Velocidad de los jardines

13 Abr

Eloy Tizón

Páginas de Espuma

Leer Velocidad de los jardines te devuelve al estado de asombro literario, pues sin recurrir a palabras exquisitas, pero sí precisas y sugerentes, el autor consigue transmitir emociones y reflejar atmósferas: «Una sombra fría de color té va descolgándose desde los hombros de los árboles hasta el amarillo humillado de las margaritas», con profundidad y belleza. Pero este libro también es un regalo íntimo, que aborda el inevitable paso del tiempo, los recuerdos y la añoranza del pasado, temas ineludibles para el ser humano, llegando a alcanzar la definición que del relato hace el propio autor: «Te leen a ti. Un buen cuento es un acelerón de la mente». Y cuando esto ocurre, además de disfrutar de la lectura, te enamoras del libro.

Su primera edición fue en 1992, y veinticinco años después (2017) se produjo la reedición, añadiéndole un prólogo, que ahora tenemos entre las manos. No solo no ha envejecido mal, es que ha crecido y se ha convertido en un clásico contemporáneo. Es un libro para no parar de subrayar, con asociaciones sorprendentes: bañeras forasteras, duchas resentidas, maletas boquiabiertas, cafeterías delictivas… ―y podría seguir poniendo ejemplos soberbios―, que generan imágenes llenas de expresividad, a veces hiperrealistas, casi siempre oníricas, quizás con la intención de atraparlas pues él mismo anhela: «Congelar la imagen para congelar el tiempo». Los relatos tienen una estructura muy sencilla ―el autor admite preferir la lírica a la épica― de forma que la interpretación poética de la realidad refleja lo que hay más allá, lo imposible de explicar, lo inefable: «…los mozos de cuerda sorteando cada charco, tiene algo de baile de máscaras en un jardín zoológico»; en ocasiones con cierto aire de teatralidad: «En el reflejo del vidrio, el bar duplicado parecía más alegre.»

El prólogo Zoótropo. Biografía de un libro es un magnífico relato autobiográfico que tiene tres hilos conductores: la sociedad española en los años 60 al 90: «Había más bingos que bibliotecas. Más salones de bodas que galerías de arte»; la historia de este libro, y el nacimiento del escritor, el proceso por el que Eloy Tizón se va identificando con el oficio: «Con esta mezcla de gracia y bricolaje que es la escritura», y reconoce qué es y qué no es Literatura. De hecho el lector se asombra de que un libro de esta calidad fuera escrito a edad tan temprana. Así mismo el autor nos da valiosas lecciones de creación literaria: «Algo auditivo, sonoro, filarmónico. Eso es literatura»; incluso fórmulas matemáticas: «Cuento = rigor técnico + compasión humana»; o nos confiesa sus estrategias: «Escuchas sin pausa “Take This Waltz de Leonard  Cohen para entrar en su ritmo y  adoptar su cadencia», pues para él «aprender a escribir es aprender a sintonizar».

Como se ha dicho, el tema que sobrevuela todos los relatos es el inevitable tránsito del tiempo y la nostalgia de un pasado que no volverá: «Nuestro pasado va siendo engullido en pedazos por el vagón mercancías», mostrado en diferentes escenarios. Entre ellos:

―Las zonas deprimidas de la ciudad, metáforas de la propia soledad y decrepitud: «Edificios en demolición parecen enormes caries dentales». En el relato Austin, un profesor conduce en Nochevieja por carreteras del extrarradio, solo y borracho: «Miró al espejo retrovisor y saludó al joven Austin de los veinte años». O en el magnífico Los puntos cardinales, narrada en primera persona por un viajante de comercio taciturno que debe alojarse en «apartamentos con vistas a un anuncio de Cinzano». O bien Cubriré de flores tu palidez, donde un marido abandonado observa en un bar a una muchacha pálida y drogadicta, con un vestido de flores: «El mundo aúlla por amor mientras se destroza».

―La familia como germen de los recuerdos: Escenas de picnic relata amores incestuosos: «Hermana mía, tu desnudo esmalta mis insomnios»; o Los viajes de Anatalia, en el que una familia con la hija enferma atraviesa en tren Europa durante la guerra; y Familia, desierto, teatro, casa: Bernardo estudia matemáticas en casa de Mabel, donde pasaban cosas raras y «olía a medicamentos maltrechos, a bombillas fusiladas».

―Los recuerdos pueden ser inventados y eso tiene mucho que ver con el proceso de creación literaria como  En cualquier lugar del Atlas donde dos escritores están obsesionados con una inmigrante, Klara, y sus amigos que viven en los cementerios: «esos sembrados de calcio». O bien con los escritores de referencia del autor, por ejemplo Carta a Nabokov.

―Unido al desasosiego del envejecer, viene la añoranza por la juventud perdida, que se nos muestra en los relatos de amores adolescentes La vida intermitente: dos compañeros de COU, «juntos y resumidos», en un mundo joven y perfecto, o quizás en un decorado: «Un museo de gestos con risas del pasado». Y por supuesto el relato que da título al libro Velocidad de los jardines que narra los problemas amorosos a la par que los contenidos de 3º BUP: «…en aquel momento nos parecía tan importante como el asesinato del archiduque de Sarajevo y el cálculo integral juntos», lo que refleja magníficamente la vida en un instituto y la mente del estudiante. Al aumentar los años aumenta la velocidad de la vida, pero esa capacidad cinética también la tiene Olivia Reyes: «Todo adquiere un ritmo, una velocidad diferente cuando la puerta se abre y entra en clase Olivia Reyes».

―Y para cuando el peso del pasado se descubre limitante, el magnífico relato fundacional del libro, Villa Borguese: Bruno y Eva se cruzan, se miran pero no se hablan, «cuando Eva caminaba, estaba sentada sobre su maleta»; «Bruno se refugiaba en el parque cada tarde como en un gran islote verde de paz y rencor», mientras las tatas condenan a merendar a sus pupilos y el sol se descuelga de los árboles.

La velocidad que imprimen los años no le han impedido al autor contar estas historias con lentitud, macerando cada frase, enhebrando «todos los jardines que te vienen a la memoria desde tu infancia». Quizás para exprimir el tiempo, quizás para atrapar lo inasible, los cuentos de Eloy Tizón nunca se acaban, «ningún cuento está completo si no le falta algo». Esa tarea se la deja al lector. Pero en eso se reconoce a la buena literatura, en la capacidad de transformar el material que atraviesa, para encontrar en cada uno la milésima parte que tenemos de únicos.

«Escribir, como vivir ―como leer buena Literatura, añado yo― siempre deja cicatrices».

Reyes García-Doncel

Eloy Tizón (Madrid, 1964) Reconocido autor de tres libros de cuentos: Técnicas de iluminación (2013), Parpadeos (2006) y Velocidad de los jardines (1992 y 2017); de tres novelas: La voz cantante (2004), Labia (2001) y Seda salvaje (1995); y del ensayo literario Herido leve. Treinta años de memoria lectora (2019).

Ha sido incluido entre los mejores narradores europeos en la antología Best European Fiction 2013, prologada por John Banville. Sus obras forman parte de numerosas antologías y han sido traducidas a diversos idiomas.

 Colaborador asiduo en medios de comunicación desde joven, durante cuatro años mantuvo en El Cultural la columna Vértigos.

Ha impartido numerosos talleres de narrativa, en centros como La Casa Encendida, Fuentetaja, Festival Eñe, etc. En la actualidad imparte un taller de narrativa breve en Hotel Kafka y otro de lectura crítica en Ítaca.

Biografía con libro.

15 Mar

Corrían los años 70, en los últimos estertores del franquismo, cuando los sonidos del silencio se oían nítidos junto a los de cantautores solitarios con sus guitarras, cuando Leonard Cohen era partisano y maxis y minis invadían las calles, cuando a nuestra España gris llegaban los ecos del nirvana y de Acuario, yo descubrí a Rabindranath Tagore, que se alzó sobre otros ecos, los gitanos de Lorca y los marineros de Alberti, que en esos momentos recitaba. Si los poetas andaluces estaban en mi piel, respiraban en mis entrañas porque además de en los libros yo los oía en las voces de mi casa y mi colegio, en la calle, eran la corporeidad y sensualidad de mi propio mundo, Tagore fue un destello de levedad, de volar por encima de esa realidad. La cosecha, de la editorial bonaerense Losada, llegó a mi vida el año 1972 unida a cánticos en sánscrito y varitas de incienso, rodeada de palabras románticas como liberación y paz en el mundo, en esa época donde crees tener todas las respuestas. Su espiritualidad, la sensualidad ―de otro tipo― de su lenguaje con imágenes serenas, su búsqueda de la belleza, su conexión con la Naturaleza me abrió otra forma de enfocar, me acompañó hacia otra perspectiva y, sobre todo, marcó el inicio de un camino que, abandonado y retomado a lo largo de los años, siempre ha sido definitorio en mi vida. La cosecha reúne aforismos, poemas, y relatos líricos, una suerte que fuera mi iniciación en este prolífico poeta, Premio Nobel de Literatura 1913, pues se puede considerar un compendio de casi todos los géneros que trabajó.

“Ya estaban extinguidas todas las lámparas y cerradas todas las puertas de los hogares. Y el sucio cielo de agosto ocultaba el fulgor de todas las estrellas”.

Pasaron los años. En la vorágine de la juventud productiva, tanto laboral como biológica, me olvidé de su tierna búsqueda de la espiritualidad ―donde la amada es el alma, en el más puro estilo de San Juan de la Cruz―, además durante el desmantelamiento de la casa paterna lo perdí. Pero ahora que lo años vividos se imponen a los por vivir, y me encuentro instintivamente haciendo balance, me ha resultado necesario que este libro volviera a mi vida, así que en un ejercicio de justicia divina, como una restitución necesaria para recomponer mi historia, o quizá por la ilusa pretensión de recuperar la mirada adolescente, lo busqué en Iberlibro, y lo encontré ―rubricado con el nombre de otra mujer, en otro año diferente―, ya de nuevo es mío, y ocupa su lugar imprescindible en mi biblioteca. 

“Tú hiciste lijeros tus vientos, y tus vientos son lijeros en servirte. A mí me cargaste las manos, porque yo mismo las alijerara, y yo he ganado para tu servicio la ingrávida libertad.”

Al cabo, su voz suave ha vuelto a acompañarme e incluso ha sido capaz de inspirarme algunos versos.

Reyes García-Doncel

BAJAMARES

13 Feb

Antonio Tocornal

Ediciones Insólitas

Hay libros que no basta con leerlos una vez, que antes de acabarlos ya sabes que tendrán una relectura, libros que agradeces tenerlos entre las manos como quien ha descubierto un tesoro inesperado. Bajamares de Antonio Tocornal es uno de ellos, del que me atrevo a hacer esta reseña a sabiendas de que habrá capas de comprensión y facetas de la historia que se me quedarán atrás, pues tal es la cantidad de símbolos que aparecen y tan bien narrado el relato.

La novela se desarrolla en Roque Espino, un islote inhóspito  rodeado de farallones que se ha cobrado muchas vidas a lo largo de los años. A la necesidad imperiosa de un guardafaro responde el protagonista, con la condición expresa de que nadie pise la isla, salvo el barquero que cada quince días le lleva los víveres y útiles necesarios. Y en este escenario isla, el autor despliega  un espléndido relato sobre un hombre también isla que, al igual que su hábitat rocoso, está rodeado por abismos personales.

       Cinco voces a coro nos conducen por un texto onírico y poético, a veces duro y soez, a saber: la voz del guardafaro ―que repasa su vida desde que siendo muy joven se hizo cargo del faro, pero no en una forma de tiempo lineal, sino circular, como corresponde a un hombre que se rige por los ciclos de la naturaleza―; la voz del barquero ―el único ser humano en contacto, que nos va descubriendo la extraña relación que mantienen ambos―; la voz de un narrador omnisciente, una sucesión de documentos oficiales sobre diversos temas y finalmente un largo lamento de la madre muerta. Ni el guardafaro, ni el barquero, ni por supuesto la madre muerta, son narradores creíbles pues ocultan, cambian e incluso inventan hechos, pero frente a ellos el autor utiliza al narrador omnisciente y a los documentos, de forma que su lejanía proporcione la fiabilidad necesaria, y muestre que no todo es como aparenta en la mente del farero. Además esta alternancia de perspectivas le da agilidad al relato de un hombre solo en una isla lejana, lo que podría convertirse fácilmente en un monólogo agobiante.

Pero no ocurre así, pues es una delicia dejarse llevar por la prosa de Tocornal, por su maestría en el uso del lenguaje, por las imágenes que despliega, y asistir a través de los ojos del guardafaro a las pleamares y bajamares, a las noches estrelladas: el negro del mar y el negro del cielo se funden en una noche sin luna a través de la costura de un horizonte ciego que es como una cicatriz, al canto de algún grillo osado que llegó enredado en la tela de su viento, a los cambios de estaciones. Asistimos a pasajes escatológicos ―magnífica y valiente descripción del acto de defecar―, eróticos ―precioso el del árbol de las novias―, o violentos, pero siempre envueltos en olores, luz y sabores capaces de crear un estado de ánimo en el lector y un ambiente perfectamente creíble, sin necesidad de un argumento complicado, solo al compás de las mareas y los años.

Los “personajes” que acompañan al guardafaro durante toda su vida son: un perro ―con ojos de persona y que no envejece―; miles de omnipresentes lagartos: diablos subalternos (…) parecen una lengua movediza que siempre va unos pasos por detrás, como el manto verde y vibrante de algún rey excéntrico; los náufragos enterrados en el Cementerio de los Pies fríos: como si el mar reclamase para sí, dos veces al día, los cadáveres que se había cobrado, que él se preocupa de acondicionar: Me gusta la dignidad, la poesía y la tragedia que encierran los naufragios; un cangrejo ermitaño y aristocrático metido en una caja de oro con incrustaciones; los graznidos de las gaviotas, como una coma o un punto y coma en el cielo; el árbol de las novias; la ballena con la que tiene un vínculo ancestral, como si fuesen de alguna manera miembros de la misma familia… Y un voluminoso diccionario enciclopédico. Resulta contradictorio, y a la vez esclarecedor, que una persona tan huraña y asocial tenga ese amor por las palabras, aunque no le ponga nombre propio a nada de lo que le rodea porque… el único que podía nombrar las cosas no tenía quien lo escuchase. Cada día él las estudia y eso le mantiene su condición humana. Memorable el pasaje de las ballenas flotadoras y las palabras navegando por el mar, preciosa metáfora del lenguaje: en la encrucijada movediza de un mar lejano y entre ellas formaban una frase breve en el tiempo.

El autor lleva al límite las condiciones de vida, pero el guardafaro ama la naturaleza, su islote y su soledad: Allá afuera parece que siempre tuviera una cita conmigo mismo a la que no hubiera prisa por llegar, porque a pesar de la dureza, ha sido capaz de crear un universo que incluye un camino hasta las antípodas donde habita su otro yo, en un faro idéntico, por cuyos mares también habrá navegado la ballena. Además tiene lo más importante: ¿Hay alguien más rico que el que se puede permitir perder su tiempo sin sentirse culpable por ello?, porque como repite a lo largo del texto:el tiempo en el Roque no significaba gran cosa. Un hombre con la experiencia de años en leer los signos del viento y del mar, que conoce cada mm de roca, es muy creíble que diga: Nada es eterno, ni lo bueno ni lo malo, y que los días en rojo de su calendario no sean los oficiales sino aquellos en los que ha disfrutado de algo especial, por ejemplo la llegada de una botella con la marea. En ese tiempo eterno se abre la Posibilidad, siempre en mayúsculas porque lo completa todo, es el destino, el camino que se bifurca… o no.

Los problemas existenciales y metafísicos que plantea el autor conviven con historias de naufragios y con un halo de libro de aventuras: aparte del obvio Robinson Crusoe, revivimos el Viaje al centro de la Tierra, y la idea del doble, de las vidas paralelas mientras se sueña, como en Antes de Adán. Sin olvidar el humor que intercala de forma elegante, como la ecuanimidad del farero con las ramas de levante y poniente en el árbol de las novias, la actitud supuestamente solemne de los lagartos del cementerio, o la historia del alcalde innovador.

A la vejez del guardafaro se descubre su trágica y espantosa historia familiar, y se intuyen los motivos por los que decidió recluirse en la isla, la huida como opción vital. Toda la familia de palabras que incluyen amor, amistad, cariño, afecto… No me salen. Y al final la ballena, con su sabiduría ancestral grabada en la retina, vendrá en su auxilio para proporciónale el único lugar donde puede encontrar la paz.

Antonio Tocornal nació en San Fernando (Cádiz). Cursó estudios de Bellas Artes en Sevilla y tras una larga estancia en París (1984-1991), se instaló definitivamente en la isla de Mallorca. Actualmente se dedica exclusivamente a leer y a escribir. Compagina esas actividades con la realización de informes de lectura para escritores, correcciones de estilo, así como asesoramiento personalizado para narradores y clases particulares de escritura creativa. Es colaborador en las revistas Moon Magazine y  RSC Culture Magazine. Publicaciones: La ley de los similares (novela) Editorial Dauro. 2013; La noche en que pude haber visto tocar a Dizzy Gillespie (novela). XXII Premio de novela «Vargas Llosa». Editorial Aguaclara. 2018; En el paréntesis del mundo (relato). Premio «Ignacio Aldecoa» de la Diputación Foral de Álava. 2020 ; Bajamares (novela). XIX Premio de novela corta «Diputación de Córdoba». Editorial Insólitas, 2020; Pájaros en un cielo de estaño (novela). Premio «València» de Narrativa en castellano Alfons el Magnànim. Editorial Versátil. (Publicación prevista para diciembre de 2020); Numerosos relatos en antologías, revistas y revistas digitales.

La forastera

11 Dic

Olga Merino

Ed. Alfaguara                                  

Además de los genes y las posesiones, se heredan algunos actos, y sus vergüenzas, como si con la memoria familiar se transmitiera de una generación a otra el ADN de un patrón de conducta, tan inevitable como una enfermedad. Esta es la hipótesis que le sirve a la autora de esta magnífica novela para reflexionar sobre los motivos que impulsan al suicidio: “como un comportamiento aprendido. Alguien entre los familiares o en el entorno próximo se quitó la vida y ese suicidio persiste en la memoria”; como una de esas cosas que se mete en la sangre y los miembros están abocados a cumplirlo: “Los que se matan están arropados por otros muertos, por la tradición agónica de quienes los precedieron”; suicidio por desamor, por el peso de un secreto, porque el mundo conocido se acaba, o porque “se lo comía la tristeza, y sus muertos lo llamaron” en algunas familias el suicidio es un destino inexorable.

Ángela, protagonista y narradora de La forastera, es una mujer madura que regresa de Londres, tras una traumática ruptura amorosa, al pueblo del que sus padres emigraron, una tierra de olivos, frutales, huertas y cereal, pueblo del que jamás se dice su nombre y que podríamos situar en la campiña del alto Guadalquivir, en busca de lo que ni ella misma sabe muy bien: “¿En qué malgasté mi vida? ¿De qué iba huyendo?” Vive en El Hachuelo con la única compañía fiel de sus dos perros, y la ocasional de dos inmigrantes, jornaleros del cortijo Las Breñas, propiedad de los terratenientes, los Jaldones, con los que mantiene una antigua disputa por el robo de las tierras a su familia, los Maroto. Tras la aparición del amo Julián Jaldón ahorcado, se produce una sucesión de acontecimientos, entre ellos nuevos suicidios, y desvelamiento de secretos con los que Ángela asume que para tener un presente debe conocer y asumir los fantasmas de su pasado.

Olga Merino desarrolla en tiempo presente el conflicto con los habitantes vivos del pueblo y los actuales propietarios; y en pasado, su infancia, la relación con su padre, los rencores y sucesos entre ambas familias, y la relación con su novio inglés. Haciendo gala de un potente pulso narrativo, la autora consigue que este cruce continuo entre dos tiempos, presente y pasado, lo realicemos con absoluta facilidad, como si estuviéramos dentro de la mente y los recuerdos de Ángela. A partir de ahí la colección de personajes que la rodea ―tanto los vivos y presentes, como los recordados, o los espíritus familiares que la acompañan― se dibujan con enorme maestría, entre ellos: la tía Emeteria, espiritista y espíritu aparecido, que trabajó de sirvienta en las Breñas y guarda un secreto muy doloroso y decisivo para sus vidas; su padre, enfermo del pulmón por trabajar en la fábrica, al que ella siempre sintió como un desconocido: “Un hombre demasiado mayor para tener una hija tan pequeña. Yo fui un desliz, y lo miraba con recelo, embebido en sí mismo, remugando”; Niger, su novio inglés, un pintor neurótico con el que descubre la auto destrucción en el amor; Ibrahim, senegalés, callado y trabajador, con el que desarrolla una relación ambivalente; las mellizas, distantes y especuladoras; el capataz Dionisio, que no sabe adaptarse a los cambios; Tomás, hippie trasnochado que regenta un bar donde se puede oír buena música; o el viejo Rodales al que permiten vivir en la abandonada fábrica de harina… Con ellos construye una historia dura, como el paisaje, en la que todos guardan secretos y todos están unidos entre sí: “todos somos medio parientes, hijos del incesto” y a la tierra, ya sea madre o madrastra: “La tierra hambrienta reclama lo que le pertenece.”

Si es de alabar el pulso narrativo, más lo es el estilo, muy visual, casi fotográfico a veces: “… normas y lejía es lo único que pueden ofrecerle”, dos sustantivos para definir un asilo; “El coche olía a ambientador de barra americana, a Ducados, a hombre solo” o para describir certeramente al personaje; siendo poético en otras ocasiones: “Un temblor en el aire, el crujido de una semilla que germina, el hervor de los insectos, la avidez de la mariposa negra que revolotea sobre las espinas de una aulaga”; utilizando siempre un amplio y preciso vocabulario del medio rural ―que me hizo recurrir con frecuencia, pero gratamente, al diccionario― con el que demuestra tanto su conocimiento: “Es malo quemar leña de higuera. Los ajos no deben plantarse con luna menguante. La encina es el árbol que más atrae la descarga del rayo”, como su amor por la Naturaleza, y con el que además de ilustrar su prosa, reivindica la riqueza de nuestro patrimonio cultural y natural. ―Y de otro contexto no me resisto a reseñar la magnífica descripción del estudio, el trabajo y los colores que utiliza el pintor―. 

Pero esta es una obra llena de aristas, con varias capas de lectura, y en un nivel más profundo, la autora ha escrito una novela sobre aprender a volver, a tus orígenes, a tus antepasados, a ti misma. No es casualidad que Ángela estuviera leyendo Pedro Páramo. Ella ha vuelto a la tierra donde nació y vivió su padre, en la que los muertos hablan entre sí y con los vivos: “Los muertos no necesitan articular palabras para hacerse entender”;  los muertos siguen habitando sus casas: “Las casas tienen memoria. A veces, los muertos se ríen”, donde crecieron y parieron: “Todos mis muertos suben a la superficie mientras trato de poner orden en mi cabeza”, y al igual que en la novela de Juan Rulfo, en el pueblo parecen estar todos muertos, porque prefieren callar a luchar por su tierra, que será arrasada y perderá la identidad.

Vivir en un pueblo aislado implica vivir en un tiempo más flexible, percibir con distinto sentido el espacio: “El ritmo cíclico del campo, la cadencia de las estaciones, me absorbió y acabó diluyendo los restos de lo que fui.”, lo que ella necesitaba para sosegarse.También es un universo cerrado y fisgón, clasista y machista, una manada espesa: “Y las risotadas, el ejercicio colectivo de una mordacidad defensiva”, que le hace recordar por qué se fue. Pero en su recorrido de ida y vuelta, Ángela ha aprendido a defenderse: “Ten cuidado, despojo; las lobas sabemos dónde hay que morder” y, sobre todo, a no estar jamás sola: “no temo la soledad: mis muertos me acompañan”.

BIOGRAFÍA

Olga Merino (Barcelona, 1965) es licenciada en Ciencias de la Información y máster en Latin American Studies por la University College of London (Beca La Caixa/British Council). Ha residido en Londres y en Moscú. Ha publicado cuatro novelas: Cenizas Rojas (Ediciones B, 1999), fruto de su experiencia durante cinco años como corresponsal en Rusia;  Espuelas de papel (Alfaguara, 2004), que narra la epopeya de una humilde familia andaluza que emigra a Cataluña durante la posguerra; Perros que ladran en el sótano (Alfaguara, 2012); y La forastera (Alfaguara 2020)
Ha sido Traducida al italiano, neerlandés e inglés. En 2006, obtuvo el X Premio Mario Vargas Llosa NH de Relatos, por el cuento Las normas son las normas, y en 2013 un accésit de los Premios del Tren por el relato Presagio. Actualmente, es columnista de El Periódico de Catalunya y profesora en la Escuela de Escritura del Ateneo Barcelonés.

Presentación Eva mitocondrial en Cádiz

11 Dic

Gracias a la Fundación Ory, a Jesús Fernández Palacios por su cálida presentación, y a todos los que vinistéis a la Biblioteca provincial de Cádiz, porque ayer, a pesar de las distancias y la falta de abrazos, a pesar del rígido aforo que dejó amigos fuera, a pesar de las caras tapadas… ayer hubo poesía. Quizás influyó el plenilunio introito, como diría el propio Carlos Edmundo de Ory, que dominaba la noche.

Presentación de Eva mitocondrial en Sevilla

11 Dic

El pasado 17 de septiembre se presentó en Sevilla mi poemario Eva mitocondrial. Esta es la reseña que la poeta, dramaturga y presentadora del acto, Isabel Martín Salinas, realizó sobre la obra:

Reyes García-Doncel se ha dedicado a la docencia durante muchos años. Es farmacéutica, catedrática de Biología-Geología en Secundaria y autora de numerosos libros de texto y guías didácticas para diferentes editoriales y niveles de enseñanza. Enamorada de la naturaleza y la literatura, ambas querencias están presentes en su vida y en su obra. Es autora de varias novelas, la última publicada en 2018, Ulises con alma ajena, y ha participado en numerosas antologías poéticas y narrativas. Eva Mitocondrial es su primer poemario.

Ya de entrada nos llama la atención el título. En el mundo de la literatura científica Eva mitocondrial correspondería a un antepasado femenino común que comparten todos los  seres humanos. En el prefacio, que cuenta con textos de varias poetas, se lee “sus óvulos trasmiten el ADN de las mitocondrias, una herencia exclusivamente femenina”, de esta primera mujer, probablemente africana, que sería nuestra madre común, la madre de la humanidad.

El prefacio y luego el poemario rememoran oníricamente aquel paraíso de la humanidad prehistórica, la existencia precaria, milagrosa del día a día en un medio inclemente, y la evolución posterior, siempre desde una cosmovisión femenina. La remembranza de voces tribales, elementos como la sangre y el fuego, el bosque, el nacimiento, la vida y la muerte recorren los versos.  Destaca a lo largo del poemario su personal su visión de la naturaleza, una naturaleza real, intuitiva, subterránea.

Lo femenino primigenio transita las páginas del libro. El  origen común femenino que compartimos. “El mundo es una mujer”, leemos en un verso.

Reyes García-Doncel conjuga con acierto un léxico de tinte lírico,  a veces prosaico, o hasta científico, este último, sobre todo, en Inventario de fiestas, donde utiliza vocablos y signos matemáticos.

El poemario, de métrica variada, va desde los versos breves hasta algún atisbo de prosa poética (Berenice) y de versículos; se balancea entre el ritmo rápido, ágil del poema Reglamento y la morosidad de los veros largos.

En algunos poemas la antítesis se construye entre el dolor, lo oscuro, y la luz, la vida como esperanza: El grito. Otras veces opone la descripción realista de lo cotidiano (Tras el café)  al discurso poético irracional y simbólico predominante.

Mediante la repetición de palabras y versos logra un ritmo sugerente que deviene en mantra: El canto de la huesera.

Temas recurrentes en el poemario son la sangre, el grito, los lobos, junto con frecuentes referencias literarias, pictóricas y mitológicas (Walt Whitman, Virginia Wolf, Clarissa Pinkola Estés, Van Gogh, Edvard Munch, Astarté, Ariadna, Aracne, Venus…).

El libro tiene tres partes nombradas con un verso. En la primera parte, ¿De qué perdida claridad venimos?, se presenta una especial visión de la feminidad ante el amor y el deseo. Además,  la interpelación en el presente de la mujer que quisimos ser, o la mujer olvidada que habita como loba salvaje y libre en cada una de las mujeres. Una  imagen femenina, opuesta a la que el hombre ha construido a lo largo de los siglos.  En Ecos de Virginia Woolf leemos: “ni vientres para el barbecho de las semillas, ni animalillos, ni vulnerables”Y amonesta en estos versos: “Vosotros, los del esperma, la testosterona/ y el poder/ os equivocáis”.

Nos ofrece también  versos en los que rememora la quietud, la serenidad, el regalo de la presencia materna: Madre tejedora.

En la segunda parte, Temblando con tu pájaro de sombra, canta  la fuerza del instinto amoroso, fuerza atávica e irresistible, “Bestia abisal” y en Tu boca es el arado. O  la sensualidad como rendición y el íntimo gozo de la cercanía en calma. El amor huidizo de Te llamo y el amor cansado de los años en Quisiera saber: “Porque quiero envejecer cosida a tus miserias”.   También el paso del tiempo en el bello y nostálgico poema: Atardezco.

En la tercera parte  nos sorprende el poema que le da nombre, La huesera,  un personaje mítico, creador de vida, capaz de erigir el ser íntimo femenino. Juntando huesos de lobos, la huesera revive e impulsa a la mujer que yace al fondo,  cuyos dones interiores la civilización ha querido someter: una suerte de loba atávica que espera un gesto de la naturaleza para resurgir.

La huesera y su canto ininteligible constituyen una llamada de lo salvaje, de lo primitivo y puro, de la libertad primigenia. De la feminidad subterránea y viva.

En la misma línea, encontramos un sugestivo poema, La vieja camina,el canto mágico,  de una mujer sabia y eterna, creativa y libre, que parece tener todas las respuestas. Una invocación a la naturaleza, al bosque más denso y a la mítica loba perdida, como psicología femenina más profunda.

Finalmente, resalta en el poemario Eva Mitocondrial la reivindicación  de la feminidad ancestral que nos hermana. La esencia biológica femenina que viene de la primera mujer y llega en nosotros al presente y se proyecta al futuro. La pervivencia de lo femenino en los seres humanos. La madre primera que nos hace hermanos a todos.

Isabel Martín Salinas

EVA MITOCONDRIAL

20 Abr

Por estas fechas ya debería haber visto la luz mi primer y, por ahora, único poemario llamado Eva Mitocondrial, editado por Ediciones en Huida, colección Cara B.

Tiene un precioso prólogo elaborado por las poetas Maria D Almeyda, Elena Marqués, Ana Isabel Alvea, Rosario Pérez Cabaña, Sara Castelar y Fermina Ponce a las que desde aquí les doy las gracias.

Por lo que ya sabéis esto no ha sido posible, y como tampoco sabemos lo que nos deparará mayo, os iré contando cosas por el blog.

Descubriendo a… Reyes García-Doncel

3 Feb

 

DESCUBRIENDO A… Reyes García-Doncel

M. – ¿Por qué escribes? ¿Hubo algún momento puntual que te abocó a comenzar a escribir?
RGD – Escribo porque es una necesidad, porque quiero expresar lo que siento e imagino, porque necesito explicarme el mundo, y porque me gustan las historias y el sonido de las palabras. Escribo sobre temas que me interesan, que me preocupan o incluso que me duelen, quizás para entender por qué ocurren o quizás para librarme de ellos.
Siempre he escrito, de forma desordenada y sin objetivo fijo, pero empecé a planteármelo en serio en la madurez, cuando mis hijos crecieron un poco y decidí no dedicarle tanto tiempo a mi profesión.

M – En tu jornada diaria, ¿cuánto tiempo le dedicas a escribir? ¿Tienes algún ritual antes de enfrentarte al folio en blanco?
RGD– Suelo escribir casi todas las mañanas y prefiero leer por las tardes. No tengo rituales antes de sentarme, escribo varios borradores distintos, que voy repasando en sucesivas revisiones, y utilizo código de colores con los personajes para saber de una forma gráfica cuánto, cómo y por donde respira cada uno.

– ¿Eres escritora de brújula o de mapa?
RGD – De los dos, depende del género que escriba y del momento del proceso. Hago un mapa de las escenas principales, de los cambios en los personajes, de los puntos conflictivos de la historia… pero entre cada nudo y nudo del mapa, al escribir me dejo llevar por la brújula de mi intuición. En poesía desde el principio con la brújula, luego es cuando intento darle la estructura que tenga sentido.

– ¿Qué te gustaría reseñar sobre tu obra literaria?
RGD -Según dicen mis lectores, mis novelas son ágiles, atrapan en seguida de forma que no pueden dejar de leerlas, y consigo mediante las descripciones y los diálogos sumergirlos en el ambiente y en la acción. A mí me gustaría que cuando terminaran el libro fueran personas distintas de las que eran antes de leerlo.

– Que piensas sobre las nuevas tecnologías como instrumentos para el escritor. ¿Ayudan o entorpecen?
RGD – Ayudan mucho, facilitan la comunicación, el conocimiento entre escritores y lectores, permiten el acceso a libros e información que de otra manera sería imposible, la posibilidad de documentación para un escritor es valiosísima. El único problema es que las redes sociales distraen, pero contra eso un poco de disciplina.

M – ¿Autoedición o editorial? ¿Piensas que aún hay recelos en contemplar la autoedición para publicar una obra?
RGD – Editorial por supuesto. Tengo algunos amigos escritores que ha optado por la autoedición y les va bien, pero yo no tengo conocimientos, ni me interesa aprenderlos, no solo para la edición sino también para la publicidad y promoción en redes. Sí hay recelos porque se piensa que no pasan un filtro de calidad, pero una editorial tampoco es garantía de nada.

– Eres profesora y has pasado tu vida entre jóvenes y adolescentes. ¿Qué te ha aportado tu profesión en tu actividad como escritora?
RGD – Mi profesión me ha aportado mucho. Los libros de texto que escribí sobre mi materia Biología y Geología, me dieron oficio y disciplina ante el ordenador; mi segunda novela está situada en un instituto de Secundaria y narra unos hechos que me afectaron muy de cerca; y por último, creo que soy bastante capaz de plasmar el diálogo de los jóvenes, ya que he pasado mi vida entre ellos.

M – ¿Con cuál de tus libros estás más satisfecha?
RGD – Es difícil responder a esa pregunta. Todos mis libros me dieron mucha satisfacción cuando los estaba escribiendo, y publicados también. Creo que ahora el que más me ilusiona es el poemario dedicado a la mujer que estoy terminando, quizás porque es mi primera incursión en la poesía.

– ¿Estás trabajando en algún nuevo proyecto en la actualidad?
RGD – En dos proyectos: el poemario antes mencionado que saldrá a la luz esta primavera, y en una novela sobre las consecuencias de las decisiones que tomamos en la vida.

Link de la entrevista:

https://masticadoresdeletras.wordpress.com/2020/02/01/descubriendo-a-reyes-garcia-doncel/?fbclid=IwAR3bz8gyEYEd7XFfBevS-nkoF4u3wWraAUW9f-rlcYg3V33XR5UQX-W43bg

 

 

DE NOCHE, BAJO EL PUENTE DE PIEDRA

6 Ene

Leo Perutz

Libros del Asteroide

        Hay libros que te atrapan por la intriga de la historia, otros por su belleza poética y la atmósfera que consiguen crear, a veces es un personaje quien te seduce y lleva de la mano hasta el final, pero en este que hoy os recomiendo, además de todo lo anterior, lo que me ha hecho disfrutar ha sido su estructura. Dieciséis capítulos ―cada uno con enigma y desenlace propio― narran en círculos una historia central que aparece sin importancia, un conjunto de relatos que forma una unidad de orden superior y se convierte en novela. Desde el primer capítulo ―donde ya vemos el desenlace de la historia medular― comprendes que se van a repetir situaciones, que el autor te va a llevar encadenando los personajes, y que va a narrar por fragmentos, hasta que en tu cabeza de lector se compongan las piezas del puzzle.

La historia principal es un triángulo amoroso, a saber: Rodolfo II, rey de Bohemia y emperador del Sacro Imperio Romano Germánico ―amante de las artes, manirroto y paranoico―; el riquísimo comerciante judío Mordejai Meisl que vive en la plaza de las tres fuentes del gueto de Praga ―“Durante toda su vida el oro lo había perseguido, le había hecho la corte y seducido, y cuando lo había rechazado siempre había vuelto junto a él”―, y su bellísima mujer Esther. Los tres protagonistas aparecen desenfocados en todos los relatos, y solo al final se llega a comprender el porqué de sus actos. Pero para hacer esta estructura más complicada, y a la vez más interesante, el autor ha cambiado el orden cronológico de los sucesos, de forma que conocemos al emperador y a Meisl viejos y desencantados antes que jóvenes, o la guerra de religiones en Bohemia antes de la grandeza y poder del reino. Y en el centro ―tomando su nombre “De noche, bajo el puente de piedra”― coloca la historia de amor, narrada con un precioso lirismo, sin nombrar a sus auténticos protagonistas.

Aunque pronto se sospecha que este triángulo es una excusa para mostrar la Praga del siglo XVI, llena de magia y ocultismo, ciudad de la Cábala, del Golem ―la criatura mitológica de los judíos―, atrapada en sus supersticiones medievales, donde es posible contratar a un alquimista para que consiga la piedra filosofal en el “El alquimista olvidado”, bajo el gobierno de un rey alucinado y con el río Moldava como canalizador de ánimas y amores. Leo Perutz era aficionado a las matemáticas ―quizás de ahí su juego narrativo―, y también a la Historia, por lo que muestra con gran precisión documental tanto el ambiente pomposo de la poderosa corte centroeuropea como su decadencia. Aparecen personajes históricos, además de los aristócratas correspondientes, el astrónomo y matemático Johannes Kepler―que se hace sospechoso por no creer en la validez de la astrología―, Tycho Brahe, o el rabino Loew, personaje real que desarrollará un importante papel en la historia.

Como toda obra de arte ―y esta es una de las joyas de la literatura europea del siglo xx―, la novela trata del amor y también de otras facetas de la condición humana, por ejemplo de la avaricia, de las ansias de poder en “La mesa del emperador” donde los libertadores de Bohemia nunca podrán sentarse, sin embargo la Historia de los pueblos no depende de las batallas ganadas o perdidas, sino de algo tan prosaico como estar harto de comer buñuelos; de la mala suerte, en “El coloquio de los perros” ―título muy cervantino― la que tiene un pobre hombre judío al que van a ahorcar junto con dos perros, y se entera de la existencia de un tesoro enterrado; de la locura en “Enrique, el del infierno”, donde se nos muestra al emperador envejecido, teniendo visiones de encarnaciones del diablo, obsesionado con que su hermano Matías lo va a matar; de lo efímero e inútil que es el paso del ser humano, con todas sus riquezas o sabidurías, sobre la tierra en “La vela consumida” metáfora de la vida de Meisl; del tiempo y el olvido en “El pintor Brabanzio”; y por supuesto de la muerte, que está presente en todos los relatos y en algunos con indudable humor, desde el primero “Peste en el barrio judío” donde los fantasmas de los niños en el cementerio bailan a la vista horrorizada de un violinista y un saltimbanqui, los mismos que más tarde vuelven a aparecer en “La jarra de aguardiente”, esta vez muy mayores, oyendo a las ánimas nombrar a los que morirán, pero prefiriendo cotillear de los vecinos y beber de su jarra de aguardiente. El humor, en forma de sonrisa amable o de ironía socarrona, frente a las miserias humanas es una característica en toda la obra. Como también lo es un lenguaje poético, a veces barroco, que integrando lo onírico con la realidad consigue mostrar una Praga mágica, de tal manera que algunos capítulos  recuerdan a cuentos de hadas como “El tálero robado” donde un emperador muy joven se enfrenta en el bosque con tres diablos ―¿quizás los tres Reyes Magos? Perutz utiliza en otra ocasión iconografía cristiana―: “…el oro procede del fuego, la plata del aire y el cobre del agua”, dicen; aparece un Meisl todavía niño, pero ya con su especial don para la riqueza, y el destino que los unirá a ambos de por vida.

Algunos relatos terminan narrados en primera persona por un joven Peruzt cuando asiste a clases de Jakob Meisl, eterno aspirante a médico y sobrino tataranieto del protagonista, que recolocando cada hecho en su momento y cada personaje en su lugar, va dando pistas de la historia, hasta que en el “Epílogo” con la lectura del testamento el tiempo se cierra sobre sí mismo. Este personaje, junto con el rabino Loew, le sirve a Peruzt para insertar su defensa de la causa judía, a los que hemos visto discriminados y arrinconados en el gueto, siendo utilizados pero nunca valorados por los cristianos. El gran rabino Loew expresa su sufrimiento creando “…de luz de luna y moho, hollín y lluvia, de musgo y argamasa” la imagen de un Ecce Homo que representa el sufrimiento del pueblo judío perseguido y escarnecido durante siglos. De este rabino cuenta la leyenda que, por su gran dominio de la palabra, logró dar forma a la criatura inferior Golem, para utilizarlo como criado. Borges ―gran admirador del autor al igual que Alfred Hitchcock, Italo Calvino o Graham Greene― recreó esta hazaña en un poema que lleva ese nombre.

Bien saben, sabemos, los escritores el poder de la palabra como instrumento de creación. Me gustaría emular en una novela propia la estructura fascinante de esta obra maestra, pero si a Leo Perutz le llevó 30 años escribirla… más vale que me ponga a la tarea hoy mismo porque a mí, y con resultados más que inciertos, puede que no me alcance el tiempo.

Leo Peruzt (Praga 1882- Bad Ischl 1957) nació en una acomodada familia de origen sefardita. Vivió en Viea y Trieste hasta que en 1938, con los nazis en el poder, se instala en Tel Aviv: en 1950 consiguió regresar a Viena. Entre su obra destacan las novelas: Mientras dan las nueve (1918), El marqués de Bolívar (1920), El maestro del juicio final (1923), Turlupin (1924), y De noche, bajo el puente de piedra (1953)

 

 

CURVA

14 Sep

AURORA DELGADO

ED. SLOPER

La curva aparece cerca de una gasolinera, en una carretera indefinida, similar a otras muchas, cruzada por una de las innumerables rotondas que te indica la dirección a una franquicia de hamburguesas, dentro de una de las urbanizaciones que han proliferado en el Aljarafe sevillano, territorio que la autora define como: “Un cruce de caminos que Sevilla se habría comido y contado veinte si el Guadalquivir no hubiera estado en medio del tablero urbanístico”. Pero esta curva también simboliza el cambio de dirección en la vida de Antonio, un hombre que admite no tener una causa por la que luchar, que no toma decisiones, hasta que un encuentro inesperado le alterará su complaciente auto engaño. Aurora Delgado ha escogido este escenario en parte porque es el territorio de su adolescencia –como hizo en su primera novela El corazón de Livingstone–, pero también porque es un espacio sin personalidad propia, donde es fácil perderse tanto física como psicológicamente. Y aquí debo confesaros que a mí sus innumerables carreteras me resultan tan peligrosas como los caminos de un selva, con altas probabilidades de perderme cada vez que me interno en ellas, por lo que me parece el enclave perfecto para localizar una confusión emocional.

La acción principal de la novela –que fue finalista del Premio Nadal 2017– trascurre en la línea temporal de una mañana hasta la siguiente, el día corriente de un padre de familia, con numerosas digresiones y flash back al pasado en las que la narradora, focalizada en el personaje de Antonio, nos muestra el mundo a través de sus ojos, su aburrimiento existencial, su vida abandonada en manos de los demás, y también su insatisfacción y sus reproches porque, desde esa atalaya moral por no haberse equivocado, se considera superior al resto. Pero lo que comienza como un thriller psicológico, termina en la más genuina novela negra –con trasiego de cadáveres incluido– , ya que: ¿hasta donde puede una persona tolerar que se la domestique?, ¿en qué se convierte cuando por fin decide tomar las riendas?

Paralelamente asistimos a los sueños truncados que se propician en este tipo de urbanizaciones creadas de la nada: “Un mundo para estrenar, en el que la felicidad se insinuaba modesta como el olor del pan recién hecho.” El suegro y sobre todo su mujer, Conchi, personifican el orden cívico, la limpieza moral que este sistema social pretende, son ciudadanos perfectamente endeudados y enclaustrados en el miedo burgués a perder las comodidades conseguidas: “En su voz el sahumerio de los altares, la hostia recién comulgada que se pega a la boca y despierta el miedo a masticar el cuerpo de Cristo”. Unos personajes que cumplen con los colegios –reino de los psicólogos– dentistas, dietas alimentarias y demás estándares de nivel de vida que se les supone, en una sucesión de días domesticados, “de nuevo es hoy”, que le permiten a Antonio auto engañarse: “Se habría puesto música y abierto una cerveza para llamar sabiduría a sus renuncias, tranquilidad a su apatía, felicidad al conjunto resultante.” Hasta que en la curva se encuentra a Raimundo.

Porque Raimundo, antiguo constructor, sí tiene una causa: denunciar las circunstancias del accidente que le ocurrió a su esposa. Lleva seis años en la curva viviendo en una caravana como reivindicación porque no cree la versión oficial de los hechos. La fatalidad, ese instante en que todo cambia, en la que no hay recomposición posible de la vida anterior, existe, pero Raimundo se ha quedado a vivir allí. Él, que era un hombre fuerte, rico, influyente, no puede aceptar la realidad, se rebela, y repite el accidente una y otra vez. A Antonio lo deslumbra, aunque por su natural escepticismo “él nunca ha tenido una causa y, sin poder evitar, sospecha de los que como Raimundo enarbolan una.”

Contada en tiempo presente, Aurora Delgado construye personajes tan reales que se nos meten bajo la piel, con un estilo plagado de metáforas: “Su perfume, una cometa que se evapora lentamente atada al calor de su cuello” , de sabias y potentes imágenes: “Quien huele a miedo está desnudo sobre la nieve”, donde a menudo la figura del depredador no siempre es quién parece ser, un relato en el que no falta humor: “La voz de Conchi no sale de su garganta, sino de más abajo, probablemente de su bolso”. La autora deja entrever lo que hay, o puede haber, detrás de una primera fachada, con ritmo inquietante y desplegando gran eficacia narrativa.

Novela muy recomendable, ¡pero cuidado lectores!, una curva en nuestra vida puede estar esperando, “un puente entre dos líneas rectas, un espacio en el que el presente se alarga queriendo tocar el infinito.” ¿Estamos preparados para tomarla?

Aurora Delgado es Licenciada en Arte Dramático por la Escuela Superior de Artes Escénicas de Sevilla, 1988 y Máster de Escritura Creativa por la Facultad de Comunicación de Sevilla, 2012. En 2013 recibió el Premio Ciudad Alcalá de Henares de Narrativa por su novela El corazón de Livingstone, publicada en 2014. Es coordinadora del Club de Lectura del Sofá cama de la librería sevillana La fuga y es miembro fundador de la Asociación Casa de Palabras Andalucía, un proyecto de dotación de pequeñas bibliotecas y animación para personas refugiadas o en situación de vulnerabilidad social. La novela “Curva” fue finalista del Premio Nadal de Novela 2017.