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FAUSTO

7 May

2 de marzo 2015

Estoy dibujando, peleando por encontrar los personajes, cuando siento unos ojos a mi espalda y un viento espeso y oscuro me envuelve. Imagino a Annia que, como siempre, me intimida con su mirada y suelto temerosa el lápiz; pero al volver la cabeza no es ella, sino Mefistófeles el que ha invadido mi cuarto, el que alarga su cuello ondulante, parecido al de un buitre, por encima de mi hombro para mirar los dibujos con unos ojos azules, casi blancos, donde las pupilas resaltan como botones negros. Es él, está junto a mí, alto, calvo, en la piel morena y suave de su torso desnudo se marcan brillantes los músculos perfectos. Parece un atleta. Las piernas largas que salen de unas caderas estrechas, están ceñidas dentro de unos pantalones de seda color rojo sangre. Entonces extiende sus enormes alas y, por unos momentos, solo puedo ver plumas negras, marrones y grises que me rodean. El aire se vuelve todavía más denso, me cuesta respirar pero no lucho, solo quiero dejarme abrazar por esas plumas suaves. Mefistófeles bate las alas y mis bocetos vuelan. Intento atraparlos, pero el fuerte viento me lanza contra el suelo mientras, en un último torbellino, él desaparece. Al levantar los ojos veo junto a la puerta de mi habitación la sombra de una niña.

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Voto emigrante

1 May

22 de marzo 2015 

Voto rogado lo llaman, un mecanismo inventado para que participemos los residentes en el extranjero. En realidad, para que no votemos, porque saben que la mayoría mandaríamos al PP y al PSOE a tomar por culo. A mí me han llegado las papeletas, pero a otra gente no. Marea Granate denuncia en su muro de Facebook fallos en la página web de Correos que no han permitido solicitar los votos, colapsos en las oficinas, papeletas retenidas en los aeropuertos…, todo por falta de personal. Una chica malagueña que trabaja en Chicago cuenta que le han llegado hoy, pero cuando ya había cerrado Correos. Lo ha mandado por mensajería: ha tenido que pagar para votar y ni siquiera sabe si será válido.

Son solo elecciones autonómicas, no sirven de mucho, pero debo implicarme si quiero que esto cambie.

Mi trabajo en el restaurante indio

26 Oct

 25 de agosto 2012

Mi trabajo en el restaurante indio consiste en secar las tazas, los platos, el enorme surtido de bandejitas y pocillos que utilizan para cada salsa, otros recipientes como el bowl del arroz o la fuente de la carne, y colocarlos en los estantes. Secar y ordenar, rápidamente porque se les acaban enseguida, y siempre de pie.

Me encantan los olores, los sabores a especias desconocidos y sus múltiples salsas que convierten en una aventura descubrir de qué están hechas. En la sala, decorada con carteles de sus actrices famosas de Bollywood, siempre suena música de guitar o de flauta, y además encienden velas de incienso por las esquinas, por lo que consiguen una atmósfera muy sensual.

Los propietarios son una enorme familia —hermanos, tíos, primos—, a los que conforme van llegando para trabajar en este o en otros restaurantes de la cadena, los acoplan en pisos que tienen repartidos por toda la ciudad. Aquí solo trabaja una chica, Priya, que es más o menos de mi edad. Tiene un precioso color cobrizo de piel y el pelo lacio cortado en media melena al estilo europeo, nada que ver con las gruesas trenzas, ni el espeso maquillaje de las que cuelgan por las paredes. Sobre la frente, —en vez del punto rojo habitual propio de las casadas—, ella tiene un enorme lunar, negro y algo desplazado hacia la ceja derecha, como un tercer ojo errático o rebelde.

Y les va fantásticamente bien, siempre lleno, siempre la cocina ajetreada. Los camareros lanzan las propinas, que son altísimas, a un bowl metálico, y el sonido que hacen al caer se me antoja el de las limosnas en el cuenco de los mendigos. Al final del día se sientan alrededor de una mesa para contarlas con veneración. A mí, por supuesto, no llegan. 

Con su camisita y su canesú

14 Sep

Una muñeca vestida de azul, con su camisita y su canesú… Vestida con el disfraz de princesa, Alice aprende a decir azul, rosa y azul; de la cocina llega el olor a masa fermentada en el horno, a brócoles y a infusión de jengibre; por la ventana llega el aguacero que azota los cristales y difumina el contorno de la calle, encerrándome aún más en este cuarto. “Palma palmita que viene mamá, palma palmita mummy”. Alice se pone sus zapatos de purpurina. Me asomo para ver el mar y no lo distingo del cielo lloroso, una bruma plomiza e irreal los une y nos envuelve a todos en la misma cortina empapada. “Un ratón chiquitín, chocolate y turrón…”. La lámpara rosa del cuarto encendida a las tres de la tarde, de nuevo el invierno, otro más, el eterno invierno, que no reconozco… Como tampoco reconozco al Stefano risueño y optimista en el huraño que no para de quejarse porque se siente explotado, porque trabaja como un mulo, porque gana muy poco dinero… Lo animo a que proteste o a que busque otro trabajo, él replica “sí, sí”, pero continúa refunfuñando sin hacer nada.

            Rosemary me acerca un té y me sonríe: “¿esa canción te la enseñaron en tu colegio cuando eras pequeña?” Asiento en silencio, el olor a jengibre me inunda y cierro los ojos: los apuntes de Business, las botellas ordenadas en sus estanterías, las quejas de Stefano, la lluvia, los edificios grises, la risa estrepitosa de Elsa, mis padres por Skype, el 22, los espaguetis solo con tomate, la calefacción al mínimo, el frío, los malos modos de Stefano, el silencio… Esta es mi vida.

A través de la neblina veo una chica arrastrando un trolley.

 

Como surcos de la bajamar

10 Ago

A través de un ventanal los veo cruzar la pista de aterrizaje: arrastran sus trolleys, mi madre se alisa varias veces el pelo con ese gesto nervioso tan suyo, mi padre tose y le da una vuelta más a la bufanda, los dos se protegen la cara de la ventisca que trae frío y lluvia en esta Semana Santa de una primavera gélida. Ya están aquí, por fin ellos han encontrado el momento de venir y yo me siento con fuerzas para mostrarles que estoy bien, que tengo trabajo, que no deben preocuparse por su hija.

Sus brazos abiertos desde lejos, sus sonrisas, sus ojos brillantes, me hacen olvidarme de las malas noches, del mal comer, del frio exterior e interior y me acurruco entre ambos, los tres llorando, riendo… En sus arrugas mojadas, como los surcos de una bajamar en la arena, reconozco mi país, mi ciudad, mi casa; sus besos ansiosos me devuelven todo el amor, tenaz y generoso, que me permitió crecer y allí, asida al olor añorado, me hundo en mi infancia.