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COMO VIRGINIA WOOLF

12 Abr

Estaba empezando a preocuparme la posibilidad de convertirme alegremente en una mujer práctica y aburrida: en vez de leer a Locke, por ejemplo, o de escribir, me pongo a hacer una tarta de manzana (…) Y solo ahora he cogido el bendito diario de Virginia Woolf que, junto con varias novelas suyas, compré el sábado con Ted. Ella superó la depresión y las cartas de rechazo de Harper´s (…) limpiando la cocina y luego cocinando merluza y salchichas. Me encanta Woolf desde que leí La señora Dalloway (…) , pero en el verano negro de 1953 sentí que estaba replicando su suicidio. Solo que yo sería incapaz de meterme en un río y ahogarme. Supongo que siempre seré excesivamente vulnerable y algo paranoica. Pero también soy condenadamente sana y resistente, y tengo la sangre dulce como una manzana.

Sylvia Plath

La fascinación por nuestros escritores favoritos nos hace caer en la tentación de emular no solo su escritura sino también sus vidas, como si por una extraña ósmosis consiguiéramos alcanzar el nivel de su arte. Pero nadie se imagina a los grandes artistas, pongamos Virginia Woolf: “limpiando la cocina y luego cocinando merluza y salchichas”, lo prosaico no entra en nuestros planes de imitación. La autora confiesa que le preocupaba convertirse “alegremente en una mujer práctica y aburrida”, quizás porque las vidas desgarradas parecen ser más literarias que las felices.

Se ha comprobado que la creatividad y las enfermedades mentales —esquizofrenia y bipolaridad— comparten genes, aunque no sea necesario tener una depresión para ser un buen artista y a los factores genéticos siempre haya que añadir los ambientales. La máxima expresión de sufrimiento es el suicidio con ejemplos de grandes escritores, sobre todo poetas: desde Safo a Violeta Parra, Cesare Pavese, Stefan Zweig… que en cualquier caso hubieran ocupado el mismo extraordinario lugar en la historia, pero varias corrientes literarias —Romanticismo, Existencialismo…— han elogiado el suicidio, y a los suicidas se les sigue envolviendo con un aura de respeto por haber elegido la muerte como solución a la angustia de vivir.

Sylvia Plath consiguió finalmente parecerse a su adorada Virginia, y su “sangre dulce como una manzana” no terminó en una alegre tarta, como cuando engañaba con tareas domésticas el fantasma de la depresión, sino en el horno donde metió la cabeza una fría mañana de febrero de 1963.

Reyes García-Doncel

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AMOR ROMÁNTICO

4 Abr

Una se fía de signos aislados que supuestamente permiten anticipar muchas cosas: le gusta el ballet, ergo debe de ser sensible y creativo; cita versos, ergo debe de ser mi alma gemela; lee a Joyce, ergo debe de ser un genio. Reconozcámoslo, corro el peligro de que mi hombre ideal sea un semidiós y como de esos no hay tantos a mano, a menudo tiendo a inventármelos inconscientemente. Y luego me refugio en el placer de la poesía y la literatura, donde el valor de la recompensa es tangible y patente.
En realidad, no consigo pensar de un modo profundo, de veras profundo. Sueño con un héroe romántico inexistente. Si al menos supiera lo que quiero podría intentar buscarlo. Quiero vivir una vida buena e intensa con un hombre fuerte y bueno. Sano, brillante y fuerte, así tiene que ser el hombre con quién quiero vivir.

Sylvia Plath

 

El deseo sexual, ese cóctel de hormonas que nos hace buscar pareja, existe pero frente al prosaico, y a la vez juicioso, consejo de nuestras abuelas: “Búscate un hombre que sea bueno y trabajador”, predomina el prototipo de amor romántico que, cambiando según las preferencias de cada cual, siempre se traduce en alguien que satisfaga todas las expectativas de felicidad —lo que es claramente imposible—, además de dar protección —lo que evidencia la debilidad de una de las partes—. Un semidios, lo define Sylvia Plath, pero con la particularidad de que una misma persona varía en virtudes y defectos para observadores distintos, porque cada uno le proyecta sus propios prejuicios y expectativas, como muy bien describe la autora.
Las señales externas son códigos de comunicación necesarios para elegir pareja, en el cortejo los animales usan plumas de colores, rugidos potentes, bailes… Los humanos tenemos también la palabra, y cuando aparezca la inevitable decepción del semidios elegido, nos quedará la buena literatura, la que no defrauda, pero a este anónimo consejo me remito: “Cuídate de los que saben escribir pues tiene el poder de enamorarte sin ni siquiera tocarte.”

Reyes García-Doncel

A MEDIDA QUE ME HAGO MAYOR

28 Mar

Recuerdo que a los ocho años, mientras escribía un poema sobre la nieve, me dije en voz alta: “Ojalá tuviera la capacidad para expresar por escrito lo que siento ahora que todavía soy pequeña, porque cuando crezca sabré cómo escribir pero habré olvidado lo que se siente de niña”. Y es cierto que la sensibilidad infantil para las experiencias y las sensaciones nuevas parece disminuir en una relación inversamente proporcional al aumento de destreza técnica. (…) Nos vamos volviendo indiferentes, insensibles, nos conformamos con nuestra pasividad, y cada día añade una nueva gota en el pozo estancado de nuestros años.

Sylvia Plath

 

La infancia es la verdadera patria del hombre, según Rilke, también el paraíso perdido, territorio de nostalgias y refugio de melancolías cuando siendo adultos nos vienen mal dadas. Paraíso mucho más perdido para los escritores, como se lamenta Sylvia Plath en su texto, ya que a todos nos gustaría recuperar esa sensibilidad que emergía, sin barreras emocionales ni mentales, cuando éramos esponjas dispuestas a absorber el mundo, sin mediar la razón ni las ideas preconcebidas. El cerebro de los bebés y de los niños pequeños con múltiples conexiones todavía sin delimitar tiene capacidades sinestésicas: ven los sonidos, oyen los colores…, facultad que se pierde al crecer, quizás por eso recordemos la infancia como un mundo mágico.

Ante la imposibilidad de parar el tiempo, los escritores tenemos que luchar por aprender el oficio de escribir sin perder nuestra mirada fresca, lo más cercana posible a la de la infancia, y de paso convertirnos en seres que no encajan en los convencionalismos sociales por tener ese punto de mira que ve la realidad desde el otro lado.

Reyes García-Doncel

BIOLOGÍA Y FEMINISMO

19 Mar

“A menudo empleamos la Biología para explicar los privilegios que disfrutan los hombres, la razón mas argüida es la superioridad física masculina. Por supuesto, es cierto que en general los hombres son más fuertes físicamente que las mujeres. Pero si de verdad basáramos las normas sociales en la biología, entonces los niños tendrían que identificarse por la madre en lugar de por el padre porque, cuando nacen, el progenitor que conocemos biológica e incontrovertiblemente es la madre. Aceptamos que el padre es quien dice la madre (…)

Así pues, enseña a Chizalum que la biología es una materia interesante y fascinante, pero que no debe aceptarla como justificación de la norma social. Porque las normas sociales las crean los seres humanos y no hay ninguna norma social que no pueda cambiarse”.

Cimamanda Ngonzi Adichie

 

Hoy nuestra escritora del mes entra de lleno en el determinismo biológico, teoría que utiliza premisas supuestamente científicas para justificar ideas discriminatorias, no solo en el caso de la superioridad del hombre respecto a la mujer, sino también para las desigualdades sociales, el colonialismo, los nacionalismos —tenemos ejemplos muy cercanos—, y la superioridad inherente a las élites gobernantes: el pobre, el negro, la mujer, es inferior genéticamente y de ahí su pobreza, su esclavitud o su necesidad de sumisión. 

La ciencia actual no ha demostrado el determinismo biológico, más bien lo contrario: tanto los rasgos físicos como los comportamientos son el resultado de interacciones entre biología y entorno, pero añadir el término científico a cualquier idea le da visos de veracidad. En el siglo XIX las primeras feministas, como Concepción Arenal, ya tuvieron que luchar contra unos estudios que hablaban del supuesto “órgano del amor a los hijos” más desarrollado en el cerebro de la mujer, mientras que otro llamado “órgano del cálculo” lo estaba en el de los hombres. Semejante despropósito se consideraba entonces Ciencia y se utilizaba para justificar que la mujer no accediera al trabajo fuera del hogar, porque no olvidemos que la Ciencia está hecha por hombres —y en esta caso no es un genérico, hasta ahora la mayoría de los científicos han sido varones— con sus correspondientes prejuicios.

No pueden reducirse las propiedades de una persona o de una sociedad exclusivamente a los genes. El ser humano ha trascendido la biología con la cultura.  Y recogiendo el final del texto: no hay ninguna norma social que no pueda cambiarse”.

Reyes García-Doncel

LOS LIBROS

27 Ene

Los libros de papá estaban todavía en cajas en un depósito, en el colegio había solo algún volumen edificante, el tío Alberto no poseía una biblioteca. Los libros, pues, me parecían un fruto prohibido. Cuando tenía uno a mi alcance, permanecía horas leyendo, ávida y celosa, tendida sobre el diván de mi celda entre los pesados cortinajes que olían a polvo, olvidado el calor estival, totalmente enajenada de la realidad que me rodeaba.

Cuando estudiaba, junto a mi hermana, que hacía también los deberes sentada a la mesa de la cocina, debía leer en voz alta para que no me distrajera el caos que me rodeaba. Muy pronto aprendí a enajenarme completamente de todo lo que sucedía a mi alrededor y pensar solo en mis libros. A este ejercicio de concentración, que los héroes de Canetti aprecian tanto, debo quizás la sensación de haber vivido aquellos años separada de los acontecimientos por un diafragma de irrealidad.

Marisa Madieri

 

En este mundo hiper informado —aunque no siempre correctamente—, es difícil imaginar la escasez de libros que describe Marisa Madieri durante su exilio: “Los libros, pues, me parecían un fruto prohibido”, dice. Me la puedo imaginar oliéndolos, abrazándolos, disfrutando de su tacto como un regalo de la vida. Cualquier lector empedernido se habrá visto reflejado en sus palabras, sobre todo en lo de que: “aprendí a enajenarme completamente de todo lo que sucedía a mi alrededor y pensar solo en mis libros”. Porque un buen libro supone tal abstracción que el mundo exterior deja de tener importancia, solo existen las palabras encadenadas que cuentan historias, emocionan, crean imágenes de lugares o personas… En el caso de Marisa Madieri su capacidad fue tan grande, que al recordar mezcla sus lecturas con su vida, como si la viera “por un diafragma de irrealidad”, distancia que la salvó de perderse emocionalmente en la sordidez y miseria que le tocó vivir.

Hay grandes amantes de los libros en la historia de la Literatura: desde el profesor obsesionado con el orden que la escritora cita, pasando por los monjes de una abadía italiana con su biblioteca laberinto y bibliotecario ciego, llamado Jorge para más señas; sin olvidarnos, por supuesto, de nuestro Alonso Quijano. Los libros enamoran, sanan, enloquecen, enseñan, ayudan a sobrellevar un exilio, y provocan que tachen a las lectoras obsesivas, como estas dos que ahora mismo hablan, de estar siempre en La Inopia.

Reyes García-Doncel

LA OCUPACIÓN YUGOSLAVA

20 Ene

El final de la guerra y la ocupación yugoslava representaron para mi familia un primer periodo de miedo, desconfianza, registros domiciliarios. La Onza, la temida policía secreta, cuyo nombre hacía palidecer a mis padres, vino una mañana a nuestra casa a preguntarnos si teníamos armas para entregar. Mientras mi madre decía que no, presa del pánico, yo, sorprendida, le pregunté delante de los agentes cómo era posible que no recordara la pistola que papá había escondida bajo el colchón. Ese día, por suerte, la crueldad del los hombres de la Onza se suavizó frente a las lágrimas desesperadas de mamá, que se arrodilló, y a la desprevenida confianza de una niña que no veía en ellos a unos enemigos. La pistola fue requisada pero no nos hicieron daño alguno.

Marisa Madieri

 

Dicen que lo primero que se mata en una guerra es la verdad, pero este enternecedor fragmento nos muestra que lo siguiente sería la inocencia de los niños. Para Marisa Madieri nada volvería a ser igual tras la visita de la policía política. Su mundo confiado, cercano, saltó por los aires, y si antes no veía la cara de un enemigo en nadie, a partir de entonces podría verlo en cada vecino con el que se cruzara, porque otra evidencia es que las caretas se caen. En una guerra los niños aprenden algo que a ningún padre le gustaría que aprendieran: que quien tiene las armas tiene el poder e impone su ley, que esta no es siempre la más justa, y que lo único importante es sobrevivir, por encima del amigo, incluso del hermano.

Todas las guerras se parecen, las imágenes que vemos en las actuales muestran la misma tristeza y desamparo que viviría Marisa Madieri niña en la segunda guerra mundial. Parece obvio y admitido por todos que tienen el derecho a crecer libres de traumas y miedos, pero este derecho sigue siendo incumplido, también en tiempos de paz. Hoy en La Inopia intentaremos mostrar por qué es tan difícil ser niño en Andalucía.

Reyes García-Doncel

LOS BORDES DEL TIEMPO

13 Ene

En cada palabra dada y recibida, en cada gesto y pensamiento, en cada fragmento incluso breve y casual de nuestra existencia y de la de los otros, hay algo de precario y algo de ineluctable, de caduco y de indestructible. Cuando en verano pasamos bajo la iglesia de Villa del Nevoso (…) me parece que los bordes del tiempo se tocan, que su manto envolvente se vuelve transparente. Mis padres aún se están casando allá arriba, mamá aún pasa con su velo blanco ondulante entre las tumbas del cementerio que rodea la iglesia, el alba de agosto es ya siempre tibia y serena.

Marisa Madieri

 

La escritora que nos ocupa vivió parte de su infancia y su juventud como refugiada en Trieste tras la segunda guerra mundial. Perdió todo, salvo sus recuerdos, que intentó plasmar en este bello libro “Verde agua”. Como si de un agujero de gusanos se tratara, “los bordes del tiempo se tocan” nos dice, y recupera otro universo de tiempo, incluso no vivido, pero no por ello menos recordado porque la única patria que permanece es la memoria.

Todos somos exiliados de algún paraíso, todos guardamos la nostalgia de algún lugar que fue nuestro refugio, el último reducto de felicidad antes de crecer. El paisaje, los olores, la tibieza y la frescura del aire son la herencia de nuestros antepasados. Pero como nos avisa Marisa Madieri, cada fragmento de la existencia tiene “algo de caduco y de indestructible” a la vez. La eternidad del instante.

Porque el mayor exilio es la propia vida.

Reyes García-Doncel