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Febrero en Nueva York (Parte 3)

1 Nov

¿No has escuchado la primera y la segunda parte? ¡No te las pierdas!

Hasta que un día se encontró frente al cuadro “Sol matutino” en el museo de Edward Hooper. Los colores del amanecer le bañaron, pero ella no los vio sino que los sintió en la piel, como si por un extraño fenómeno de ósmosis recibiera los óleos a través del tacto, o a través de la sangre, y la sensación se reconstruyera nítidamente en su cerebro. Natalia comprendió que esa pintura le devolvía el amanecer robado por la llamada telefónica de Granada.

Cerró los ojos frente al cuadro, ella era esa mujer, la que observa por la ventana, la que se deja acariciar por los rayos en la cara y el cuello, en los brazos y las piernas, demasiado blancas, descubiertas bajo el camisón recogido. ¿De donde venía? ¿A qué estaba esperando? Su cama tenía algo de futuro incierto. Las sábanas sin deshacer, perfectamente extendidas, eran premonitorias de un vuelo fuera de ese cuarto, a través de la ventana. Quizás muchas mujeres Portada Febrero en Nueva Yorkocuparon ese lugar, mirando hacia el espacio, y todas volaban para no volver, mientras su puesto era ocupado por otra que sentía lo mismo; una cama que se había vuelto la lanzadera hacia un mundo donde encontrarían las respuestas, donde estaría esperando la luz, el relieve y los perfiles que les faltaban.

Esa noche  Natalia decidió dejar de buscar. Volvió a su habitación y separó una de las camas; la colocó frente a la ventana de la habitación, que abrió de par en par, y se desnudó. Con el pelo hacia atrás recibió sobre su piel el gélido aire nevado del Febrero neoyorquino, un aire blanco que le cubría poco a poco el cuerpo con pequeñas escamas de escarcha, el mismo aire que la trasportaba fuera del hotel, y de sí misma, mientras acariciaba el amanecer de la mujer del cuadro, que ahora era ella, volando hacia el exterior en un viaje sin retorno hasta su luz perdida.

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Febrero en Nueva York (Parte 2)

25 Oct

Escucha la última parte en este enlace

 Estaba otra vez en Nueva York aprovechando el viaje que con tanta ilusión preparó en secreto para celebrar su aniversario de boda. Vinieron juntos un verano hace 20 años. Aquí había descubierto una ciudad luminosa donde los edificios de cristal se reflejaban unos contra otros, en un juego de espejos hasta el infinito, y terminaban con cúpulas plateadas como coronas reales. Aquí, junto a él, intuyó que había otras formas de ver la realidad y que deseaba representarlas. Ahora volvía abandonada por su marido y por la luz: ¿es que eran lo mismo? Si eso fuera cierto, solo esta ciudad tenía la respuesta.

Portada Febrero en Nueva YorkDurante muchas mañanas se levantó decidida a recorrer las mismas avenidas y plazas, los mismos parques y monumentos que conocieron juntos cuando eran jóvenes… Sin embargo,  los colores no volvían, y  la desagradable sensación de ser engullida por la bruma gris se le hacía más y más fuerte. Imaginaba a los que la rodeaban,  tendrían el pelo lacio si eran los asiáticos, turbantes amarillo azafrán los paquistaníes, grandes lazos chillones en las mujeres afro americanas, pero ella no podía distinguirlos; porque solo eran cuerpos mil veces repetidos de los que en algunas ocasiones surgía una mano: enfundadas en guantes las que le abrían la puerta del ascensor, autoritarias las que le paraban si iba en la dirección equivocada, displicentes si le daban el billete del metro… Cada noche se volvía angustiada y cada mañana la ciudad se lo confirmaba un poco más: ella se estaba disolviendo en la marea.

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Febrero en Nueva York (Parte 1)

18 Oct

Escucha la segunda en este enlace

 Dos camas unidas por una sola colcha. Cuando varios meses antes reservó habitación doble, no pensó que esa imagen le devolvería tanta soledad. Natalia se acercó a la ventana. Una nieve tranquila, de copos pequeños, cubría lentamente la calle y las azoteas de los rascacielos de Nueva York.  Aquella otra noche también nevaba en Granada. “Alerta roja” habían dicho. Alerta ¿para quién?, ¿para los conductores?, ¿para los transeúntes? La alerta puede estar en cualquier parte, incluso en tu propia cama donde los fantasmas duermen contigo hasta que algo los despierta, por ejemplo una llamada telefónica… Alberto había salido corriendo de casa sin contestar ninguna de sus preguntas, y volvió muy tarde. Ella  sabía que aquella era una llamada antigua, que esperas pero confías en que nunca se producirá, porque la reconoces inmediatamente como el principio del fin. Mientras él balbuceaba explicaciones inútiles, los rayos blancos del amanecer ya entraban en su habitación pero esa noche no terminaría jamás para Natalia, porque fue cuando el mundo se volvió plano.

Portada Febrero en Nueva YorkNi siquiera el médico que le firmó la baja como profesora en la Facultad de Bellas Artes llegó a comprenderla. Había sido abandonada por su marido, nada especial, les ocurre a muchas mujeres…, lo que nadie sabía es que cuando Alberto se fue ella perdió los colores; tampoco los rostros ni los objetos tenían relieve, solo eran líneas colgadas en el aire. Las personas avanzaban o retrocedían envueltas en humo, con el contorno difuminado, hasta que desaparecían en medio de una bruma densa y amorfa.

A Natalia no le sorprendió que el presente se quedara sin color, le pasaba algunas veces cuando tenía un mal día, pero sintió pánico al descubrir que también sus recuerdos le devolvían un pasado en blanco y negro. ¿Por qué se habían borrado los amarillos y violetas de los atardeceres vividos, los verdes de los jardines paseados o el iris de los ojos de sus amigos? Ya no podría pintar más, pero si sus recuerdos no eran dignos de ser guardados en la memoria significaba que Alberto se había llevado algo más que la luz.