografía esta marcada por la enseñanza, la narrativa, los artículos de prensa o las colaboraciones en radio. Sus aficiones tienen que ver con la pintura. Tiene publicados relatos en <<Cuídate de los poemas de amor>> (Almuzara, 2007) , y sus reflexiones sobre la provincia de Jaén en un ensayo:  <<Jaén, la frontera insomne>> (Fundación Lara 2007). La mayoría de sus novelas han conseguido reconocimientos literarios entre los que destacan el Premio Andalucía de la Crítica por <<Un trozo de jardín>> (Algaida 1999) y el de Finalista del Premio Planeta por <<Cuaderno de viaje>> (Planeta 2000).   <<El hoy es malo pero el mañana es mío>> es su séptima novela.

 

Anuncios

Andar sin ruido

23 Sep

Carlos Frontera

Páginas de espuma

En su primer libro de relatos, Carlos Frontera aborda las relaciones en la familia, la pareja, incluso los vecinos, las mascotas y los hijos no tenidos: todo lo que se supone un hogar, o una casa que nos gustaría llamar hogar. En medio de una profusión de líquidos, fluidos y todo tipo de desechos orgánicos —con preferencia meridiana por los pelos—, y con una imaginación desbordante, el autor refleja un mundo donde las leyes de la Naturaleza no funcionan como deberían, y donde una anécdota inesperada puede desencadenar una situación fantástica capaz de cambiar todo.

A pesar del humor y de los inteligentes juegos de palabras —a los que el autor nos tiene muy acostumbrados en otros foros—, la lectura deja un regusto amargo: la familia, esa institución donde crecemos, donde está nuestra intimidad y se supone que podemos dejar las caretas, nos condiciona —hasta a las gramíneas, en “Si todos los chinos saltaran a la vez”, que producen alergia y pinchan, son unas puñeteras, por culpa de su familia—; y puede resultar un nido de horror, como en el escalofriante relato “Todas las familias felices” que, con mención irónica a Tolstoi, describe crueles cuidados paternales, despellejar a los hijos, para luego: “…me subiría en su regazo y me acariciaría los costurones”. El hogar, ese lugar que nos obliga a andar, a amar, a comer y a vivir sin hacer ruido; o por el contrario, a intentar llenarlo con gritos para acallar el aplastante silencio.

A pesar de estas amarguras, creo que el autor muestra una decidida apuesta por la pareja, como se ve en los preciosos y románticos relatos: “Romper el encantamiento”, “Te Q” y “Charquitos de lluvia”…, siempre y cuando las decodificaciones de las palabras funcionen, sobre todo si uno posee una mente tan original como la de Carlos Frontera.

Además de los relatos ya nombrados, destacar entre los diecisiete que componen el volumen:

            —“Las novias cuando nos dejan”, describe como un novio intenta controlar mediante cajas clasificadas con el abecedario, todo el desamor que arrastra, pero sin ningún éxito.

            — A lo largo de una descripción de todas las posibilidades que hay para arrancarse pelos de la barba, y qué hacer luego con ellos, el personaje de “Para la mejor mamá del mundo”, se debate entre ser hijo o transformase en padre, pero duda porque reconoce que: “Digan lo que digan, no es fácil ser padre. (…) Si fuese algo tan sencillo, crecerían padres en los arriates, o los sortearían en las gasolineras”.

            —“Una ligera sensación de puaj” es una preciosa historia de un mundo destrozado, donde el sol solo tiene dos posiciones, como un interruptor; en el que la narradora bebe en infusión las cenizas del marido para que le de fuerza: “Tus cenizas me mantienen con vida. Tus cenizas y mi animal”, como llama a su cuerpo empeñado en sobrevivir. Y en medio de esta distopía, el autor plantea si se “deben”, si los no engendrados nos reclaman: “Los hijos que nunca tendré llorando desde el futuro”.

            —En “Andar sin ruido”, relato que da nombre al libro, se manifiesta de manera magistral ese horror posible en el interior de las paredes de una casa: el padre alcohólico y maltratador —“Mamá y yo tuvimos que aprender a caminar flojito, a jugar flojito, a querernos flojito o hacia dentro”,  “… una mamá que andaba sin ruido, una mamá que al final ni era fantasma ni era mamá, la pobre”—, que ahora ha quedado reducido a un esqueleto sentado en la silla del comedor, mientras la madre, que dice quererlo igual, no para de cantar. El niño lo visita por las noches y “…cuando tengo uno de sus huesecitos, lo muerdo un poco. Esta soso y huele a botella, y a veces se queda algún trozo entre los dientes y me hace sangre en las encías”.

            —“Piel muerta” nos muestra una relación de pareja en la que uno de ellos recoge y conserva en una caja la piel muerta del otro mediante “…raspar callosidades” “…apurar lo caliente del reposabrazos”, con afán de reproducir al amado: “Tu piel muerta tan igual a ti pero sin ti dentro, tan perfecta”, y el turbador resultado de que es mejor la piel vacía que la persona completa.

            —“Transparente y no” narra la hipótesis fantástica de que un cenicero de cristal, grande y sólido, suspendido en el aire, no caiga. “Un cenicero que se comporta de este modo descarta cualquier posibilidad de rutina, dinamita la costumbre, la calma y hasta la compostura, si uno se descuida” La situación desencadena todos los miedos de la pareja, ralentiza su tiempo, y agranda el silencio, aunque ellos intenten hacer mucho ruido para llenarlo. Pero como él reconoce en este juego de palabras: “Romper el silencio así era corromper el silencio”. El cenicero domina todo, su sombra traslúcida los envuelve en un mundo fantástico de medusas y fondos marinos en el que “…si gritase ahora, no se oiría nada”.

            —“Obrar bien”, máximo exponente de la afición del autor por los residuos y fluidos orgánicos, es una declaración de cómo funciona la familia: una institución tan importante no puede estar sostenida solo por el amor, el odio es una forma, como otra cualquiera, de unión. Una hija se decepciona al comprobar que en el hospital han sedado a su padre moribundo: “…pero para el aguijón de mis palabras no hay tratamiento paliativo”, le susurra, y se venga de forma escatológica mediante una “plasta maloliente y rojinegra sobre tu pecho…”.

—En “Conquistar más cotas (un cuentómic, vaya)”, cuento dedicado a Hipólito G. Navarro del que el autor se confiesa admirador, es donde realiza mayor número de juegos inteligentes que reflejan el verdadero sentido de las palabras: “cortina de humor”, “los ánimos están bien temblados” o “una se hunda juventud”. Se incluyen dibujos para ilustrar las acciones o las conversaciones que, al igual que las palabras, también juegan al equívoco. En este relato unos padres ancianos tienen el comportamiento de perro alfa y beta de la manada, siendo relegados los hijos al nivel omega, por lo que llaman a un adiestrador de ancianos-perros, para enseñarles como deben tratarlos: “Nos doman por tontos”.

            —En “El perro azul” de nuevo algo insólito, una presencia extraña, en este caso un perro azul que se cuela en la casa, genera un silencio imposible de romper, o que el narrador no se atreve a hacerlo. El perro azul es la metáfora de aquello que sin preverlo, ni poder eliminarlo, te vuelve la vida del revés.

En su debut editorial, que no literario porque Carlos Frontera lleva años escribiendo y dando clases de escritura creativa —aunque uno de sus personajes afirme que: “Escribir es de cobardes. Escribir está sobrevalorado, siempre lo ha estado”—, nos encontramos un escritor con más que evidente dominio de la lengua —“A veces el marido omega da en el blanco, a veces el juego de palabras acierta en el centro mismo del ingenio”—, pero sobre todo, a una persona sensible ante la incapacidad de amar y comunicarse de los humanos. En ese humor, en sus juegos de palabras, se esconde dolor y algo de vergüenza, pero eso es lo que lo hace real, impactante, lo que te golpea directamente en las entrañas. Quizás la única solución sea resignarse a vivir con una ligera sensación de puaj.

Carlos Frontera (Conil 1973), es Diplomado en Turismo y profesor de Relato avanzado en Casa Tomada. “Andar sin ruido” es su primera obra publicada.

 

 

PATRIA

26 Ago

Fernando Aramburu

Tusquets Editores

 

 

Hay quién aprieta el gatillo, quién jalea el disparo, también quien calla y sobre todo quién tiene que aprender a vivir sin un padre, un hermano o un marido. ¿Cómo se afronta la vida tras un atentado terrorista? Fernando Aramburu, con evidente conocimiento de causa, desciende en su novela “Patria” hasta la cotidianeidad doméstica de víctimas y verdugos, nos muestra las comidas, las fiestas del pueblo, las estaciones del año, la omnipresente lluvia, el campo y el mar de Euskadi bajo la terror de ETA.

Lo primero que comprobamos es que la sombra de un atentado es alargada. A partir de ese día, de ese segundo, el universo interior y exterior de la víctima cambia: desde no poder estudiar en tu tierra —mejor fuera y sin decir que se es hija de asesinado—; a la formación de una pareja —excluyente por mucho que te atraiga si el otro es abertzale—; hasta la negación misma de la felicidad —preciosa la escena donde Xabier fantasea, entre vapores etílicos, con la vida amorosa que pudo tener y no tuvo, atrapado en una tela de araña del techo que alguien olvidó limpiar, igual que él está en su pasado—. Esa sombra se instala entre los dos hermanos, que evitan hablar de cómo se sienten, o incluso asistir juntos a una conferencia sobre el tema. Además del dolor por la pérdida del padre, la vergüenza. Las víctimas estorban, están señaladas, o renombradas, como la viuda Bittori a la que llaman La loca porque ha decidido volver a su casa en el pueblo: una luz encendida y un geranio en el balcón tienen más poder que las bombas y los disparos de sus verdugos, los que ahora susurran, con tremenda distorsión de la realidad: “viene a causar problemas”, “somos víctimas de Estado y ahora somos víctimas de las víctimas”. 

Victimas, verdugos… y por supuesto los testigos mudos, porque ningún acoso es posible sin la colaboración, o la omisión de ayuda, del resto: en tiendas, bares, en la calle, hay a quién le gustaría saludar al señalado cuando todavía está vivo, ir a su entierro cuando muerto, pero no lo hacen, por miedo, o porque una vez que tu nombre aparece pintado en la pared el cerco se cierra, y algo habrá hecho, dicen hasta los amigos cercanos. Sociedad policial, donde unos vecinos se vigilan a otros, se espían los horarios, quién habla y quién no euskera —interesante la utilización del euskera como arma arrojadiza—… y, a veces, se informa a los terroristas.  El autor consigue trazar un panorama representativo de una sociedad sometida al terror: “En nombre de la patria, un puñado de gente armada, con el vergonzoso apoyo de un sector de la sociedad, decide quién pertenece a dicha patria y quién debe abandonarla o desaparecer”, puesto en boca de un escritor, alter ego de Fernando Aramburu, en la novela.

Miren, la madre del terrorista, dura e implacable, tiene la mente cerrada a una sola idea: defender a su hijo, para lo que ha de defender también la causa de su hijo, incluidos los asesinatos, con consignas aprendidas —opresión del pueblo vasco, lucha armada necesaria—, que repite sin titubear aunque los muertos sean sus amigos entrañables. Se vuelve abertzale, siempre la primera, la  más concienciada, la que más chilla en las manifestaciones. Todo por su hijo favorito, incluso se enfrenta al sensible Gorka y la sensata Arantxa, por el gudari Joxe Mari, hombre de acción a quién no le interesan las teorías políticas, solo unas ideas básicas que asume y defiende sin fisuras, y del que asistimos a sus inicios en la kale borroka, su integración en un comando, y su reclusión en la cárcel, donde las consignas se van quedando vacías, y debe enfrentar la realidad de que ha echado a perder su vida, ahora no sabe muy bien porqué.

El autor también deja muy claro el papel que tuvo la iglesia en la figura de relamido sacerdote Don Serapio —al que le huele el aliento, metáfora clara del fondo podrido desde el que ascienden sus palabras—, que alienta a los jóvenes a la lucha pero luego predica la paz, que acoge las quejas de los verdugos y se convierte en un acosador más de las víctimas: “Que no vengas al pueblo, que otros también ha sufrido, que otros también necesitan que les pidan perdón” le insta a Bittori; y en equidistancia, retrata el papel torturador de las fuerzas del estado, sin falsas componendas, con meridiana claridad. Pero Bittori es tan tenaz como sus verdugos, necesita saber quién disparó a su marido, “limpiar de pus la herida para que sane”, necesita que le pidan perdón.

Aunque el escenario sea Euskadi y la época los años duros del terrorismo etarra, Fernando Aramburu ha conseguido mostrar de forma universal cómo es el sufrimiento, sus consecuencias físicas y psíquicas, que unos hombres provocan a otros. Una novela apasionante, valiente, que remueve las convicciones y que merece ser leída.

 

Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) es licenciado en Filología hispánica. Considerado como uno de los narradores más destacados en lengua española es autor de las novelas Fuegos con limón (1996), Los ojos vacíos (2000), “El trompetista del utopía” (2003), “Bani sin sombra” (2005), “Viaje con Clara por Alemania” (2010), “Años lentos” (2012)  VII Premio Tusquets editories de Novela y Premio de los Libreros de Madrid,  “La gran Marivián” (2013), y “Ávidas pretensiones” (2014) Premio Biblioteca Breve 2014. Como cuentista así mismo ha publicado diferentes volúmenes. 

 

 

 

La carretera

27 Jun

 

Cormac  McCarthy

Literatura Mondadori

En mi interés por aprender como se muestra el miedo, he releído “La carretera” donde McCarthy nos relata la huida de un padre con su hijo por un mundo desolado. Y lo hace con frases cortas, desnudas, aparentemente simples, y diálogos concisos, porque no hace falta nada más. Se cruzan con el horror en cada paso de esa interminable carretera, cada vez más fría y húmeda, que alguna vez llegará al mar:  “¿Qué ocurre, papá? / Vamos/ Pero ¿qué pasa?/ Los árboles están cayendo/ El chico se incorporó y miró a su alrededor espantado”

Recorren un mundo donde alguna vez hubo ciudades con familias felices, pero que hace tiempo fue devastado por un inmenso fuego, una metáfora del castigo que sin duda la humanidad mereció, de forma que la ceniza se hace omnipresente, impregnando  todos los objetos, volando en el viento y cayendo sobre los surcos de tierra que alguna vez fueron labrados.  Porque si algo hemos aprendido desde que las hecatombes, naturales o provocadas, se televisan en directo, es que siempre son grises. Nada que ver con esas películas catastrofistas tan de moda durante una época en la que barcos o edificios se hundían, pero plenos de sol y colorido. En los desastres, lo primero que se pierde es el color y todo se cubre con una pátina de polvo gris.

El niño es un ángel, de hecho uno de los personajes cadavéricos con los que se encuentran se lo dice; un ángel que, incluso en los momentos más terribles, trata de encontrar el sentido de sus vidas, y se autoafirma una y otra vez, y le pide a su padre, agotado, descreído y desesperado, que también le confirme que ellos son los buenos: “Nosotros nunca nos comeríamos a nadie ¿verdad?/No, claro que no/ ¿Aunque estuviéramos muriéndonos de hambre? / Ya lo estamos”  Entre ambos, el recuerdo de la madre, que se rindió. Pero esa es otra opción, y ante el horror se puede continuar y resistir… con una bala en la recámara, por si acaso, que afortunadamente nunca tiene que usar.

Porque cuando no hay recursos naturales, o cuando esta forma de explotarlos claramente insostenible se derrumbe, quedará el ser humano enfrentado a sí mismo y ahí, según el autor, se verá que el hombre es un lobo para el hombre (con perdón de los lobos). Pero en esta historia, el autor les permite conseguirlo, y el niño al final verá recompensado sus esfuerzos.

Dejo la novela, en la TV aparecen las imágenes del incendio de Doñana, y en el cielo de una playa de Cádiz las nubes de humo rodean a un sol demasiado rojo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La gran ola

11 May

Daniel Ruiz García

Tusquets Editores

La crisis ha hecho mucho daño, pero el mantra de que la crisis significa una oportunidad, más daño aún. En base a esa premisa, jóvenes altamente cualificados emigran, o trabajan aquí como eternos becarios o con contratos basura y “nóminas más propias de un repartidor de pizzas”, mientras a los empleados fijos se les exigen horas extras, no remuneradas, o se les amplían sus competencias aunque no necesariamente su sueldo. Pero no importa, porque eso significa la oportunidad de poner en marcha nuestra resiliencia y crecer personal y profesionalmente, según el nuevo ideario buenista fabricado con “… frases motivadoras de saldo pescadas en la almadraba de Internet: sé tu mismo, confía en ti, sal de tu zona de confort… que constituyen el nuevo Pensamiento Mágico”.

Daniel Ruiz García en su novela La gran ola, premio Tusquets Editores de Novela, realiza un análisis ácido, irónico, muy actual, de la situación laboral que viven las empresas españolas, en concreto la de la empresa familiar Monsalves, dedicada a productos de limpieza. Una galería de personajes entre ellos: Julián Márquez cuya vida familiar —magnífica descripción del partido de fútbol, cualquiera que haya llevado un hijo a uno de estos lugares identifica a los personajes que el autor describe— se desintegra y la profesional se encuentra en serio riesgo; Gertru, la Monja, eficiente secretaria de una jefa incompetente, que fantasea con ideas incendiarias y asesinas: “Monsalves ardiendo y el rostro de Martita Pineda, entre gritos, deshaciéndose bajo las llamas como un muñeco de cera”; Ribera, nuevo fichaje procedente de una empresa inmobiliaria fracasada que tiene muy claro donde pescar las oportunidades para “aprovechar la gran ola”; Macipe, con maneras de depredador, pero cazado en sus propias redes…

La absorbente vida laboral se mezcla, incluso elimina la propia, pero ahora bajo la dirección del coach Estabile, un gurú barato que hace gala de diferentes títulos insólitos: “Orador motivacional, transformador conductual, experto en disrupción, especialista en mentoring, psicólogo holístico, gestor de entornos críticos, conferenciante, escritor…”,  y que transforma en palabras grandilocuentes lo que es pura y dura explotación laboral, hay que hacerlo de una manera feliz, con entusiasmo y una sonrisa en los labios, porque de otra manera, ese coach, cual Gran Hermano que todo lo ve, puede considerarte un miembro no proactivo de la comunidad. La novela es una crítica feroz a la palabrería vacía, a la banalización del yoga, a todas las teorías de autoayuda que actualmente se utilizan para solucionar profundos problemas de soledad e insatisfacción. Todos en la empresa se apuntan al teatro, algunos se lo creen, aunque luego deban recurrir a otras drogas para sobrevivir: hachís, farlopa, bebidas energéticas, alcohol, o los inocentes Sugus.

Aquella distopía de Orwell se está haciendo realidad, nos avisa el autor, y además la aceptamos con agrado porque significa adaptarse a los nuevos tiempos de los que nadie quiere verse excluido. Pero con evidente domino del lenguaje es capaz reducir la pseudo filosofía a lo que realmente es: “…polvo en suspensión, que contribuye a otorgar cierta espiritualidad al conjunto” , porque “…al coach le olía la boca a pocilga”.

Daniel Ruiz García (Sevilla 1976), es escritor, periodista y especialista en comunicación. Su primera novela, Chatarra, obtuvo el Premio de Novela Corta de la Universidad Politécnica de Madrid. Le siguieron cinco novelas, que le han valido reconocimientos como el V Premio de Novela Corta Villa de Oria o el Premio Onuba de Novela, además de ser finalista en premios como El Ojo Crítico de RNE. La gran Ola, ha obtenido el XII Premio Tusquets Editores de Novela 2016.

La danza de los espejos enfrentados

16 Abr

GREGORIO VERDUGO

EDITORIAL SELEER

Amor y soledad, la búsqueda del primero y la huída de la segunda condicionan nuestras vidas, pero puede existir un lugar donde escapar de esa lucha, un lugar donde al multiplicarte por mil y camuflarte entre las imágenes, se engañe al destino. Gregorio Verdugo lo ha creado, es el Drop, un bar del extrarradio de una ciudad andaluza en los años 80: “El trampantojo impedía transparentar la soledad que acosaba a los seres que lo frecuentaban y hacía posible el espejismo de la ilusión de desprenderse algún día de ella”.

El autor realiza un recorrido por la década de los 80 y sus problemas sociales: el miedo al Sida, el golpe de estado del 23 de febrero, los estertores del franquismo…, cuando todavía los españoles éramos ingenuos frente al futuro de la democracia y del desarrollo económico. Un conjunto de personajes con trayectorias vitales sorprendentes, o insólitas, y bajo la cobertura de una atmósfera impregnada de realismo mágico —algo que como todo sevillano el autor conoce bien­—, entre ellos: Manuel José Fuenlabrada y Márquez, cuyo padre fantasma se le aparece todas las noches exigiéndole descendencia con mensajes dibujados el aire mediante aerosoles turquesas; Guadalupe de las Nieves y Nieto, nacida de un parto gemelar por maldición de Géminis a las hembras de su familia que actúa como ángel benefactor del bar; Dolores Heredia, gitana pitonisa de profecías misteriosas; o Pepa Nardos cuyos amores bajo una barca en la playa multiplican la pesca de su dueño…, se encuentra en el Drop —otro personaje, el más importante de la novela— que interactúa con ellos. Su juego de espejos le hace poseedor de la facultad de engañarlos, pero también de enfrentarlos a su propio destino, en la mayoría de las veces trágico, a pesar de los poemas amorosos con mensajes de alerta escondidos, sin que falten rasgos de humor y bajo la sabia mirada del camarero, “esa flor”, que todo lo ve, casi tanto como los espejos.

Así es como ese conjunto de seres deambulaban por el bar sin rumbo determinado mientras sus esperanzas se materializan junto a una copa y, solo a veces, logran verse a sí mismos tal y como son. Genial esa partida de cartas inútil, fingiendo que no ven las del contrario a pesar de que se las desvelan los espejos, pero: “La vida te va dejando poco a poco sin cartas hasta que al final pierdes la batalla contra el miedo a la soledad que nos gobierna”.

Como el viento en Macondo, un diluvio casi universal, termina arrasando y destruyendo el bar, ese mundo mágico en el que se crea la ilusión de engañar a la propia muerte. Sin continuación, porque toda descendencia, tan reclamada por los ancestros, es inútil. Y entonces es cuando el Drop deja de pertenecer al mundo real y empieza a vivir su propio tiempo.

Gregorio verdugo González-Serna (Sevilla 1957), es escritor, licenciado en periodismo y diplomado en Educación General Básica por la Universidad de Sevilla. Ha publicado artículos, reportajes y pequeños relatos en diferentes diarios tanto del panorama local como nacional. En 2014 publicó con la editorial Ediciones Pura Tinta el libro de relatos “Cuentos de una guerra lejana”

Mala letra

18 Feb

9e4e8e151b237ccd0719cbd1161e776a5f4de2d4

Sara Mesa

Editorial Anagrama

¿Qué se puede hacer cuando se tiene esa “maldita capacidad de ver siempre las cosas desde al ángulo podrido”?, ¿que se puede hacer cuando sientes estar en la cuerda floja y en cualquier momento puedes perder el equilibrio? La respuesta es escribir, aunque sea con mala letra porque una coge el lápiz torcido, escribir para “dándole forma al horror evitar la realización del horror”.

Y por situaciones inquietantes, amenazadoras o directamente por el horror, nos pasea Sara Mesa en estos relatos, que van desde el abandono infantil, al asesinato, pasando por el suicidio de ancianos y adolescentes. Relatos duros en los que la autora nos obliga a mirar la realidad por el lado oblicuo, en los que la indefensión, “el mundo es impasible ante cualquier cosa que suceda, por inusual, horrible y cruel que ésta sea”, y el sentimiento de culpa sobrevuelan e incluso se heredan de madre a hija. Muchos protagonistas, o el personaje principal sobre el que se centra la historia, son niños y niños en transición a la adolescencia, quizás porque en esa época la cuerda está más floja que nunca.

Respecto a los relatos que me han impactado más:

En Palabras- piedra, la predestinación dirigida, la falta de comprensión y compasión llevan al desastre total. Esas palabras, instrumentos para herir, se convertirán en frases-piedra cuando la adolescente crezca, cuya historia se retoma en el primer relato, El cárabo: una llamada desde lo prohibido para escapar de la vida asfixiante llena de hipócrita moralina con sus tíos.

En Apenas unos milímetros —la historia de un chico que únicamente puede mover sus pupilas—, nos introduce en la culpa de la salud frente a la enfermedad, de la vida frente a la muerte, y en el instinto de conservación que se manifiesta al no querer presenciar lo ingrato de la vida, ¿es que acaso tiene derecho a ser mostrado? se debate la narradora, mientras que el director del instituto, muy en las nuevas pedagogías, personifica la postura casi ridícula de lo políticamente correcto.

Niños son también los protagonistas de Papá es de goma, en este acaso abandonados pero intentando mantener la realidad de un padre que todavía existe. Resulta enternecedor ese afán, ese deseo de normalidad que a veces consiguen, como cuando están viendo la TV o haciendo los deberes después de cenar. Pero mantener su mundo tiene un resultado escalofriante.

Creamy milk and crunchy chocolate, y Nosotros los blancos suceden Cárdenas, esa metrópoli imaginada por la autora, en la que también transcurre su novela Cicatriz, y que se caracteriza porque las chicas pueden desayunar solas y llevan botas anchas con lazada atrás y sin tacón. El protagonista del primer relato acaba asumiendo las culpas de todos con los que se relaciona; mientras que en el segundo, sin embargo, la culpa de un crimen es rechazada en el mismo ambiente turbio de pensiones baratas que le supone a su moral.

Y para concluir —los nombrados en esta reseña que no el libro—, la autora nos fabrica dos relatos de autoficción: en Mármol, sobre el mundo de su infancia, nos presenta a ese profesor que le corregía la forma de coger el lápiz; y en Mustélidos, un alter ego de la escritora nos confiesa que su timidez, percibida como altivez o indiferencia, es producto del desconcierto que le supone estar siempre en la cuerda floja.

Sara Mesa se atreve a mostrarnos la turbidez que esconde una vida de apariencia normal, con una prosa de pocas concesiones a los adornos literarios, precisa, directa, que a veces raspa. Un estilo y una voz muy reconocidos ya en la narrativa española actual.

Sara Mesa (Madrid 1976), ha publicado dos libros de relatos: La sobriedad del galápago (2008), y No es fácil ser verde (2009), además de las novelas El trepanador de cerebros (2010), Un incendio invisible (2011) Premio Málaga de Novela, y Cuatro por cuatro (2013), esta última Finalista del Premio Herralde de Novela en 2013, y “Cicatriz”, Premio El Ojo Crítico de Narrativa y elegido entre los libros del año por numerosos medios de comunicación. Su primer poemario, Este jilguero agenda (2007) fue galardonado con el Premio Nacional de Poesía Miguel Hernández.