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Cien mil naranjas

25 Oct

Percibo un primer rubor, como un corazón latiendo bajo tierra. Quieta, pego mi oído a la tierra y oigo el verano que se abre camino por dentro, y mi corazón late bajo la tierra —nada, no he dicho nada—, y siento la paciente brutalidad con que la tierra cerrada se abre por dentro, y sé con que peso de dulzura el verano madurará cien mil naranjas. Y sé que las naranjas son mías, porque así lo quiero”

Clarice Lispector

 

El corazón del ser humano y el de la Tierra están unidos, venimos de ella, nos nutrimos de ella y como nos pronostica la sentencia bíblica —por observación básica de la naturaleza— a ella volveremos. Los latidos de ambos suenan acompasados. Clarice Lispector sabe escucharlos, sabe sentir cómo las raíces de los árboles abren la tierra y la transforman en esa espléndida feracidad del verano.

Las edades de nuestras vidas se suelen asociar con las estaciones del año, y al verano le corresponde la plenitud de la juventud, la más productiva, la más creadora, pero nuestra querida Lola Almeyda en su último poemario nos recomienda: “Quizás ahora sea un buen momento para cambiar la edad a las estaciones”. Se puede vivir el verano cuando a uno le venga en gana, no cuando lo decidan los documentos administrativos. Hay todo un naranjal esperando, cien mil naranjas de pulpa dulce y deliciosa esperando, y serán tuyas… o no, porque no es tan fácil aceptar los dones que se te ofrecen, plantarse delante del árbol y coger la fruta “porque así lo quiero”.

De hecho, hay que ser muy valiente para ser feliz.

Reyes García-Doncel

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Hasta que sea verano

14 Ene

Ignacio Arrabal

Editorial Anantes

El paraíso puede convertirse en un infierno y los juegos de la niñez en tragedia, cuando la maduración se produce a la fuerza y de forma dolorosa. En “Hasta que sea verano” Ignacio Arrabal narra una historia de desarrollo, la del cambio durante el verano de un grupo de jóvenes, amigos desde la infancia, hacia la edad adulta sin vuelta atrás posible. Pero también es —y esto es lo que me ha parecido más interesante— una reflexión sobre cómo se construye la memoria, cómo las vivencias recordadas condicionan los años posteriores: “La desilusión y la tristeza de su presente, y que lo acompañarán en su futuro, son fragmentos sueltos de su pasado”.

En una playa del sur llamada Cala del Diablo, varias familias de Madrid veranean juntas, sin apenas mezclarse con los lugareños, desde hace años. Es un mundo amable, conocido, donde los roles sociales están bien establecidos. Esta supuesta estabilidad se ve amenazada por la llegada de unos nuevos veraneantes, una familia francesa —extranjeros, lo desconocido, lo anhelado, lo que no sabes que quieres pero aparece— que como catalizadores inevitables, van a poner en evidencia las fisuras de su amistad e incluso el bienestar y equilibrio de sus vidas familiares.

La energía vital del sexo es uno de los elementos de la trama. El personaje de Fabien destapa identidades sexuales reprimidas en una sociedad llena de prejuicios, y el de Sophie, objeto de deseo por el que todos suspiran, lo encarna como forma de comunicación pero también de jerarquía y dominio en el grupo. Javier es el líder al que todos admiran y se someten porque tiene una seguridad —en una discutible escala de valores, pero él sabe muy bien lo que quiere— de la que los otros carecen: “Un hombre que mira la vida como si la vida le debiera algo”. En este proceso de desarrollo, la inmadurez significa moverte entre la duda y la indecisión paralizante, cuya viva imagen es Alonso, el narrador, del que asistimos a su enfrentamiento con situaciones, en ocasiones dramáticas, que lo obligan a definirse y que él afronta con escaso éxito: “Me sumí en el silencio y dejé que la duda y la rabia se convirtieran en rencor y luego en odio”.

El ambiente de verano, muy bien reflejado por el autor, nos sumerge en los baños de mar y sol, en las tardes lánguidas y sexo fácil en Cala Diablo, espacio que simboliza la infancia, un paraíso que se va volviendo infierno conforme la historia avanza, hasta convertirse en el perdido. Entre los miembros se generan historias de amor imposible, bien por convenciones sociales, por represión o por la no correspondencia, hasta que el primer muerto altera definitivamente sus visiones aniñadas de la vida: “… si allí quedaron enterradas nuestras vidas vírgenes… y los recuerdos se bajan con el tren en marcha”.

Pero no todos en el grupo van a enfrentarse a los hechos, y sobre todo a los recuerdos, de la misma manera. Es este un aspecto, el cómo se realiza la construcción de la memoria, en el que el autor también ahonda —lo que sintió el personaje entonces, y lo que en realidad había tras haberlo descubierto al cabo de los años— de forma inteligente: “Es como si los recuerdos quisieran insinuarme que había algo escondido en esas pequeñeces a las que no le dimos la debida importancia”. De hecho la reconstrucción exhaustiva de aquel verano es el hilo conductor de la narración, llegando a la conclusión de que los recuerdos pueden impedir tener una vida adulta plena: “No le asustaba tanto sufrir como recordar”.  En resumen, una lectura recomendable con la que nos sentiremos identificados.

Ignacio Arrabal (Sánlucar de Barrameda, 1973) es autor de los volúmenes de poesía La palabra tiempo, La superficie del aire, Los sueños intactos, y La luz inversa, obteniendo premios como el Ángaro, Santa Teresa de Jesús o Paul Beckett. En 2014 publicó una selección de relatos bajo el título Las vidas invisibles y en 2016 debutó como novelista con El rasgo suplementario.

Ejerce la crítica literaria en revistas especializadas y en Diario de Jerez

INVENTARIO

29 Ago

Ahora que toca cerrar el kiosco veraniego conviene hacer balance:

Varias semanas de levante en todas sus manifestaciones, desde el levante en calma, aplastante y pegajoso, hasta el furioso cuyo ruido se mete en los oídos y te persigue por el rincón más oscuro de tu casa; decenas de baños al mediodía y al atardecer, uno bajo la luna, cientos de brazadas y saltos de olas; dos noches de estrellas fugaces sobre la constelación de Perseo; numerosas caminatas a la bajamar en solitario, varias en compañía; cientos de puestas de sol porque, como El Principito, donde nos moviéramos las veíamos una y otra vez; varios paseos en bici por los esteros, acompañando a las garcillas que marisquean sobre los cienos y a los charranees que se  tiran en vuelos picados desde la altura; o por los carriles de tierra donde todavía hay huertos, con rojísimos tomates y olorosos melones, en los que después de llenarte el canasto de la bici y hacer muchas cuentas con una calculadora del paleolítico de las calculadoras, el dueño te dice que todo son tres euros y veinticinco céntimos; mercado de Chiclanaocasionales compras en el supermercado de playa a precios estratosféricos, numerosas en el hiper colapsado por carros, muy frecuentes con desayuno y receta de la pescadera incluidos en la  plaza de Chiclana; decenas de gazpachos y salmorejos fresquitos junto a caballas, boquerones y sardinas asadas, en esa sabia combinación tan sabrosa como saludable; varias paellas de mariscos con sus correspondientes maestros paelleros, siempre varones,  para los que su perfecta elaboración es el acto más transcendental en aras de mantener la autoestima; alguna merienda de alfajores de Medina o de sultanas de coco y huevo; podar, trasplantar, replantar, regar; ¡millones de agujas de pino! que, como la piedra de Sísifo, estás obligado a recoger una y otra vez, todos los días; tres o cuatro visitas a los viveros, ese sitio silencioso donde el tiempo se ha detenido un poco, los encargados te atienden tranquilos, con las manos húmedas y las botas llenas de tierra, y te nombran las plantas usando una mezcla imposible de latín y andaluz; una excursión obligada a Bolonia, con levante invitado por supuesto, para disfrutar de sus aguas limpísimas , de su duna interminable, y almorzar la playera tortilla de patatas con filetes empanados; un viaje a El Puerto, otro a Sánlucar, Conil, Cádiz, nunca más lejos de los cincuenta kilómetros; familia, amigos de siempre, amigos de verano, amigos de amigos…, todos iguales, todos más viejos, disfrutándonos, poniendo al día nuestras historias vitales sin prisas, hasta altas horas de las madrugadas; tres novelas y un manual de literatura leídos, ocho entradas en el blog, quince capítulos de la nueva novela escritos…

¡Hasta el año que viene!

Inventario