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LOS LIBROS

27 Ene

Los libros de papá estaban todavía en cajas en un depósito, en el colegio había solo algún volumen edificante, el tío Alberto no poseía una biblioteca. Los libros, pues, me parecían un fruto prohibido. Cuando tenía uno a mi alcance, permanecía horas leyendo, ávida y celosa, tendida sobre el diván de mi celda entre los pesados cortinajes que olían a polvo, olvidado el calor estival, totalmente enajenada de la realidad que me rodeaba.

Cuando estudiaba, junto a mi hermana, que hacía también los deberes sentada a la mesa de la cocina, debía leer en voz alta para que no me distrajera el caos que me rodeaba. Muy pronto aprendí a enajenarme completamente de todo lo que sucedía a mi alrededor y pensar solo en mis libros. A este ejercicio de concentración, que los héroes de Canetti aprecian tanto, debo quizás la sensación de haber vivido aquellos años separada de los acontecimientos por un diafragma de irrealidad.

Marisa Madieri

 

En este mundo hiper informado —aunque no siempre correctamente—, es difícil imaginar la escasez de libros que describe Marisa Madieri durante su exilio: “Los libros, pues, me parecían un fruto prohibido”, dice. Me la puedo imaginar oliéndolos, abrazándolos, disfrutando de su tacto como un regalo de la vida. Cualquier lector empedernido se habrá visto reflejado en sus palabras, sobre todo en lo de que: “aprendí a enajenarme completamente de todo lo que sucedía a mi alrededor y pensar solo en mis libros”. Porque un buen libro supone tal abstracción que el mundo exterior deja de tener importancia, solo existen las palabras encadenadas que cuentan historias, emocionan, crean imágenes de lugares o personas… En el caso de Marisa Madieri su capacidad fue tan grande, que al recordar mezcla sus lecturas con su vida, como si la viera “por un diafragma de irrealidad”, distancia que la salvó de perderse emocionalmente en la sordidez y miseria que le tocó vivir.

Hay grandes amantes de los libros en la historia de la Literatura: desde el profesor obsesionado con el orden que la escritora cita, pasando por los monjes de una abadía italiana con su biblioteca laberinto y bibliotecario ciego, llamado Jorge para más señas; sin olvidarnos, por supuesto, de nuestro Alonso Quijano. Los libros enamoran, sanan, enloquecen, enseñan, ayudan a sobrellevar un exilio, y provocan que tachen a las lectoras obsesivas, como estas dos que ahora mismo hablan, de estar siempre en La Inopia.

Reyes García-Doncel

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LA OCUPACIÓN YUGOSLAVA

20 Ene

El final de la guerra y la ocupación yugoslava representaron para mi familia un primer periodo de miedo, desconfianza, registros domiciliarios. La Onza, la temida policía secreta, cuyo nombre hacía palidecer a mis padres, vino una mañana a nuestra casa a preguntarnos si teníamos armas para entregar. Mientras mi madre decía que no, presa del pánico, yo, sorprendida, le pregunté delante de los agentes cómo era posible que no recordara la pistola que papá había escondida bajo el colchón. Ese día, por suerte, la crueldad del los hombres de la Onza se suavizó frente a las lágrimas desesperadas de mamá, que se arrodilló, y a la desprevenida confianza de una niña que no veía en ellos a unos enemigos. La pistola fue requisada pero no nos hicieron daño alguno.

Marisa Madieri

 

Dicen que lo primero que se mata en una guerra es la verdad, pero este enternecedor fragmento nos muestra que lo siguiente sería la inocencia de los niños. Para Marisa Madieri nada volvería a ser igual tras la visita de la policía política. Su mundo confiado, cercano, saltó por los aires, y si antes no veía la cara de un enemigo en nadie, a partir de entonces podría verlo en cada vecino con el que se cruzara, porque otra evidencia es que las caretas se caen. En una guerra los niños aprenden algo que a ningún padre le gustaría que aprendieran: que quien tiene las armas tiene el poder e impone su ley, que esta no es siempre la más justa, y que lo único importante es sobrevivir, por encima del amigo, incluso del hermano.

Todas las guerras se parecen, las imágenes que vemos en las actuales muestran la misma tristeza y desamparo que viviría Marisa Madieri niña en la segunda guerra mundial. Parece obvio y admitido por todos que tienen el derecho a crecer libres de traumas y miedos, pero este derecho sigue siendo incumplido, también en tiempos de paz. Hoy en La Inopia intentaremos mostrar por qué es tan difícil ser niño en Andalucía.

Reyes García-Doncel

LOS BORDES DEL TIEMPO

13 Ene

En cada palabra dada y recibida, en cada gesto y pensamiento, en cada fragmento incluso breve y casual de nuestra existencia y de la de los otros, hay algo de precario y algo de ineluctable, de caduco y de indestructible. Cuando en verano pasamos bajo la iglesia de Villa del Nevoso (…) me parece que los bordes del tiempo se tocan, que su manto envolvente se vuelve transparente. Mis padres aún se están casando allá arriba, mamá aún pasa con su velo blanco ondulante entre las tumbas del cementerio que rodea la iglesia, el alba de agosto es ya siempre tibia y serena.

Marisa Madieri

 

La escritora que nos ocupa vivió parte de su infancia y su juventud como refugiada en Trieste tras la segunda guerra mundial. Perdió todo, salvo sus recuerdos, que intentó plasmar en este bello libro “Verde agua”. Como si de un agujero de gusanos se tratara, “los bordes del tiempo se tocan” nos dice, y recupera otro universo de tiempo, incluso no vivido, pero no por ello menos recordado porque la única patria que permanece es la memoria.

Todos somos exiliados de algún paraíso, todos guardamos la nostalgia de algún lugar que fue nuestro refugio, el último reducto de felicidad antes de crecer. El paisaje, los olores, la tibieza y la frescura del aire son la herencia de nuestros antepasados. Pero como nos avisa Marisa Madieri, cada fragmento de la existencia tiene “algo de caduco y de indestructible” a la vez. La eternidad del instante.

Porque el mayor exilio es la propia vida.

Reyes García-Doncel

LUCIANA

7 Ene

Pilar Tena

Editorial Tres Hermanas 

Un joven matrimonio español, sus hijos pequeños y su criada se trasladan a vivir al Dublín de los años 60, estancia que a los tres adultos les cambiará la vida y que los niños recordarán como una de las épocas más felices de su infancia. Un Dublín pequeño y pueblerino, muy influenciado por la iglesia católica y las diferencias sociales: “Dublín era una ciudad gris y abandonada, que arrastraba todos los prejuicios del imperio tras haber conseguido romper sus lazos con Londres”. La autora vivió en Irlanda cuando era muy pequeña, en esa misma década, y también hace pocos años. Esta novela es una recreación de sus recuerdos —algunas escenas, como las bromas del jardinero o los días que la familia pasaba en la playa se reconocen muy reales, muy vividas­—, y un homenaje a personas que han sido importantes en su vida.

Pilar Tena nos narra la intimidad de la familia desde el punto de vista de Luciana, la criada, cuya invisibilidad la hace tan efectiva para el trabajo doméstico como para la guarda de secretos, de sus señores y los propios. Ignacio, Olga y Luciana, un trío unido y separado a la vez, cada cual con sus mundos ocultos. Hay en la historia una clara voluntad de denunciar la invisibilidad que sufrían las mujeres del servicio, en una sociedad que las anulaba en todos los sentidos, donde ni siquiera ser discreta le servía: “Olga pensaba que estaba mejor sin ella, sin su humildad enervante y sus silencios”. Durante su estancia en Dublín, como tantas otras jóvenes emigrantes que allí encuentra, Luciana, que procede de una pequeña aldea de La Rioja, sufre una evolución: se moderniza en su vestimenta, se hace más abierta de ideas, se relaciona con hombres…, pero la fatalidad la obligará a no tener un futuro propio, sino a que otros decidan por ella, lo que acepta sumisa porque: “¿Quién era ella para discutir las normas impuestas por la sociedad? Debía someterse a ellas, hacer lo que le decían, callar y aguantarse”. Esta psicología arraigada en lo más profundo de su conciencia hace que sea particularmente acertada la portada: una imagen desenfocada en la que Luciana camina hacia fuera, como si quisiera salirse del encuadre, metáfora de una vida invisible, que no existe salvo para los niños a los que cuida, que algunos al crecer la olvidan.

Con pulso narrativo fuerte, la autora nos muestra la vida doméstica de esta familia culta y elegante, y a través de ellos de la sociedad dublinesa, con sus encantos y sus miserias, pero que va cambiando poco a poco a todos los personajes. A menudo utiliza el recurso de la foto o la película antigua para describir el pasado o hacer que la acción avance, y coloca a Olga y a Luciana, frente a frente en el encuadre de la foto o en el espacio de la casa, para mostrar a dos mujeres: una que lo tiene todo y otra que no tiene nada. Pero las apariencias engañan. Y bajo las historias cotidianas, los dramas íntimos, se reflexiona sobre la importancia de ser madre, deseándolo o no, y sobre la hipocresía de la iglesia católica y de las instituciones sociales respecto al sexo.

Los actos del pasado acaban volviendo a nosotros, hay vivencias que no se pueden olvidar o que no podemos perdonarnos jamás, como nos recuerda la cita del inicio: “El pasado late en mi interior como un segundo corazón” John Banville. Sin embargo, Pilar Tena nos anima a creer que hay actos del pasado que nos conducen a presentes y futuros inesperados, y Luciana puede redimirse por amor, ese que a ella se le negó, como si se lo hubiera transferido en el tiempo a su ser más querido.

Pilar Tena es actualmente directora del Instituto Cervantes de Utrecht, Países bajos. Licenciada en derecho y en Ciencias de la Información, a lo largo de su vida profesional ha ocupado cargos directivos en diferentes fundaciones e instituciones públicas y privadas de relevancia. Es autora de tres libros: La embajadora (Roca 2016), Contratiempos (Salto de Página 2014) y Cómo sobrevivir a un despido… y volver a trabajar (Pirámide 2013)

LA PROFUNDIDAD DEL TIEMPO

4 Ene

La profundidad del tiempo es una reciente conquista mía (…) En el humilde y variado trabajo cotidiano, los pensamientos pueden aflorar, organizarse, clarificarse. El tiempo, antes sin dimensiones, reducido a mero presente debido a una vida apresurada, acosada por un turbión de obligaciones, de alegrías robadas y de preocupaciones, ahora se despliega en horas livianas, se dilata y se arrellana, se puebla de resonancias y recuerdos que poco a poco se recomponen en forma de mosaico, emergiendo en pequeños remolinos de un magma indistinto que, durante años, se ha ido acumulando en un fondo oscuro y desatendido.

Marisa Madieri.

 

El tiempo de los jóvenes es un presente inmediato, obligatorio e implacable, donde cada segundo tiene prisa por sustituir al anterior. La vida los arrastra, no les queda más remedio que subirse a ella. Pero conforme los años van pasando hay un distanciamiento del tiempo exterior, de ese bullicio de futuro, y se recupera el tiempo interior del que nos habla Marisa Madieri, el que “se puebla de resonancias y recuerdos”.

Me recuerda al arreglo de los armarios. ¿Qué guardamos en el fondo oscuro y olvidado de los cajones? Ropa anticuada sin uso, alguna bisutería que fue brillante pero ya está descascarillada y rota, la nota del amigo que una vez nos deseó felicidad, medicamentos caducados… Los pensamientos desatendidos ocupan espacio también, pero en el tiempo lento, ese que la escritora italiana consigue con “el humilde y variado trabajo cotidiano”, pueden ascender desde los remolinos profundos de nuestra conciencia para ser limpiados y ordenados.

Reyes García-Doncel

Violeta mara mara maravilla

13 Dic

FELICITAS REBAQUE

EDITORIAL LXL UP BOOK

Ha querido la casualidad —¿o esta no existe?— que estuviera leyendo “Mortal y rosa” de Francisco Umbral cuando llegó a mis manos la novela juvenil “Violeta mara mara maravilla” de mi amiga Felicitas Rebaque. En ambas obras se relata como un hijo les transforma la vida, como ven el mundo a través de esos ojos nuevos que les han cambiado los suyos. En el caso de Jacobo, protagonista de la novela que nos ocupa, desencadena una necesidad de saldar cuentas con el pasado, sobre todo con Violeta — “Me obligo a recordar. Me lo debo a mí, se lo debo a ella”—, cuya inocencia y ternura, que ahora ve reflejada en su hijo, le ayudó durante un episodio negro de su vida. Mediante el recurso narrativo de escribir en cursiva el presente de adulto con hijo, y en no cursiva el pasado, se nos va desvelando lo recuerdos de su adolescencia que dejó enterrados.

La autora ha escrito una novela— merecedora del segundo premio en el concurso juvenil Editorial LXL — de desarrollo, el de un adolescente que para curar su depresión e intento de suicidio, se traslada a vivir con unos amigos de sus padres a un pueblo costero del norte, lo que evidentemente se convierte en un viaje interior. Los problemas de Jacobo y de Violeta, una adolescente con Síndrome de Down que conoce allí, son similares: comprensión y aceptación del mundo de los adultos, definición de la personalidad, pérdida (de una u otra forma) de la figura materna; sin embargo Violeta en su simplicidad no se engaña, es consciente de su situación, pero la vive sin ansiedad y, sobre todo, sin culpar a sus padres o al resto del mundo, como hace él. Sus juicios sencillos y entrañables sobre la vida son capaces de romper la coraza mental y emocional de Jacobo que cada vez necesita más su amistad.

El ambiente del pueblo pesquero se refleja muy bien, con magníficas descripciones del mar —cuyo estado sirve de analogía con el de Jacobo: “El rugido del agua que subía desde el fondo del precipicio se confundía con el que emitía el dragón dentro de mi pecho”—, el faro, las artes de pesca, las casas con miradores y los personajes. “El aire huele a mar y a brea, a monte y a eucalipto: los olores de Caxaelecha”. Como en todos los libros de esta autora, la naturaleza está presente como un personaje más.

En este proceso de desarrollo actúan varios mentores, siendo la principal Violeta, frágil y desvalida pero a la vez fuerte, síndrome de Down pero a la vez sabia; es interesante resaltar que hay espacios benéficos, como el colmado, símbolo de lo antiguo, de los valores que permanecen: “Olía a especias, a jabón, a café. A bacalao, a sebo y a cabo de velas. Olía a rancio. (…) Olía a auténtico, a verdad”; y también se nos muestra el poder sanador de los olores: “De aromas se fueron impregnando mis días (…) olores cálidos que iban mitigando el frío que sentía por dentro”. 

La sencillez de la vida cotidiana en el pueblo, la reparación de una barca de pesca, las historias de sus habitantes — algunas muy duras relacionadas con la guerra y posguerra civil— le hacen al Jacobo adolescente relativizar su propia historia, distanciarse de sus padres y de su vida anterior, lo necesario para conseguir que ese dragón de ira que lo habita se apacigüe. Mientras tanto el Jacobo adulto se va enfrentando al chico de quince años que era, hasta llegar a hacer las paces con el pasado.

Todo provocado por el nacimiento de su hijo que le recuperó la imagen de aquella Violeta perdida en la memoria. Porque como dice Umbral: “Por mi hijo he visto más allá, más adentro y más lejos”.

Felicitas Rebaque de Lázaro nació en Tudela de Duero, Valladolid. Estudió Magisterio y Enfermería. Ha compaginado su trabajo de enfermería con la escritura. Inició su trayectoria literaria escribiendo para adultos, como “La libélula”, pero desde el 2011 que publica “El latido del agua” sus obras van dirigidas al público infantil y juvenil. Sus últimos títulos han sido dos libros de relatos pertenecientes a la serie “Nuevos Cuentos Castellanos Viejos”. Siempre ligada al mundo de la literatura, ha organizado diversos certámenes literarios con patrocinio de entidades públicas y privadas. “Violeta mara mara maravilla” ha conseguido el segunda ganadora del concurso juvenil de la editorial LXL

¡Ah, los españoles!

6 Dic

¡Ah, los españoles! Esa gente sin definición posible. Claro que nuestra emigración no fue perfecta. El español no sabe qué hacer con la perfección, como no sea torear un toro. Le molesta ceñirse a normas. Cuando es insensato alcanza cimas prodigiosas, y cuando se arrepiente de su insensatez, está dispuesto a todas las penitencias. Estamos fabricados a fuerza de fracasos históricos, qué no sé si hicieron del español un ser heroico o testarudo. Pues bien, esa gente difícil aceptó su destino. Fueron pocos los que pasaron la frontera francesa. Fueron miles de millares los que se quedaron con su testaruda lealtad al pueblo donde habían nacido.”

María Teresa León

Escritas desde el exilio hace casi 80 años sus palabras siguen siendo -lamentablemente tras las elecciones en Andalucía- más vigentes más que nunca. “Estamos fabricados a fuerza de fracasos históricos”. Duelen, estas palabras duelen porque parecen constatar que no tenemos remedio. No gusta sentirnos geniales, no cumplir normas propias de gente aburrida y sin imaginación —aunque cualquiera que haya viajado por centroeuropa agradece el civismo de sus habitantes—, nosotros somos españoles, tierra del arte y el duende, capaces de escribir el poema más sublime o pintar el cuadro más luminoso… Y es cierto, pero también de contribuir a la mayor barbarie que destruya esas maravillas creadas. ¿Cuánto de Lorca hemos perdido por la brutal intolerancia?

Maria Teresa León dice: “somos capaces de hazañas heroicas”. Miedo me da hacia donde puede llevarnos esa heroicidad. Echo de menos un poco más de generosidad y renuncia, y un poco menos de cerrazón; más opiniones reflexionadas y menos consignas como dardos; más amplitud de miras y menos heroísmo, a menudo testicular u ovárico. Puede que seamos capaces de alcanzar cimas prodigiosas y enormes penitencias, pero a ambas las carga el diablo, y no sabemos en qué infierno pueden encerrarnos. Puede que sigamos aferrados con “testaruda lealtad al pueblo donde hemos nacido”, hay muchas patrias, cada partido político te vende la suya, patrias chicas y grandes, pero no creo que merezca la pena morir, o entregar la libertad, por ninguna de ellas.

Reyes García-Doncel