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La gran ola

11 May

Daniel Ruiz García

Tusquets Editores

La crisis ha hecho mucho daño, pero el mantra de que la crisis significa una oportunidad, más daño aún. En base a esa premisa, jóvenes altamente cualificados emigran, o trabajan aquí como eternos becarios o con contratos basura y “nóminas más propias de un repartidor de pizzas”, mientras a los empleados fijos se les exigen horas extras, no remuneradas, o se les amplían sus competencias aunque no necesariamente su sueldo. Pero no importa, porque eso significa la oportunidad de poner en marcha nuestra resiliencia y crecer personal y profesionalmente, según el nuevo ideario buenista fabricado con “… frases motivadoras de saldo pescadas en la almadraba de Internet: sé tu mismo, confía en ti, sal de tu zona de confort… que constituyen el nuevo Pensamiento Mágico”.

Daniel Ruiz García en su novela La gran ola, premio Tusquets Editores de Novela, realiza un análisis ácido, irónico, muy actual, de la situación laboral que viven las empresas españolas, en concreto la de la empresa familiar Monsalves, dedicada a productos de limpieza. Una galería de personajes entre ellos: Julián Márquez cuya vida familiar —magnífica descripción del partido de fútbol, cualquiera que haya llevado un hijo a uno de estos lugares identifica a los personajes que el autor describe— se desintegra y la profesional se encuentra en serio riesgo; Gertru, la Monja, eficiente secretaria de una jefa incompetente, que fantasea con ideas incendiarias y asesinas: “Monsalves ardiendo y el rostro de Martita Pineda, entre gritos, deshaciéndose bajo las llamas como un muñeco de cera”; Ribera, nuevo fichaje procedente de una empresa inmobiliaria fracasada que tiene muy claro donde pescar las oportunidades para “aprovechar la gran ola”; Macipe, con maneras de depredador, pero cazado en sus propias redes…

La absorbente vida laboral se mezcla, incluso elimina la propia, pero ahora bajo la dirección del coach Estabile, un gurú barato que hace gala de diferentes títulos insólitos: “Orador motivacional, transformador conductual, experto en disrupción, especialista en mentoring, psicólogo holístico, gestor de entornos críticos, conferenciante, escritor…”,  y que transforma en palabras grandilocuentes lo que es pura y dura explotación laboral, hay que hacerlo de una manera feliz, con entusiasmo y una sonrisa en los labios, porque de otra manera, ese coach, cual Gran Hermano que todo lo ve, puede considerarte un miembro no proactivo de la comunidad. La novela es una crítica feroz a la palabrería vacía, a la banalización del yoga, a todas las teorías de autoayuda que actualmente se utilizan para solucionar profundos problemas de soledad e insatisfacción. Todos en la empresa se apuntan al teatro, algunos se lo creen, aunque luego deban recurrir a otras drogas para sobrevivir: hachís, farlopa, bebidas energéticas, alcohol, o los inocentes Sugus.

Aquella distopía de Orwell se está haciendo realidad, nos avisa el autor, y además la aceptamos con agrado porque significa adaptarse a los nuevos tiempos de los que nadie quiere verse excluido. Pero con evidente domino del lenguaje es capaz reducir la pseudo filosofía a lo que realmente es: “…polvo en suspensión, que contribuye a otorgar cierta espiritualidad al conjunto” , porque “…al coach le olía la boca a pocilga”.

Daniel Ruiz García (Sevilla 1976), es escritor, periodista y especialista en comunicación. Su primera novela, Chatarra, obtuvo el Premio de Novela Corta de la Universidad Politécnica de Madrid. Le siguieron cinco novelas, que le han valido reconocimientos como el V Premio de Novela Corta Villa de Oria o el Premio Onuba de Novela, además de ser finalista en premios como El Ojo Crítico de RNE. La gran Ola, ha obtenido el XII Premio Tusquets Editores de Novela 2016.

La danza de los espejos enfrentados

16 Abr

GREGORIO VERDUGO

EDITORIAL SELEER

Amor y soledad, la búsqueda del primero y la huída de la segunda condicionan nuestras vidas, pero puede existir un lugar donde escapar de esa lucha, un lugar donde al multiplicarte por mil y camuflarte entre las imágenes, se engañe al destino. Gregorio Verdugo lo ha creado, es el Drop, un bar del extrarradio de una ciudad andaluza en los años 80: “El trampantojo impedía transparentar la soledad que acosaba a los seres que lo frecuentaban y hacía posible el espejismo de la ilusión de desprenderse algún día de ella”.

El autor realiza un recorrido por la década de los 80 y sus problemas sociales: el miedo al Sida, el golpe de estado del 23 de febrero, los estertores del franquismo…, cuando todavía los españoles éramos ingenuos frente al futuro de la democracia y del desarrollo económico. Un conjunto de personajes con trayectorias vitales sorprendentes, o insólitas, y bajo la cobertura de una atmósfera impregnada de realismo mágico —algo que como todo sevillano el autor conoce bien­—, entre ellos: Manuel José Fuenlabrada y Márquez, cuyo padre fantasma se le aparece todas las noches exigiéndole descendencia con mensajes dibujados el aire mediante aerosoles turquesas; Guadalupe de las Nieves y Nieto, nacida de un parto gemelar por maldición de Géminis a las hembras de su familia que actúa como ángel benefactor del bar; Dolores Heredia, gitana pitonisa de profecías misteriosas; o Pepa Nardos cuyos amores bajo una barca en la playa multiplican la pesca de su dueño…, se encuentra en el Drop —otro personaje, el más importante de la novela— que interactúa con ellos. Su juego de espejos le hace poseedor de la facultad de engañarlos, pero también de enfrentarlos a su propio destino, en la mayoría de las veces trágico, a pesar de los poemas amorosos con mensajes de alerta escondidos, sin que falten rasgos de humor y bajo la sabia mirada del camarero, “esa flor”, que todo lo ve, casi tanto como los espejos.

Así es como ese conjunto de seres deambulaban por el bar sin rumbo determinado mientras sus esperanzas se materializan junto a una copa y, solo a veces, logran verse a sí mismos tal y como son. Genial esa partida de cartas inútil, fingiendo que no ven las del contrario a pesar de que se las desvelan los espejos, pero: “La vida te va dejando poco a poco sin cartas hasta que al final pierdes la batalla contra el miedo a la soledad que nos gobierna”.

Como el viento en Macondo, un diluvio casi universal, termina arrasando y destruyendo el bar, ese mundo mágico en el que se crea la ilusión de engañar a la propia muerte. Sin continuación, porque toda descendencia, tan reclamada por los ancestros, es inútil. Y entonces es cuando el Drop deja de pertenecer al mundo real y empieza a vivir su propio tiempo.

Gregorio verdugo González-Serna (Sevilla 1957), es escritor, licenciado en periodismo y diplomado en Educación General Básica por la Universidad de Sevilla. Ha publicado artículos, reportajes y pequeños relatos en diferentes diarios tanto del panorama local como nacional. En 2014 publicó con la editorial Ediciones Pura Tinta el libro de relatos “Cuentos de una guerra lejana”

Mala letra

18 Feb

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Sara Mesa

Editorial Anagrama

¿Qué se puede hacer cuando se tiene esa “maldita capacidad de ver siempre las cosas desde al ángulo podrido”?, ¿que se puede hacer cuando sientes estar en la cuerda floja y en cualquier momento puedes perder el equilibrio? La respuesta es escribir, aunque sea con mala letra porque una coge el lápiz torcido, escribir para “dándole forma al horror evitar la realización del horror”.

Y por situaciones inquietantes, amenazadoras o directamente por el horror, nos pasea Sara Mesa en estos relatos, que van desde el abandono infantil, al asesinato, pasando por el suicidio de ancianos y adolescentes. Relatos duros en los que la autora nos obliga a mirar la realidad por el lado oblicuo, en los que la indefensión, “el mundo es impasible ante cualquier cosa que suceda, por inusual, horrible y cruel que ésta sea”, y el sentimiento de culpa sobrevuelan e incluso se heredan de madre a hija. Muchos protagonistas, o el personaje principal sobre el que se centra la historia, son niños y niños en transición a la adolescencia, quizás porque en esa época la cuerda está más floja que nunca.

Respecto a los relatos que me han impactado más:

En Palabras- piedra, la predestinación dirigida, la falta de comprensión y compasión llevan al desastre total. Esas palabras, instrumentos para herir, se convertirán en frases-piedra cuando la adolescente crezca, cuya historia se retoma en el primer relato, El cárabo: una llamada desde lo prohibido para escapar de la vida asfixiante llena de hipócrita moralina con sus tíos.

En Apenas unos milímetros —la historia de un chico que únicamente puede mover sus pupilas—, nos introduce en la culpa de la salud frente a la enfermedad, de la vida frente a la muerte, y en el instinto de conservación que se manifiesta al no querer presenciar lo ingrato de la vida, ¿es que acaso tiene derecho a ser mostrado? se debate la narradora, mientras que el director del instituto, muy en las nuevas pedagogías, personifica la postura casi ridícula de lo políticamente correcto.

Niños son también los protagonistas de Papá es de goma, en este acaso abandonados pero intentando mantener la realidad de un padre que todavía existe. Resulta enternecedor ese afán, ese deseo de normalidad que a veces consiguen, como cuando están viendo la TV o haciendo los deberes después de cenar. Pero mantener su mundo tiene un resultado escalofriante.

Creamy milk and crunchy chocolate, y Nosotros los blancos suceden Cárdenas, esa metrópoli imaginada por la autora, en la que también transcurre su novela Cicatriz, y que se caracteriza porque las chicas pueden desayunar solas y llevan botas anchas con lazada atrás y sin tacón. El protagonista del primer relato acaba asumiendo las culpas de todos con los que se relaciona; mientras que en el segundo, sin embargo, la culpa de un crimen es rechazada en el mismo ambiente turbio de pensiones baratas que le supone a su moral.

Y para concluir —los nombrados en esta reseña que no el libro—, la autora nos fabrica dos relatos de autoficción: en Mármol, sobre el mundo de su infancia, nos presenta a ese profesor que le corregía la forma de coger el lápiz; y en Mustélidos, un alter ego de la escritora nos confiesa que su timidez, percibida como altivez o indiferencia, es producto del desconcierto que le supone estar siempre en la cuerda floja.

Sara Mesa se atreve a mostrarnos la turbidez que esconde una vida de apariencia normal, con una prosa de pocas concesiones a los adornos literarios, precisa, directa, que a veces raspa. Un estilo y una voz muy reconocidos ya en la narrativa española actual.

Sara Mesa (Madrid 1976), ha publicado dos libros de relatos: La sobriedad del galápago (2008), y No es fácil ser verde (2009), además de las novelas El trepanador de cerebros (2010), Un incendio invisible (2011) Premio Málaga de Novela, y Cuatro por cuatro (2013), esta última Finalista del Premio Herralde de Novela en 2013, y “Cicatriz”, Premio El Ojo Crítico de Narrativa y elegido entre los libros del año por numerosos medios de comunicación. Su primer poemario, Este jilguero agenda (2007) fue galardonado con el Premio Nacional de Poesía Miguel Hernández.

El cordero no tendrá sueño

26 Ene

fragilidad-emocional1 Esa noche, como muchas otras desde hacía ya varios meses, la pasó en una duermevela ansiosa recordando escenas del día anterior y repitiéndose las frases que debería haber dicho y no dijo. Frases que se quedaban revueltas entre las sábanas, como sus piernas, o aplastadas contra la almohada sudada y caliente. Los lugares, los ambientes, los gestos de los otros volvían una y otra vez, mostrándole su incapacidad de reacción y su torpeza… Hasta que cansada de estar cansada, decidía esperar el amanecer en la butaca del salón. Al menos, las luces violentas en el horizonte le proporcionaban un poco de paz. Luego se hacía un café muy cargado, se maquillaba las ojeras, y salía de su casa lo más airosa posible a enfrentar otro día en el instituto.

Fragmento (página 95) de “No soporto tu luz” Ediciones en huida

El azar y viceversa

15 Ene

benitez-1Felipe Benítez Reyes

Editorial Destino

Tiene una la costumbre de subrayar, según va leyendo, las palabras y frases que le llegan al corazón, como un intento de atrapar la magia que encierran cuando, además de ser bellas, son las adecuadas. Entonces se produce el destello que reconoces como buena literatura. Después de las primeras páginas de El Azar y viceversa de Felipe Benítez Reyes, dejé de hacerlo porque me percaté de que estaba subrayando el libro casi entero.

Por más de quinientas páginas recorremos con Antonio (al que finalmente la fuerza del destino apodará Toni), la provincia de Cádiz y Sevilla, en una sucesión de trabajos, situaciones y personajes a cada cual más disparatado, pero no por ello menos creíbles: un fotógrafo capaz de transformar a sus retratados, un catedrático tacaño, un rubio universitario diletante, un coleccionista de desechos, un rico anticuario de dudoso origen, una comunidad Sij, un ventrículo enano… por nombrar solo algunos, y siempre rodeado de militares americanos en diferente nivel del escalafón, aspirantes a matadores de toros y revolucionarios anarquistas. El autor los retrata con imágenes de precisión psicológica: “… tenía algo de elefante marino con guayabera”, “….nuestro catedrático, a quién se le doraba por dentro la boca con sus jactancias”; utiliza un adjetivo para descubrir la personalidad: “…dibujaba en el aire con un pincel mojado en humo”; o toda su historia: “… una curvatura desmayada de su cuello y un abaniqueo de sus párpados me desvelaron al unísono el secreto delicado de Kwan”; o plasma verdades tan certeras como inevitables: “Y que rara resulta la juventud, la ya perdida, en las fotos: los muñecos felices en la juguetería pavorosa del tiempo”. Porque el paso implacable del tiempo hasta la muerte, “… porque la muerte imanta”, y el fondo del mar, ese lugar donde se acumula toda la sabiduría, son dos de los hilos conductores de la novela.

Este superviviente, vividor, con aspiraciones literatas, reflejo de los pícaros del siglo de oro español, pasa de la opulencia a la indigencia más absoluta, pero en ningún caso pierde su capacidad de filosofar toda una visión del mundo, una sabiduría socarrona siempre con un punto irónico de distanciamiento que, como diría Ranyer (uno de los alias que adopta para intentar ser alguien o por lo menos escapar de sí mismo), es la verdadera sabiduría. Particularmente grato me ha resultado recorrer de su mano lugares como la plaza de Mina, la librería de la calle Feduchy, el Colegio Universitario frente a la Caleta…, y sus habitantes, alguno tristemente añorado, por donde yo también circulaba en años coetáneos.

Pero todo esto no sería nada, solo una sucesión de historietas, si no estuviera magistralmente escrito, tanto que he lamentado leer la última página, muy en la línea del personaje: el círculo se cierra, la realidad y la ficción se hacen indistinguibles; propia del manejo del lenguaje que un magnífico poeta como Felipe Benítez Reyes tiene: “La gran poesía es una especie de diario de navegación de la conciencia”.

Felipe Benítez Reyes nació en Rota (1960). Entre sus novelas El novio del mundo, El pensamiento de los monstruos, Mercado de espejismos (Premio Nadal 2007), así como varios libros de relatos. Ha obtenido el Premio de la Crítica, el Ateneo de Sevilla de novela, el Fundación Loewe de poesía, el Julio Camba de periodismo y el Premio Nacional de Literatura, entre otros.

Me llamo Lucy Barton

12 Ene

mellamolucybarton_web300Elizabeth Strout

Duomo Ediciones (Nefelibata)

Una mujer joven se recupera en un hospital de Manhattan de una operación. Como la convalecencia se alarga su madre, a la que no ha visto desde hace muchos años, aparece para cuidarla. Durante cinco días y cinco noches las dos mujeres hablan, aparentemente de cuestiones intrascendentales, y callan lo que han silenciado siempre. Mediante el juego de alternar entre el presente inmediato del hospital, y el pasado, Lucy va narrando su infancia, pobre y sórdida en algún anodino pueblo de la América rural; su adolescencia, vergonzosa por pertenecer una familia de apestados como debe escuchar de los compañeros; la adaptación a la gran ciudad y el naufragio de su matrimonio, evidente por la clamorosa ausencia del marido. La ventana de la habitación es el vínculo con el mundo exterior, mientras la sombra del Chrysler aparece y desaparece a lo largo del día, como valedor del tiempo que están juntas.

Entre ellas nunca ha existido mucho cariño: “No tengo ningún recuerdo de mi madre dándome un beso. Sin embargo es posible que me diera un beso; podría equivocarme.”, incluso se deja entrever malos tratos de los padres: “Sin venir a cuento, mis padres (…) nos pegaban impulsiva y vigorosamente, como creo que debían sospechar algunas personas por las manchas de nuestra piel y nuestro carácter huraño”, por lo que ambas mujeres solo hablan de los vecinos del pueblo, de las esposas y los maridos… A pesar de la incomunicación, Lucy se siente feliz con su madre, en la que descubre una voz diferente a la de su infancia, aunque esa voz a veces vuelva atacándola con una frase hiriente. Pero lo más importante es lo que no dicen, como: “No añadí lo que estaba deseando: ¿cuándo comprasteis un televisor?” Los silencios dejan traslucir la triste relación con su padre y hermanos, la dureza del mundo rural, su propia soledad.

Hasta aquí lo positivo, pues debo reseñar que salvo algún simbolismo o párrafo con más hondura: “Se oía crecer al maíz en los sembrados de mi juventud (…) Para mi son inseparables, el sonido del maíz al crecer y el sonido de mi corazón al romperse”,  “La soledad fue el primer sabor que había probado en mi vida, y seguía allí, oculto dentro de la cavidad de mi boca, recordándomelo la verdad”, su estilo me ha parecido fácil, de poco calado e incluso mal construido. No defiendo las filigranas de un lenguaje retorcido como paradigma de la buena literatura, se puede utilizar una prosa sencilla, pegada a la historia, pero siempre que tenga capacidad de evocación y profundidad emocional, lo que la autora consigue en escasas ocasiones.

La narración se resuelve finalmente cuando Lucy se descubre escritora, en un acto de expiación de ese pasado. A mi parecer dicha vocación es una estrategia para utilizar al personaje de la literata que imparte un taller de escritura, como alter ego de E. Strout, y al explicarnos de qué va la novela de la principiante, en realidad hacerlo de la que tenemos entre manos, donde, a mi entender, la autora no lo ha conseguido. Temas tan interesantes como las relaciones madre-hija, (nada que ver con Mamá de Joyce Carol Oates), el contexto de la sociedad rural americana, la influencia del pasado en el presente de los personajes, no han sido abordados en profundidad, quedando un producto fácil de leer pero literariamente plano.

Elizabeth Strout nació en Maine. Obtuvo el Premio Pultzer y el Premi Llibreter por Olive Kitteridge. Así mismo es autora de Los hermanos Burgess, Abide with Me y Amy e Isabelle que fue galardona con el Art Seidenbaun Award de Los Angeles Times. Sus relatos se han publicado en varias revistas.

Mamá y Papá Noel

26 Dic

 

hqdefaultOigo su risa… Papá Noel ya ha llegado, ¡está en mi casa! No debo, ya lo sé, pero las ganas son tantas…, me asomaré, solo un poco.

Así que me deslizo fuera de la cama, cruzo a gatas el pasillo, despacio, mientras sigo oyendo su “Ho, ho, ho” llego hasta la escalera, alargo el cuello y… ¡Mamá está besando a Papá Noel! Él le ha pasado un brazo por la cintura, con el otro balancea mi juego de construcción, el que le he pedido; entonces Mamá le levanta la barba blanca y le mete un trozo de turrón, del duro; luego, le lame la boca, los dos se ríen; él la acerca aún más con su mano por dentro de la bata, esa bata tan calentita, en la que me gusta tanto dormirme abrazado.

Vuelvo silencioso al pasillo sin dejar de mirarlos: Mamá está besando a Papa Noel. ¡Verás cuando se entere mi papá! Tengo que decírselo ahora, voy a su cuarto, verás como se va a enfadar…, Papá Noel también, y conmigo…., y pasará de largo el año que viene, ya no volverá a mi casa… ¡No, no! ¡Eso no!

Me vuelvo a la cama, contento porque sé que tengo el juego, pero ¿y si Papá se enfada por no decírselo? , ¿qué debería hacer? A lo mejor es que todas las madres besan a Papá Noel esta noche, porque eso es así, ahora él va ahí enfrente y la mamá de Marta Martínez también lo besa… A lo mejor es así.

Mientras cierro los ojos recuerdo que a mi papá también le gusta mucho el turrón, el duro.