“EL GUARDIÁN ENTRE EL CENTENO”

22 abr

“EL GUARDIÁN ENTRE EL CENTENO”

J.D. Salinger

Alianza Editorial

El inconveniente que tiene enfrentarte a un libro como este es que partes con un montón de ideas preconcebidas. En mi caso, he estado esperando durante toda la novela que se produjera un asesinato. Quizás porque lo tenía asociado al del John Lennon o a otros episodios sangrientos de la historia americana.

“El guardián entre el centeno” narra los vagabundeos erráticos de Harold Caufield por NY, la ciudad donde vive, pero a cuya casa no puede volver porque se ha escapado del colegio en el que, como en otros anteriores, ha fracasado. En principio nada violento, salvo un par de escenas (como la paliza que recibe en un hotel o la descripción del suicidio de un compañero que se tira por la ventana). Sin embargo, la historia va creando una atmósfera desasosegante y fatalista que te hace temer lo peor.

Harold Caufield comienza pareciéndonos un chaval insufrible que critica todo, a las personas, a la ciudad, incluso a los objetos y situaciones vanas que le rodean (la frase “yo odio” es una de las que más se repiten); que es insolente, contradictorio y malcriado; que despilfarra el dinero… pero a través de sus ojos se nos muestra los submundos de la ciudad frente  a un adolescente solitario (todos lo evitan o es él quien los desprecia), con el que nos reconciliamos. Porque uno de los mayores logros de esta novela es que el autor ha desaparecido, y es la voz insegura y mal hablada de Harold la única que permanece. Un narrador del que no te puedes fiar ya que pronto comprendes que no dice lo que piensa, a veces porque ni él lo sabe o duda de su cordura, y así en cada frase se intuye un significado más allá de lo aparente.

Holden no quiere integrarse en una sociedad que considera falsa (otra de las palabras más repetidas). Salva solo a la infancia que tiene idealizada y personificada en su hermana menor, una niña muy lista capaz de centrar perfectamente su problema: “A ti no te gusta nada”. Holden no tiene futuro, solo quiere ser el guardián entre el centeno para evitar que los niños mientras juegan caigan por el precipicio:  la madurez.

Es una novela violenta porque la adolescencia desnuda, sin cortesías ni paternalismos, lo es.

MADRES CON CARRITO

1 abr

 

Madres con carrito 

A pesar del esfuerzo de los centros comerciales, conmigo no lo consiguen: la primavera siempre me coge desprevenida y un día, sin darme cuenta, ya es Domingo de Ramos.

Mis hijos se suelen levantar siempre canturreando el viejo refrán “Domingo de Ramos, Domingo de Ramos: al que no estrena algo se le caen las manos”, lo que me provoca un complejo de culpa tremendo porque Sevilla entera se echará a la calle luciendo sus estrenos primaverales y yo, un año más, no cumpliré el rito.

Cuando hoy me asomo al balcón compruebo que, en efecto, la calle ya está llena de familias impecablemente arregladas. Muchas son madres jóvenes que estrenan trajes de chaqueta color crema, rosa palo, azul cielo…y unos zapatos de tacones enormes con el talón al aire que me producen frío y dolor de pies nada más mirarlos. Sus niños van vestidos con trajes de terciopelo y encajes, calcetines de perlé calados y relucientes zapatitos de charol. Si son niñas llevan lazos de raso, tiesos como estandartes, en unas coletas de donde no se escapa ni un pelo (desde mi casa huelo los litros de colonia que los mantienen a raya). Y los maridos no se quedan atrás luciendo ternos perfectamente planchados.

Son solo las 10 de la mañana. ¿A qué hora se ha tenido que levantar esta mujer para poder salir con toda la familia así de impecable a la calle? Nosotros todavía estamos en pijama desayunando.

Me invade la vieja sensación de que siempre llego tarde a todo, pero me animo: al fin y al cabo hoy es un día de fiesta. Rezando porque quede algún calcetín sin usar de la última vez que fui al hiper, empiezo a revolver los armarios de los niños: un chándal algo más nuevo, un pantalón de vestir que probablemente le quede corto desde la última vez, mocasines rozados por las punteras… Por fin, bastante entrada ya la mañana, mi familia sale a la calle para disfrutar de otro Domingo de Ramos.

Decidimos introducirnos en el ambiente sobre la marcha, visitando primero la iglesia del barrio donde ya se ha formado una cola de cuarenta minutos. A nuestro lado un señor cojo de repente se cae al suelo. Mi hijo pequeño, sentado en el carrito, se ha agarrado a su muleta y cuando la cola echó a andar de nuevo, se la arrancó de las manos. Lo ayudamos a levantarse pidiéndole mil disculpas, pero la cara sonriente del niño nos quita toda credibilidad. Afortunadamente, el señor cojo tenía buen carácter y no se enfadó.

Ya en el interior de la iglesia, no sé si fue por la penumbra, el ambiente sagrado o el colorido de las flores, pero los niños empezaron a preguntar todo lo que se les ocurría sobre los pasos.

-          Bueno, sí, bastante antiguo… sí – contesto yo.

A mi alrededor un ejército de cofrades enchaquetados en azul marino con medallas de plata colgadas del pecho, me observan, no sabría distinguir si con indignación o con pena. Mis hijos siguen preguntando obedientes justo en esta ocasión, a una de las consignas de la casa: hay que desarrollar la curiosidad. Hasta que un cofrade, muy amablemente, me indica que si lo deseo puedo adquirir la “Guía completa de la Hermandad de la Hiniesta”.

El resto de la mañana y parte de la tarde, transcurrieron plácidamente entre colas de iglesias y bares a reventar, donde puedes haberte peleado por una mesa para luego comprobar que acaban de cerrar la cocina y solo les queda queso. Pero al atardecer, hay que posicionarse para las cofradías de la noche.

Cuando llegamos, ya está todo el mundo colocado en las aceras ocupando las primeras filas. Como tengo comprobado que la solidaridad entre madres con carritos es algo tácito, en una zona donde había varios me atreví a incorporarme. Rápidamente me hacen un hueco.

-          Digo, pues claro que cabemos todos. Pon bien al niño para que vea.

Dos golpes de melena cardada hacia atrás, un ajuste de la chaqueta, y el pecho para delante. ¡Qué poderío!

-          Los niños son lo primero – me dicen.

Fui capaz de percibir ciertas miradas suspicaces hacia mi atuendo, no excesivamente esmerado para un Domingo de Ramos, pero la presencia de mis tres hijos me otorgó credenciales de sobra para entrar en el privilegiado club “Madres con carrito” y gocé de su beneplácito.

Sin embargo una señora mayor no estaba conforme con la situación. Después de invertir, junto a su marido, muchas horas de espera, vio peligrar su situación de privilegio por nuestra culpa.

-          Si pero, eso no es así. ¡Los niños, los niños! ¿Y las personas que llevamos aquí más tiempo? Ahora resulta que yo no voy a ver nada.

¡Destapó la caja de los truenos! Aquello se convirtió en un debate público, donde mis colegas madres se emplearon a fondo.

-          Sí, vamos, ¡con lo que viene ésta ahora! ¡Pues no dice que le molestan los niños!

Aquello era poco menos que una blasfemia.

- ¿Qué pasa?- les preguntaban los maridos desde atrás.

-          Esta, que quiere ponerse ella la primera. Dice que estaba antes.

-          Digo, ¿Y qué quiere? ¿Qué no haya niños?

-          Claro, como ella ya tiene la matriz seca…. Pero ¿y las demás qué?

-          ¡Tendremos que parir!

Lo peor es que me miran para que intervenga también apoyando la causa, pero yo sonrío, muevo afirmativamente la cabeza sin mucho entusiasmo… Soy consciente de que las estoy decepcionando, esperan de mí más energía en la refriega porque por edad y circunstancias mi bando está clarísimo, pero me da pena de la señora que tenía ilusión en ver de cerca a su virgen. Además cuando envejecemos todos nos convertimos un poco en niños; y sobre todo estoy horrorizada, porque éstas son capaces de ponerme a parir allí mismo, y en el sentido mas literal del término.

Finalmente en esas bullas cada uno se acomoda, y una vez consolidado el sitio, nadie te discute la propiedad de tu medio metro cuadrado.

Cuando después de casi una hora de espera apareció el paso de Cristo, la música y el olor del incienso aplacaron definitivamente los ánimos. La oración en el huerto, con su olivo incluido y sus figuras vestidas de antiguos judíos se mecía al compás de las trompetas. El capataz da la orden de parar justo frente nosotros y tan inmensa suerte fue celebrada por todos con una explosión de aplausos. Ese fue el momento que me hijo eligió para pedir pipí.

-          Espera un poco, ahora no puedo.

-          ¡Pipí, mamá, pipí!

-          En esta acera no hay ningún bar, y no podemos cruzar porque el Cristo esta ahora mismo delante de nosotros.

Ese tipo de razonamientos no los entiende un niño de 2 años, sobre todo cuando llevas meses celebrando como una fiesta cada vez que te pide el pipí. Empezó a berrear tratando de quitarse las correas del carro.

-          Es que está aprendiendo a pedir el pipí -lo disculpo.

Nuevamente salen en mi defensa las madres:

-          ¡Natural!

-          Como le estoy quitando los pañales…

-          Tu no te preocupes, pide paso que nosotras te guardamos el carro.

-          ¡Tendrá que orinar la criatura¡

-          Me permite…. por favor,… me permite.

Si alguno de ustedes ha intentado cruzar la multitud que se apelotona delante de un paso de Semana Santa en Sevilla, no tengo que explicarles nada; pero si no, les diré que el único suelo disponible es estrictamente el que ocupa la suela de los zapatos, y a veces, ni ése.

Cuando llegué al servicio del bar en la acera de enfrente varias mujeres estaban esperando, y en lo que se refiere a necesidades fisiológicas, la solidaridad deja mucho que desear. Así que una vez terminada toda la operación, el paso con su banda de música iban ya calle abajo, y yo me quedé sin verlo.

La Virgen llegó mecida, aplaudida, piropeada. Una marcha, ruidosa y alegre, la traía bailando desde que volvió la esquina; y al terminar, alguien desde un balcón se lanzó a cantar una saeta.

Este es el momento mágico que todos hemos esperado, cuando el espacio y el tiempo desaparecen y puede ser una noche de primavera de cualquier año. En el aire, quieto y casi cómplice, solo se escucha la saeta, el compás de los barales y el arrastre en el suelo de las zapatillas de esparto de los costaleros… Hasta hoy, que otro sonido procedente del carrito, comenzó a oírse.

- Ayyy, ayyyy, ayayayyy- toma aire- yayay- mas alto- ñai, ñai ñai….

Debo aclarar que él siempre ha sido un niño muy sociable y participativo, con la enorme virtud de integrarse perfectamente en todos los ambientes a los que va. Debió deducir que en ese momento lo que había que hacer era cantar, o más bien quejarse, muy alto y con mucho sentimiento.

Los ojos vidriosos, la emoción contenida, el arrobo espiritual se esfumaron porque el momento mágico se ha roto. Comenzaron los “¡Shiiis!” destemplados y las miradas de reprobación. Esta vez, para mi desgracia, no tengo la protección de las madres. Lo que está haciendo el niño no tiene excusa, y la culpa es decididamente mía, porque ha quebrantado una regla, no escrita, que todo buen sevillano debe aprender desde su más tierna infancia: respetar los símbolos religiosos de la ciudad.

Cuando me giro para buscar a mi marido, está muerto de risa, lo que hace todavía más insostenible nuestra situación. Me hace un gesto con la mano que entiendo como: “Vámonos de aquí antes de que nos peguen”. Así que nos hemos vuelto a casa entre aliviados y avergonzados, y decidimos a que, por el momento, es mejor disfrutar estas vacaciones de otra manera.

Lo dicho: a mí la primavera siempre me coge desprevenida.

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Esto lo escribí hace años, cuando era una “madre con carrito”. Ahora mis hijos salen en enormes pandillas de adolescentes, que se mueven por la ciudad como gansos en migración, y me critican que ellos son los que menos saben de Semana Santa. No controlan los recorridos de las cofradías, ni tampoco, terrible delito, saben diferenciar una Virgen bajo palio de otra. Y todo eso es por mi culpa, por mi manía de llevarlos cuando eran chicos a la playa en Semana Santa.

En fin…, ¡Feliz Domingo de Ramos!

Arquetipos e Introvertidos

25 mar

ARQUETIPOS E INTROVERTIDOS

Un amigo pedagogo me comenta que está entusiasmado estudiando a CG Jung, discípulo de Freud. Os remito a sus explicaciones: “Jung habla de dos tipologías diferentes de personas: los “introvertidos” y los “extrovertidos”. En su definición, no ve a los primeros peyorativamente, no es sinónimo de tímidos ni de autistas. Son personas muy volcadas hacia su propio universo interior y a su inconsciente; y el inconsciente para Jung no es lo mismo que para Freud, que era como el cuarto de las ratas donde escondemos lo que nos repugna y no asumimos, sino una fuente inagotable de simbolismo y creatividad para nuestras vidas”

Y me manda varios videos donde Jung explica que los introvertidos se suelen justificar de sus fantasías porque en la vida cotidiana la realidad se asocia solo al mundo exterior, que se supone es el único válido. Pero los hechos psíquicos, dice Jung, son igualmente reales, son una forma de energía que hace progresar a la humanidad porque, y se le ve señalar a su alrededor, todo los objetos utilizamos son invenciones, fueron alguna vez la fantasía de alguien.

Pues no puedo más que estar absolutamente de acuerdo. Creo que los escritores, o determinados escritores, somos introvertidos “jungianos”.

Siempre tengo presente los comentarios que he me han hecho toda la vida: “Estás colgada…, nunca te enteras de nada…,  tú como siempre: en Belén con los pastores”  Y como dice Jung, yo me sentía en la obligación de disculparme ante los demás, y de culparme a mí misma, prometiendo poner más atención a las cosas que no me interesaban nada, pero que la gente se tomaba muy en serio… Afortunadamente ya me da igual lo que me digan, y si algo me gusta de los escritores con los que me relaciono, es que se puede hablar de cosas peregrinas, o incluso de sentimientos (eso que ya nadie hace en sociedad), sin que nadie te mire raro.

Jung además aportó la teoría de los arquetipos, que tan útil ha sido para comprender como funcionan las historias que nos contamos, unos a otros, desde hace miles de años en todos los lugares de este planeta.

Pues eso, seguimos en nuestros universos…

PRESENTACIÓN DE FELIX

9 mar

 

Buenas tardes a todos.

Mi amigo Felix me ha hecho el honor de pensar en mí para presentarlo en estas jornadas. Nos conocemos desde hace muchos, podríamos decir que muchísimos años, por lo que, aunque no sea arquitecta, si creo que puedo acercaros a lo que la arquitectura ha significado a lo largo de su vida.

FeLix Pozo Soro se tituló en la ETSA de Sevilla el año 1975, donde ejerce como profesor de Proyectos Arquitectónicos desde 1985. Posee suficiencia investigadora y actualmente está escribiendo la tesis: “La vivienda pública desde los 90 en Andalucía”.  Ha sido Arquitecto Municipal de Coria del Río, y participó en la redacción del plan General de Sevilla, así como en el plan parcial de la Maestranza de Artillería. Ha realizado proyectos de rehabilitación de enclaves importantes de la Ciudad como el corral de San Vicente, la reforma de la sala de Manuales en la Fábrica de Tabacos y de la Iglesia de San Luis.  En la EXPO 92 realizó la Calle del Cine y el Cinematógrafo. Ha sido comisario de importantes exposiciones a lo largo de su carrera. Sus últimos trabajos, realizados todos en colaboración con la arquitecta Olga Fajardo, son las viviendas en la calle Carmen Doloroso de Sevilla; el complejo de oficinas comerciales RAMCAB en Tomares, el Proyecto Plaza “El Salón” de Ecija y la ampliación del Ayuntamiento de la Rinconada.

Su abultado e interesante curriculum profesional, en el que también se encuentran numerosos proyectos de viviendas, concursos realizados por invitación expresa y publicaciones que no he citado, está a disposición de cualquiera que desee consultarlo en las páginas web o publicaciones del ramo, por lo que no insistiré más.

Esta tarde, se trata de hablar de la Cooperación Internacional que la Junta de Andalucía ha realizado con Bolivia, en la que Felix Pozo participa desde el año 1998, como Coordinador, concretamente con la ciudad de Potosí.  Estoy segura, que en una amena e instructiva charla, Felix les explicará todo lo que deban conocer sobre arquitectura y urbanismo, rehabilitación e intervenciones, esa será su tarea; pero por lo que a mí respecta, me gustaría transmitirles lo que hay detrás de esa colaboración ultramarina: las emociones, los sentimientos, el fascinante descubrimiento de otra cultura y, en definitiva, la enriquecedora experiencia personal que sus amigos adivinábamos en él tras cada uno de aquellos agotadores viajes.

Felix nos contaba que aterrizaba en aeropuertos imposibles, sobre montañas con las cimas recortadas, y alquilaba un taxi, de la compañía Cielito-lindo, para que lo llevara por carreteras de vértigo, donde el conductor apagaba el motor en las cuestas y así ahorrar gasolina.  Que debía subir y subir, hasta alcanzar ciudades cada vez más altas: desde Santa Cruz de la Sierra, en las llanuras y junto a la selva, a Sucre entre valles de extrema aridez, y llegar finalmente Potosí en el altiplano. Ciudades todas construidas con plazas y edificios de reconocible arquitectura española e influencia religiosa. También nos relataba escenas que parecían ya olvidadas, o quizás guardadas en algún lugar profundo de nuestra memoria, como las filas de niños en los colegios con uniformes y grandes lazos;  o las aulas, aquellas que serían luego rehabilitadas por su trabajo en las que, los mismos niños, se ponían de pie para saludar al unísono y con respeto, a los ilustres visitantes; la amabilidad y la cortesía en el trato durante el trabajo con los arquitectos bolivianos; el preciso y dulce uso del idioma, que ya quisiéramos tener muchos españoles; el vivir despacio, asumiendo el paso de los ciclos diarios, sin pretender modificarlos; la parada obligada en el trabajo a media mañana para reponer fuerzas con una salteña, el tentempié nacional … Y todo, eso bajo un luz vertical, la luz del altiplano, que le confundía la percepción de las sombras; bajo los omnipresentes efectos del mal de altura, día o noche, y la cultura de la coca desarrollada para combatirlos; y, sobre todo, bajo la mirada antigua del Cerro Rico, la mina que guardaba, y aún guarda, todos los tesoros de plata que, según dicen, ese país nunca llegó a disfrutar. De cada uno de aquellos viajes, el Arquitecto Pozo volvía más implicado.

Pocos años después, y en el marco de la cooperación con Cuba, se coordinaron talleres de trabajo entre estudiantes de arquitectura cubanos, y de las escuelas de Málaga, Granada y Sevilla, para elaborar propuestas en común sobre diferentes zonas de La Habana. Junto con varios profesores de la escuela sevillana, fuimos testigos cada día de los progresos de los estudiantes y del clarísimo éxito que resultó dicha colaboración. Visitar la ciudad, los barrios y conocimos los edificios de la mano de los mejores maestros. Y yo tuve además la oportunidad de comprobar, de hacerse de nuevo evidente, algo que ya sabía desde que comencé a tener amigos en esta profesión: y es lo mucho que a un arquitecto le gusta una escalera, así como la gran variedad de adjetivos, explicaciones y funciones que les atribuyen. No debería haberme sorprendido pues que mi cámara de fotos volviera llena de ellas, desde las majestuosas y decadentes escaleras de mármol de los palacios en la Habana vieja, a las macizas de hormigón, sin concesiones, de las viviendas socialistas; o las de los míticos hoteles, como la del Hotel Dos Mundos, con el espíritu alcohólico de Hemingway incluido; o la aérea y ondulante del hotel Habana Riviera, una escalera totalmente simbólica, ya que no lleva a ningún sitio, y parece que su sola presencia en el vestíbulo es lo único importante.

Permitidme pues que termine la presentación de mi amigo Felix haciendo uso de la escalera, no ya como elemento constructivo, sino como figura literaria, como una metáfora, pues del mismo modo que una escalera relaciona dos espacios, desearía que esta charla, y el resto de las programadas, sirvieran de nexo, de vía para transmitir las experiencias y el aprendizaje de una generación de arquitectos a otra más joven, la que espero tome el testigo de esta colaboración internacional en el futuro.

 

 

 

 

 

“La soledad de los números primos”

21 feb

 

“La soledad de los números primos”

Paolo Giordano

Círculo de Lectores

Saberse diferente es una desgracia. Saberse diferente cuando se es adolescente, una catástrofe. Descubrir que otros también son raros es una esperanza, pero conseguir llegar hasta ellos y compartir sentimientos, un objetivo inútil.

Así describe Paolo Giodarno la adolescencia y juventud de Alice y Mattia cada uno con un secreto a cuestas, una dolorosa culpa que les sella los labios, les ata los brazos  y les cierra los ojos ante la posible intimidad con el otro.  Ese pecado del pasado, que nunca sabremos si sucedió o no, además les obliga a castigarse: Alice vive dominada por la anorexia y Mattia se autolesiona las manos con todos los objetos punzantes que encuentra. Pero a pesar de negarse la felicidad, o el simple bálsamo de la compañía, nunca encontrarán la paz porque nunca el dolor es suficiente para llenar el inmenso vacío en el que viven. La soledad es el sentimiento que destila toda la novela, y la incapacidad, incluso física, de conectar con los demás, ya sean sus padres, amigos, o compañeros de trabajo. El autor describe con preciosas metáforas estas murallas interiores: las palabras de los otros son “lenguas de humo” y  los secretos familiares “ganzúas por donde entra la vida y hace palanca”.

Alice y Mattia se reconocen, se saben solitarios y sospechosos y se comportan como dos satélites dando vueltas, cercanos pero imposibles de estar juntos, si no es en una colisión que inevitablemente les destrozaría. O como Mattia, con su extraordinaria inteligencia matemática los clasifica: “dos números primos gemelos, solos y perdidos, próximos pero nunca juntos”

 

 

 

 

 

 

 

“Ronda de Madrid”

29 ene

“Ronda de Madrid”

José Manuel Benítez Ariza

Editorial Paréntesis.

Con su última novela José Manuel Benítez Ariza cierra su trilogía dedicada a la transición tanto de la edad infantil a la adulta, como del país bajo la dictadura hasta una vez incorporado en la Unión Europea. De ahí, la riqueza en tramas, personajes y ambientes que ofrece esta novela.

El autor nos lleva de la mano por el Madrid de la movida, un espejismo de modernidad con la pobreza y el atraso muy recientes en la memoria; por la vida en los pisos de estudiantes, mal comidos y dudosamente limpios; por el comienzo del estado del bienestar, galletas danesas en los supermercados y “ríos de dinero” en los bancos;  y, sobre todo, por las calles madrileñas, sus barrios, bares, bocatas de calamares y tribus urbanas: “ese pulular de gente que parecía haber hecho de la calle un lugar de celebración perpetua”…bajo la mirada del joven Juanma. Una mirada crítica y distante porque viene de una ciudad  andaluza, a la vez que desorientada tras terminar la carrera y encontrarse en un tiempo de nada ni de nadie, una especie de permiso que te da la vida para no saber qué vas a hacer ni siquiera la semana siguiente. Esa indecisión y ese futuro incierto, magníficamente mostrados, es el tono continuado de la narración donde se reconoce también, sobre todo el lector que haya vivido esos años, un miedo soterrado por el terrorismo de ETA y la delincuencia callejera que convierte a cualquier ciudadano en un posible policía (personaje de la Uruguaya).

A través de Juanma conocemos a los numerosos personajes femeninos que le rodean. La principal es su novia Isa, que le da el contrapunto desde Londres, la verdadera Europa, donde el desencanto de la juventud es ya más evidente, y a sus compañeras de piso, que se enfrentan al mismo dilema de convertirse o no en auténticas adultas, cada una con diferentes estrategias vitales.

En definitiva, una novela muy recomendable.

“El sonámbulo de Verdún”

11 ene

“El sonámbulo de Verdún”

Eva Díaz Pérez

Ed Destino

Uno: Guerra .  Dos: Fabular historias.  Tres: Engañar a la muerte

Fabular historias donde las memorias se mezclan, como si fuera una alquimia colectiva, y  se tejen en una gigantesca urdimbre que conecta incluso a una generación con otra, para descubrir, al cabo de los años, sus secretos.  Fabular para sobrevivir al horror y a la locura, y sobre todo, para conjurar el olvido, porque los recuerdos permanecen en los objetos y hablan a través de los pasajes, las puertas y las callejuelas escondidas.

La voz de Eva Díaz nos pasea por dos ciudades  Viena y Praga, magníficamente descritas, por Centro Europa durante la Gran Guerra,  y en el corto tiempo que una bala se desplaza desde el fusil que la dispara hasta el cerebro del soldado que morirá —o no—, nos cuenta la historia de “ su familia y amigos, la de su ciudad, la de su siglo, incluso la de una saga invisible que une a este pobre soldado con personajes e historias que él nunca llegará a conocer”.    Entre ellos, el de un artista del siglo XX que realiza “ un proyecto sobre la memoria, un simulacro histórico, una reflexión sobre el pasado con la guerra como telón de fondo”; en el que me atrevo a intuir la imagen de la autora.

La novela, rigurosamente documentada, es también un precioso canto antibelicista,  que consigue sobrecoger al lector ante metáforas tan  gráficas como las trincheras convertidas en heridas del paisaje, sucediéndose una tras otra sin llegar a curar nunca; o la visión de los restos humanos como carroña y abono para futuros huertos.

Las palabras son sanadoras, el silencio voluntario también. Fabular siempre, e imaginar la historia de un pobre soldado de la Gran Guerra y la de todo un continente que es la nuestra propia.

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