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NOWHERE MAN

18 Nov

Isaac Páez

Ediciones En Huida

Nada hay más simbólico que un viaje para mostrar la transformación de un personaje, que puede deberse a muchos motivos, uno de ellos es la huida: “una única idea martilleándome el pensamiento: la huida” se dice el protagonista en su discurso mental a modo del Ulises de James Joyce, pero no con la misma finalidad que el Odiseo de Homero, ya que Fernando Bautista jamás pretende volver, sólo huir. Sin embargo el propio nombre de esta novela, finalista del Premio Nadal 2014, ya nos indica el resultado.

Isaac Paéz construye un personaje decididamente despreciable —no comparto la valoración que de él se hace en la pestaña del libro, no me parece entrañable aunque puede ser discutible que sea digno— que mira y utiliza a los otros desde sus necesidades materiales, sean estas de la condición que sean. Escritor fracasado antes de empezar a escribir, es leído y culto pero, contra lo que podríamos esperar los que confiamos en el poder de la educación, eso no es óbice para que también sea, y me reafirmo, un ser despreciable. Ejerce de chulo putas, de voyeur, de ladrón, es racista —con una jerarquía social de racismo añadida— y, por supuesto, machista aunque sea el sexo lo único que lo salve de su vacío existencial. Porque, se justifica: “nada hay tan prójimo al hombre como la maldad, aunque intente enmascararse a la maldad llamándola locura”, maldad que incluso se destila por los poros del cuerpo en forma de olor nauseabundo. Aunque esta alergia a la humanidad: “Valiente especie de mierda estamos hecha”, pueda entenderse, y de ahí la posible justificación que decía al principio, como una postura de dignidad frente a las exigencias del sistema capitalista, frente a las ciudades invivibles por el ruido y el hacinamiento, frente a la gente acomodada, aburguesada y gris: “Vanidosos y henchidos de decencia proletaria” que aspiran a vivir con una paga y llenos de deudas, como era él en su vida anterior. Añora el mundo salvaje donde el hombre —y en este caso el sustantivo no es genérico— pueda vivir según sus instintos, donde sobre todo pueda dormir: “Hubiera mandado al carajo la literatura de haber podido dormir bien”, y rechaza la civilización del viejo continente de cuyos placeres sin embargo disfruta. En su particular escala de valores adora a los perros, a los que muestra y elogia en varios momentos, incluso uno de ellos tiene un papel importante en la trama como espejo / observador de sí mismo.

La novela se estructura en diez capítulos. En el primero se nos describe la residencia que acoge al padre enfermo; en el segundo su matrimonio, su casa, su vida anterior; y a partir del tercero comienza el viaje por Europa de este anti Ulises: Austria, Alemania, Francia, en concreto París —lugar que si hubiera sido capaz de gestionar sus emociones e instintos, se podría haber convertido en el puerto definitivo donde arribar—; siendo los últimos capítulos los de su vuelta a España en un final circular. Narrado en primera persona, con un estilo aparentemente fácil —que no lo es ya que se adivina el gran trabajo de escritura que hay detrás—, no exento de humor, con expresiones zafias y latiguillos despreciativos muy en consonancia con la psicología del personaje: “Una muy pero que muy, tal vez la más muy que yo haya conocido en esta vida”, consigue introducirnos magistralmente en la mente discursiva y errática del protagonista.

Cualquier viaje significa volver a nosotros mismos, parece decirnos el autor: “huir es regresar”. Nuestro interior es el único lugar que existe, pero si eres un Nowhere man… No hay nada más dramático que no tener donde volver, ese lugar en el que las distancias son más cortas, las alturas más pequeñas, y el tiempo corre un poco más despacio, solo uno poco, lo justo para coger impulso y seguir viviendo. 

Reyes García-Doncel

 

Isaac Páez (Sevilla 1984) es licenciado en Historia y profesor de enseñanza secundaria. Ha publicado ocho poemarios entre los que destacan: “Contrato a tiempo perdido” (XV Premio de Poesía Universidad de Sevilla, 20018), “Harmon avenue” (Cartonera & Digital), “Hijos del euríbor” (Ediciones En Huida) y 1992 (VIII Premio de Poesía Antonio Gala). En 2014 “Las voces del frío” obtuvo el XXV Premio de Poesía de la Diputación de Álava Ernestina de Champourcín, poemario que fue finalista del Premio Euskadi de Literatura en castellano en 2015, y recientemente ha obtenido el XXXVI Premio Leonor de Poesía por el poemario “Fibra óptica”.  En el Ámbito de la narrativa resultó ganador del Certamen Andalucía Joven de Narrativa 2012 por la novela “Disparos al aire” (Berenice Editorial) mientras que “Nowhere man” fue finalista del la LXX edición del Premio Nadal de novela.

 

 

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EN ESA DELGADA LÍNEA

24 Jul

Eva Monzón Jerez

NPQ Editores

Un enfermo en estado de coma, como consecuencia del tiroteo de un asesinato múltiple, escribe mentalmente la novela de su vida. Además de las historias de los asesinados —cada víctima tiene la suya—, nos cuenta también la de aquellos que vienen de visita —ya sea a él o a otros enfermos —, la de sus familiares, la de los vecinos de su pueblo… siendo cada cual más original, curiosa o disparatada, en algunos casos raya el realismo mágico, y en otras no falta el humor negro, aunque: “Reírse, sin cuerpo que te acompañe, da tristeza”, nos dice el narrador.

La novela —o deberíamos decir el conjunto de relatos— es una declaración de amor al acto de narrar, siendo la curiosidad del protagonista la excusa para encontrar historias, ya que éste sigue a la gente por la calle para averiguar su vida, se cuela en notarías, entierros y funerales para oír los testamentos, suplanta personalidades, se hace amigo del cartero…, relatos en los que disfruta de su infancia y libertad de movimientos perdidos. Invariablemente vuelve al ahora, a su cama de hospital, donde vegeta entre tubos y respiradores, y desde donde investiga el autor del crimen que lo dejó postrado, por lo que podemos considerar que “En esa delgada línea” es también una novela de intriga detectivesca.

El enfermo percibe olores, colores, sonidos, tiene nostalgia de la cotidianidad y, desde ese observatorio “privilegiado”, se convierte en un estudioso de la especie humana. Los personajes toman vida, las historias son reales y a la vez inventadas: “En sueños, o a través del viento, o cuando menos lo espero, escucho de nuevo esa palabra susurrada” o, por lo menos, el lector es incapaz de distinguirlas, e incluso duda de que hayan pasado -como si desde su cárcel hubiera poseído los recuerdos de los demás-, se relatan unas dentro de otras en un magnífico ejercicio de cajas chinas, a veces en orden cronológico y a veces no —de hecho la edad del niño, joven o adulto en coma, no está bien definida, lo que casa a la perfección con ese ambiente onírico entre lo real y lo inventado, cuestión que al final de la trama se descubrirá su porqué—. La autora utiliza microrrelatos, leyendas, la misma historia contada por personajes distintos en forma de espejo, juegos de palabras, todo con una prosa clara donde no faltan pasajes poéticos, como la preciosa descripción de los cambios en el pueblo según la hora del día; y siembra la intriga, la duda sobre si el narrador e víctima o asesino, porque: “La verdad de toda muerte, por muy intrincada que parezca, está escrita en los actos de la víctima”.

Entre los relatos más sugerentes señalaré: Rosario la portera, cotilla por condición congénita: “Que gran inquisidora se perdió el mundo, es lo que le pasa a los genios cuando el destino, impertinente, los desubica”; Federico, el viajero sin moverse de su casa; Leopoldo, médico de muñecas y juguetes, incluso con horario de urgencias, lo que todos habríamos querido tener cerca cuando niños; Andrea, la hija del sepulturero, cuyos muñecos son los bebés muertos y recién embalsamados; Josete el peluquero que viene al hospital para asearlo y le cuenta las historias que ve en las casas, incluso las más truculentas, las que no quiere oír nadie; Sebastián, el enterrador, en su huerto junto al cementerio recolecta muy buenas hortalizas y limones, pero nadie se las compra; y Elena, la policía encargada de resolver el asesinato múltiple, aunque hay una Elena real, un poco torpe, y otra que él inventa, más lista y segura de sí misma.

También visitan al narrador muertos recientes, desorientados que no encuentran el camino de salida, y suicidas, lo que le permite a la autora reflexionar sobre la vida y la muerte, porque la narración nace de un ser que habita en esa delgada línea, que participa de ambos mundos: “Un segundo eterno en el que todavía estás vivo pero vas para muerto, en el que ya muerto aún sigues vivo: esa frontera donde los recuerdos se agolpan desesperados” Entre los muertos, con humor negro y socarrón, se mantienen las mismas rencillas y trifulcas que cuando estaban vivos, porque: “Ser fantasma no te libra de tu personalidad”, nos viene a decir la autora. Y de nuevo —como ya vimos en su novela anterior “El día a día”— Eva Monzón muestra una gran percepción del mundo de la infancia, de ese momento en el que el miedo, las decepciones y contradicciones de la existencia hacen que ya siempre “crezcas torcido”.

Interesante novela —a la que también me atrevo a calificar de divertida—, donde se reflexiona sobre si nuestra experiencia vital, lo que denominamos realidad, puede ser comprendida sin ser narrada; es más: se duda de si los hechos existen antes de ser narrados, porque: “Somos nuestras propias ficciones. Yo soy mi propia ficción”.

Eva Monzón nació en Santander, actualmente vive en Valencia donde trabaja como psicóloga clínica y jurídica. Ha publicado “Tiempo muerto” Bartleby editores; tradujo el diario de Steinbeck: “Diario de una novela: las cartas al Este del Edén”; su cuarta novela “Errantes” fue publicada por Paréntesis y reeditada por Sargantana, que también le publicó su quinta novela “El día a día”. Tiene escrito el guión cinematográfico de “Entreactos” y de cinco cortos, así como las obras de teatro: “Lo que no se quiere recordar”, “El jurado”, “El descubrimiento”, y con “La pelea” ganó el certamen de Crono Teatro y fue publicada por Estreno. Publica relatos y poesía en varias revistas y mantiene activo su blog Fragmentos que ganó el premio Leibster Award.

Trampantojo

6 Abr

Charo Jiménez 

Editorial Triskel 

Que la realidad y la ficción se confunden, es lo nos quiere transmitir la autora de Trampantojo. En la novela coexisten dos historias: la “imaginada” por una protagonista escritora, y la “real”, su propia vida. Charo Jiménez lleva ambas de la mano, vamos asistiendo en paralelo al crecimiento, adolescencia, primeros amores, madurez y finalmente vejez, incluso muerte, tanto de los personajes supuestamente reales como de los ficticios, pero, a lo largo de los años, unos y otros se miran, se reconocen, y se interpelan, como si de un espejo, o un trampantojo, se tratase porque la cuestión es: “entretejer la ficción con los hilos de la realidad, ¿o es al revés?”. Como si el yo real se ocultara para fabular, a partir de las experiencias, un yo deseado, porque: “Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes”, dice el alter ego de la autora.

En la historia “ficticia” Elena y Rosa viven una fuerte amistad forjada desde la niñez y la adolescencia, hasta la primera juventud, cuando Elena comete un acto de traición hacia su amiga. Esta culpa le perseguirá, le condicionará sus relaciones posteriores, las de su familia y, por supuesto, acabará con esa amistad que parecía a prueba de cualquier fuego. Mientras la escritora Teresa va creando —capítulo a capítulo la novela antes citada-, el lector descubre la historia “real” —denominada “Lo que el viento nos dejó”—, en la que también tuvo una amiga de la infancia, Irene, de la que sólo conserva sus cartas como un reclamo del tiempo, y un pasado del que tampoco se siente muy orgullosa. Algunos personajes: los familiares y el incondicional amigo César, permanecen idénticos en ambas vidas. La autora utiliza un lenguaje sencillo, pegado a la narración y de fácil lectura, lo que no le impide utilizar en ocasiones prosa poética: “No sé qué historias se habrá dedicado el viento a murmurarle a las aves esta madrugada de nidos desvelados”, prosa que se echa de menos en más ocasiones. 

Mientras se desgranan las dos historias, asistimos a reflexiones sobre la importancia del perdón, no solo hacia los demás sino hacia uno mismo; también del olvido que sana las heridas; el valor de la amistad y la familia por encima de cualquier comportamiento; y una cuestión a la que la mirada de un escritor siempre se enfrenta: la irrealidad del mundo real, o qué hay más allá de lo que vemos: “¿Recuerdas Irene? La vida es un trampantojo, nos decía tu padre (…) Una ilusión con la que quieren engañarnos haciéndonos ver lo que no es”. Un cuadro en el que la memoria y lo inventado se funden desde la verdad de la escritora. 

Charo Jiménez (Sevilla 1961), licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla, ha sido profesora durante más de veinte años en diversos Colegios e Institutos públicos de su ciudad y provincia. En palabras de la autora, y parafraseando a Julio Cortázar: “la literatura y yo andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos” Ha publicado las novelas “Trampantojo” y “Ara, como el río” ambas en la editorial Triskel. 

Mi trabajo en el restaurante indio

26 Oct

 25 de agosto 2012

Mi trabajo en el restaurante indio consiste en secar las tazas, los platos, el enorme surtido de bandejitas y pocillos que utilizan para cada salsa, otros recipientes como el bowl del arroz o la fuente de la carne, y colocarlos en los estantes. Secar y ordenar, rápidamente porque se les acaban enseguida, y siempre de pie.

Me encantan los olores, los sabores a especias desconocidos y sus múltiples salsas que convierten en una aventura descubrir de qué están hechas. En la sala, decorada con carteles de sus actrices famosas de Bollywood, siempre suena música de guitar o de flauta, y además encienden velas de incienso por las esquinas, por lo que consiguen una atmósfera muy sensual.

Los propietarios son una enorme familia —hermanos, tíos, primos—, a los que conforme van llegando para trabajar en este o en otros restaurantes de la cadena, los acoplan en pisos que tienen repartidos por toda la ciudad. Aquí solo trabaja una chica, Priya, que es más o menos de mi edad. Tiene un precioso color cobrizo de piel y el pelo lacio cortado en media melena al estilo europeo, nada que ver con las gruesas trenzas, ni el espeso maquillaje de las que cuelgan por las paredes. Sobre la frente, —en vez del punto rojo habitual propio de las casadas—, ella tiene un enorme lunar, negro y algo desplazado hacia la ceja derecha, como un tercer ojo errático o rebelde.

Y les va fantásticamente bien, siempre lleno, siempre la cocina ajetreada. Los camareros lanzan las propinas, que son altísimas, a un bowl metálico, y el sonido que hacen al caer se me antoja el de las limosnas en el cuenco de los mendigos. Al final del día se sientan alrededor de una mesa para contarlas con veneración. A mí, por supuesto, no llegan. 

Con su camisita y su canesú

14 Sep

Una muñeca vestida de azul, con su camisita y su canesú… Vestida con el disfraz de princesa, Alice aprende a decir azul, rosa y azul; de la cocina llega el olor a masa fermentada en el horno, a brócoles y a infusión de jengibre; por la ventana llega el aguacero que azota los cristales y difumina el contorno de la calle, encerrándome aún más en este cuarto. “Palma palmita que viene mamá, palma palmita mummy”. Alice se pone sus zapatos de purpurina. Me asomo para ver el mar y no lo distingo del cielo lloroso, una bruma plomiza e irreal los une y nos envuelve a todos en la misma cortina empapada. “Un ratón chiquitín, chocolate y turrón…”. La lámpara rosa del cuarto encendida a las tres de la tarde, de nuevo el invierno, otro más, el eterno invierno, que no reconozco… Como tampoco reconozco al Stefano risueño y optimista en el huraño que no para de quejarse porque se siente explotado, porque trabaja como un mulo, porque gana muy poco dinero… Lo animo a que proteste o a que busque otro trabajo, él replica “sí, sí”, pero continúa refunfuñando sin hacer nada.

            Rosemary me acerca un té y me sonríe: “¿esa canción te la enseñaron en tu colegio cuando eras pequeña?” Asiento en silencio, el olor a jengibre me inunda y cierro los ojos: los apuntes de Business, las botellas ordenadas en sus estanterías, las quejas de Stefano, la lluvia, los edificios grises, la risa estrepitosa de Elsa, mis padres por Skype, el 22, los espaguetis solo con tomate, la calefacción al mínimo, el frío, los malos modos de Stefano, el silencio… Esta es mi vida.

A través de la neblina veo una chica arrastrando un trolley.

 

Cuando la historia decide.

2 Sep

    Siempre que termino algo —un itinerario hacia algún lugar desconocido, un día de trabajo, una manualidad…—,  suelo repasar el proceso para comprender como resolví los problemas e intentar aprender de la experiencia. Terminar una novela no iba a ser una excepción. Al inicio de esta mi tercera, tenía serias dudas, podría calificarlas casi de cruciales para su futuro, sobre cuestiones tan básicas como:

  1. El tiempo: Comencé una narración en pasado, pero los “decía”, y los “estaba” sonaban lejanos, como si la historia no fuera real, y cada vez que me descuidaba el tiempo presente se colaba por los intersticios de las frases. Hasta que dejé que tomara el poder, eso sí, con reticencias porque tenía miedo de que la inmediatez del presente no le diera profundidad a la historia. Decidí darle una oportunidad, y continué el relato en ese tiempo verbal.
  2. La persona: Mi intención inicial era utilizar el narrador omnisciente, el más listo, el que se lo sabe todo, porque pretendía narrar desde el punto de vista de personajes y escenarios distintos. Pero una voz con personalidad propia se fue imponiendo, y a pesar de los problemas que puede originar la primera persona —no puede contar aquello que no sabe—, terminé aceptando que fuera Candela la que hablara.
  3. La estructura: Pensé dividir la narración en capítulos cada uno correspondiente a un mes, a lo largo de los cuatro años que dura la historia, pero tampoco fue aceptada mi propuesta. Unos salían muy largos, otros muy cortos… aquello no tenía sentido. Y a veces, los sucesos del principio del mes se quedaban desfasados con los del final. Entonces pensé: ¿y por qué debe tener capítulos? Podría ser un diario, pero tras unos cuantos ensayos, fue desechado por ser un género demasiado íntimo, y para la historia se necesitaban diálogos y pasajes de acción. Entonces pensé en entradas con fechas, como si fuera un blog, lo que a la vez solucionaba el problema del tiempo porque la protagonista podía tener un cierto recorrido —una semana, diez días…—, algo de pasado que evocar, sin dejar de ser presente.
  4. El tono: Dejar hablar a la primera persona significa siempre una visión subjetiva de los sucesos, y también la posibilidad de un contenido más emocional. Pronto la alternancia entre el tono lírico y reflexivo —más propio de un diario—, y el relato de los hechos, se fue instalando cómodamente en la narración por lo que que, según los ánimos de Candela, cada entrada se escribía con una inclinación.
  5. Los personajes: Ni os quiero contar como se han soliviantado: los más prometedores pasaron a ser casi decorativos, otros que yo creía malvados resultaron los ayudantes de la protagonista…, y he tenido que segar a muchos como la mala hierba, ya que me crecían por todos lados, de todos los tipos y tamaños. “Lo siento”, les dije finalmente, “será la próxima vez”. Y ahí se han quedado, en el limbo de los borradores.
  6. El espacio: Contaba con la importancia de Edimburgo en la historia, era previsible, pero no con que se asomaría a casi todas las entradas como una protagonista más —casi la principal—, reclamando una presencia ineludible que me ha obligado a documentarme exhaustivamente sobre cada calle, plaza o jardín, sobre los tipos de lluvias y vientos, sobre el norte y el sur de esta ciudad tan mágica y literaria.

Los retos son necesarios, y así me tomé todas las estrategias narrativas que he debido desarrollar para escribirla. Ya se empieza a barruntar la nueva novela, que imagino saldrá completamente distinta a como ahora la pienso. Aprenderé de nuevo a dejar que hable por si sola.

 

 

PATRIA

26 Ago

Fernando Aramburu

Tusquets Editores

 

 

Hay quién aprieta el gatillo, quién jalea el disparo, también quien calla y sobre todo quién tiene que aprender a vivir sin un padre, un hermano o un marido. ¿Cómo se afronta la vida tras un atentado terrorista? Fernando Aramburu, con evidente conocimiento de causa, desciende en su novela “Patria” hasta la cotidianeidad doméstica de víctimas y verdugos, nos muestra las comidas, las fiestas del pueblo, las estaciones del año, la omnipresente lluvia, el campo y el mar de Euskadi bajo la terror de ETA.

Lo primero que comprobamos es que la sombra de un atentado es alargada. A partir de ese día, de ese segundo, el universo interior y exterior de la víctima cambia: desde no poder estudiar en tu tierra —mejor fuera y sin decir que se es hija de asesinado—; a la formación de una pareja —excluyente por mucho que te atraiga si el otro es abertzale—; hasta la negación misma de la felicidad —preciosa la escena donde Xabier fantasea, entre vapores etílicos, con la vida amorosa que pudo tener y no tuvo, atrapado en una tela de araña del techo que alguien olvidó limpiar, igual que él está en su pasado—. Esa sombra se instala entre los dos hermanos, que evitan hablar de cómo se sienten, o incluso asistir juntos a una conferencia sobre el tema. Además del dolor por la pérdida del padre, la vergüenza. Las víctimas estorban, están señaladas, o renombradas, como la viuda Bittori a la que llaman La loca porque ha decidido volver a su casa en el pueblo: una luz encendida y un geranio en el balcón tienen más poder que las bombas y los disparos de sus verdugos, los que ahora susurran, con tremenda distorsión de la realidad: “viene a causar problemas”, “somos víctimas de Estado y ahora somos víctimas de las víctimas”. 

Victimas, verdugos… y por supuesto los testigos mudos, porque ningún acoso es posible sin la colaboración, o la omisión de ayuda, del resto: en tiendas, bares, en la calle, hay a quién le gustaría saludar al señalado cuando todavía está vivo, ir a su entierro cuando muerto, pero no lo hacen, por miedo, o porque una vez que tu nombre aparece pintado en la pared el cerco se cierra, y algo habrá hecho, dicen hasta los amigos cercanos. Sociedad policial, donde unos vecinos se vigilan a otros, se espían los horarios, quién habla y quién no euskera —interesante la utilización del euskera como arma arrojadiza—… y, a veces, se informa a los terroristas.  El autor consigue trazar un panorama representativo de una sociedad sometida al terror: “En nombre de la patria, un puñado de gente armada, con el vergonzoso apoyo de un sector de la sociedad, decide quién pertenece a dicha patria y quién debe abandonarla o desaparecer”, puesto en boca de un escritor, alter ego de Fernando Aramburu, en la novela.

Miren, la madre del terrorista, dura e implacable, tiene la mente cerrada a una sola idea: defender a su hijo, para lo que ha de defender también la causa de su hijo, incluidos los asesinatos, con consignas aprendidas —opresión del pueblo vasco, lucha armada necesaria—, que repite sin titubear aunque los muertos sean sus amigos entrañables. Se vuelve abertzale, siempre la primera, la  más concienciada, la que más chilla en las manifestaciones. Todo por su hijo favorito, incluso se enfrenta al sensible Gorka y la sensata Arantxa, por el gudari Joxe Mari, hombre de acción a quién no le interesan las teorías políticas, solo unas ideas básicas que asume y defiende sin fisuras, y del que asistimos a sus inicios en la kale borroka, su integración en un comando, y su reclusión en la cárcel, donde las consignas se van quedando vacías, y debe enfrentar la realidad de que ha echado a perder su vida, ahora no sabe muy bien porqué.

El autor también deja muy claro el papel que tuvo la iglesia en la figura de relamido sacerdote Don Serapio —al que le huele el aliento, metáfora clara del fondo podrido desde el que ascienden sus palabras—, que alienta a los jóvenes a la lucha pero luego predica la paz, que acoge las quejas de los verdugos y se convierte en un acosador más de las víctimas: “Que no vengas al pueblo, que otros también ha sufrido, que otros también necesitan que les pidan perdón” le insta a Bittori; y en equidistancia, retrata el papel torturador de las fuerzas del estado, sin falsas componendas, con meridiana claridad. Pero Bittori es tan tenaz como sus verdugos, necesita saber quién disparó a su marido, “limpiar de pus la herida para que sane”, necesita que le pidan perdón.

Aunque el escenario sea Euskadi y la época los años duros del terrorismo etarra, Fernando Aramburu ha conseguido mostrar de forma universal cómo es el sufrimiento, sus consecuencias físicas y psíquicas, que unos hombres provocan a otros. Una novela apasionante, valiente, que remueve las convicciones y que merece ser leída.

 

Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) es licenciado en Filología hispánica. Considerado como uno de los narradores más destacados en lengua española es autor de las novelas Fuegos con limón (1996), Los ojos vacíos (2000), “El trompetista del utopía” (2003), “Bani sin sombra” (2005), “Viaje con Clara por Alemania” (2010), “Años lentos” (2012)  VII Premio Tusquets editories de Novela y Premio de los Libreros de Madrid,  “La gran Marivián” (2013), y “Ávidas pretensiones” (2014) Premio Biblioteca Breve 2014. Como cuentista así mismo ha publicado diferentes volúmenes.