EL COLOR DE LOS ÁNGELES

13 Jun

EVA DÍAZ PÉREZ

ED. PLANETA

¿Cómo le afectará el paso del tiempo a mis cuadros?, se pregunta un Murillo anciano y convaleciente tras caerse del andamio donde trabaja en Los desposorios de Santa Catalina. La memoria del pintor sevillano durante sus últimos días es el hilo del que se sirve la escritora Eva Díaz Pérez, no sólo para narrar la historia del pintor, sino para reflexionar sobre los binomios: vida/arte y realidad/ficción, paradojas que han atormentado a todos los artistas desde que la primera mano humana se impregnó en las paredes de una cueva rocosa. Bartolomé Esteban Murillo, el pintor de ángeles, injustamente reducido a su faceta de temas religiosos, se nos muestra en esta novela como un hombre profundamente preocupado por el devenir de los tiempos y el de su ciudad, la Sevilla gloriosa pero ya menos, que sigue viviendo del pasado mientras sus oropeles se destiñen, quizás como le habrá ocurrido a sus cuadros cuando los miren ojos que todavía no han nacido.

La autora nos sumerge con gran habilidad en la atmósfera de Sevilla en el siglo XVII, para lo que utiliza tanto un léxico antiguo (nombres en desuso de objetos cotidianos, como bargueños; prendas de vestir: guardainfantes, zaragüelles…; actividades y profesiones: azacanes…; enfermedades, no en desuso pero nombradas de otra manera: romadizo o garrotillo; y comidas con sonidos de clara resonancia árabe: aloja, alajú…); así como el sentido del olfato, que será fundamental a lo largo de toda la narración —“…sería fácil guiarse por Sevilla sólo con el olfato”, llega a pensar el pintor—, con continuas referencias al hedor de orines, sangre, enfermedades y tripas; o por el contrario los agradables olores del ámbar, los perfumes y las maderas exóticas — “Dentro del taller huele intensamente a bosque de Indias”— , incluido el de azahar de su mujer, Beatriz Cabrera, que él intentará conservar en sus ropas después de muerta.

Estructurada en tres partes: Veladuras, Naturalezas muertas y Claroscuros, se van intercalando en el momento presente —anciano, solo y moribundo tras la caída del andamio— la historia de una vida que no fue fácil, llena de tragedias: huérfano desde niño, tuvo nueve hijos, los tres mayores murieron en la cruenta epidemia de peste de 1649, y del resto solo le sobrevivieron dos, muriendo su mujer en el último parto. Es meritoria la imaginación que se aplica a la reconstrucción de escenas cotidianas, como la muy posible cazuela de berenjenas que le prepara su hermana mayor, o la llegada de los barcos que un Murillo adolescente otea entusiasmado desde la azotea de su casa, soñando con aventuras en el Nuevo Mundo. El Guadalquivir adquiere importancia desde el primer capítulo. Mediante un paseo en barca con su entonces novia, así como en otras variadas escenas, se nos describen los misterios de este río con doble cara, trae riquezas, pero también vicios, y muerte —simbolizada por los delfines premonitorios— con las temibles crecidas. Sevilla, también tiene una cara devota y otra viciosa, paraísos e infiernos se crían juntos, y una religiosidad vengativa en la que herejes y pecadores son quemados en medio de una gran fiesta. Aquí vemos aflorar recuerdos de esa otra memoria, la que la autora nos regaló en “Memoria de cenizas”.

Además de la vida cotidiana, Eva Díaz Pérez realiza, y esto es lo que más me ha interesado, un análisis del proceso creativo, de la obra pictórica, de las dudas y éxitos, de su evolución como artista. Murillo ha sido muy admirado por mostrar una religiosidad amable, una visión delicada de lo mártires y de la santidad. En ese sabio equilibrio entre realidad y piadosa mentira, utiliza como modelos a sus hijos, a su esposa, al mulato Juan, a la gente humilde de la calle, incluso a una joven prostituta con cuya belleza se obsesiona —y la persigue poniendo en peligro su honorabilidad— para inmortalizarla en la cara de una Inmaculada. “Miraba la tierra para pintar el cielo”, hasta que un día se pregunta: ¿Pintar seres divinos con las facciones de mortales es una herejía?; es más: ¿tienen estos ángeles tan bellos un lado oscuro?, ¿provocan su hermosura, el color de su carne, deseos no piadosos? Sus dudas se acrecentarán al verse atrapado, junto con personas muy cercanas, en una turbia trama de lujuria y explotación que le hará conocer el lado más oscuro de Sevilla y dudar de su arte: “No era más que un farsante que pintaba a Dios para conseguir dineros”, se culpa.

Novela intensa que reconstruye con acierto la figura de Bartolomé Esteban Murillo, al que descubrimos como artista de religiosidad sincera y profunda, pintor de ángeles e Inmaculadas, pero también de la vida callejera, de los personajes que éramos, tanto que su pintura se podría considerar como un documental sobre la barroca y decadente Sevilla del XVII. La autora pone en boca del pintor una posible solución a la maraña de dudas que le atemorizan al final de su vida: “Quizá ha llegado el momento de hacer arte para el hombre. Contemplar la belleza por la belleza, sin que sea sagrada.”

Eva Díaz Pérez (Sevilla, 1971) es licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad de Sevilla. Es autora de las novelas “El club de la memoria” (Finalista del Premio Nadal 2008), Adriático (Premio Málaga de novela 2013 y Premio Andalucía de la Crítica 2014), El sonámbulo de Verdún, Memoria de cenizas (Premio Unamuno) e Hijos del Mediodía (Premio de narrativa El Público, de Canal Sur), así como de ensayos y guías literarias. Colabora con los periódicos Abc y El País, y en las revistas Mercurio y Andalucía en la Historia. Recibió el Premio Francisco Valdés de Periodismo Cultural, el Unicaja de Artículos Periodísticos, el Ciudad de Málaga, Universidad de Sevilla, Ciudad de Huelva, y en 2013 el Premio Feria del Libro de Sevilla por su trayectoria literaria.

Anuncios

Veintidós estaciones

13 May

M. Dolores Almeyda Domínguez

ÁVALON Narrativa. KARIMA Editora 

Una mujer es recluida por su familia en su pueblo natal como terapia de choque frente a una neurosis obsesiva por la limpieza, el orden, las normas y la perfección. Este es el pretexto que necesita M. Dolores Almeyda para incorporar reflexiones sobre el paso del tiempo utilizando una cuidada prosa poética. Ese retiro en una pequeña aldea minera de la sierra onubense, estancada en el tiempo, donde hasta el reloj está parado, le genera a la protagonista la necesidad de distraer la soledad recordando su vida y plasmándola en un cuaderno amarillo. Así nos enteramos que un error de juventud —la única intriga de la trama, que se va desvelando poco a poco sin causar impaciencia en el lector, por lo que ésta no se puede considerar una novela con estructura al uso—, la ha llevado a dejarse dominar, hasta la sumisión, por una madre controladora que le hizo adoptar comportamientos impuestos, y buscar la felicidad en modelos estereotipados y vacíos.

En este homenaje a la memoria, un “andar hacia atrás” como acertadamente lo denomina la autora, va hilvanando los recuerdos, con claros tintes autobiográficos aunque con estratos de indefinición, en capítulos que recorren sus amores de la niñez y juventud, sus amigos, las fiestas del pueblo y, por supuesto, su familia que prácticamente se centra en la poderosa imagen de la madre: “Mi madre era una gran señora. Ojeaba a mis pretendientes desde alguna perspectiva que yo ignoraba y estos dejaban de serlo de inmediato”. De esta manera se conforma la historia de una comarca andaluza en el siglo XX, las consecuencias de la guerra civil, sus cambios sociales y políticos en los modos de vida, en los de trabajo y producción de riqueza, la emigración del campo a la ciudad, las fiestas, incluso los más recientes cambios ambientales: contaminación del río —“Piedras incrustadas de amarillo hasta su más profundo ser por el amor del cobre”—, y la pérdida de biodiversidad en los bosques. Hay otros recuerdos y reflexiones que, por demasiado recientes y genéricos (corrupción política o problemas de la inmigración), no encajan en el tono global de la narración.

Utilizando el formato de diario intimista, M. Dolores Almeyda se recrea en la prosa, no en la trama, alcanzando momentos poéticos notables: “Recogeré la lluvia. Haré castillos de hojas después de ponerlas al sol para que se sequen y las dejaré expuestas al viento para que él los destruya”, párrafos en lo que aparentemente la narradora no realiza nada productivo, pero en su interior se están recolocando los recuerdos, y se está enfrentando a sus fantasmas. En el solitario monólogo, les pide cuentas a los amigos por las relaciones perdidas, a la sociedad por obligarle a asumir vergüenzas impuestas, a su madre por cortarle todos los caminos de realización personal y, por supuesto, a ella misma por haberse permitido tal grado de sumisión. Especialmente notorios para mí han sido los capítulos PIEDRAS dedicado a su infancia, los trabajos mineros y el río de Sotiel; y PÁJAROS, en el que compara a los bulliciosos y alegres gorriones con las mujeres del pueblo sentadas en el porche al atardecer, y además los convierte en los indicadores del tiempo, símbolos de la vida, que cambia y permanece a la vez.

Con esa preciosa imagen de la reconstrucción de la memoria: “… el hecho de vernos desde atrás, como si yo misma fuese alguien que caminaba en la misma dirección y detrás de nosotros mismos”, la mujer olvida sus obsesiones, se reconcilia con sus espíritus, supera sus miedos, comprende que está curada de sí misma aunque no sabe todavía si lo está de los demás. Pero: “Mi cuaderno está lleno y yo vacía. Ya puedo irme”.

 

Maria Dolores Almeyda Domínguez nació en Sotiel, un pueblo minero de la provincia de Huelva. Ha publicado los libros de poemas “Versos clandestinos” Nuño editorial ( 2011), “La casa como un árbol” Urania ediciones (2013), “Veintidós estaciones” Karima editora (2015), “Pequeños versos furiosos” Editorial Lastura, “Instrucciones para cuando anochezca” Anantes (2016). Participó en el libro colectivo “Pessoas, Veintiocho Heterónimos esperando a Pessoa” Karima editora y “Lus Sur” Urania Editorial (2016). Ha publicado el libro de relatos “Algunos van a morir” Urania, “El valle inacabado” Karima editora; “Mundos” Tau editores; “Dos flores de loto” Padilla, y “El sol no arde mejor en primavera” Encuadres (1918)

Trampantojo

6 Abr

Charo Jiménez 

Editorial Triskel 

Que la realidad y la ficción se confunden, es lo nos quiere transmitir la autora de Trampantojo. En la novela coexisten dos historias: la “imaginada” por una protagonista escritora, y la “real”, su propia vida. Charo Jiménez lleva ambas de la mano, vamos asistiendo en paralelo al crecimiento, adolescencia, primeros amores, madurez y finalmente vejez, incluso muerte, tanto de los personajes supuestamente reales como de los ficticios, pero, a lo largo de los años, unos y otros se miran, se reconocen, y se interpelan, como si de un espejo, o un trampantojo, se tratase porque la cuestión es: “entretejer la ficción con los hilos de la realidad, ¿o es al revés?”. Como si el yo real se ocultara para fabular, a partir de las experiencias, un yo deseado, porque: “Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes”, dice el alter ego de la autora.

En la historia “ficticia” Elena y Rosa viven una fuerte amistad forjada desde la niñez y la adolescencia, hasta la primera juventud, cuando Elena comete un acto de traición hacia su amiga. Esta culpa le perseguirá, le condicionará sus relaciones posteriores, las de su familia y, por supuesto, acabará con esa amistad que parecía a prueba de cualquier fuego. Mientras la escritora Teresa va creando —capítulo a capítulo la novela antes citada-, el lector descubre la historia “real” —denominada “Lo que el viento nos dejó”—, en la que también tuvo una amiga de la infancia, Irene, de la que sólo conserva sus cartas como un reclamo del tiempo, y un pasado del que tampoco se siente muy orgullosa. Algunos personajes: los familiares y el incondicional amigo César, permanecen idénticos en ambas vidas. La autora utiliza un lenguaje sencillo, pegado a la narración y de fácil lectura, lo que no le impide utilizar en ocasiones prosa poética: “No sé qué historias se habrá dedicado el viento a murmurarle a las aves esta madrugada de nidos desvelados”, prosa que se echa de menos en más ocasiones. 

Mientras se desgranan las dos historias, asistimos a reflexiones sobre la importancia del perdón, no solo hacia los demás sino hacia uno mismo; también del olvido que sana las heridas; el valor de la amistad y la familia por encima de cualquier comportamiento; y una cuestión a la que la mirada de un escritor siempre se enfrenta: la irrealidad del mundo real, o qué hay más allá de lo que vemos: “¿Recuerdas Irene? La vida es un trampantojo, nos decía tu padre (…) Una ilusión con la que quieren engañarnos haciéndonos ver lo que no es”. Un cuadro en el que la memoria y lo inventado se funden desde la verdad de la escritora. 

Charo Jiménez (Sevilla 1961), licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla, ha sido profesora durante más de veinte años en diversos Colegios e Institutos públicos de su ciudad y provincia. En palabras de la autora, y parafraseando a Julio Cortázar: “la literatura y yo andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos” Ha publicado las novelas “Trampantojo” y “Ara, como el río” ambas en la editorial Triskel. 

Cartas de Siracusa

17 Mar

LUCÍA FELIU

ED. ALMUZARA ARCOPRESS S.L.

Reconozco que nunca he sido muy aficionada a los thrillers históricos, por lo que me adentré en esta novela con reparo, sin embargo la perfecta descripción del trabajo científico en el laboratorio, así como el sugerente relato sobre los cristianos del siglo II, me engancharon a la trama histórica-científica-religiosa que comienza con el encargo del Vaticano a un equipo de científicos, para que certifiquen la identidad de tres corposantos, venerados como reliquias en diferentes iglesias de Italia. Pero será una, Santa Lucía de Siracusa, la que los llevará mucho más lejos de los que ellos pensaban, tanto en su trabajo como en sus vidas personales. Los expertos que se enfrentan al reto son: Francesco, sacerdote y erudito arqueólogo, comprometido con la pureza de la fe, que nos traslada con su sabiduría a la vida cotidiana y martirio de los primeros cristianos; Olivier, biólogo francés, extrovertido y vital; el jefe del equipo, Teo Valdés, prestigioso antropólogo forense, gran conocedor de las heridas tanto corporales como emocionales del ser humano, quizás de ahí su carácter huraño y contradictorio para los jóvenes, y a veces inexpertos, ojos de Ángela Blanco, bióloga del CSIC, huérfana de padres, criada por su tía, solitaria y volcada en su trabajo, que nos narra la historia en primera persona.

La novela comienza en media res tras un accidente sufrido por Ángela en Egipto, que nos sitúa de lleno en el conflicto, en la investigación científica que estaban llevando a cabo, y además presenta su relación amorosa con Teo Valdés. A partir de ahí, comienza el desarrollo de la historia que resulta ser una mezcla entre intriga criminal, investigación científica, historia de amor y metáfora histórico religiosa. La autora nos lleva por diferentes escenarios, desde Roma y sus catacumbas, a los asépticos laboratorios donde los protagonistas comienzan su búsqueda sin imaginar lo que les cambiaría la vida, las inundadas necrópolis de los coptos en Egipto, los lujosos salones del vaticano, los no menos lujosos de la alta sociedad parisina, el olor fresco de los pinos del Mediterráneo oriental, el de unas rosas muy especiales en un escondido valle cerca del Éufrates, pasando por Zahara de los atunes en Cádiz.

A lo largo de la narración se va sucediendo una trama, cada vez más intrincada, a la búsqueda de los orígenes familiares de Sata Lucía de Siracusa con una carta de León de Alejandría como única hoja de ruta. Es evidente que a tenor de mantener la intriga no resulta aconsejable descubrir nada del contenido de la carta, pero apuntaremos que en ella se hace mención a un oficio artesanal clave para la resolución del enigma. Enigma que se ha complicado más allá de la rutinaria identificación de unos corposantos. La voz en primera persona de Ángela Blanco no narra también su propia historia, vemos que tras su eficiencia profesional se esconden miedos e inmadurez afectiva; y asistimos a la superación de esos miedos a través de la entrega y la confianza en el otro, en lo que el amor significa de conocimiento y desarrollo personal, de liberación emocional.

Posee la autora capacidad para que se acumulen los datos, las preguntas sin resolver y conseguir que el lector continúe leyendo, con un estilo sencillo y fluido, y un equilibrio entre los diálogos y las explicaciones técnicas —en las que utiliza con acierto a Francesco para las teológicas-históricas y a Oliver para las científicas—; y ha realizado un magnífico trabajo de documentación, de forma que nos sumerge en las pruebas forenses, en los paisajes, en los entornos históricos, o en la vida de los primeros cristianos con fiabilidad y precisión. Pero, a mi entender, se ha centrado demasiado en este objetivo —repito: conseguido con creces—, por lo que tanto en la estructura de la trama —la resolución final es acelerada para la dinámica del resto de capítulos—; como en la construcción de los personajes —la historia de amor antes mencionada no muestra suficientes matices—, se percibe cierta falta de atención.

La descripción de los trabajos científico y las intrigas palaciegas, en el más amplio sentido del término, son importantes, pero donde la autora nos quiere llevar realmente es a cuestionarnos las causas de la pérdida de la fe, así como al papel jugado por la iglesia en ello, porque Lucía de Siracusa y León de Alejandría son piezas clave en la resolución del enigma, pero también se terminan convirtiendo en un referente moral para los investigadores, aunque se declaren ateos. La absorbente intriga irá más lejos: a denunciar las implicaciones de la tecnología y las empresas en el futuro del planeta, y nos muestra como los humanos seguimos batallando con los mismos anhelos y esperanzas que los cristianos del siglo II.

Lucía Feliu Zamora, licenciada en Filología Inglesa, realizó estudios de posgrado y cursos de especialización en Guildhall University, Londres y Portobello House Internationa School, Dublín, además de en la Universidad de Toulon, Francia. Ha vivido largas temporadas en países como Irlanda, Inglaterra, Francia, Grecia, Turquía, Italia y Marruecos, y en la actualidad es profesora de Inglés en un Instituto de Enseñanza Secundaria en Sevilla, ciudad en la que nació. Desde niña escribe cuentos, microcuentos y relatos, y ya adulta, se adentra en los lindes de la novela con títulos como Blue Moon, El secreto del Maloca, o El Faro de Beaumont Place, entre otros. Su gran pasión junto a la escritura es viajar, y consigue refundir amabas en su oficio como narradora.

Hasta que sea verano

14 Ene

Ignacio Arrabal

Editorial Anantes

El paraíso puede convertirse en un infierno y los juegos de la niñez en tragedia, cuando la maduración se produce a la fuerza y de forma dolorosa. En “Hasta que sea verano” Ignacio Arrabal narra una historia de desarrollo, la del cambio durante el verano de un grupo de jóvenes, amigos desde la infancia, hacia la edad adulta sin vuelta atrás posible. Pero también es —y esto es lo que me ha parecido más interesante— una reflexión sobre cómo se construye la memoria, cómo las vivencias recordadas condicionan los años posteriores: “La desilusión y la tristeza de su presente, y que lo acompañarán en su futuro, son fragmentos sueltos de su pasado”.

En una playa del sur llamada Cala del Diablo, varias familias de Madrid veranean juntas, sin apenas mezclarse con los lugareños, desde hace años. Es un mundo amable, conocido, donde los roles sociales están bien establecidos. Esta supuesta estabilidad se ve amenazada por la llegada de unos nuevos veraneantes, una familia francesa —extranjeros, lo desconocido, lo anhelado, lo que no sabes que quieres pero aparece— que como catalizadores inevitables, van a poner en evidencia las fisuras de su amistad e incluso el bienestar y equilibrio de sus vidas familiares.

La energía vital del sexo es uno de los elementos de la trama. El personaje de Fabien destapa identidades sexuales reprimidas en una sociedad llena de prejuicios, y el de Sophie, objeto de deseo por el que todos suspiran, lo encarna como forma de comunicación pero también de jerarquía y dominio en el grupo. Javier es el líder al que todos admiran y se someten porque tiene una seguridad —en una discutible escala de valores, pero él sabe muy bien lo que quiere— de la que los otros carecen: “Un hombre que mira la vida como si la vida le debiera algo”. En este proceso de desarrollo, la inmadurez significa moverte entre la duda y la indecisión paralizante, cuya viva imagen es Alonso, el narrador, del que asistimos a su enfrentamiento con situaciones, en ocasiones dramáticas, que lo obligan a definirse y que él afronta con escaso éxito: “Me sumí en el silencio y dejé que la duda y la rabia se convirtieran en rencor y luego en odio”.

El ambiente de verano, muy bien reflejado por el autor, nos sumerge en los baños de mar y sol, en las tardes lánguidas y sexo fácil en Cala Diablo, espacio que simboliza la infancia, un paraíso que se va volviendo infierno conforme la historia avanza, hasta convertirse en el perdido. Entre los miembros se generan historias de amor imposible, bien por convenciones sociales, por represión o por la no correspondencia, hasta que el primer muerto altera definitivamente sus visiones aniñadas de la vida: “… si allí quedaron enterradas nuestras vidas vírgenes… y los recuerdos se bajan con el tren en marcha”.

Pero no todos en el grupo van a enfrentarse a los hechos, y sobre todo a los recuerdos, de la misma manera. Es este un aspecto, el cómo se realiza la construcción de la memoria, en el que el autor también ahonda —lo que sintió el personaje entonces, y lo que en realidad había tras haberlo descubierto al cabo de los años— de forma inteligente: “Es como si los recuerdos quisieran insinuarme que había algo escondido en esas pequeñeces a las que no le dimos la debida importancia”. De hecho la reconstrucción exhaustiva de aquel verano es el hilo conductor de la narración, llegando a la conclusión de que los recuerdos pueden impedir tener una vida adulta plena: “No le asustaba tanto sufrir como recordar”.  En resumen, una lectura recomendable con la que nos sentiremos identificados.

Ignacio Arrabal (Sánlucar de Barrameda, 1973) es autor de los volúmenes de poesía La palabra tiempo, La superficie del aire, Los sueños intactos, y La luz inversa, obteniendo premios como el Ángaro, Santa Teresa de Jesús o Paul Beckett. En 2014 publicó una selección de relatos bajo el título Las vidas invisibles y en 2016 debutó como novelista con El rasgo suplementario.

Ejerce la crítica literaria en revistas especializadas y en Diario de Jerez

LA VUELTA AL DÍA

17 Dic

Hipólito G. Navarro

Páginas de Espuma

Tras doce años sin publicar, en barbecho como él mismo reconoce, Hipólito G. Navarro nos trae “La vuelta al día”, veintiún textos de temática variada que ha sido merecedora del Premio Andalucía de relato. En un prólogo-cuento inicial el autor nos relata los criterios que utilizó para agruparlos en secciones: los escritos y reescritos pero guardados en el cajón, los realizados por encargo, los que surgieron bajo la influencia de determinadas personas, o los que proceden de su más íntimos pensamientos y recuerdos. En todos ellos aparecen dos características que ha mostrado desde el comienzo de su carrera literaria: el humor —la sana capacidad de reírse de uno mismo, fealdades, incompetencias, fracasos amorosos y torpezas varias—, que además lo salva de situaciones amargas; y por otro lado un material autobiográfico —el despertar a la sexualidad y a la lectura, los amigos de la adolescencia, el padre…, en la Sierra de Huelva, su Macondo particular— que como el autor reconoce: “es muy fuerte en esta obra y sobre todo el último conjunto de cuentos”.

Entre los veintiún relatos, me parece interesante reseñar:

  • Verruga Sánchez” dónde desarrolla la hipótesis fantástica de qué pasaría si la sabiduría, la personalidad, incluso la voz, de alguien dependiera de una desagradable verruga, que conforme esta creciera lo hiciera también el encanto personal. Una caricatura del complejo de feo, que recuerda al mito bíblico de Sansón con su melena, y que a la postre no reconforta porque en la fealdad puede estar el tan buscado sentido de la vida.

  • Los artistas cautivos” es una lúcida crítica al tipismo, a la categoría de indígenas en que los andaluces nos hemos convertido, como consecuencia de la reverenciada industria nacional: “Esta aldea es poco menos que una comuna de funcionarios con antifaz”. Idea que se repite en “Puentes, acueductos” donde los pueblos de la sierra son parques temáticos: “Pasados dos o tres minutos la actividad aldeana es total”, pero como todo trabajo, ser figurante costumbrista también cansa: “Aguantan aún el tirón de los fines de semana, pero no están ya para muchos puentes”

  • En “Tantas veces huérfano” nos narra la historia de la llegada de la electricidad a la aldea del padre, pero cuando esta se ilumina a él se le apaga la vida. En este trágico relato, Hipólito G. Navarro utiliza con maestría la pantalla de la TV del bar para describir el ambiente, para conectar con los movimientos de los personajes, para crear un ambiente aterrador a la vez que onírico, hasta que el niño termina: “…viendo pasar veloces las caras de estupor de los vecinos como si ellos dos fuesen montados en un tiovivo”.

  • Mucho ruido y pocas nueces” es una alegoría del mundo del teatro, en concreto el de Chespir —así escrito— y un homenaje a Borges.

  • Luis Tristán, pintor de fondos”, relato realizado por encargo con motivo de una antología de relatos sobre El Greco, es un precioso homenaje a la serranía de Huelva. A partir del personaje de un cuadro reconstruye toda su posible historia —de amor por cierto, como muchas otras que aparecen en la obra—, en lo que podríamos considerar un relato histórico, lo que aumenta la versatilidad del autor.

  • Los otros Tiresias y Clariclea (variaciones pornoeróticas sobre una obsesión astriciliana)” nos traslada al “Orlando” de Virginia Woolf, mucho más disparatado, en la que se nos enseña un muestrario de investigaciones y posibles inventos para transformarse en mujer.

  • Los dos últimos “La vuelta al día”, narra los recuerdos de su adolescencia en el pueblo; y finalmente el emotivo relato “La poda y la tala de los árboles frutales” sobre su padre alcohólico, que le inculcó amor por los libros, por un único libro. “Hay demasiada autobiografía en estos cuentos, me temo (…) sobre todo en la última sección, la que presta su título al libro, ahora me veo demasiado desnudo”, reconoce.

Hipólito G Navarro es uno de nuestros cuentistas más reconocido, tanto por reflejar los huecos del alma mediante grandes verdades dichas con sencillez y humor: “Unos oficiales se especializan en escalas de cuerda, con estribos, y otros en escalas de valores, con todos sus peldaños mismamente metafísicos”, como por su capacidad para generar un estilo novedoso, a veces caricaturesco hasta el esperpento, porque no se trata de sobre qué contar, sino de cómo hacerlo, de ser singular. Domina la técnica narrativa de fabricar cuentos redondos (“Las estampas del timo”), de generar intriga con pocas palabras (“la maldita operación”, “las escopetas pueden estar oxidadas o no”), o con una escalada de preguntas retóricas que desembocan en el mayor desastre (“La excusa termodinámica”), o en finales sorpresivos (“Ligamentos” y “En el fondo de la memoria”), sin olvidar la poesía por ejemplo en esta preciosa descripción de un hormiguero: “… un pequeño volcán en miniatura hecho de finísimas partículas de entusiasmo”.

El recuerdo —volver al corazón— y la memoria, como el autor bien sabe por su formación científica, son una construcción del cerebro, un sistema de conexiones nerviosas que se mantienen o se pierden, que interactúan entre ellas hasta dar el relato que nos contamos a nosotros mismos, para lo que la literatura resulta un gran aliado. Tan equivocado sería decir que la obra de un autor es solo la proyección de su biografía, como que esta no importa. Pero nuestra memoria no es solo nuestra, es compartida, así que animo al autor a que continúe escarbando en ese fondo porque como él opina lúcidamente: “El oficio a la postre solo sirve para disimular un poco y que no se descubra tan a las claras la autobiografía”. Oficio demostrado, que sus lectores queremos seguir disfrutando.

BIOGRAFIA

Hipólito G. Navarro (Huelva, 1961) es autor de los libros de relatos ‘El cielo está López’ (1990), ‘Manías y melomanías mismamente’ (1992), ‘El aburrimiento, Lester’ (1996), ‘Los tigres albinos’ (2000) y ‘Los últimos percances’ (2005) ‘Mario Vargas Llosa NH’ al mejor libro publicado; y de la novela ‘Las medusas de Niza’ (Premios Ateneo de Valladolid 2000 y de la Crítica andaluza 2001). Con la antología ‘El pez volador’ (Páginas de Espuma, 2008), preparada por el escritor Javier Sáez de Ibarra, recibió el Premio ‘El Público’ de Narrativa 2009, otorgado por los periodistas culturales de Andalucía. Durante los años 1994 y 2001 editó la revista ‘Sin embargo’, dedicada al cuento literario. Asimismo, fue el responsable de la edición de los cuentos completos de Fernando Quiñones, ‘Tusitala’ (Páginas de Espuma, 2003). Sus relatos, traducidos a diez idiomas, están recogidos en numerosas antologías del género en Europa y Latinoamérica.

Madeira 3: Grutas de Säo Vicente y costas.

30 Nov

Tras cruzar hacia el norte la Sierra de Água llegamos a las Grutas de Säo Vicente. En este centro volcánico la Geología se ha hecho parque temático, con bajada a los infiernos del núcleo —una enorme bola incandescente cuyos destellos se parecen a los de las lejanas estrellas— y con máquina del tiempo que nos traslada hasta el origen volcánico del archipiélago, incluidas. Tras la interesante explicación divulgativa, realizamos un paseo de 700 m por los túneles que la lava formó en su descenso hacia el mar: al solidificarse la parte exterior más rápidamente, como una costra, que la interior, por donde la lava continuaba fluyendo, tras la erupción han permanecido unos perfectos tubos que se pueden recorrer,  con la ayuda de escalones y senderos construidos al efecto. El ambiente es húmedo y frío —los visitantes más optimistas tienen que abrigarse con sus toallas playeras— pero en este mundo rocoso y oscuro, existen cristalinos lagos azules y han crecido algunos helechos junto a la luz de los focos.

Descendemos hacia la costa sur oeste —con una nube pinchada en Sierra de Água durante muchos kilómetros y el frío todavía metido en la espalda— por magníficos y continuos túneles construidos para salvar las vertiginosas pendientes que descienden hasta la orilla. Esta zona es la más turística de la isla, así que todo son facilidades para el primer motor económico, para que el turista pueda llegar desde aeropuerto de Funchal a los hoteles playeros en menos de cuarenta minutos. Un sol implacable, que nos libera de todo el abrigo que fue necesario para pasear por las profundidades volcánicas, y un mar azul, invitan al baño, como lo están haciendo los todavía numerosos turistas que llenan la playa de Calheta, cuyo nombre intenta recordar a la de Cádiz pero es artificial: fabricada con arena blanca traída del Sáhara, mucho más chica, y no tiene ni barquitas pesqueras ni castillo, sino anglosajones jubilados y familias rusas. A los que desde luego ahora mismo envidiamos. ¿Cómo es posible este cambio de clima en solo 30 Km de distancia?

Al atardecer llegamos a la península de San Lorenzo, situada en la costa este —y que se prolonga bajo el mar hasta las Desertas— tras atravesar un conjunto residencial de casitas populares portuguesas, con tejas rojas y piedras enmarcando las ventanas, imagino que el equivalente a nuestros tópicos pueblos marineros blancos. La vegetación es propia de zonas áridas —algún pino, algún cactus— escasa, e inexistente al final de la península. Ni rastro de los exuberantes bosques de las zonas altas.

La luna llena asoma ya tras los promontorios rojos y ocres que, como unos gigantes inoportunos, salen del agua; hay bolas de lava rodando por las laderas; reconozco basaltos, diabasas, pumitas…; farallones verticales caídos desde los acantilados, mientras las olas siguen golpeándolos, rompiéndolos, decenas de metros bajo nuestros pies. La falta de vegetación, las rocas desnudas, el color del cielo, evocan una sensación de soledad y desolación intensa, como la de estar en un mundo extraño… ¿quizás en Marte? Se me ocurre pensar que si un náufrago llegara a estas costas, después de la alegría de gritar “¡tierra!”, pensaría que más le valiera haber seguido en el mar, porque no hay manera de ascender por esos imponentes acantilados.

Al llegar al hotel encuentro en internet una leyenda sobre unos enamorados ingleses que durante la Edad Media —es decir, antes del descubrimiento del archipiélago— huyeron de sus familias porque no aprobaban su noviazgo, ella era de origen noble, y embarcaron hacia Francia. Pero una terrible tormenta desvió la nave, provocó el naufragio, y fueron a parar a las islas Desertas donde, como su propio nombre indica, no hay nada de nada, en las que… murieron de enfermedad y hambre. Ella primero, él a los pocos días, pero antes levantó una cruz donde dejó escrita su triste historia.  Fueron sus huesos los únicos restos humanos que los primeros colonos portugueses encontraron a su llegada a la isla. Murieron, pero imagino que viendo unas puestas de sol preciosas, sobre afiladas rocas rojas y un limpio mar azul.