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EL JUEGO DE LA INVENCIÓN

14 Oct

ELENA MARQUÉS

Extravertida Editorial

Que la literatura es un riesgo Elena Marqués lo sabe. Se ha enfrentado a este, siempre con buen hacer, desde que comenzó su carrera literaria, y lo asume; pero en esta ocasión ha dado un salto más y construido una novela donde propone un juego entre realidad y ficción, entre el escritor y el lector —al que a veces interpela: “¿Es que no vas a tener la piedad de detenerme?” tomando como itinerario el proceso creativo. Porque: ¿quién es cada cual? ¿Cuándo la persona que escribe comienza a ser escritor? Es más: ¿dónde termina la creación y comienza la superchería?

Estructurada en capítulos cortos, algunos de un único párrafo o incluso de una línea, esta ambiciosa novela se sustenta en dos personajes: Yago Creuet y Diego Amat, que nos llevan de la mano, nos introducen no solo en su propia psicología sino también en la de los escritores que imaginan personajes, a modo de superposición de estratos por descubrir, como se le supone a toda obra literaria que se precie. En la trama se narra tanto al proceso de plagio que Yago Creuet realiza de la obra de Diego Amat, como la absoluta fagocitación de su persona. Los capítulos se ordenan de forma alterna, con números árabes o romanos, y representan cada faceta de Yago Creuet conforme asimila la personalidad del otro, Diego Amat, en una suerte de juego de espejos entre ambos, o de Dr. Jekyl y Mr. Hyde, donde cada historia encierra otras relacionadas entre sí. Pero lo que de verdad se cuestionan estos escritores —y la autora por sus bocas— es por qué se escribe, por qué existe la necesidad irrenunciable de plasmar la realidad hecha ficción, o viceversa: Si supiese por qué escribo, tal vez no escribiría”; y arremete contra toda la industria cultural, aquellos que no escriben pero hacen alardes de escritores, con la invención no como descubrimiento, como hallazgo o acto creativo, sino como ingenio vanidoso para fabricar la figura del escritor de éxito. “Se había rendido a la industria cultural (…) Dejó de escribir para convertirse en escritor”

Los escenarios de la trama son tres: la casa familiar en Colombia, origen de Yago Creuet , donde la autora da rienda suelta a su predilección por la literatura sudamericana de la que es admiradora confesa, y crea un mundo cercano al realismo mágico con la lluvia, por supuesto, como protagonista: “El pobre veía musgos que le tapizaban el abdomen, membranas que le crecían en la juntura de los dedos, sapos que se le colaban por la garganta y pedían auxilio con su propia voz de medio hombre”; la casa, o más bien la habitación, donde malvive Diego Amat, y donde el proceso de asimilación y plagio se va produciendo paso a paso; y el desastrado bar en el que ambos se conocieron y se reúnen cada día Día de perros, nombre muy en consonancia con la lluvia omnipresente —Quizás la lluvia nos estuviera borrando del mapa”— que envuelve el relato.

Los que ya conocemos a Elena Marqués sabemos de su respeto y amor por la lengua, pero en esta obra se ha superado: hay un magnífico dominio del lenguaje, culto, riguroso, rico en vocablos, a menudo de procedencia latinoamericana —¿Yago Creuet es colombiano para propiciar el uso de estos vocablos y como homenaje a García Márquez?—, juegos de palabras, admiración por el diccionario al que hace alusión numerosas veces, todo envuelto en un tono de humor sin estridencias, en una prosa repleta de poesía, y tamizada por la originalidad de su ojo de escritora — ella sí lo es— el que todo lo ve, lo que hay dentro y fuera de los personajes, de los autores y del lector.

“Escribo para tener derecho a mentir”. ¿La literatura es una mentira? Por cierto, está lloviendo, y no es una lluvia cualquiera, quién lea el “El juego de la invención” debe estar preparado para lo que le pueda ocurrir pues hay escritores que solo escriben “para que nunca deje de llover”.

Elena Marqués Núñez (Sevilla 1968), filóloga y correctora de textos, inicia su carrera literaria en 2010. Desde entonces ha sido galardonada en numerosos certámenes literarios y publicado en diversas antologías y revistas, llegando a ser finalista del Premio Fernando Lara de Novela 2016. Autora de las novelas El último discurso del general Santibáñez, Versos perversos en la cubierta azul del Mato Grosso, ambas en Ediciones Oblicuas, y El largo camino de tus piernas (Tau editores 2015), disfruta trazando relatos que aparecen recogidos en La nave de los locos (VII Premio Vivendia-Villieres) y Diversas formas de ir a la deriva (Tau editores 2017). El pasado año publicó la novela Año sabático, 2017. Como poeta ha publicado Lo sublime y el frío, libro con el que obtuvo el I Premio Alvaro de Tarfe; y la lluvia perpetua (accésit en el IX Certamen Nacional de Poesía Rumayquiya) que aparece en un volumen junto al ganador de la edición.

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Mentir, pensar

12 Oct

Lo peor de mentir es que crea una falsa verdad. (No, no es tan obvio como parece, no es una perogrullada; sé que estoy diciendo una cosa, pero que no sé decirla de la manera correcta; además, lo que me irrita es que todo tiene que ser “de la manera correcta”, una imposición muy limitadora). ¿Qué es lo que yo estaba intentando pensar? Tal vez esto: si la mentira fuese solo la negación de la verdad, entonces ésta será solo una de las maneras (negativas) de decir la verdad. Pero la peor mentira es la mentira “creadora” (No hay duda, pensar me irrita, porque antes de empezar a intentar pensar, yo sabía muy bien lo que sabía)

Clarice Lispector

 

En esta era de la posverdad, nadie se atreverá a negar que la peor mentira sea la mentira creadora. Según la RAE, posverdad: “Distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en las actitudes sociales”.

Pero Clarice Lispector va más allá. Analiza la ineficacia de las palabras para expresar los pensamientos, la incapacidad para abarcar los mundos mentales de unos y otros tan característicos, personales, diferentes y llenos de matices. Sólo pueden actuar como puentes huidizos, de esa certeza que hemos creado al contemplar los colores del atardecer o escuchar las mareas, para conseguir salvar el abismo de un cuerpo al otro. Además, como ella se queja, la forma de expresión debe ser la correcta: un adjetivo — ¡no digamos un adverbio!— equivocado, puede ser demoledor. Si a esto le añadimos el hecho de que verdades y mentiras son las dos caras de la misma realidad, ¿cómo podemos diferenciarlas?

Definitivamente, pensar es muy irritante. De hecho media humanidad ha decidido dejar de hacerlo, prefiere las posverdades elaboradas y empaquetadas listas para el consumo.

Veintidós estaciones

13 May

M. Dolores Almeyda Domínguez

ÁVALON Narrativa. KARIMA Editora 

Una mujer es recluida por su familia en su pueblo natal como terapia de choque frente a una neurosis obsesiva por la limpieza, el orden, las normas y la perfección. Este es el pretexto que necesita M. Dolores Almeyda para incorporar reflexiones sobre el paso del tiempo utilizando una cuidada prosa poética. Ese retiro en una pequeña aldea minera de la sierra onubense, estancada en el tiempo, donde hasta el reloj está parado, le genera a la protagonista la necesidad de distraer la soledad recordando su vida y plasmándola en un cuaderno amarillo. Así nos enteramos que un error de juventud —la única intriga de la trama, que se va desvelando poco a poco sin causar impaciencia en el lector, por lo que ésta no se puede considerar una novela con estructura al uso—, la ha llevado a dejarse dominar, hasta la sumisión, por una madre controladora que le hizo adoptar comportamientos impuestos, y buscar la felicidad en modelos estereotipados y vacíos.

En este homenaje a la memoria, un “andar hacia atrás” como acertadamente lo denomina la autora, va hilvanando los recuerdos, con claros tintes autobiográficos aunque con estratos de indefinición, en capítulos que recorren sus amores de la niñez y juventud, sus amigos, las fiestas del pueblo y, por supuesto, su familia que prácticamente se centra en la poderosa imagen de la madre: “Mi madre era una gran señora. Ojeaba a mis pretendientes desde alguna perspectiva que yo ignoraba y estos dejaban de serlo de inmediato”. De esta manera se conforma la historia de una comarca andaluza en el siglo XX, las consecuencias de la guerra civil, sus cambios sociales y políticos en los modos de vida, en los de trabajo y producción de riqueza, la emigración del campo a la ciudad, las fiestas, incluso los más recientes cambios ambientales: contaminación del río —“Piedras incrustadas de amarillo hasta su más profundo ser por el amor del cobre”—, y la pérdida de biodiversidad en los bosques. Hay otros recuerdos y reflexiones que, por demasiado recientes y genéricos (corrupción política o problemas de la inmigración), no encajan en el tono global de la narración.

Utilizando el formato de diario intimista, M. Dolores Almeyda se recrea en la prosa, no en la trama, alcanzando momentos poéticos notables: “Recogeré la lluvia. Haré castillos de hojas después de ponerlas al sol para que se sequen y las dejaré expuestas al viento para que él los destruya”, párrafos en lo que aparentemente la narradora no realiza nada productivo, pero en su interior se están recolocando los recuerdos, y se está enfrentando a sus fantasmas. En el solitario monólogo, les pide cuentas a los amigos por las relaciones perdidas, a la sociedad por obligarle a asumir vergüenzas impuestas, a su madre por cortarle todos los caminos de realización personal y, por supuesto, a ella misma por haberse permitido tal grado de sumisión. Especialmente notorios para mí han sido los capítulos PIEDRAS dedicado a su infancia, los trabajos mineros y el río de Sotiel; y PÁJAROS, en el que compara a los bulliciosos y alegres gorriones con las mujeres del pueblo sentadas en el porche al atardecer, y además los convierte en los indicadores del tiempo, símbolos de la vida, que cambia y permanece a la vez.

Con esa preciosa imagen de la reconstrucción de la memoria: “… el hecho de vernos desde atrás, como si yo misma fuese alguien que caminaba en la misma dirección y detrás de nosotros mismos”, la mujer olvida sus obsesiones, se reconcilia con sus espíritus, supera sus miedos, comprende que está curada de sí misma aunque no sabe todavía si lo está de los demás. Pero: “Mi cuaderno está lleno y yo vacía. Ya puedo irme”.

 

Maria Dolores Almeyda Domínguez nació en Sotiel, un pueblo minero de la provincia de Huelva. Ha publicado los libros de poemas “Versos clandestinos” Nuño editorial ( 2011), “La casa como un árbol” Urania ediciones (2013), “Veintidós estaciones” Karima editora (2015), “Pequeños versos furiosos” Editorial Lastura, “Instrucciones para cuando anochezca” Anantes (2016). Participó en el libro colectivo “Pessoas, Veintiocho Heterónimos esperando a Pessoa” Karima editora y “Lus Sur” Urania Editorial (2016). Ha publicado el libro de relatos “Algunos van a morir” Urania, “El valle inacabado” Karima editora; “Mundos” Tau editores; “Dos flores de loto” Padilla, y “El sol no arde mejor en primavera” Encuadres (1918)

Hasta que sea verano

14 Ene

Ignacio Arrabal

Editorial Anantes

El paraíso puede convertirse en un infierno y los juegos de la niñez en tragedia, cuando la maduración se produce a la fuerza y de forma dolorosa. En “Hasta que sea verano” Ignacio Arrabal narra una historia de desarrollo, la del cambio durante el verano de un grupo de jóvenes, amigos desde la infancia, hacia la edad adulta sin vuelta atrás posible. Pero también es —y esto es lo que me ha parecido más interesante— una reflexión sobre cómo se construye la memoria, cómo las vivencias recordadas condicionan los años posteriores: “La desilusión y la tristeza de su presente, y que lo acompañarán en su futuro, son fragmentos sueltos de su pasado”.

En una playa del sur llamada Cala del Diablo, varias familias de Madrid veranean juntas, sin apenas mezclarse con los lugareños, desde hace años. Es un mundo amable, conocido, donde los roles sociales están bien establecidos. Esta supuesta estabilidad se ve amenazada por la llegada de unos nuevos veraneantes, una familia francesa —extranjeros, lo desconocido, lo anhelado, lo que no sabes que quieres pero aparece— que como catalizadores inevitables, van a poner en evidencia las fisuras de su amistad e incluso el bienestar y equilibrio de sus vidas familiares.

La energía vital del sexo es uno de los elementos de la trama. El personaje de Fabien destapa identidades sexuales reprimidas en una sociedad llena de prejuicios, y el de Sophie, objeto de deseo por el que todos suspiran, lo encarna como forma de comunicación pero también de jerarquía y dominio en el grupo. Javier es el líder al que todos admiran y se someten porque tiene una seguridad —en una discutible escala de valores, pero él sabe muy bien lo que quiere— de la que los otros carecen: “Un hombre que mira la vida como si la vida le debiera algo”. En este proceso de desarrollo, la inmadurez significa moverte entre la duda y la indecisión paralizante, cuya viva imagen es Alonso, el narrador, del que asistimos a su enfrentamiento con situaciones, en ocasiones dramáticas, que lo obligan a definirse y que él afronta con escaso éxito: “Me sumí en el silencio y dejé que la duda y la rabia se convirtieran en rencor y luego en odio”.

El ambiente de verano, muy bien reflejado por el autor, nos sumerge en los baños de mar y sol, en las tardes lánguidas y sexo fácil en Cala Diablo, espacio que simboliza la infancia, un paraíso que se va volviendo infierno conforme la historia avanza, hasta convertirse en el perdido. Entre los miembros se generan historias de amor imposible, bien por convenciones sociales, por represión o por la no correspondencia, hasta que el primer muerto altera definitivamente sus visiones aniñadas de la vida: “… si allí quedaron enterradas nuestras vidas vírgenes… y los recuerdos se bajan con el tren en marcha”.

Pero no todos en el grupo van a enfrentarse a los hechos, y sobre todo a los recuerdos, de la misma manera. Es este un aspecto, el cómo se realiza la construcción de la memoria, en el que el autor también ahonda —lo que sintió el personaje entonces, y lo que en realidad había tras haberlo descubierto al cabo de los años— de forma inteligente: “Es como si los recuerdos quisieran insinuarme que había algo escondido en esas pequeñeces a las que no le dimos la debida importancia”. De hecho la reconstrucción exhaustiva de aquel verano es el hilo conductor de la narración, llegando a la conclusión de que los recuerdos pueden impedir tener una vida adulta plena: “No le asustaba tanto sufrir como recordar”.  En resumen, una lectura recomendable con la que nos sentiremos identificados.

Ignacio Arrabal (Sánlucar de Barrameda, 1973) es autor de los volúmenes de poesía La palabra tiempo, La superficie del aire, Los sueños intactos, y La luz inversa, obteniendo premios como el Ángaro, Santa Teresa de Jesús o Paul Beckett. En 2014 publicó una selección de relatos bajo el título Las vidas invisibles y en 2016 debutó como novelista con El rasgo suplementario.

Ejerce la crítica literaria en revistas especializadas y en Diario de Jerez

LA VUELTA AL DÍA

17 Dic

Hipólito G. Navarro

Páginas de Espuma

Tras doce años sin publicar, en barbecho como él mismo reconoce, Hipólito G. Navarro nos trae “La vuelta al día”, veintiún textos de temática variada que ha sido merecedora del Premio Andalucía de relato. En un prólogo-cuento inicial el autor nos relata los criterios que utilizó para agruparlos en secciones: los escritos y reescritos pero guardados en el cajón, los realizados por encargo, los que surgieron bajo la influencia de determinadas personas, o los que proceden de su más íntimos pensamientos y recuerdos. En todos ellos aparecen dos características que ha mostrado desde el comienzo de su carrera literaria: el humor —la sana capacidad de reírse de uno mismo, fealdades, incompetencias, fracasos amorosos y torpezas varias—, que además lo salva de situaciones amargas; y por otro lado un material autobiográfico —el despertar a la sexualidad y a la lectura, los amigos de la adolescencia, el padre…, en la Sierra de Huelva, su Macondo particular— que como el autor reconoce: “es muy fuerte en esta obra y sobre todo el último conjunto de cuentos”.

Entre los veintiún relatos, me parece interesante reseñar:

  • Verruga Sánchez” dónde desarrolla la hipótesis fantástica de qué pasaría si la sabiduría, la personalidad, incluso la voz, de alguien dependiera de una desagradable verruga, que conforme esta creciera lo hiciera también el encanto personal. Una caricatura del complejo de feo, que recuerda al mito bíblico de Sansón con su melena, y que a la postre no reconforta porque en la fealdad puede estar el tan buscado sentido de la vida.

  • Los artistas cautivos” es una lúcida crítica al tipismo, a la categoría de indígenas en que los andaluces nos hemos convertido, como consecuencia de la reverenciada industria nacional: “Esta aldea es poco menos que una comuna de funcionarios con antifaz”. Idea que se repite en “Puentes, acueductos” donde los pueblos de la sierra son parques temáticos: “Pasados dos o tres minutos la actividad aldeana es total”, pero como todo trabajo, ser figurante costumbrista también cansa: “Aguantan aún el tirón de los fines de semana, pero no están ya para muchos puentes”

  • En “Tantas veces huérfano” nos narra la historia de la llegada de la electricidad a la aldea del padre, pero cuando esta se ilumina a él se le apaga la vida. En este trágico relato, Hipólito G. Navarro utiliza con maestría la pantalla de la TV del bar para describir el ambiente, para conectar con los movimientos de los personajes, para crear un ambiente aterrador a la vez que onírico, hasta que el niño termina: “…viendo pasar veloces las caras de estupor de los vecinos como si ellos dos fuesen montados en un tiovivo”.

  • Mucho ruido y pocas nueces” es una alegoría del mundo del teatro, en concreto el de Chespir —así escrito— y un homenaje a Borges.

  • Luis Tristán, pintor de fondos”, relato realizado por encargo con motivo de una antología de relatos sobre El Greco, es un precioso homenaje a la serranía de Huelva. A partir del personaje de un cuadro reconstruye toda su posible historia —de amor por cierto, como muchas otras que aparecen en la obra—, en lo que podríamos considerar un relato histórico, lo que aumenta la versatilidad del autor.

  • Los otros Tiresias y Clariclea (variaciones pornoeróticas sobre una obsesión astriciliana)” nos traslada al “Orlando” de Virginia Woolf, mucho más disparatado, en la que se nos enseña un muestrario de investigaciones y posibles inventos para transformarse en mujer.

  • Los dos últimos “La vuelta al día”, narra los recuerdos de su adolescencia en el pueblo; y finalmente el emotivo relato “La poda y la tala de los árboles frutales” sobre su padre alcohólico, que le inculcó amor por los libros, por un único libro. “Hay demasiada autobiografía en estos cuentos, me temo (…) sobre todo en la última sección, la que presta su título al libro, ahora me veo demasiado desnudo”, reconoce.

Hipólito G Navarro es uno de nuestros cuentistas más reconocido, tanto por reflejar los huecos del alma mediante grandes verdades dichas con sencillez y humor: “Unos oficiales se especializan en escalas de cuerda, con estribos, y otros en escalas de valores, con todos sus peldaños mismamente metafísicos”, como por su capacidad para generar un estilo novedoso, a veces caricaturesco hasta el esperpento, porque no se trata de sobre qué contar, sino de cómo hacerlo, de ser singular. Domina la técnica narrativa de fabricar cuentos redondos (“Las estampas del timo”), de generar intriga con pocas palabras (“la maldita operación”, “las escopetas pueden estar oxidadas o no”), o con una escalada de preguntas retóricas que desembocan en el mayor desastre (“La excusa termodinámica”), o en finales sorpresivos (“Ligamentos” y “En el fondo de la memoria”), sin olvidar la poesía por ejemplo en esta preciosa descripción de un hormiguero: “… un pequeño volcán en miniatura hecho de finísimas partículas de entusiasmo”.

El recuerdo —volver al corazón— y la memoria, como el autor bien sabe por su formación científica, son una construcción del cerebro, un sistema de conexiones nerviosas que se mantienen o se pierden, que interactúan entre ellas hasta dar el relato que nos contamos a nosotros mismos, para lo que la literatura resulta un gran aliado. Tan equivocado sería decir que la obra de un autor es solo la proyección de su biografía, como que esta no importa. Pero nuestra memoria no es solo nuestra, es compartida, así que animo al autor a que continúe escarbando en ese fondo porque como él opina lúcidamente: “El oficio a la postre solo sirve para disimular un poco y que no se descubra tan a las claras la autobiografía”. Oficio demostrado, que sus lectores queremos seguir disfrutando.

BIOGRAFIA

Hipólito G. Navarro (Huelva, 1961) es autor de los libros de relatos ‘El cielo está López’ (1990), ‘Manías y melomanías mismamente’ (1992), ‘El aburrimiento, Lester’ (1996), ‘Los tigres albinos’ (2000) y ‘Los últimos percances’ (2005) ‘Mario Vargas Llosa NH’ al mejor libro publicado; y de la novela ‘Las medusas de Niza’ (Premios Ateneo de Valladolid 2000 y de la Crítica andaluza 2001). Con la antología ‘El pez volador’ (Páginas de Espuma, 2008), preparada por el escritor Javier Sáez de Ibarra, recibió el Premio ‘El Público’ de Narrativa 2009, otorgado por los periodistas culturales de Andalucía. Durante los años 1994 y 2001 editó la revista ‘Sin embargo’, dedicada al cuento literario. Asimismo, fue el responsable de la edición de los cuentos completos de Fernando Quiñones, ‘Tusitala’ (Páginas de Espuma, 2003). Sus relatos, traducidos a diez idiomas, están recogidos en numerosas antologías del género en Europa y Latinoamérica.

Raíces y puntas

18 Nov

Alejandro Luque

Triskel Ediciones

A pesar de su juventud —cuarenta y pocos es nada—, Alejandro Luque tiene una amplia experiencia como periodista cultural, como escritor, y en menor medida como músico; la misma que ha ido plasmando en su blog “Raíces y puntas” desde 2007, del que ahora la editorial Triskel ha publicado esta selección que nos ocupa.

Por tal origen, esta obra tiene difícil clasificación: podría ser un libro de viajes; un compendio de crítica literaria y cinematográfica; un conjunto de opiniones sobre la situación política y social de nuestro país; una reflexión sobre de pequeños sucesos de su vida… Es decir, lo que escribimos todos los que mantenemos un blog. Entonces, ¿qué es lo que hace esta obra diferente y, en nuestra opinión, digna de ser leída?

La cantidad de personajes de todas las artes —algunos totalmente desconocidos para mí, debo reconocer— que aparecen como resultado de sus entrevistas o análisis, es abrumadora; pero el autor no realiza una escueta anotación informativa, sino que se implica en la vida pasada y futura del artista, se duele de sus errores, se alegra con sus éxitos.. y sobre todo ejerce una crítica basada en el compromiso ético, en la denuncia de los que conciben la literatura como un manejo interesado de la lengua para conseguir lectores —en un momento dado parafrasea a Serrat: “Entre esos tipos y yo hay algo personal”—. Mención especial se merece la entrada del pregón a la clausura del III Festival de Perfopoesía de Sevilla, dedicada a los malos poetas —categoría en la que él mismo se incluye—, donde  al hilo de un humor que permanece en todo el texto, realiza una disección hilarante de los personajes que revolotean alrededor de esa categoría literaria. No dudo en que habrá autores por los que Alejandro Luque tendrá preferencias —muy interesante como nos cuenta su evolución en gustos y conocimientos literarios—, de otros él mismo reconoce abiertamente su debilidad: Borges y Carlos Edmundo de Ory, sus guías espirituales desde la juventud  —“La deuda que uno contrae con quienes lo han hecho soñar nunca caduca”—, pero es de agradecer ese intento de visión honesta sobre el panorama literario.

La critica social y económica no deja de estar presente, la crisis en todas sus formas y más aún en el oficio de periodista o de escritor, pero es interesante como el autor defiende la necesidad de sacudirnos de una vez la losa de la España negra, de ese destino trágico al que parecemos abocados por ser un país cutre, cateto y pobre… Es tener definitivamente una mirada joven, libre de prejuicios que parecen aplastarnos desde la creación del imperio. Bordeando la crítica, o el comentario ilustrativo, aparecen también otros que podemos definir como cotilleos sobre autores literarios y demás personajes de la farándula (no necesariamente artística), que nos demuestran como indudablemente el autor se divierte en su trabajo, que aunque mal pagado e incierto, le compensa con otras prebendas, a veces materiales —cuando come y bebe a cuenta de la institución de turno— y otras espirituales, por lo que “a cualquier cosa le llaman trabajar” se congratula y expone en las redes a menudo.

Con “Raíces y puntas” viajamos a Sicilia, muy importancia en la vida del autor; Cuba, de la que teme no ser capaz de expresar todo lo que la isla significa; Nueva York: “Visitar NY es revivir los importantes mitos de la literatura y el cine”; Grecia e, incluso sin coger un avión, solo a través de la literatura, a Japón. En todos estos lugares paseamos por ciudades a las que ya conocemos antes de ir, ciudades icono, reprocesadas en nuestra imaginación: “Inevitable la sensación de que pasear por NY no puede ser un descubrimiento sino un reconocimiento”. Pero me atrevo a afirmar que todos estos viajes Alejandro Luque los realiza sin salir de Cádiz, y por tanto de su infancia y adolescencia, porque la comparación con dicha ciudad es continua: “En Cádiz como en Venecia no hace frío sino humedad”, “…el ficus (del Orto Botánico de Palermo) bien podría competir con el de la Caleta gaditana”, “Siracusa, esa otra Cádiz”, recuerdos como restos de un naufragio que le devuelve la marea: “Yo tuve una isla”, precioso comienzo de su  entrada sobre una playa de Ceuta. Realidad que nos acoge en la sabia frase de Antonio Machado sobre la verdadera patria del hombre,  o citando a una de las entrevistadas por la que el autor demuestra más aprecio, Ana Mª Matute: “El hombre es en todo caso lo que queda del niño. Todos caminamos con nuestra infancia a cuestas”. Esta gaditanía, de la que presume abiertamente de forma casi militante, impregna todas las entradas, no solo por la referencias geográficas, sino por la utilización de su particular léxico: cortapichas, sangangui, biruji…;  o por la filosofía de vida, que absorbida desde su más tiernos años se desprende, pero sobre todo por la guasa, la que le permite sobrevolar por todas sus críticas sin demasiado escozor:  “Hay que ver lo que se parece un concierto de Ken Follet a una novela de Ken Follet” “Los malos poetas somos como aquel personaje de Borges: no tenemos nada que decir y además lo decimos”.

Asistimos también, como no podía ser de otra forma, a sus pequeñas vicisitudes y victorias personales, como la importancia de dejar de fumar, que se convierte en casi una ruptura sentimental, sus cavilaciones sobre tabaco versus inspiración porque: “¿No tienen los fumadores cierto aire de familia con los tragafuegos del circo?”; o asumir la irremediable llegada de la calvicie (medida el tiempo, motivo de intimidad con personajes ilustres…) con dignidad.

Hemos dicho lo que podría ser, ahora lo que no es: no es una novela, ni un compendio de relatos, ni un poemario…, pero cada entrada participa de alguno de estos géneros como todo buen blog. Debemos admitir que a veces es difícil mantener la atención del lector, ya que este modelo de estructura puede resultar repetida, pero en cualquier caso es un libro muy recomendable. Como dijo Cervantes: “Quien mucho lee y mucho viaja, mucho vive y mucho sabe”. Es este el caso.

  Alejandro Luque (Cádiz 1974) desde 2005 es redactor cultural del El Correo de Andalucía y colabora asiduamente en diversos medios de presa escrita, radiofónica y televisiva. Su carrera periodística se inició en 1994 en el Diario de Cádiz y Cádiz Información, para luego pasar a El País donde colaboró cinco años. Durante diez años codirigió la revista de literatura y pensamiento Caleta, y actualmente impulsa la revista digital de cultura M´Sur.

                Ha publicado la antología de poetas gaditanos “La Plata fundida” (Quorum 1997); el poemario “Armas gemelas” (2003); el ensayo biográfico “Palabras mayores” (2004), donde analiza la amistad entre Borges y Fernando Quiñones; la novela corta “Calle de la soledad antigua”(Tristana 2006) ; y el libro de relatos “La defensa siciliana” (Algaida 2006) ganadora del IV Premio Alfonso de Cossío de Relatos Cortos; y “Viaje a la Sicilia con un guía ciego” (Almuzara 2007), una sugerencia para seguir las huellas de Borges en Sicilia.

                Como músico acompaña habitualmente al cantaor Juan Luis Pineda, con quién ha grabado el disco Olla de grillos

 

Mi trabajo en el restaurante indio

26 Oct

 25 de agosto 2012

Mi trabajo en el restaurante indio consiste en secar las tazas, los platos, el enorme surtido de bandejitas y pocillos que utilizan para cada salsa, otros recipientes como el bowl del arroz o la fuente de la carne, y colocarlos en los estantes. Secar y ordenar, rápidamente porque se les acaban enseguida, y siempre de pie.

Me encantan los olores, los sabores a especias desconocidos y sus múltiples salsas que convierten en una aventura descubrir de qué están hechas. En la sala, decorada con carteles de sus actrices famosas de Bollywood, siempre suena música de guitar o de flauta, y además encienden velas de incienso por las esquinas, por lo que consiguen una atmósfera muy sensual.

Los propietarios son una enorme familia —hermanos, tíos, primos—, a los que conforme van llegando para trabajar en este o en otros restaurantes de la cadena, los acoplan en pisos que tienen repartidos por toda la ciudad. Aquí solo trabaja una chica, Priya, que es más o menos de mi edad. Tiene un precioso color cobrizo de piel y el pelo lacio cortado en media melena al estilo europeo, nada que ver con las gruesas trenzas, ni el espeso maquillaje de las que cuelgan por las paredes. Sobre la frente, —en vez del punto rojo habitual propio de las casadas—, ella tiene un enorme lunar, negro y algo desplazado hacia la ceja derecha, como un tercer ojo errático o rebelde.

Y les va fantásticamente bien, siempre lleno, siempre la cocina ajetreada. Los camareros lanzan las propinas, que son altísimas, a un bowl metálico, y el sonido que hacen al caer se me antoja el de las limosnas en el cuenco de los mendigos. Al final del día se sientan alrededor de una mesa para contarlas con veneración. A mí, por supuesto, no llegan.