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Diarios de Laura Freixas

4 Oct

Esta semana he asistido a la presentación del nuevo libro de Laura Freixas “Una vida subterránea”, conjunto de diarios escritos entre los años 90-94,  lo que me ha llevado a reflexionar sobre la llamada literatura del yo: diarios, memorias, autobiografías, autobiografías noveladas…

Portada-Una-vida-subterraneaLa herramienta de inspirarse o utilizar episodios de la propia vida es tan antigua como el arte de escribir, y existen grandes escritores representativos, desde Andrés Trapiello que lleva 20 años publicando sus diarios, hasta el mayor creador que se basa en el yo,  Marcel Proust quién dijo: “Para escribir un libro esencial, el único libro verdadero, un gran escritor no tiene, en el sentido corriente, que inventarlo, porque ya existe en cada uno de nosotros, sino traducirlo. El deber y la tarea de un escritor son los de un traductor”.

Sin embargo en España está subvalorada toda la literatura que tiene que ver con lo autobiográfico porque, erróneamente, se le atribuye menos creatividad; al contrario que en los países anglosajones. Laura Freixas coincide con esta afirmación, y lo atribuye a las religiones dominantes en cada país. En los protestantes el individuo tiene una relación directa con Dios a través de los textos bíblicos, eso favorece el proceso introspectivo, el autoanálisis y el dialogo; mientras que en los católicos existe la figura del confesor como intermediario, lo que conduce a una moral de ocultar la vida privada y del disimulo.

Ella misma reconoce que antes le daba vergüenza contar su vida, pensaba que no podía tener interés para nadie, y ese ha sido uno de los látigos que la han flagelado, entre otros muchos valientemente reflejados por los diarios, en su carrera de escritora. Pero a lo largo de los años, descubrió que creatividad no es lo mismo que imaginación, se puede tener mucho de la segunda y no ser capaz de hacer literatura; así como imaginación no es lo mismo que ficción, hay un paso diferente que dar en cada una de ellas. De hecho existen escritores con muy poca imaginación, de nuevo Marcel Proust, que solo escribió de lo vivido. Ahora mismo, Laura F. dice preferir a autoras como Carmen Martin, y otros que hablan de vida diaria, a las grandes novelas en mundos fantásticos.

una-vida-subterraneaDentro de los diferentes géneros de la literatura autobiográfica, el diario no es una novela donde la necesaria estructura hace que se pierda inmediatez. Aunque no está necesariamente  estructurado sí tiene hilos conductores, que son las obsesiones del autor en esos momentos de su vida, reflejadas en sus reflexiones. Los diarios de Laura Freixas, publicados a los 20 años de ser escritos, (idea muy interesante que se comentó: ¿Hasta que punto eres la misma persona? ¿Hasta que punto suscribes todo lo escrito entonces?), están marcados por la sensación de fracaso en varias facetas de su vida unida, como no podía ser de otra manera, a una fuerte auto exigencia. El miedo al fracaso lo empaña todo porque si no consigues éxito, nadie (y ese nadie siempre suele tener una cara concreta) te quiere.

Me pareció particularmente interesante, y muy valiente, como la autora refleja los miedos respecto a su, entonces incipiente, carrera de escritora. Reflexiones como que cualquier éxito de los demás escritores los vivía como una pérdida para ella, y que terminar su segunda novela se le hacía una tarea titánica ante la que cada día se deprimía más, son confesiones admirables. Cuando el deseo de escribir, dice, se convierte en un desafío pasa de ser un placer a un sufrimiento. En su juventud no se dejaba un momento libre porque pensaba que si no empleaba todo el tiempo, el fracaso sería  por su culpa; concluye  explicando que afortunadamente todo cambió al paso de los años. Madurar es dejarte tranquila.

Pensamientos muy reconocibles, autobiográficos pero nada exclusivos de una sola persona.

Esta no es la realidad

12 Sep

Según argumentó Juan José Millás en su conferencia para el acto inaugural de los cursos de la UNIA, esta frase debería aparecer bajo la cabecera de cualquier periódico. Parecería un despropósito, ya que la prensa se supone que nos informa de la realidad de manera fidedigna, pero es que existe una cuestión muy importante: realidad y literatura nunca pueden ser lo mismo.

La realidad, y siempre según palabras del escritor, resulta un cúmulo de eventualidades, puro azar por mucho que nosotros nos creamos envueltos en un proyecto vital con sus objetivos premeditados y elegidos; por el contrario en literatura nada es casual, todo obedece a un sentido, y si no es así no debería haberse escrito nunca, sobraría del texto (referencia a la famosa pistola de Chejov incluida)  Un periodista,  ya sea en un reportaje o en una crónica de sucesos, trabaja con los mismos recursos lingüísticos que un escritor por lo que sus textos no son caóticos, como sí lo es la realidad, sino que están elaborados buscando un sentido. En esa medida, lo escrito resulta una pieza literaria, y se convierte en una representación de la realidad, no en la realidad misma. Millás citó varios ejemplos donde literatura y periodismo son indisolubles, entre ellos  “A sangre fría “o “Un día de trabajo” ambos de Truman Capote. De este último explicó que se puede considerar un reportaje y un relato simultáneamente, depende de donde se lea: si en un periódico es un reportaje y si es en un libro de lectura sería un relato. Entre periodismo y literatura no hay fronteras.

Juanjo MillásMillás aludió a las secciones periféricas de los periódicos que a la gente le suele gustar mucho leer ¿Por qué?  Según él porque tienen una fuerte carga de representación de la realidad.  Ejemplos como: “Cambio colección de discos de los Beatles por algo” es una historia de soledad, hay alguien que le da igual el cambio solo quiere contactos; o “Viuda de militar vende cama de matrimonio casi sin estrenar” encierra toda una historia, (la que conocida su portentosa imaginación, los lectores nunca dudaríamos el escritor ya ha elaborado) Lo expresivo siempre tiene más fuerza que lo meramente informativo, tanto en periodismo como en literatura.

La cuestión de fondo es que escritor y narrador no son lo mismo. El primero firmará la obra pero es un ente diferente a la voz narradora, ya que en ésta se adopta un determinado punto de vista a través de cuyo filtro los lectores recibimos la historia. Luego una narración (incluso algo tan prosaico como un consejo de ministros) será siempre el resultado de una mirada, y si no hay punto de vista no hay ni literatura ni periodismo. Toda representación, y una obra literaria lo es, procede siempre de una manipulación de la realidad.  Millás denominó a ese foco visual del escritor “espacio moral”, que permite al lector identificarse con la narración, incluso comprenderla mejor, y darle alma.  Aquí terminó la conferencia, sin desarrollar más la idea, muy interesante a mi juicio, de espacio moral.

A poco que te dediques a escribir, lo primero que comprendes es que tu mirada se convierte en el tono de lo que escribes, pero añadirle el concepto “moral” me parece un acierto porque implicaría no solo los valores y creencias que pretendas atribuir a tus personajes y a sus actos, sino los tuyos propios, que se destilan de forma subconsciente en el texto cuando escribes. En el caso de los periódicos el foco utilizado no es solo inconsciente o involuntario, sino en la mayoría de los casos totalmente predeterminado, por lo que como bien nos dice de ellos el escritor: “Esta no es la realidad”.

Alice Munro

3 Jul

    Alice Munro                               ALICE   MUNRO

“Demasiada felicidad” el último libro que he leído, además de permitirme disfrutar de unos relatos magníficos, me ha producido la fascinación por la personalidad y biografía de su autora. Alice Munro tiene 81 años, y es una encantadora señora canadiense que viste un poco extravagante, que tiene una mirada viva y una sonrisa traviesa, y que contesta de forma irónica y lúcida a las preguntas en las entrevistas.  Está considerada como una maestra mundial del relato, pero aunque  Nabokov dice que todo escritor tiene un número de palabras, ella prefiere un argumento mucho más prosaico: “El cuento estaba puramente determinado por el largo de las siestas de mis hijos. Pero después resultó que ésa fue la manera en la que aprendí a escribir y ya no pude hacer otra cosa”

Esa falta de vanidad es una herencia directa de su educación en una familia presbiteriana de origen escocés, grandes lectores de la Biblia, y con una ética del trabajo muy estricta donde la ambición profesional y el apego al dinero estaban muy mal vistos. La vida y la escritura sin vanidad fueron la escuela moral de la joven Alice. Una ética que impregna hasta su tiempo libre, cuando reconoce vergonzosa que a veces hojea el Vogue, o que le gusta  “… manejar por el campo con mi marido, que es geólogo y geógrafo, identificando cosas del paisaje. Ésa es una ocupación concreta, muy buena para mí, y además mis libros tienen mucho sobre el campo y los paisajes, así que siento esos paseos como parte de una investigación previa a la escritura.”  Me ha encantado que recurra a esa forma de inspiración literaria con la que me siento particularmente identificada (entrada del blog: Territorios que hablan)

Entre sus influencias literarias admite la de varias escritoras, entre ellas Katherine Mansfield, y no explica el por que, simplemente aporta la lúcida frase: “No sé cuánto afectó mi forma de escribir porque todo lo que uno lee deleitándose finalmente lo afecta”; además se siente cercana a ella porque a la autora neozelandesa también le gustaba hojear revistas de moda. Gran parte de sus relatos giran alrededor de los personajes femeninos, en boca de uno de ellos pone la frase: “Cuando un hombre sale de una habitación deja todo detrás, cuando una mujer lo hace lleva todo lo ocurrido en esa habitación con ella”.

Esos ojos inteligentes que nos miran son los que le han permitido diseccionar la realidad de las gentes “normales”, sus vecinos entre los que creció y entre los que ella nunca se sintió incluida. Alice Munro está considerada la pionera del realismo moderno canadiense, ya desarrollado en Estados Unidos mucho antes. Una mirada realista para destapar los entresijos emocionales de las vidas rudas, nada heroicas y siempre misteriosas, de sus paisanos. “La vida de la gente es suficientemente interesante si tú consigues captarla tal cual es, monótona, sencilla, increíble, insondable”. Personajes con secretos, a los que ella le aplica diversas lentes que se acercan o se alejan, todos con turbios pasados a cuestas que les marcaron pero aún así capaces de seguir viviendo. Su prosa es sencilla, no simple, y con pocas palabras, incluso con los silencios (en la lectura de sus historias hay que aprender a oír las elipsis), es capaz de darte un golpe brutal que te obliga a releer el párrafo para comprobar si es cierta la atrocidad que te acaba de mostrar. Pero ella continúa, a menudo hacia delante y atrás en el tiempo, sin aclararte nada, hasta que por una frase sin importancia comprendes la clave del relato. Y entonces es cuando te quedas de piedra.

Se le llama “la Chejov canadiense” lo que ella considera exagerado, pero reconoce que mientras escribía el relato que da nombre al libro, y que tiene como personaje a Sofía Kovalevski, una matemática y escritora rusa,  “pensaba si Chéjov se habría enamorado de mí de haberme conocido. Creo que no, a los hombres no les gustan las mujeres como yo. Pero quién sabe, él finalmente se casó con la actriz Olga Knipper que arrastraba su propia fama, así que… Sí, es posible que yo le hubiera gustado”.

VICTORIA CAMPS: LA BUENA VIDA, LA VIDA BUENA

10 Sep

VICTORIA CAMPS : LA BUENA VIDA, LA VIDA BUENA

Que no es lo mismo, como se ha encargado de explicarnos Victoria Camps esta mañana en la inauguración de los cursos de verano de la UNIA. De hecho, la buena vida es la que nos ha llevado a la situación actual de crisis, de la que solo saldremos, según sostiene la filósofa, adoptando las virtudes y valores que adornan una vida buena.

Porque la crisis no tiene un origen económico y político, aunque haya desembocado en eso, sino que es la consecuencia de causas éticas, de no haber fomentado durante años las virtudes, sino los vicios, y sobre todos ellos, la codicia.

Hay  personas que han sido más codiciosas que otras, mucho más, eso es cierto, y nos escandalizamos, pero no nos engañemos, nadie está exento: si no hemos  sido peores es porque no hemos podido.  En la sociedad se ha generalizado el predominio de los valores económicos: eficiencia, productividad y rentabilidad,  que son buenos en sí mismos, pero nunca han debido sustituir a los valores éticos: igualdad, libertad y fraternidad.

Para empeorar la situación, nos hemos convertidos en victimas de nuestros propios logros, porque es cierto que globalmente el mundo es más rico, pero mientras nosotros estamos en crisis, otros países están desahuciados, y esa riqueza global revierte en unos pocos.

Una vida buena es aquella que contribuye a que el mundo sea más equitativo. La mayor inmoralidad es la desigualdad, que durante años se ha ido solucionando, en concreto en Europa se estaba consiguiendo; pero a la hora de recortar se hecho atacando los derechos sociales. ¿Por qué se recorta ahí y no de otras partidas? Victoria Camps sostiene que existe una falta de fe, una falta de adhesión al valor de la equidad. Solo podemos conseguirla combatiendo la indiferencia colectiva.

A lo mejor así, algún día, vuelve a tener prestigio ser una buena persona.