EVA MITOCONDRIAL

20 Abr

Por estas fechas ya debería haber visto la luz mi primer y, por ahora, único poemario llamado Eva Mitocondrial, editado por Ediciones en Huida, colección Cara B.

Tiene un precioso prólogo elaborado por las poetas Maria D Almeyda, Elena Marqués, Ana Isabel Alvea, Rosario Pérez Cabaña, Sara Castelar y Fermina Ponce a las que desde aquí les doy las gracias.

Por lo que ya sabéis esto no ha sido posible, y como tampoco sabemos lo que nos deparará mayo, os iré contando cosas por el blog.

Descubriendo a… Reyes García-Doncel

3 Feb

 

DESCUBRIENDO A… Reyes García-Doncel

M. – ¿Por qué escribes? ¿Hubo algún momento puntual que te abocó a comenzar a escribir?
RGD – Escribo porque es una necesidad, porque quiero expresar lo que siento e imagino, porque necesito explicarme el mundo, y porque me gustan las historias y el sonido de las palabras. Escribo sobre temas que me interesan, que me preocupan o incluso que me duelen, quizás para entender por qué ocurren o quizás para librarme de ellos.
Siempre he escrito, de forma desordenada y sin objetivo fijo, pero empecé a planteármelo en serio en la madurez, cuando mis hijos crecieron un poco y decidí no dedicarle tanto tiempo a mi profesión.

M – En tu jornada diaria, ¿cuánto tiempo le dedicas a escribir? ¿Tienes algún ritual antes de enfrentarte al folio en blanco?
RGD– Suelo escribir casi todas las mañanas y prefiero leer por las tardes. No tengo rituales antes de sentarme, escribo varios borradores distintos, que voy repasando en sucesivas revisiones, y utilizo código de colores con los personajes para saber de una forma gráfica cuánto, cómo y por donde respira cada uno.

– ¿Eres escritora de brújula o de mapa?
RGD – De los dos, depende del género que escriba y del momento del proceso. Hago un mapa de las escenas principales, de los cambios en los personajes, de los puntos conflictivos de la historia… pero entre cada nudo y nudo del mapa, al escribir me dejo llevar por la brújula de mi intuición. En poesía desde el principio con la brújula, luego es cuando intento darle la estructura que tenga sentido.

– ¿Qué te gustaría reseñar sobre tu obra literaria?
RGD -Según dicen mis lectores, mis novelas son ágiles, atrapan en seguida de forma que no pueden dejar de leerlas, y consigo mediante las descripciones y los diálogos sumergirlos en el ambiente y en la acción. A mí me gustaría que cuando terminaran el libro fueran personas distintas de las que eran antes de leerlo.

– Que piensas sobre las nuevas tecnologías como instrumentos para el escritor. ¿Ayudan o entorpecen?
RGD – Ayudan mucho, facilitan la comunicación, el conocimiento entre escritores y lectores, permiten el acceso a libros e información que de otra manera sería imposible, la posibilidad de documentación para un escritor es valiosísima. El único problema es que las redes sociales distraen, pero contra eso un poco de disciplina.

M – ¿Autoedición o editorial? ¿Piensas que aún hay recelos en contemplar la autoedición para publicar una obra?
RGD – Editorial por supuesto. Tengo algunos amigos escritores que ha optado por la autoedición y les va bien, pero yo no tengo conocimientos, ni me interesa aprenderlos, no solo para la edición sino también para la publicidad y promoción en redes. Sí hay recelos porque se piensa que no pasan un filtro de calidad, pero una editorial tampoco es garantía de nada.

– Eres profesora y has pasado tu vida entre jóvenes y adolescentes. ¿Qué te ha aportado tu profesión en tu actividad como escritora?
RGD – Mi profesión me ha aportado mucho. Los libros de texto que escribí sobre mi materia Biología y Geología, me dieron oficio y disciplina ante el ordenador; mi segunda novela está situada en un instituto de Secundaria y narra unos hechos que me afectaron muy de cerca; y por último, creo que soy bastante capaz de plasmar el diálogo de los jóvenes, ya que he pasado mi vida entre ellos.

M – ¿Con cuál de tus libros estás más satisfecha?
RGD – Es difícil responder a esa pregunta. Todos mis libros me dieron mucha satisfacción cuando los estaba escribiendo, y publicados también. Creo que ahora el que más me ilusiona es el poemario dedicado a la mujer que estoy terminando, quizás porque es mi primera incursión en la poesía.

– ¿Estás trabajando en algún nuevo proyecto en la actualidad?
RGD – En dos proyectos: el poemario antes mencionado que saldrá a la luz esta primavera, y en una novela sobre las consecuencias de las decisiones que tomamos en la vida.

Link de la entrevista:

https://masticadoresdeletras.wordpress.com/2020/02/01/descubriendo-a-reyes-garcia-doncel/?fbclid=IwAR3bz8gyEYEd7XFfBevS-nkoF4u3wWraAUW9f-rlcYg3V33XR5UQX-W43bg

 

 

DE NOCHE, BAJO EL PUENTE DE PIEDRA

6 Ene

Leo Perutz

Libros del Asteroide

        Hay libros que te atrapan por la intriga de la historia, otros por su belleza poética y la atmósfera que consiguen crear, a veces es un personaje quien te seduce y lleva de la mano hasta el final, pero en este que hoy os recomiendo, además de todo lo anterior, lo que me ha hecho disfrutar ha sido su estructura. Dieciséis capítulos ―cada uno con enigma y desenlace propio― narran en círculos una historia central que aparece sin importancia, un conjunto de relatos que forma una unidad de orden superior y se convierte en novela. Desde el primer capítulo ―donde ya vemos el desenlace de la historia medular― comprendes que se van a repetir situaciones, que el autor te va a llevar encadenando los personajes, y que va a narrar por fragmentos, hasta que en tu cabeza de lector se compongan las piezas del puzzle.

La historia principal es un triángulo amoroso, a saber: Rodolfo II, rey de Bohemia y emperador del Sacro Imperio Romano Germánico ―amante de las artes, manirroto y paranoico―; el riquísimo comerciante judío Mordejai Meisl que vive en la plaza de las tres fuentes del gueto de Praga ―“Durante toda su vida el oro lo había perseguido, le había hecho la corte y seducido, y cuando lo había rechazado siempre había vuelto junto a él”―, y su bellísima mujer Esther. Los tres protagonistas aparecen desenfocados en todos los relatos, y solo al final se llega a comprender el porqué de sus actos. Pero para hacer esta estructura más complicada, y a la vez más interesante, el autor ha cambiado el orden cronológico de los sucesos, de forma que conocemos al emperador y a Meisl viejos y desencantados antes que jóvenes, o la guerra de religiones en Bohemia antes de la grandeza y poder del reino. Y en el centro ―tomando su nombre “De noche, bajo el puente de piedra”― coloca la historia de amor, narrada con un precioso lirismo, sin nombrar a sus auténticos protagonistas.

Aunque pronto se sospecha que este triángulo es una excusa para mostrar la Praga del siglo XVI, llena de magia y ocultismo, ciudad de la Cábala, del Golem ―la criatura mitológica de los judíos―, atrapada en sus supersticiones medievales, donde es posible contratar a un alquimista para que consiga la piedra filosofal en el “El alquimista olvidado”, bajo el gobierno de un rey alucinado y con el río Moldava como canalizador de ánimas y amores. Leo Perutz era aficionado a las matemáticas ―quizás de ahí su juego narrativo―, y también a la Historia, por lo que muestra con gran precisión documental tanto el ambiente pomposo de la poderosa corte centroeuropea como su decadencia. Aparecen personajes históricos, además de los aristócratas correspondientes, el astrónomo y matemático Johannes Kepler―que se hace sospechoso por no creer en la validez de la astrología―, Tycho Brahe, o el rabino Loew, personaje real que desarrollará un importante papel en la historia.

Como toda obra de arte ―y esta es una de las joyas de la literatura europea del siglo xx―, la novela trata del amor y también de otras facetas de la condición humana, por ejemplo de la avaricia, de las ansias de poder en “La mesa del emperador” donde los libertadores de Bohemia nunca podrán sentarse, sin embargo la Historia de los pueblos no depende de las batallas ganadas o perdidas, sino de algo tan prosaico como estar harto de comer buñuelos; de la mala suerte, en “El coloquio de los perros” ―título muy cervantino― la que tiene un pobre hombre judío al que van a ahorcar junto con dos perros, y se entera de la existencia de un tesoro enterrado; de la locura en “Enrique, el del infierno”, donde se nos muestra al emperador envejecido, teniendo visiones de encarnaciones del diablo, obsesionado con que su hermano Matías lo va a matar; de lo efímero e inútil que es el paso del ser humano, con todas sus riquezas o sabidurías, sobre la tierra en “La vela consumida” metáfora de la vida de Meisl; del tiempo y el olvido en “El pintor Brabanzio”; y por supuesto de la muerte, que está presente en todos los relatos y en algunos con indudable humor, desde el primero “Peste en el barrio judío” donde los fantasmas de los niños en el cementerio bailan a la vista horrorizada de un violinista y un saltimbanqui, los mismos que más tarde vuelven a aparecer en “La jarra de aguardiente”, esta vez muy mayores, oyendo a las ánimas nombrar a los que morirán, pero prefiriendo cotillear de los vecinos y beber de su jarra de aguardiente. El humor, en forma de sonrisa amable o de ironía socarrona, frente a las miserias humanas es una característica en toda la obra. Como también lo es un lenguaje poético, a veces barroco, que integrando lo onírico con la realidad consigue mostrar una Praga mágica, de tal manera que algunos capítulos  recuerdan a cuentos de hadas como “El tálero robado” donde un emperador muy joven se enfrenta en el bosque con tres diablos ―¿quizás los tres Reyes Magos? Perutz utiliza en otra ocasión iconografía cristiana―: “…el oro procede del fuego, la plata del aire y el cobre del agua”, dicen; aparece un Meisl todavía niño, pero ya con su especial don para la riqueza, y el destino que los unirá a ambos de por vida.

Algunos relatos terminan narrados en primera persona por un joven Peruzt cuando asiste a clases de Jakob Meisl, eterno aspirante a médico y sobrino tataranieto del protagonista, que recolocando cada hecho en su momento y cada personaje en su lugar, va dando pistas de la historia, hasta que en el “Epílogo” con la lectura del testamento el tiempo se cierra sobre sí mismo. Este personaje, junto con el rabino Loew, le sirve a Peruzt para insertar su defensa de la causa judía, a los que hemos visto discriminados y arrinconados en el gueto, siendo utilizados pero nunca valorados por los cristianos. El gran rabino Loew expresa su sufrimiento creando “…de luz de luna y moho, hollín y lluvia, de musgo y argamasa” la imagen de un Ecce Homo que representa el sufrimiento del pueblo judío perseguido y escarnecido durante siglos. De este rabino cuenta la leyenda que, por su gran dominio de la palabra, logró dar forma a la criatura inferior Golem, para utilizarlo como criado. Borges ―gran admirador del autor al igual que Alfred Hitchcock, Italo Calvino o Graham Greene― recreó esta hazaña en un poema que lleva ese nombre.

Bien saben, sabemos, los escritores el poder de la palabra como instrumento de creación. Me gustaría emular en una novela propia la estructura fascinante de esta obra maestra, pero si a Leo Perutz le llevó 30 años escribirla… más vale que me ponga a la tarea hoy mismo porque a mí, y con resultados más que inciertos, puede que no me alcance el tiempo.

Leo Peruzt (Praga 1882- Bad Ischl 1957) nació en una acomodada familia de origen sefardita. Vivió en Viea y Trieste hasta que en 1938, con los nazis en el poder, se instala en Tel Aviv: en 1950 consiguió regresar a Viena. Entre su obra destacan las novelas: Mientras dan las nueve (1918), El marqués de Bolívar (1920), El maestro del juicio final (1923), Turlupin (1924), y De noche, bajo el puente de piedra (1953)

 

 

CURVA

14 Sep

AURORA DELGADO

ED. SLOPER

La curva aparece cerca de una gasolinera, en una carretera indefinida, similar a otras muchas, cruzada por una de las innumerables rotondas que te indica la dirección a una franquicia de hamburguesas, dentro de una de las urbanizaciones que han proliferado en el Aljarafe sevillano, territorio que la autora define como: “Un cruce de caminos que Sevilla se habría comido y contado veinte si el Guadalquivir no hubiera estado en medio del tablero urbanístico”. Pero esta curva también simboliza el cambio de dirección en la vida de Antonio, un hombre que admite no tener una causa por la que luchar, que no toma decisiones, hasta que un encuentro inesperado le alterará su complaciente auto engaño. Aurora Delgado ha escogido este escenario en parte porque es el territorio de su adolescencia –como hizo en su primera novela El corazón de Livingstone–, pero también porque es un espacio sin personalidad propia, donde es fácil perderse tanto física como psicológicamente. Y aquí debo confesaros que a mí sus innumerables carreteras me resultan tan peligrosas como los caminos de un selva, con altas probabilidades de perderme cada vez que me interno en ellas, por lo que me parece el enclave perfecto para localizar una confusión emocional.

La acción principal de la novela –que fue finalista del Premio Nadal 2017– trascurre en la línea temporal de una mañana hasta la siguiente, el día corriente de un padre de familia, con numerosas digresiones y flash back al pasado en las que la narradora, focalizada en el personaje de Antonio, nos muestra el mundo a través de sus ojos, su aburrimiento existencial, su vida abandonada en manos de los demás, y también su insatisfacción y sus reproches porque, desde esa atalaya moral por no haberse equivocado, se considera superior al resto. Pero lo que comienza como un thriller psicológico, termina en la más genuina novela negra –con trasiego de cadáveres incluido– , ya que: ¿hasta donde puede una persona tolerar que se la domestique?, ¿en qué se convierte cuando por fin decide tomar las riendas?

Paralelamente asistimos a los sueños truncados que se propician en este tipo de urbanizaciones creadas de la nada: “Un mundo para estrenar, en el que la felicidad se insinuaba modesta como el olor del pan recién hecho.” El suegro y sobre todo su mujer, Conchi, personifican el orden cívico, la limpieza moral que este sistema social pretende, son ciudadanos perfectamente endeudados y enclaustrados en el miedo burgués a perder las comodidades conseguidas: “En su voz el sahumerio de los altares, la hostia recién comulgada que se pega a la boca y despierta el miedo a masticar el cuerpo de Cristo”. Unos personajes que cumplen con los colegios –reino de los psicólogos– dentistas, dietas alimentarias y demás estándares de nivel de vida que se les supone, en una sucesión de días domesticados, “de nuevo es hoy”, que le permiten a Antonio auto engañarse: “Se habría puesto música y abierto una cerveza para llamar sabiduría a sus renuncias, tranquilidad a su apatía, felicidad al conjunto resultante.” Hasta que en la curva se encuentra a Raimundo.

Porque Raimundo, antiguo constructor, sí tiene una causa: denunciar las circunstancias del accidente que le ocurrió a su esposa. Lleva seis años en la curva viviendo en una caravana como reivindicación porque no cree la versión oficial de los hechos. La fatalidad, ese instante en que todo cambia, en la que no hay recomposición posible de la vida anterior, existe, pero Raimundo se ha quedado a vivir allí. Él, que era un hombre fuerte, rico, influyente, no puede aceptar la realidad, se rebela, y repite el accidente una y otra vez. A Antonio lo deslumbra, aunque por su natural escepticismo “él nunca ha tenido una causa y, sin poder evitar, sospecha de los que como Raimundo enarbolan una.”

Contada en tiempo presente, Aurora Delgado construye personajes tan reales que se nos meten bajo la piel, con un estilo plagado de metáforas: “Su perfume, una cometa que se evapora lentamente atada al calor de su cuello” , de sabias y potentes imágenes: “Quien huele a miedo está desnudo sobre la nieve”, donde a menudo la figura del depredador no siempre es quién parece ser, un relato en el que no falta humor: “La voz de Conchi no sale de su garganta, sino de más abajo, probablemente de su bolso”. La autora deja entrever lo que hay, o puede haber, detrás de una primera fachada, con ritmo inquietante y desplegando gran eficacia narrativa.

Novela muy recomendable, ¡pero cuidado lectores!, una curva en nuestra vida puede estar esperando, “un puente entre dos líneas rectas, un espacio en el que el presente se alarga queriendo tocar el infinito.” ¿Estamos preparados para tomarla?

Aurora Delgado es Licenciada en Arte Dramático por la Escuela Superior de Artes Escénicas de Sevilla, 1988 y Máster de Escritura Creativa por la Facultad de Comunicación de Sevilla, 2012. En 2013 recibió el Premio Ciudad Alcalá de Henares de Narrativa por su novela El corazón de Livingstone, publicada en 2014. Es coordinadora del Club de Lectura del Sofá cama de la librería sevillana La fuga y es miembro fundador de la Asociación Casa de Palabras Andalucía, un proyecto de dotación de pequeñas bibliotecas y animación para personas refugiadas o en situación de vulnerabilidad social. La novela “Curva” fue finalista del Premio Nadal de Novela 2017.

RUIDO DE CARCOMA

15 Jun

Papá trabaja en una empresa de diseño publicitario, ahora gana mucho, pero cuando se hizo novio de mamá los dos querían llegar a ser pintores famosos, ella perseveró, luego él estuvo algún tiempo de delineante con un arquitecto, son anécdotas que pertenecen a la prehistoria. Con mi llegada al mundo parece que se acabaron los sueños de vida bohemia y se debió iniciar ese ruido de carcoma que cimenta todas las discusiones a puerta cerrada cuyo gas venenoso se fugaba por la ranura de abajo, argumentos ilógicos, fraguados de mala manera y arrojados al vertedero de mi memoria, un archivo donde nadie ha entrado a poner orden.

Carmen Marín Gaite

El pasado de los padres es prehistoria para los hijos, a sus ojos siempre han sido adultos responsables, cuidadores de la casa y de ellos, trabajadores formales que jamás han deseado tener otra vida, ni por supuesto “llegar a ser pintores famosos”.

Pero los niños observan, incluso aunque ellos no sepan que observan, y van captando bajo la rutina diaria alguna mirada, voces más altas, o más bajas, caras tristes, espaldas hundidas, conversaciones en el dormitorio que llegan atenuadas hasta sus camas infantiles cuando ya están adormilados: “ese ruido de carcoma que cimenta todas las discusiones a puerta cerrada cuyo gas venenoso se fugaba por la ranura de abajo”, lo describe la escritora. Un ruido portador de mensajes que los hijos no pueden interpretar claramente, pero que intuyen doloroso, y por eso a ellos también les duele. Cuanto mayor sea la frustración, mayor el repertorio caótico de gestos y palabras que serán “arrojados al vertedero de mi memoria, un archivo donde nadie ha entrado a poner orden”.

De recomponer ese puzzle de la memoria infantil tratan muchas obras literarias, de buscar el por qué en unos padres que en definitiva es buscar el por qué en uno mismo. A menudo se consigue completar con retraso cuando sus gestos, que creíamos olvidados, aparecen en nosotros como escenas de un teatro antiguo que estamos repitiendo, cuando ya tenemos otros pares de ojos y oídos atentos a nuestra propia carcoma.

Reyes García-Doncel

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

NUDOS INTERIORES

9 Jun

Los días que siguieron están enhebrados en mi recuerdo por la perentoria necesidad de continuar aquella historia, aunque presumía que la aguja para coserla no iba a manejarla yo. Pero mis nudos interiores me impedían desentenderme de una rumia de decisiones que brotaban a mi pesar y se deshojaban continuamente apenas formuladas. Me ha pasado muchas veces, en época de nudos, no ser capaz de reconocer luego que se han deshecho sin intervenir yo. No funciona la experiencia de una vez para otra, al contrario, se vuelve avestruz. Recuerdo haber dicho al cabo de los días, consciente de que las aguas han vuelto a su cauce: “¡Con lo fácil que era!”, y haber renegado de la pasada obcecación, pero cuando ésta se reproduce tejiendo sus ramificaciones alrededor de un nuevo asunto, sigo pensando que darle vueltas sirve para algo.

Carmen Martín Gaite

Carmen Martín Gaite nos regala en este texto una metáfora preciosa: los pensamientos ofuscados son nudos interiores, tan oscuros y densos que no podemos deshacerlos por mucho que nos empeñemos. Para la misma idea hay abundantes ejemplos en Literatura como aguas turbias que no dejan ver el fondo, un laberinto del que es imposible escapar… Pero la utilización del nudo me recuerda al Comisario Adamsberg, detective de novela negra creado por la escritora Fred Vargas, que se refiere al conjunto de objetos, personas, señales y rastros con los que trabaja cuando intenta resolver un caso, como una bola de algas, y lo visualiza en forma de ovillo tentacular cerrado y espinoso.

Aunque parece que el personaje femenino de la novela “Lo raro es vivir” que hoy nos habla, duda de su capacidad para controlar su vida: “presumía que la aguja para coserla no iba a manejarla yo”, nos dice, y prefiere dejar que las cosas se aclaren solas, por un procedimiento sorprendente, hasta que un día es “consciente de que las aguas han vuelto a su cauce” , otra metáfora.

Todos tenemos “épocas de nudos”, que a veces anidan en la mente y otras en el pecho… ¡Qué fácil sería si pudiéramos sacarlos fuera y tirar de cada hebra hasta dejar la madeja suelta y ordenada! Pero las épocas de clarividencia duran menos que las de nudos, y salvo que seas el Comisario Adamsberg obligado a pelear con la pelota de algas para descubrir al asesino cuanto antes, la mayoría solemos utilizar esa técnica del avestruz que consiste en esperar a que algo, o alguien del exterior, produzca la magia de soltarlos.

Reyes García-Doncel

EL MIRLO BURLÓN

6 Jun

JOSÉ MARÍA CONGET 

Editorial Pre-Textos

Con la excusa del reencuentro de los antiguos miembros de un seminario de Filosofía, José María Conget vuelve a Zaragoza, la ciudad donde nació, y parece decirnos que aunque cambien los nombres de las calles, desaparezcan algunos bares y los parques sean sustituidos por edificios, incluso aunque nosotros creamos verla con otros ojos, la infancia y la juventud se han quedado congeladas, la ciudad se ha llenado de fantasmas y el presente se ha convertido en un pasado eterno. El autor -que no se esconde y en repetidas ocasiones alza la voz para reivindicar su autoría y mostrarnos el proceso creativo- realiza un repaso tanto a la realidad socio política como a las repercusiones futuras de los actos de juventud, y reflexiona sobre la incapacidad de construir el relato de nuestra propia historia porque desconocemos todos los datos.

En la primera parte se muestra el presente, antes de la reunión, de los cuatro personajes masculinos. Conocemos a Rafael, jesuita, inteligente y atractivo, de familia acomodada, continuo referente del resto ya que fue el profesor del grupo, que a pesar de su aparente éxito intelectual guarda varios secretos y no ha querido volver jamás a la ciudad; a Ismael, escritor metido en lo fácil, sin hijos ni esposa, con una vida aburrida, descreído y escéptico; Patricio, cínico político socialista, casado pero con varias amantes, que se cree lo suficientemente listo para manipular a cualquiera; a Juanjo, profesor de instituto, divorciado con una hija a la que adora, de carácter afable y poco autoritario, que se considera a sí mismo un mediocre; y todos, salvo Rafael, añoran un imposible amor de juventud. En las primeras páginas el jesuita muere de un infarto mientras recuerda las inquietantes palabras: “Te quiero tanto que te habría matado”, y a partir de ahí el autor -utilizando un estilo rápido, donde los diálogos se visualizan de una forma muy real-, recurre a una auténtica intriga político-policíaca, va dejando tanto pistas como numerosas elipsis: “Por eso Rafael recurrió a él cuando.”, que serán descubiertas, aunque solo a medias, al final.

En la segunda parte vivimos la juventud de los protagonistas, su mundo universitario en Zaragoza, la formación del seminario de filosofía sobre existencialismo y humanismo, sus aspiraciones amorosas con Alicia, las de la propia Alicia, sus inquietudes políticas y la conciencia de clase que para unos era una reivindicación y para otros una losa vergonzante: “todo tenía que ver con la moral ramplona de la clase media baja local, o sea, con la de la familia del propio Ismael.” Alicia, la única mujer del grupo, hija de una actriz y de un exiliado republicano que vive en Londres, es un soplo de aire fresco para los jóvenes inmersos en el ambiente gris y represivo del tardofranquismo, y se vuelve una obsesión omnipresente para ellos: “Abeja reina de la pequeña colmena del seminario, la deseada y la diáfana y al mismo tiempo la misteriosa”, porque ella también tiene sus propios secretos y sus prejuicios sociales que no le dejan ver la realidad.

El autor hace caminar a los personajes por donde él caminó -a veces se convierte en un personaje más- mientras muestra con evidente conocimiento los cambios sociales en su antigua ciudad, la lucha de los partidos políticos, la muerte de Franco, y los miedos y las incertidumbres de los jóvenes a su propio futuro. El personaje de Ismael además le sirve para realizar una acertada y humorística crítica de los escritores: “por no hablar del estilo, elaborado y elegante, sarcástico y delicado, a medio camino de Proust y de Valle Inclán, pongamos” y del mundo literario.

En la tercera parte se produce el ansiado reencuentro y volvemos al presente, pero ya no son los mismos, no se reconocen porque la memoria está basada en seguridades y confianzas sin base sólida, o incluso incompleta, lo que la convierte en una estructura frágil que al pasar los años deja al descubierto las mentiras, disimulos y carencias que su amistad tuvo. Un ajuste de cuentas con el pasado que los devuelve a un presente que puede no gustarles. Pero quizás debamos hacer caso al “narrador de esta historia, que lo sabe, puede certificar, además, que los cuatro se querían y querían al maestro”, aunque ahora se pregunten si son amigos o fantoches que siguen prolongando un teatrillo.

La cita inicial sobre la juventud de El tiempo de las cerezas, nos recuerda la del poeta William Wordsworth, muy conocida cinematográficamente por “Esplendor en la hierba”. No solo el cine, sino también la literatura y en general el arte, cobran importancia creadora en el relato. Ismael y Juanjo son empedernidos cinéfilos, por el disfrute estético y porque es un refugio e incluso una suplantación de la personalidad, ya que, sobre todo el primero, observan su vida a través de las películas. La impronta del cine se adivina también en el autor al recrear conocidas escenas: cuando Alicia y Juanjo hablan en la cama por al noche, con una preciosa descripción de la voz de la primera, recordamos las conversaciones de la niña con su abuela en el “El Sur”; o en la soledad de Ismael momentos antes de enfrentarse al profesor vemos la imagen de Gary Cooper; y hasta Dios debe rendir pleitesía al cine: “Dios existe porque alguien debe mantener el mundo con su mirada”, el ojo de Dios es el de Anthony Perkins en el famoso y siniestro motel.

El autor que crea la historia crea la vida, incluso puede que también el pasado, y en su mirada nostálgica hay una sonrisa al contemplar la ingenuidad de lo que él fue / fuimos, porque como dice Alicia: “Muchas cosas de entonces hoy me parecería cómicas si las leyera en una novela de aprendizaje en tono de comedia”. La misma sonrisa del mirlo burlón.

Reyes García-Doncel

José María Conget (Zaragoza 1948) es licenciado en Filosofía y Letras. Ha ejercido como profesor o gestor cultural en Glasgow, Lima, Londres, Nueva York, París y varios pueblos y ciudades españolas. Actualmente reside en Sevilla. Es autor de novelas, cuentos, ensayos. Sus últimas publicaciones han sido las colecciones de relatos La ciudad desplazada (Pre-Textos, 2010), La mujer que vigila los Vermeer (Pre-Textos, 2013), Confesión general (Pre-Textos, 2017), y la novela La bella cubana (Pre-Textos, 2015). Fue premio de las Letras Aragonesas en 2007 por el conjunto de su obra.

EL BALNEARIO

2 Jun

Era como viajar por el vientre de una ballena. Algunas veces, de mucho más lejos, como de por fuera de las paredes que me rodeaban, llegaba el sonido de una voz que tal vez llamaba a alguien, o el pitido de un tren o la bocina de una camioneta. Desconcertaban esos ruidos; se escapaban, quebrándose; se me clavaba el doloroso deseo de escucharlos al aire abierto, en toda su lentitud. Entonces me acordaba de que andaba perdida en el interior de aquellos edificios blancos que había visto al llegar; de que por fuera de este pasillo estaba la gente parada a la puerta, y el puente sobre el río, y tal vez todavía un poco de sol. Me estaba haciendo la ilusión de ir a alguna parte, de moverme, y tan sólo estaba comprendida en la órbita del gran edificio, tragada, buceando dentro de él; sin que mis pasos tuvieran mayor importancia de la que pueda tener la trayectoria de un grano de maíz en el estómago de una gallina.

Carmen Martín Gaite


Hay espacios que acunan y envuelven, otros son claustrofóbicos, otros intimidan… De estos últimos saben mucho los regímenes totalitarios, de cualquier signo, que suelen construir colosales edificios como símbolo omnipresente del poder y estrategia para empequeñecer a la persona. Carmen Martín Gaite en su novela El Balneario describe las impresiones de una paciente al entrar en él: “Era como viajar por el vientre de una ballena”, nos dice, y con esta frase recuperamos esa sensación que todos hemos tenido alguna vez: la de caminar, o que te lleven, por pasillos largos llenos de puertas laterales, como un laberinto, en las que siempre espera alguien con una bata blanca, que parece el mismo pero no lo es, y debes seguir hacia delante mientras la blancura y la asepsia te hiere los ojos, un poco más: “Me estaba haciendo la ilusión de ir a alguna parte, de moverme, y tan sólo estaba comprendida en la órbita del gran edificio, tragada, buceando dentro de él”, porque el mundo real ha prescindido de ti y en este nuevo gobiernan otras reglas a las que no les importa tu voluntad.

Cuando por fin sales a la calle deseando recuperar el tiempo perdido, descubres que los naranjos tienen un verde más intenso, como los rojos, cobaltos y grises de los coches, que los escaparates brillan intensamente, los viejos tienen más arrugas en la cara, los niños sonríen con mofletes sonrosados y alguien, al otro lado de la acera, se está riendo. Una aguda conciencia del presente, lo único que posees.

Reyes García-Doncel

FAUSTO

7 May

2 de marzo 2015

Estoy dibujando, peleando por encontrar los personajes, cuando siento unos ojos a mi espalda y un viento espeso y oscuro me envuelve. Imagino a Annia que, como siempre, me intimida con su mirada y suelto temerosa el lápiz; pero al volver la cabeza no es ella, sino Mefistófeles el que ha invadido mi cuarto, el que alarga su cuello ondulante, parecido al de un buitre, por encima de mi hombro para mirar los dibujos con unos ojos azules, casi blancos, donde las pupilas resaltan como botones negros. Es él, está junto a mí, alto, calvo, en la piel morena y suave de su torso desnudo se marcan brillantes los músculos perfectos. Parece un atleta. Las piernas largas que salen de unas caderas estrechas, están ceñidas dentro de unos pantalones de seda color rojo sangre. Entonces extiende sus enormes alas y, por unos momentos, solo puedo ver plumas negras, marrones y grises que me rodean. El aire se vuelve todavía más denso, me cuesta respirar pero no lucho, solo quiero dejarme abrazar por esas plumas suaves. Mefistófeles bate las alas y mis bocetos vuelan. Intento atraparlos, pero el fuerte viento me lanza contra el suelo mientras, en un último torbellino, él desaparece. Al levantar los ojos veo junto a la puerta de mi habitación la sombra de una niña.

EL MATERIAL QUE NUTRE LA ESCRITURA

3 May

Me voy poniendo al día: a partir de ahora, todas las noches tengo que rescatar de los caóticos despojos del día un sabor, una sensación, una imagen. Toda esta vida se desvanecería, se evaporaría si no la pillara al vuelo, si no me aferrara a ella, mientras aún persiste el recuerdo de alguno de sus aguijonazos o de alguna de sus caricias (…) Tengo que recordar y recordar: de ese material se nutre la escritura, de los materiales recordados de la vida. Escoger un símbolo central, alrededor del cual gire todo lo demás, el cambio, como idea fundamental, y elaborarlo hasta conformar una totalidad esencial condensada.

Sylvia Plath

Me descubre Sylvia Plath en este bello texto algo que yo también suelo hacer cada noche: repasar los actos, recuperar las emociones, “un sabor, una sensación, una imagen” del día para construir memoria, porque parece que solo con vivir no es suficiente, nada se hilvana ni tiene sentido, y es necesario ese repaso a “los caóticos despojos del día” para que se enlacen y queden fijados.

Somos el instante, el ahora, pero también somos la memoria que fabricamos en nuestro hipocampo del cerebro, una construcción donde las emociones influyen decisivamente en el modo en que los recuerdos se almacenan: cuanto mayor es el nivel de activación emocional, mayor será la posibilidad de que el suceso sea recordado. “Toda esta vida se desvanecería” opina la autora, consciente de su fugacidad, ya que salvo “el recuerdo de alguno de sus aguijonazos o de alguna de sus caricias”, el resto es una masa gris que vivimos como si no sucediera.

Texto profundo y poético donde además nos da una magistral lección sobre el oficio de escribir: escoger lo que te ha dolido o lo que has amado, rebuscar en las emociones, en aquello que nos cambia la mirada, para que todo gire alrededor y elaborarlo luego no sumando adornos superfluos, sino restando hasta llegar a la esencia, a esa palabra poética que contenga el todo.

Reyes García-Doncel