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Prolongar el tiempo

21 Oct

No puedo escribir mientras estoy ansiosa, o espero soluciones o me debato entre otros procesos, porque en esos momentos hago cualquier cosa para que las cosas pasen, y escribir es prolongar el tiempo, es dividirlo en partículas de segundos, dando a cada una de ellas una vida insustituible.

Clarice Lispector

 

A García Márquez no le gustaba escribir en el ordenador. Decía que la pulsación continua del cursor sobre la pantalla le provocaba ansiedad, como si le estuviera apremiando a que escribiera. La ansiedad es mala compañera para todo en la vida, para escribir también. No es bueno hacer “cualquier cosa para que las cosas pasen”, nos dice Clarice Lispector; por ejemplo unir tres palabras para que parezcan un verso, terminar una historia atascada a la que no se le adivina el final, en definitiva llenar el folio en blanco que tanto nos aterra.

Escribir es encontrar la voz que habita en los silencios, esa que intenta aflorar en cada milésima de segundo, incluso entre un segundo y otro cuando podría parecer que no existe el tiempo. Pero para eso hay que pararse a escuchar, algo muy complicado en esta sociedad permanentemente enchufada, empeñada en callar al mensajero que nos trae la posible noticia de estar vacíos.

Reyes García-Doncel

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EL JUEGO DE LA INVENCIÓN

14 Oct

ELENA MARQUÉS

Extravertida Editorial

Que la literatura es un riesgo Elena Marqués lo sabe. Se ha enfrentado a este, siempre con buen hacer, desde que comenzó su carrera literaria, y lo asume; pero en esta ocasión ha dado un salto más y construido una novela donde propone un juego entre realidad y ficción, entre el escritor y el lector —al que a veces interpela: “¿Es que no vas a tener la piedad de detenerme?” tomando como itinerario el proceso creativo. Porque: ¿quién es cada cual? ¿Cuándo la persona que escribe comienza a ser escritor? Es más: ¿dónde termina la creación y comienza la superchería?

Estructurada en capítulos cortos, algunos de un único párrafo o incluso de una línea, esta ambiciosa novela se sustenta en dos personajes: Yago Creuet y Diego Amat, que nos llevan de la mano, nos introducen no solo en su propia psicología sino también en la de los escritores que imaginan personajes, a modo de superposición de estratos por descubrir, como se le supone a toda obra literaria que se precie. En la trama se narra tanto al proceso de plagio que Yago Creuet realiza de la obra de Diego Amat, como la absoluta fagocitación de su persona. Los capítulos se ordenan de forma alterna, con números árabes o romanos, y representan cada faceta de Yago Creuet conforme asimila la personalidad del otro, Diego Amat, en una suerte de juego de espejos entre ambos, o de Dr. Jekyl y Mr. Hyde, donde cada historia encierra otras relacionadas entre sí. Pero lo que de verdad se cuestionan estos escritores —y la autora por sus bocas— es por qué se escribe, por qué existe la necesidad irrenunciable de plasmar la realidad hecha ficción, o viceversa: Si supiese por qué escribo, tal vez no escribiría”; y arremete contra toda la industria cultural, aquellos que no escriben pero hacen alardes de escritores, con la invención no como descubrimiento, como hallazgo o acto creativo, sino como ingenio vanidoso para fabricar la figura del escritor de éxito. “Se había rendido a la industria cultural (…) Dejó de escribir para convertirse en escritor”

Los escenarios de la trama son tres: la casa familiar en Colombia, origen de Yago Creuet , donde la autora da rienda suelta a su predilección por la literatura sudamericana de la que es admiradora confesa, y crea un mundo cercano al realismo mágico con la lluvia, por supuesto, como protagonista: “El pobre veía musgos que le tapizaban el abdomen, membranas que le crecían en la juntura de los dedos, sapos que se le colaban por la garganta y pedían auxilio con su propia voz de medio hombre”; la casa, o más bien la habitación, donde malvive Diego Amat, y donde el proceso de asimilación y plagio se va produciendo paso a paso; y el desastrado bar en el que ambos se conocieron y se reúnen cada día Día de perros, nombre muy en consonancia con la lluvia omnipresente —Quizás la lluvia nos estuviera borrando del mapa”— que envuelve el relato.

Los que ya conocemos a Elena Marqués sabemos de su respeto y amor por la lengua, pero en esta obra se ha superado: hay un magnífico dominio del lenguaje, culto, riguroso, rico en vocablos, a menudo de procedencia latinoamericana —¿Yago Creuet es colombiano para propiciar el uso de estos vocablos y como homenaje a García Márquez?—, juegos de palabras, admiración por el diccionario al que hace alusión numerosas veces, todo envuelto en un tono de humor sin estridencias, en una prosa repleta de poesía, y tamizada por la originalidad de su ojo de escritora — ella sí lo es— el que todo lo ve, lo que hay dentro y fuera de los personajes, de los autores y del lector.

“Escribo para tener derecho a mentir”. ¿La literatura es una mentira? Por cierto, está lloviendo, y no es una lluvia cualquiera, quién lea el “El juego de la invención” debe estar preparado para lo que le pueda ocurrir pues hay escritores que solo escriben “para que nunca deje de llover”.

Elena Marqués Núñez (Sevilla 1968), filóloga y correctora de textos, inicia su carrera literaria en 2010. Desde entonces ha sido galardonada en numerosos certámenes literarios y publicado en diversas antologías y revistas, llegando a ser finalista del Premio Fernando Lara de Novela 2016. Autora de las novelas El último discurso del general Santibáñez, Versos perversos en la cubierta azul del Mato Grosso, ambas en Ediciones Oblicuas, y El largo camino de tus piernas (Tau editores 2015), disfruta trazando relatos que aparecen recogidos en La nave de los locos (VII Premio Vivendia-Villieres) y Diversas formas de ir a la deriva (Tau editores 2017). El pasado año publicó la novela Año sabático, 2017. Como poeta ha publicado Lo sublime y el frío, libro con el que obtuvo el I Premio Alvaro de Tarfe; y la lluvia perpetua (accésit en el IX Certamen Nacional de Poesía Rumayquiya) que aparece en un volumen junto al ganador de la edición.

Tengo miedo de escribir

5 Oct

Tengo miedo de escribir. Es tan peligroso. Quién lo ha intentado lo sabe. Peligro de hurgar en lo que está oculto, pues el mundo no está en la superficie, está oculto en sus raíces sumergidas en las profundidades del mar. Para escribir tengo que instalarme en el vacío. Es en este vacío donde existo intuitivamente. Pero es un vacío terriblemente peligroso, de él extraigo sangre. Soy un escritor que tiene miedo de la celada de las palabras: las palabras que digo esconden otras ¿Cuáles? Tal vez las diga. Escribir es una piedra lanzada a lo hondo del pozo (…) Escribir es la manera de quién usa la palabra como un cebo, la palabra que pesca lo que no es palabra. Cuando esa no-palabra —la entrelínea— muerde el cebo, algo se ha escrito. Cuando se ha pescado la entrelínea, se puede con alivio tirar la palabra.

Clarice Lispector

 

El trabajo de escribir puede parecer muy seguro. Normalmente se realiza en una casa o cualquier otro territorio conocido, en silencio y rodeado por objetos que —a menos que te lo metas por un ojo o te electrocutes— no son hirientes: lápiz, papel, ordenador …, por lo que puede parecer una actividad sosegada, incluso aburrida. Nada más lejos de la realidad. El escritor/ a suele ser una persona curiosa, a la que le gusta levantar los velos, las tapaderas, hurgar y sacar lo que se acumula en los agujeros de nuestra alma, huela bien o no, lastime o deleite, sangre o cicatrice. La mayoría de las veces ni siquiera sabe lo que se va a encontrar, pero insiste, porque otra característica de los escritores es que suelen tener un natural obsesivo, una necesidad insaciable de remover temas que ya parecerían agotados: el amor y la muerte, el bien y el mal, la voluntad o el destino…, para sacarles más punta, para darles otra vuelta de tuerca. Como nos dice Clarice Lispector, son unos aventureros que se internan por sendas sin abrir y mares sin cartografiar, instalados en el vacío de la intuición, esperando ese fogonazo de sabiduría que ilumina de vez en cuando la conciencia.

Y por si fuera poco, el material de trabajo son las palabras, las tramposas que te llevan al lugar equivocado, las traidoras que tienen significados dobles, las deslumbrantes que suenan en el aire como cometas a los que agarrarse para cruzar el cielo, las refrescantes como el agua limpia, las palabras. Jose Angel Valente dijo que la poesía — y yo me atrevo a ampliar que toda la Literatura—, es “un conocimiento haciéndose”, aquel que se produce durante el mismo proceso creador.

Pues de escribir y leer, esas actividades de alto riesgo, de la Literatura y todo el mundo que la rodea trata nuestro programa La Inopia. Os invitamos a la aventura.

Reyes García-Doncel Hernández

Hasta que sea verano

14 Ene

Ignacio Arrabal

Editorial Anantes

El paraíso puede convertirse en un infierno y los juegos de la niñez en tragedia, cuando la maduración se produce a la fuerza y de forma dolorosa. En “Hasta que sea verano” Ignacio Arrabal narra una historia de desarrollo, la del cambio durante el verano de un grupo de jóvenes, amigos desde la infancia, hacia la edad adulta sin vuelta atrás posible. Pero también es —y esto es lo que me ha parecido más interesante— una reflexión sobre cómo se construye la memoria, cómo las vivencias recordadas condicionan los años posteriores: “La desilusión y la tristeza de su presente, y que lo acompañarán en su futuro, son fragmentos sueltos de su pasado”.

En una playa del sur llamada Cala del Diablo, varias familias de Madrid veranean juntas, sin apenas mezclarse con los lugareños, desde hace años. Es un mundo amable, conocido, donde los roles sociales están bien establecidos. Esta supuesta estabilidad se ve amenazada por la llegada de unos nuevos veraneantes, una familia francesa —extranjeros, lo desconocido, lo anhelado, lo que no sabes que quieres pero aparece— que como catalizadores inevitables, van a poner en evidencia las fisuras de su amistad e incluso el bienestar y equilibrio de sus vidas familiares.

La energía vital del sexo es uno de los elementos de la trama. El personaje de Fabien destapa identidades sexuales reprimidas en una sociedad llena de prejuicios, y el de Sophie, objeto de deseo por el que todos suspiran, lo encarna como forma de comunicación pero también de jerarquía y dominio en el grupo. Javier es el líder al que todos admiran y se someten porque tiene una seguridad —en una discutible escala de valores, pero él sabe muy bien lo que quiere— de la que los otros carecen: “Un hombre que mira la vida como si la vida le debiera algo”. En este proceso de desarrollo, la inmadurez significa moverte entre la duda y la indecisión paralizante, cuya viva imagen es Alonso, el narrador, del que asistimos a su enfrentamiento con situaciones, en ocasiones dramáticas, que lo obligan a definirse y que él afronta con escaso éxito: “Me sumí en el silencio y dejé que la duda y la rabia se convirtieran en rencor y luego en odio”.

El ambiente de verano, muy bien reflejado por el autor, nos sumerge en los baños de mar y sol, en las tardes lánguidas y sexo fácil en Cala Diablo, espacio que simboliza la infancia, un paraíso que se va volviendo infierno conforme la historia avanza, hasta convertirse en el perdido. Entre los miembros se generan historias de amor imposible, bien por convenciones sociales, por represión o por la no correspondencia, hasta que el primer muerto altera definitivamente sus visiones aniñadas de la vida: “… si allí quedaron enterradas nuestras vidas vírgenes… y los recuerdos se bajan con el tren en marcha”.

Pero no todos en el grupo van a enfrentarse a los hechos, y sobre todo a los recuerdos, de la misma manera. Es este un aspecto, el cómo se realiza la construcción de la memoria, en el que el autor también ahonda —lo que sintió el personaje entonces, y lo que en realidad había tras haberlo descubierto al cabo de los años— de forma inteligente: “Es como si los recuerdos quisieran insinuarme que había algo escondido en esas pequeñeces a las que no le dimos la debida importancia”. De hecho la reconstrucción exhaustiva de aquel verano es el hilo conductor de la narración, llegando a la conclusión de que los recuerdos pueden impedir tener una vida adulta plena: “No le asustaba tanto sufrir como recordar”.  En resumen, una lectura recomendable con la que nos sentiremos identificados.

Ignacio Arrabal (Sánlucar de Barrameda, 1973) es autor de los volúmenes de poesía La palabra tiempo, La superficie del aire, Los sueños intactos, y La luz inversa, obteniendo premios como el Ángaro, Santa Teresa de Jesús o Paul Beckett. En 2014 publicó una selección de relatos bajo el título Las vidas invisibles y en 2016 debutó como novelista con El rasgo suplementario.

Ejerce la crítica literaria en revistas especializadas y en Diario de Jerez

LA VUELTA AL DÍA

17 Dic

Hipólito G. Navarro

Páginas de Espuma

Tras doce años sin publicar, en barbecho como él mismo reconoce, Hipólito G. Navarro nos trae “La vuelta al día”, veintiún textos de temática variada que ha sido merecedora del Premio Andalucía de relato. En un prólogo-cuento inicial el autor nos relata los criterios que utilizó para agruparlos en secciones: los escritos y reescritos pero guardados en el cajón, los realizados por encargo, los que surgieron bajo la influencia de determinadas personas, o los que proceden de su más íntimos pensamientos y recuerdos. En todos ellos aparecen dos características que ha mostrado desde el comienzo de su carrera literaria: el humor —la sana capacidad de reírse de uno mismo, fealdades, incompetencias, fracasos amorosos y torpezas varias—, que además lo salva de situaciones amargas; y por otro lado un material autobiográfico —el despertar a la sexualidad y a la lectura, los amigos de la adolescencia, el padre…, en la Sierra de Huelva, su Macondo particular— que como el autor reconoce: “es muy fuerte en esta obra y sobre todo el último conjunto de cuentos”.

Entre los veintiún relatos, me parece interesante reseñar:

  • Verruga Sánchez” dónde desarrolla la hipótesis fantástica de qué pasaría si la sabiduría, la personalidad, incluso la voz, de alguien dependiera de una desagradable verruga, que conforme esta creciera lo hiciera también el encanto personal. Una caricatura del complejo de feo, que recuerda al mito bíblico de Sansón con su melena, y que a la postre no reconforta porque en la fealdad puede estar el tan buscado sentido de la vida.

  • Los artistas cautivos” es una lúcida crítica al tipismo, a la categoría de indígenas en que los andaluces nos hemos convertido, como consecuencia de la reverenciada industria nacional: “Esta aldea es poco menos que una comuna de funcionarios con antifaz”. Idea que se repite en “Puentes, acueductos” donde los pueblos de la sierra son parques temáticos: “Pasados dos o tres minutos la actividad aldeana es total”, pero como todo trabajo, ser figurante costumbrista también cansa: “Aguantan aún el tirón de los fines de semana, pero no están ya para muchos puentes”

  • En “Tantas veces huérfano” nos narra la historia de la llegada de la electricidad a la aldea del padre, pero cuando esta se ilumina a él se le apaga la vida. En este trágico relato, Hipólito G. Navarro utiliza con maestría la pantalla de la TV del bar para describir el ambiente, para conectar con los movimientos de los personajes, para crear un ambiente aterrador a la vez que onírico, hasta que el niño termina: “…viendo pasar veloces las caras de estupor de los vecinos como si ellos dos fuesen montados en un tiovivo”.

  • Mucho ruido y pocas nueces” es una alegoría del mundo del teatro, en concreto el de Chespir —así escrito— y un homenaje a Borges.

  • Luis Tristán, pintor de fondos”, relato realizado por encargo con motivo de una antología de relatos sobre El Greco, es un precioso homenaje a la serranía de Huelva. A partir del personaje de un cuadro reconstruye toda su posible historia —de amor por cierto, como muchas otras que aparecen en la obra—, en lo que podríamos considerar un relato histórico, lo que aumenta la versatilidad del autor.

  • Los otros Tiresias y Clariclea (variaciones pornoeróticas sobre una obsesión astriciliana)” nos traslada al “Orlando” de Virginia Woolf, mucho más disparatado, en la que se nos enseña un muestrario de investigaciones y posibles inventos para transformarse en mujer.

  • Los dos últimos “La vuelta al día”, narra los recuerdos de su adolescencia en el pueblo; y finalmente el emotivo relato “La poda y la tala de los árboles frutales” sobre su padre alcohólico, que le inculcó amor por los libros, por un único libro. “Hay demasiada autobiografía en estos cuentos, me temo (…) sobre todo en la última sección, la que presta su título al libro, ahora me veo demasiado desnudo”, reconoce.

Hipólito G Navarro es uno de nuestros cuentistas más reconocido, tanto por reflejar los huecos del alma mediante grandes verdades dichas con sencillez y humor: “Unos oficiales se especializan en escalas de cuerda, con estribos, y otros en escalas de valores, con todos sus peldaños mismamente metafísicos”, como por su capacidad para generar un estilo novedoso, a veces caricaturesco hasta el esperpento, porque no se trata de sobre qué contar, sino de cómo hacerlo, de ser singular. Domina la técnica narrativa de fabricar cuentos redondos (“Las estampas del timo”), de generar intriga con pocas palabras (“la maldita operación”, “las escopetas pueden estar oxidadas o no”), o con una escalada de preguntas retóricas que desembocan en el mayor desastre (“La excusa termodinámica”), o en finales sorpresivos (“Ligamentos” y “En el fondo de la memoria”), sin olvidar la poesía por ejemplo en esta preciosa descripción de un hormiguero: “… un pequeño volcán en miniatura hecho de finísimas partículas de entusiasmo”.

El recuerdo —volver al corazón— y la memoria, como el autor bien sabe por su formación científica, son una construcción del cerebro, un sistema de conexiones nerviosas que se mantienen o se pierden, que interactúan entre ellas hasta dar el relato que nos contamos a nosotros mismos, para lo que la literatura resulta un gran aliado. Tan equivocado sería decir que la obra de un autor es solo la proyección de su biografía, como que esta no importa. Pero nuestra memoria no es solo nuestra, es compartida, así que animo al autor a que continúe escarbando en ese fondo porque como él opina lúcidamente: “El oficio a la postre solo sirve para disimular un poco y que no se descubra tan a las claras la autobiografía”. Oficio demostrado, que sus lectores queremos seguir disfrutando.

BIOGRAFIA

Hipólito G. Navarro (Huelva, 1961) es autor de los libros de relatos ‘El cielo está López’ (1990), ‘Manías y melomanías mismamente’ (1992), ‘El aburrimiento, Lester’ (1996), ‘Los tigres albinos’ (2000) y ‘Los últimos percances’ (2005) ‘Mario Vargas Llosa NH’ al mejor libro publicado; y de la novela ‘Las medusas de Niza’ (Premios Ateneo de Valladolid 2000 y de la Crítica andaluza 2001). Con la antología ‘El pez volador’ (Páginas de Espuma, 2008), preparada por el escritor Javier Sáez de Ibarra, recibió el Premio ‘El Público’ de Narrativa 2009, otorgado por los periodistas culturales de Andalucía. Durante los años 1994 y 2001 editó la revista ‘Sin embargo’, dedicada al cuento literario. Asimismo, fue el responsable de la edición de los cuentos completos de Fernando Quiñones, ‘Tusitala’ (Páginas de Espuma, 2003). Sus relatos, traducidos a diez idiomas, están recogidos en numerosas antologías del género en Europa y Latinoamérica.

Cuando la historia decide.

2 Sep

    Siempre que termino algo —un itinerario hacia algún lugar desconocido, un día de trabajo, una manualidad…—,  suelo repasar el proceso para comprender como resolví los problemas e intentar aprender de la experiencia. Terminar una novela no iba a ser una excepción. Al inicio de esta mi tercera, tenía serias dudas, podría calificarlas casi de cruciales para su futuro, sobre cuestiones tan básicas como:

  1. El tiempo: Comencé una narración en pasado, pero los “decía”, y los “estaba” sonaban lejanos, como si la historia no fuera real, y cada vez que me descuidaba el tiempo presente se colaba por los intersticios de las frases. Hasta que dejé que tomara el poder, eso sí, con reticencias porque tenía miedo de que la inmediatez del presente no le diera profundidad a la historia. Decidí darle una oportunidad, y continué el relato en ese tiempo verbal.
  2. La persona: Mi intención inicial era utilizar el narrador omnisciente, el más listo, el que se lo sabe todo, porque pretendía narrar desde el punto de vista de personajes y escenarios distintos. Pero una voz con personalidad propia se fue imponiendo, y a pesar de los problemas que puede originar la primera persona —no puede contar aquello que no sabe—, terminé aceptando que fuera Candela la que hablara.
  3. La estructura: Pensé dividir la narración en capítulos cada uno correspondiente a un mes, a lo largo de los cuatro años que dura la historia, pero tampoco fue aceptada mi propuesta. Unos salían muy largos, otros muy cortos… aquello no tenía sentido. Y a veces, los sucesos del principio del mes se quedaban desfasados con los del final. Entonces pensé: ¿y por qué debe tener capítulos? Podría ser un diario, pero tras unos cuantos ensayos, fue desechado por ser un género demasiado íntimo, y para la historia se necesitaban diálogos y pasajes de acción. Entonces pensé en entradas con fechas, como si fuera un blog, lo que a la vez solucionaba el problema del tiempo porque la protagonista podía tener un cierto recorrido —una semana, diez días…—, algo de pasado que evocar, sin dejar de ser presente.
  4. El tono: Dejar hablar a la primera persona significa siempre una visión subjetiva de los sucesos, y también la posibilidad de un contenido más emocional. Pronto la alternancia entre el tono lírico y reflexivo —más propio de un diario—, y el relato de los hechos, se fue instalando cómodamente en la narración por lo que que, según los ánimos de Candela, cada entrada se escribía con una inclinación.
  5. Los personajes: Ni os quiero contar como se han soliviantado: los más prometedores pasaron a ser casi decorativos, otros que yo creía malvados resultaron los ayudantes de la protagonista…, y he tenido que segar a muchos como la mala hierba, ya que me crecían por todos lados, de todos los tipos y tamaños. “Lo siento”, les dije finalmente, “será la próxima vez”. Y ahí se han quedado, en el limbo de los borradores.
  6. El espacio: Contaba con la importancia de Edimburgo en la historia, era previsible, pero no con que se asomaría a casi todas las entradas como una protagonista más —casi la principal—, reclamando una presencia ineludible que me ha obligado a documentarme exhaustivamente sobre cada calle, plaza o jardín, sobre los tipos de lluvias y vientos, sobre el norte y el sur de esta ciudad tan mágica y literaria.

Los retos son necesarios, y así me tomé todas las estrategias narrativas que he debido desarrollar para escribirla. Ya se empieza a barruntar la nueva novela, que imagino saldrá completamente distinta a como ahora la pienso. Aprenderé de nuevo a dejar que hable por si sola.

 

 

Mala letra

18 Feb

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Sara Mesa

Editorial Anagrama

¿Qué se puede hacer cuando se tiene esa “maldita capacidad de ver siempre las cosas desde al ángulo podrido”?, ¿que se puede hacer cuando sientes estar en la cuerda floja y en cualquier momento puedes perder el equilibrio? La respuesta es escribir, aunque sea con mala letra porque una coge el lápiz torcido, escribir para “dándole forma al horror evitar la realización del horror”.

Y por situaciones inquietantes, amenazadoras o directamente por el horror, nos pasea Sara Mesa en estos relatos, que van desde el abandono infantil, al asesinato, pasando por el suicidio de ancianos y adolescentes. Relatos duros en los que la autora nos obliga a mirar la realidad por el lado oblicuo, en los que la indefensión, “el mundo es impasible ante cualquier cosa que suceda, por inusual, horrible y cruel que ésta sea”, y el sentimiento de culpa sobrevuelan e incluso se heredan de madre a hija. Muchos protagonistas, o el personaje principal sobre el que se centra la historia, son niños y niños en transición a la adolescencia, quizás porque en esa época la cuerda está más floja que nunca.

Respecto a los relatos que me han impactado más:

En Palabras- piedra, la predestinación dirigida, la falta de comprensión y compasión llevan al desastre total. Esas palabras, instrumentos para herir, se convertirán en frases-piedra cuando la adolescente crezca, cuya historia se retoma en el primer relato, El cárabo: una llamada desde lo prohibido para escapar de la vida asfixiante llena de hipócrita moralina con sus tíos.

En Apenas unos milímetros —la historia de un chico que únicamente puede mover sus pupilas—, nos introduce en la culpa de la salud frente a la enfermedad, de la vida frente a la muerte, y en el instinto de conservación que se manifiesta al no querer presenciar lo ingrato de la vida, ¿es que acaso tiene derecho a ser mostrado? se debate la narradora, mientras que el director del instituto, muy en las nuevas pedagogías, personifica la postura casi ridícula de lo políticamente correcto.

Niños son también los protagonistas de Papá es de goma, en este acaso abandonados pero intentando mantener la realidad de un padre que todavía existe. Resulta enternecedor ese afán, ese deseo de normalidad que a veces consiguen, como cuando están viendo la TV o haciendo los deberes después de cenar. Pero mantener su mundo tiene un resultado escalofriante.

Creamy milk and crunchy chocolate, y Nosotros los blancos suceden Cárdenas, esa metrópoli imaginada por la autora, en la que también transcurre su novela Cicatriz, y que se caracteriza porque las chicas pueden desayunar solas y llevan botas anchas con lazada atrás y sin tacón. El protagonista del primer relato acaba asumiendo las culpas de todos con los que se relaciona; mientras que en el segundo, sin embargo, la culpa de un crimen es rechazada en el mismo ambiente turbio de pensiones baratas que le supone a su moral.

Y para concluir —los nombrados en esta reseña que no el libro—, la autora nos fabrica dos relatos de autoficción: en Mármol, sobre el mundo de su infancia, nos presenta a ese profesor que le corregía la forma de coger el lápiz; y en Mustélidos, un alter ego de la escritora nos confiesa que su timidez, percibida como altivez o indiferencia, es producto del desconcierto que le supone estar siempre en la cuerda floja.

Sara Mesa se atreve a mostrarnos la turbidez que esconde una vida de apariencia normal, con una prosa de pocas concesiones a los adornos literarios, precisa, directa, que a veces raspa. Un estilo y una voz muy reconocidos ya en la narrativa española actual.

Sara Mesa (Madrid 1976), ha publicado dos libros de relatos: La sobriedad del galápago (2008), y No es fácil ser verde (2009), además de las novelas El trepanador de cerebros (2010), Un incendio invisible (2011) Premio Málaga de Novela, y Cuatro por cuatro (2013), esta última Finalista del Premio Herralde de Novela en 2013, y “Cicatriz”, Premio El Ojo Crítico de Narrativa y elegido entre los libros del año por numerosos medios de comunicación. Su primer poemario, Este jilguero agenda (2007) fue galardonado con el Premio Nacional de Poesía Miguel Hernández.