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Escarabajos y dinosaurios

5 Jun

  La transformación de Gregor Samsa a escarabajo, nos cuenta Kafka, se produjo tras un agitado sueño; y según Monterroso El dinosaurio (siempre me lo he imaginado asomando su cresta verde escamosa y sus dientes afilados a los pies de mi cama) permanece a nuestro lado a pesar de que nos despertemos. Los sueños, ese terreno equívoco donde el consciente y el inconsciente dialogan, están expuestos a convertirse en pesadillas porque, pintó Goya en sus Caprichos, los monstruos suplantan a la razón cuando la razón duerme. Los elefantes de Salvador  Dali

El inconsciente personal se forma con las emociones, recuerdos y experiencias que almacenamos en capas cada vez más profundas, como si de maletas en una vieja consigna de estación se acumularan, desde el primer día que iniciamos el viaje. Jung añadió que además de los elementos personales, para completar esos archivos subterráneos, existen los aprendizajes culturales que denominó el inconsciente colectivo.

Pero también utilizamos otra acepción de la palabra sueños, la que se refiere a los deseos, los ideales, las metas a conseguir. Cuando estas ensoñaciones persiguen mundos perfectos aparecen las utopías, siempre esperándonos por cierto, de las cuales hay también maravillosas obras de ficción como Un mundo feliz de Aldous Huxley; y numerosos ejemplos reales a lo largo de la historia y en zonas geográficas muy diferentes. Estos sueños sí que tienen una enorme facilidad para convertirse en pesadillas: las ideologías extremistas, los fanatismos religiosos, las dictaduras socialistas, las fascistas, incluso las simples sectas…, sobre el papel platean hermosos paraísos que en la práctica son mundos de horror y sometimiento, capaces de reducir la condición humana a la simple esclavitud hacia esos ideales.

En los últimos estudios del cerebro se ha llegado a la conclusión de que el 80 % de los actos que suponemos conscientes, en realidad se realizan bajo el influjo del inconsciente (de hecho los procesos eléctricos del inconsciente preceden hasta en 6 segundos los del consciente); y viceversa, existen sueños lúcidos donde sabemos que estamos soñando e incluso podemos dirigirlos. En base a esto, ¿hasta que punto esas utopías, esos mundos perfectos a los que quieren llevarnos los que se autoproclaman salvadores, no se habrán concebido cuando la razón duerme?

Imagen de “Los Elefantes” de Salvador Dalí.

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LA TRANSFORMACIÓN

3 Abr

La-metamorfosis

LA TRANSFORMACIÓN

FRANZ KAFKA

ED. Random House Mondadori

Un día Gregor Samsa despertó convertido en un monstruoso insecto. O quizás fue Juan el que despertó en una silla de ruedas tras un fatal accidente de tráfico; o José, por la dosis de sedantes que le controló un brote esquizofrénico; o será María la que ya nunca despierte lúcida porque su cerebro lo vació un galopante Alzheimer… Todos podemos transformarnos en un “bicho raro” y entonces comienza para nosotros, y los que nos rodean, una nueva existencia donde todas las coordenadas que hasta ahora controlaban nuestra vida cambian. Con el genial símbolo del insecto, que nos lo hace verosímil aunque sabemos fantástico, Kafka va mostrando distintas perspectivas, como si fueran capas, de esa transformación.

La novela anuncia el cambio en la primera frase, de forma que el lector lo acepta plenamente. Y la familia de Gregor, tras un primer desconcierto inicial, lo asume también casi  como una predestinación de la Naturaleza, con más vergüenza que miedo y, desde luego, con más asco que congoja por la salud y el futuro de su hijo o hermano. El problema se agrava por el hecho de que Gregor, mediante su trabajo de viajante sometido a un jefe implacable y a unos horarios que odia, es el único que sostiene económicamente a la familia y el que puede saldar antiguas deudas contraídas por el padre. Pero en un ambiente burgués, donde es obligatorio mantener una apariencia segura y acomodada, cuando alguien no  produce se convierte como mínimo en un fracasado, o incluso en un proscrito social.

En visión más profunda comprendemos que el bicho raro es el propio escritor, el insecto es Kafka, luchando por serlo, escondido bajo la apariencia de ciudadano modelo. Sus patitas van dejando un fluido, las huellas de su escritura, por las paredes y el techo de la habitación que su madre y hermana en un gesto de “buena voluntad” (si todavía  es Gregor le gustaría tener su muebles, señala la madre; si es un insecto enorme necesita más espacio para moverse, concluye la hermana) han vaciado, a pesar de que él se agarraba fuertemente a su escritorio. Su necesidad de escribir le harían sentirse un extraño en la Praga del decadente imperio austro húngaro a principios del siglo XX.

Y finalmente, una vuelta de tuerca más, la transformación puede también entenderse como una reflexión sobre los límites entre lo humano y lo animal. A medida que avanza la historia y la realidad se va haciendo más incómoda, los cuidados iniciales de la familia se descubren hipócritas, y Gregor termina en una habitación oscura, casi sin comida, sucio y apaleado por su padre. El insecto, que a pesar de todo sigue demostrando consideración y afecto, es el humano; los verdaderos animales son los otros.