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Veintidós estaciones

13 May

M. Dolores Almeyda Domínguez

ÁVALON Narrativa. KARIMA Editora 

Una mujer es recluida por su familia en su pueblo natal como terapia de choque frente a una neurosis obsesiva por la limpieza, el orden, las normas y la perfección. Este es el pretexto que necesita M. Dolores Almeyda para incorporar reflexiones sobre el paso del tiempo utilizando una cuidada prosa poética. Ese retiro en una pequeña aldea minera de la sierra onubense, estancada en el tiempo, donde hasta el reloj está parado, le genera a la protagonista la necesidad de distraer la soledad recordando su vida y plasmándola en un cuaderno amarillo. Así nos enteramos que un error de juventud —la única intriga de la trama, que se va desvelando poco a poco sin causar impaciencia en el lector, por lo que ésta no se puede considerar una novela con estructura al uso—, la ha llevado a dejarse dominar, hasta la sumisión, por una madre controladora que le hizo adoptar comportamientos impuestos, y buscar la felicidad en modelos estereotipados y vacíos.

En este homenaje a la memoria, un “andar hacia atrás” como acertadamente lo denomina la autora, va hilvanando los recuerdos, con claros tintes autobiográficos aunque con estratos de indefinición, en capítulos que recorren sus amores de la niñez y juventud, sus amigos, las fiestas del pueblo y, por supuesto, su familia que prácticamente se centra en la poderosa imagen de la madre: “Mi madre era una gran señora. Ojeaba a mis pretendientes desde alguna perspectiva que yo ignoraba y estos dejaban de serlo de inmediato”. De esta manera se conforma la historia de una comarca andaluza en el siglo XX, las consecuencias de la guerra civil, sus cambios sociales y políticos en los modos de vida, en los de trabajo y producción de riqueza, la emigración del campo a la ciudad, las fiestas, incluso los más recientes cambios ambientales: contaminación del río —“Piedras incrustadas de amarillo hasta su más profundo ser por el amor del cobre”—, y la pérdida de biodiversidad en los bosques. Hay otros recuerdos y reflexiones que, por demasiado recientes y genéricos (corrupción política o problemas de la inmigración), no encajan en el tono global de la narración.

Utilizando el formato de diario intimista, M. Dolores Almeyda se recrea en la prosa, no en la trama, alcanzando momentos poéticos notables: “Recogeré la lluvia. Haré castillos de hojas después de ponerlas al sol para que se sequen y las dejaré expuestas al viento para que él los destruya”, párrafos en lo que aparentemente la narradora no realiza nada productivo, pero en su interior se están recolocando los recuerdos, y se está enfrentando a sus fantasmas. En el solitario monólogo, les pide cuentas a los amigos por las relaciones perdidas, a la sociedad por obligarle a asumir vergüenzas impuestas, a su madre por cortarle todos los caminos de realización personal y, por supuesto, a ella misma por haberse permitido tal grado de sumisión. Especialmente notorios para mí han sido los capítulos PIEDRAS dedicado a su infancia, los trabajos mineros y el río de Sotiel; y PÁJAROS, en el que compara a los bulliciosos y alegres gorriones con las mujeres del pueblo sentadas en el porche al atardecer, y además los convierte en los indicadores del tiempo, símbolos de la vida, que cambia y permanece a la vez.

Con esa preciosa imagen de la reconstrucción de la memoria: “… el hecho de vernos desde atrás, como si yo misma fuese alguien que caminaba en la misma dirección y detrás de nosotros mismos”, la mujer olvida sus obsesiones, se reconcilia con sus espíritus, supera sus miedos, comprende que está curada de sí misma aunque no sabe todavía si lo está de los demás. Pero: “Mi cuaderno está lleno y yo vacía. Ya puedo irme”.

 

Maria Dolores Almeyda Domínguez nació en Sotiel, un pueblo minero de la provincia de Huelva. Ha publicado los libros de poemas “Versos clandestinos” Nuño editorial ( 2011), “La casa como un árbol” Urania ediciones (2013), “Veintidós estaciones” Karima editora (2015), “Pequeños versos furiosos” Editorial Lastura, “Instrucciones para cuando anochezca” Anantes (2016). Participó en el libro colectivo “Pessoas, Veintiocho Heterónimos esperando a Pessoa” Karima editora y “Lus Sur” Urania Editorial (2016). Ha publicado el libro de relatos “Algunos van a morir” Urania, “El valle inacabado” Karima editora; “Mundos” Tau editores; “Dos flores de loto” Padilla, y “El sol no arde mejor en primavera” Encuadres (1918)

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Trampantojo

6 Abr

Charo Jiménez 

Editorial Triskel 

Que la realidad y la ficción se confunden, es lo nos quiere transmitir la autora de Trampantojo. En la novela coexisten dos historias: la “imaginada” por una protagonista escritora, y la “real”, su propia vida. Charo Jiménez lleva ambas de la mano, vamos asistiendo en paralelo al crecimiento, adolescencia, primeros amores, madurez y finalmente vejez, incluso muerte, tanto de los personajes supuestamente reales como de los ficticios, pero, a lo largo de los años, unos y otros se miran, se reconocen, y se interpelan, como si de un espejo, o un trampantojo, se tratase porque la cuestión es: “entretejer la ficción con los hilos de la realidad, ¿o es al revés?”. Como si el yo real se ocultara para fabular, a partir de las experiencias, un yo deseado, porque: “Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes”, dice el alter ego de la autora.

En la historia “ficticia” Elena y Rosa viven una fuerte amistad forjada desde la niñez y la adolescencia, hasta la primera juventud, cuando Elena comete un acto de traición hacia su amiga. Esta culpa le perseguirá, le condicionará sus relaciones posteriores, las de su familia y, por supuesto, acabará con esa amistad que parecía a prueba de cualquier fuego. Mientras la escritora Teresa va creando —capítulo a capítulo la novela antes citada-, el lector descubre la historia “real” —denominada “Lo que el viento nos dejó”—, en la que también tuvo una amiga de la infancia, Irene, de la que sólo conserva sus cartas como un reclamo del tiempo, y un pasado del que tampoco se siente muy orgullosa. Algunos personajes: los familiares y el incondicional amigo César, permanecen idénticos en ambas vidas. La autora utiliza un lenguaje sencillo, pegado a la narración y de fácil lectura, lo que no le impide utilizar en ocasiones prosa poética: “No sé qué historias se habrá dedicado el viento a murmurarle a las aves esta madrugada de nidos desvelados”, prosa que se echa de menos en más ocasiones. 

Mientras se desgranan las dos historias, asistimos a reflexiones sobre la importancia del perdón, no solo hacia los demás sino hacia uno mismo; también del olvido que sana las heridas; el valor de la amistad y la familia por encima de cualquier comportamiento; y una cuestión a la que la mirada de un escritor siempre se enfrenta: la irrealidad del mundo real, o qué hay más allá de lo que vemos: “¿Recuerdas Irene? La vida es un trampantojo, nos decía tu padre (…) Una ilusión con la que quieren engañarnos haciéndonos ver lo que no es”. Un cuadro en el que la memoria y lo inventado se funden desde la verdad de la escritora. 

Charo Jiménez (Sevilla 1961), licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla, ha sido profesora durante más de veinte años en diversos Colegios e Institutos públicos de su ciudad y provincia. En palabras de la autora, y parafraseando a Julio Cortázar: “la literatura y yo andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos” Ha publicado las novelas “Trampantojo” y “Ara, como el río” ambas en la editorial Triskel. 

Hasta que sea verano

14 Ene

Ignacio Arrabal

Editorial Anantes

El paraíso puede convertirse en un infierno y los juegos de la niñez en tragedia, cuando la maduración se produce a la fuerza y de forma dolorosa. En “Hasta que sea verano” Ignacio Arrabal narra una historia de desarrollo, la del cambio durante el verano de un grupo de jóvenes, amigos desde la infancia, hacia la edad adulta sin vuelta atrás posible. Pero también es —y esto es lo que me ha parecido más interesante— una reflexión sobre cómo se construye la memoria, cómo las vivencias recordadas condicionan los años posteriores: “La desilusión y la tristeza de su presente, y que lo acompañarán en su futuro, son fragmentos sueltos de su pasado”.

En una playa del sur llamada Cala del Diablo, varias familias de Madrid veranean juntas, sin apenas mezclarse con los lugareños, desde hace años. Es un mundo amable, conocido, donde los roles sociales están bien establecidos. Esta supuesta estabilidad se ve amenazada por la llegada de unos nuevos veraneantes, una familia francesa —extranjeros, lo desconocido, lo anhelado, lo que no sabes que quieres pero aparece— que como catalizadores inevitables, van a poner en evidencia las fisuras de su amistad e incluso el bienestar y equilibrio de sus vidas familiares.

La energía vital del sexo es uno de los elementos de la trama. El personaje de Fabien destapa identidades sexuales reprimidas en una sociedad llena de prejuicios, y el de Sophie, objeto de deseo por el que todos suspiran, lo encarna como forma de comunicación pero también de jerarquía y dominio en el grupo. Javier es el líder al que todos admiran y se someten porque tiene una seguridad —en una discutible escala de valores, pero él sabe muy bien lo que quiere— de la que los otros carecen: “Un hombre que mira la vida como si la vida le debiera algo”. En este proceso de desarrollo, la inmadurez significa moverte entre la duda y la indecisión paralizante, cuya viva imagen es Alonso, el narrador, del que asistimos a su enfrentamiento con situaciones, en ocasiones dramáticas, que lo obligan a definirse y que él afronta con escaso éxito: “Me sumí en el silencio y dejé que la duda y la rabia se convirtieran en rencor y luego en odio”.

El ambiente de verano, muy bien reflejado por el autor, nos sumerge en los baños de mar y sol, en las tardes lánguidas y sexo fácil en Cala Diablo, espacio que simboliza la infancia, un paraíso que se va volviendo infierno conforme la historia avanza, hasta convertirse en el perdido. Entre los miembros se generan historias de amor imposible, bien por convenciones sociales, por represión o por la no correspondencia, hasta que el primer muerto altera definitivamente sus visiones aniñadas de la vida: “… si allí quedaron enterradas nuestras vidas vírgenes… y los recuerdos se bajan con el tren en marcha”.

Pero no todos en el grupo van a enfrentarse a los hechos, y sobre todo a los recuerdos, de la misma manera. Es este un aspecto, el cómo se realiza la construcción de la memoria, en el que el autor también ahonda —lo que sintió el personaje entonces, y lo que en realidad había tras haberlo descubierto al cabo de los años— de forma inteligente: “Es como si los recuerdos quisieran insinuarme que había algo escondido en esas pequeñeces a las que no le dimos la debida importancia”. De hecho la reconstrucción exhaustiva de aquel verano es el hilo conductor de la narración, llegando a la conclusión de que los recuerdos pueden impedir tener una vida adulta plena: “No le asustaba tanto sufrir como recordar”.  En resumen, una lectura recomendable con la que nos sentiremos identificados.

Ignacio Arrabal (Sánlucar de Barrameda, 1973) es autor de los volúmenes de poesía La palabra tiempo, La superficie del aire, Los sueños intactos, y La luz inversa, obteniendo premios como el Ángaro, Santa Teresa de Jesús o Paul Beckett. En 2014 publicó una selección de relatos bajo el título Las vidas invisibles y en 2016 debutó como novelista con El rasgo suplementario.

Ejerce la crítica literaria en revistas especializadas y en Diario de Jerez