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El azar y viceversa

15 Ene

benitez-1Felipe Benítez Reyes

Editorial Destino

Tiene una la costumbre de subrayar, según va leyendo, las palabras y frases que le llegan al corazón, como un intento de atrapar la magia que encierran cuando, además de ser bellas, son las adecuadas. Entonces se produce el destello que reconoces como buena literatura. Después de las primeras páginas de El Azar y viceversa de Felipe Benítez Reyes, dejé de hacerlo porque me percaté de que estaba subrayando el libro casi entero.

Por más de quinientas páginas recorremos con Antonio (al que finalmente la fuerza del destino apodará Toni), la provincia de Cádiz y Sevilla, en una sucesión de trabajos, situaciones y personajes a cada cual más disparatado, pero no por ello menos creíbles: un fotógrafo capaz de transformar a sus retratados, un catedrático tacaño, un rubio universitario diletante, un coleccionista de desechos, un rico anticuario de dudoso origen, una comunidad Sij, un ventrículo enano… por nombrar solo algunos, y siempre rodeado de militares americanos en diferente nivel del escalafón, aspirantes a matadores de toros y revolucionarios anarquistas. El autor los retrata con imágenes de precisión psicológica: “… tenía algo de elefante marino con guayabera”, “….nuestro catedrático, a quién se le doraba por dentro la boca con sus jactancias”; utiliza un adjetivo para descubrir la personalidad: “…dibujaba en el aire con un pincel mojado en humo”; o toda su historia: “… una curvatura desmayada de su cuello y un abaniqueo de sus párpados me desvelaron al unísono el secreto delicado de Kwan”; o plasma verdades tan certeras como inevitables: “Y que rara resulta la juventud, la ya perdida, en las fotos: los muñecos felices en la juguetería pavorosa del tiempo”. Porque el paso implacable del tiempo hasta la muerte, “… porque la muerte imanta”, y el fondo del mar, ese lugar donde se acumula toda la sabiduría, son dos de los hilos conductores de la novela.

Este superviviente, vividor, con aspiraciones literatas, reflejo de los pícaros del siglo de oro español, pasa de la opulencia a la indigencia más absoluta, pero en ningún caso pierde su capacidad de filosofar toda una visión del mundo, una sabiduría socarrona siempre con un punto irónico de distanciamiento que, como diría Ranyer (uno de los alias que adopta para intentar ser alguien o por lo menos escapar de sí mismo), es la verdadera sabiduría. Particularmente grato me ha resultado recorrer de su mano lugares como la plaza de Mina, la librería de la calle Feduchy, el Colegio Universitario frente a la Caleta…, y sus habitantes, alguno tristemente añorado, por donde yo también circulaba en años coetáneos.

Pero todo esto no sería nada, solo una sucesión de historietas, si no estuviera magistralmente escrito, tanto que he lamentado leer la última página, muy en la línea del personaje: el círculo se cierra, la realidad y la ficción se hacen indistinguibles; propia del manejo del lenguaje que un magnífico poeta como Felipe Benítez Reyes tiene: “La gran poesía es una especie de diario de navegación de la conciencia”.

Felipe Benítez Reyes nació en Rota (1960). Entre sus novelas El novio del mundo, El pensamiento de los monstruos, Mercado de espejismos (Premio Nadal 2007), así como varios libros de relatos. Ha obtenido el Premio de la Crítica, el Ateneo de Sevilla de novela, el Fundación Loewe de poesía, el Julio Camba de periodismo y el Premio Nacional de Literatura, entre otros.