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EL COLOR DE LOS ÁNGELES

13 Jun

EVA DÍAZ PÉREZ

ED. PLANETA

¿Cómo le afectará el paso del tiempo a mis cuadros?, se pregunta un Murillo anciano y convaleciente tras caerse del andamio donde trabaja en Los desposorios de Santa Catalina. La memoria del pintor sevillano durante sus últimos días es el hilo del que se sirve la escritora Eva Díaz Pérez, no sólo para narrar la historia del pintor, sino para reflexionar sobre los binomios: vida/arte y realidad/ficción, paradojas que han atormentado a todos los artistas desde que la primera mano humana se impregnó en las paredes de una cueva rocosa. Bartolomé Esteban Murillo, el pintor de ángeles, injustamente reducido a su faceta de temas religiosos, se nos muestra en esta novela como un hombre profundamente preocupado por el devenir de los tiempos y el de su ciudad, la Sevilla gloriosa pero ya menos, que sigue viviendo del pasado mientras sus oropeles se destiñen, quizás como le habrá ocurrido a sus cuadros cuando los miren ojos que todavía no han nacido.

La autora nos sumerge con gran habilidad en la atmósfera de Sevilla en el siglo XVII, para lo que utiliza tanto un léxico antiguo (nombres en desuso de objetos cotidianos, como bargueños; prendas de vestir: guardainfantes, zaragüelles…; actividades y profesiones: azacanes…; enfermedades, no en desuso pero nombradas de otra manera: romadizo o garrotillo; y comidas con sonidos de clara resonancia árabe: aloja, alajú…); así como el sentido del olfato, que será fundamental a lo largo de toda la narración —“…sería fácil guiarse por Sevilla sólo con el olfato”, llega a pensar el pintor—, con continuas referencias al hedor de orines, sangre, enfermedades y tripas; o por el contrario los agradables olores del ámbar, los perfumes y las maderas exóticas — “Dentro del taller huele intensamente a bosque de Indias”— , incluido el de azahar de su mujer, Beatriz Cabrera, que él intentará conservar en sus ropas después de muerta.

Estructurada en tres partes: Veladuras, Naturalezas muertas y Claroscuros, se van intercalando en el momento presente —anciano, solo y moribundo tras la caída del andamio— la historia de una vida que no fue fácil, llena de tragedias: huérfano desde niño, tuvo nueve hijos, los tres mayores murieron en la cruenta epidemia de peste de 1649, y del resto solo le sobrevivieron dos, muriendo su mujer en el último parto. Es meritoria la imaginación que se aplica a la reconstrucción de escenas cotidianas, como la muy posible cazuela de berenjenas que le prepara su hermana mayor, o la llegada de los barcos que un Murillo adolescente otea entusiasmado desde la azotea de su casa, soñando con aventuras en el Nuevo Mundo. El Guadalquivir adquiere importancia desde el primer capítulo. Mediante un paseo en barca con su entonces novia, así como en otras variadas escenas, se nos describen los misterios de este río con doble cara, trae riquezas, pero también vicios, y muerte —simbolizada por los delfines premonitorios— con las temibles crecidas. Sevilla, también tiene una cara devota y otra viciosa, paraísos e infiernos se crían juntos, y una religiosidad vengativa en la que herejes y pecadores son quemados en medio de una gran fiesta. Aquí vemos aflorar recuerdos de esa otra memoria, la que la autora nos regaló en “Memoria de cenizas”.

Además de la vida cotidiana, Eva Díaz Pérez realiza, y esto es lo que más me ha interesado, un análisis del proceso creativo, de la obra pictórica, de las dudas y éxitos, de su evolución como artista. Murillo ha sido muy admirado por mostrar una religiosidad amable, una visión delicada de lo mártires y de la santidad. En ese sabio equilibrio entre realidad y piadosa mentira, utiliza como modelos a sus hijos, a su esposa, al mulato Juan, a la gente humilde de la calle, incluso a una joven prostituta con cuya belleza se obsesiona —y la persigue poniendo en peligro su honorabilidad— para inmortalizarla en la cara de una Inmaculada. “Miraba la tierra para pintar el cielo”, hasta que un día se pregunta: ¿Pintar seres divinos con las facciones de mortales es una herejía?; es más: ¿tienen estos ángeles tan bellos un lado oscuro?, ¿provocan su hermosura, el color de su carne, deseos no piadosos? Sus dudas se acrecentarán al verse atrapado, junto con personas muy cercanas, en una turbia trama de lujuria y explotación que le hará conocer el lado más oscuro de Sevilla y dudar de su arte: “No era más que un farsante que pintaba a Dios para conseguir dineros”, se culpa.

Novela intensa que reconstruye con acierto la figura de Bartolomé Esteban Murillo, al que descubrimos como artista de religiosidad sincera y profunda, pintor de ángeles e Inmaculadas, pero también de la vida callejera, de los personajes que éramos, tanto que su pintura se podría considerar como un documental sobre la barroca y decadente Sevilla del XVII. La autora pone en boca del pintor una posible solución a la maraña de dudas que le atemorizan al final de su vida: “Quizá ha llegado el momento de hacer arte para el hombre. Contemplar la belleza por la belleza, sin que sea sagrada.”

Eva Díaz Pérez (Sevilla, 1971) es licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad de Sevilla. Es autora de las novelas “El club de la memoria” (Finalista del Premio Nadal 2008), Adriático (Premio Málaga de novela 2013 y Premio Andalucía de la Crítica 2014), El sonámbulo de Verdún, Memoria de cenizas (Premio Unamuno) e Hijos del Mediodía (Premio de narrativa El Público, de Canal Sur), así como de ensayos y guías literarias. Colabora con los periódicos Abc y El País, y en las revistas Mercurio y Andalucía en la Historia. Recibió el Premio Francisco Valdés de Periodismo Cultural, el Unicaja de Artículos Periodísticos, el Ciudad de Málaga, Universidad de Sevilla, Ciudad de Huelva, y en 2013 el Premio Feria del Libro de Sevilla por su trayectoria literaria.

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Cartas de Siracusa

17 Mar

LUCÍA FELIU

ED. ALMUZARA ARCOPRESS S.L.

Reconozco que nunca he sido muy aficionada a los thrillers históricos, por lo que me adentré en esta novela con reparo, sin embargo la perfecta descripción del trabajo científico en el laboratorio, así como el sugerente relato sobre los cristianos del siglo II, me engancharon a la trama histórica-científica-religiosa que comienza con el encargo del Vaticano a un equipo de científicos, para que certifiquen la identidad de tres corposantos, venerados como reliquias en diferentes iglesias de Italia. Pero será una, Santa Lucía de Siracusa, la que los llevará mucho más lejos de los que ellos pensaban, tanto en su trabajo como en sus vidas personales. Los expertos que se enfrentan al reto son: Francesco, sacerdote y erudito arqueólogo, comprometido con la pureza de la fe, que nos traslada con su sabiduría a la vida cotidiana y martirio de los primeros cristianos; Olivier, biólogo francés, extrovertido y vital; el jefe del equipo, Teo Valdés, prestigioso antropólogo forense, gran conocedor de las heridas tanto corporales como emocionales del ser humano, quizás de ahí su carácter huraño y contradictorio para los jóvenes, y a veces inexpertos, ojos de Ángela Blanco, bióloga del CSIC, huérfana de padres, criada por su tía, solitaria y volcada en su trabajo, que nos narra la historia en primera persona.

La novela comienza en media res tras un accidente sufrido por Ángela en Egipto, que nos sitúa de lleno en el conflicto, en la investigación científica que estaban llevando a cabo, y además presenta su relación amorosa con Teo Valdés. A partir de ahí, comienza el desarrollo de la historia que resulta ser una mezcla entre intriga criminal, investigación científica, historia de amor y metáfora histórico religiosa. La autora nos lleva por diferentes escenarios, desde Roma y sus catacumbas, a los asépticos laboratorios donde los protagonistas comienzan su búsqueda sin imaginar lo que les cambiaría la vida, las inundadas necrópolis de los coptos en Egipto, los lujosos salones del vaticano, los no menos lujosos de la alta sociedad parisina, el olor fresco de los pinos del Mediterráneo oriental, el de unas rosas muy especiales en un escondido valle cerca del Éufrates, pasando por Zahara de los atunes en Cádiz.

A lo largo de la narración se va sucediendo una trama, cada vez más intrincada, a la búsqueda de los orígenes familiares de Sata Lucía de Siracusa con una carta de León de Alejandría como única hoja de ruta. Es evidente que a tenor de mantener la intriga no resulta aconsejable descubrir nada del contenido de la carta, pero apuntaremos que en ella se hace mención a un oficio artesanal clave para la resolución del enigma. Enigma que se ha complicado más allá de la rutinaria identificación de unos corposantos. La voz en primera persona de Ángela Blanco no narra también su propia historia, vemos que tras su eficiencia profesional se esconden miedos e inmadurez afectiva; y asistimos a la superación de esos miedos a través de la entrega y la confianza en el otro, en lo que el amor significa de conocimiento y desarrollo personal, de liberación emocional.

Posee la autora capacidad para que se acumulen los datos, las preguntas sin resolver y conseguir que el lector continúe leyendo, con un estilo sencillo y fluido, y un equilibrio entre los diálogos y las explicaciones técnicas —en las que utiliza con acierto a Francesco para las teológicas-históricas y a Oliver para las científicas—; y ha realizado un magnífico trabajo de documentación, de forma que nos sumerge en las pruebas forenses, en los paisajes, en los entornos históricos, o en la vida de los primeros cristianos con fiabilidad y precisión. Pero, a mi entender, se ha centrado demasiado en este objetivo —repito: conseguido con creces—, por lo que tanto en la estructura de la trama —la resolución final es acelerada para la dinámica del resto de capítulos—; como en la construcción de los personajes —la historia de amor antes mencionada no muestra suficientes matices—, se percibe cierta falta de atención.

La descripción de los trabajos científico y las intrigas palaciegas, en el más amplio sentido del término, son importantes, pero donde la autora nos quiere llevar realmente es a cuestionarnos las causas de la pérdida de la fe, así como al papel jugado por la iglesia en ello, porque Lucía de Siracusa y León de Alejandría son piezas clave en la resolución del enigma, pero también se terminan convirtiendo en un referente moral para los investigadores, aunque se declaren ateos. La absorbente intriga irá más lejos: a denunciar las implicaciones de la tecnología y las empresas en el futuro del planeta, y nos muestra como los humanos seguimos batallando con los mismos anhelos y esperanzas que los cristianos del siglo II.

Lucía Feliu Zamora, licenciada en Filología Inglesa, realizó estudios de posgrado y cursos de especialización en Guildhall University, Londres y Portobello House Internationa School, Dublín, además de en la Universidad de Toulon, Francia. Ha vivido largas temporadas en países como Irlanda, Inglaterra, Francia, Grecia, Turquía, Italia y Marruecos, y en la actualidad es profesora de Inglés en un Instituto de Enseñanza Secundaria en Sevilla, ciudad en la que nació. Desde niña escribe cuentos, microcuentos y relatos, y ya adulta, se adentra en los lindes de la novela con títulos como Blue Moon, El secreto del Maloca, o El Faro de Beaumont Place, entre otros. Su gran pasión junto a la escritura es viajar, y consigue refundir amabas en su oficio como narradora.