Como surcos de la bajamar

10 Ago

A través de un ventanal los veo cruzar la pista de aterrizaje: arrastran sus trolleys, mi madre se alisa varias veces el pelo con ese gesto nervioso tan suyo, mi padre tose y le da una vuelta más a la bufanda, los dos se protegen la cara de la ventisca que trae frío y lluvia en esta Semana Santa de una primavera gélida. Ya están aquí, por fin ellos han encontrado el momento de venir y yo me siento con fuerzas para mostrarles que estoy bien, que tengo trabajo, que no deben preocuparse por su hija.

Sus brazos abiertos desde lejos, sus sonrisas, sus ojos brillantes, me hacen olvidarme de las malas noches, del mal comer, del frio exterior e interior y me acurruco entre ambos, los tres llorando, riendo… En sus arrugas mojadas, como los surcos de una bajamar en la arena, reconozco mi país, mi ciudad, mi casa; sus besos ansiosos me devuelven todo el amor, tenaz y generoso, que me permitió crecer y allí, asida al olor añorado, me hundo en mi infancia.

La carretera

27 Jun

 

Cormac  McCarthy

Literatura Mondadori

En mi interés por aprender como se muestra el miedo, he releído “La carretera” donde McCarthy nos relata la huida de un padre con su hijo por un mundo desolado. Y lo hace con frases cortas, desnudas, aparentemente simples, y diálogos concisos, porque no hace falta nada más. Se cruzan con el horror en cada paso de esa interminable carretera, cada vez más fría y húmeda, que alguna vez llegará al mar:  “¿Qué ocurre, papá? / Vamos/ Pero ¿qué pasa?/ Los árboles están cayendo/ El chico se incorporó y miró a su alrededor espantado”

Recorren un mundo donde alguna vez hubo ciudades con familias felices, pero que hace tiempo fue devastado por un inmenso fuego, una metáfora del castigo que sin duda la humanidad mereció, de forma que la ceniza se hace omnipresente, impregnando  todos los objetos, volando en el viento y cayendo sobre los surcos de tierra que alguna vez fueron labrados.  Porque si algo hemos aprendido desde que las hecatombes, naturales o provocadas, se televisan en directo, es que siempre son grises. Nada que ver con esas películas catastrofistas tan de moda durante una época en la que barcos o edificios se hundían, pero plenos de sol y colorido. En los desastres, lo primero que se pierde es el color y todo se cubre con una pátina de polvo gris.

El niño es un ángel, de hecho uno de los personajes cadavéricos con los que se encuentran se lo dice; un ángel que, incluso en los momentos más terribles, trata de encontrar el sentido de sus vidas, y se autoafirma una y otra vez, y le pide a su padre, agotado, descreído y desesperado, que también le confirme que ellos son los buenos: “Nosotros nunca nos comeríamos a nadie ¿verdad?/No, claro que no/ ¿Aunque estuviéramos muriéndonos de hambre? / Ya lo estamos”  Entre ambos, el recuerdo de la madre, que se rindió. Pero esa es otra opción, y ante el horror se puede continuar y resistir… con una bala en la recámara, por si acaso, que afortunadamente nunca tiene que usar.

Porque cuando no hay recursos naturales, o cuando esta forma de explotarlos claramente insostenible se derrumbe, quedará el ser humano enfrentado a sí mismo y ahí, según el autor, se verá que el hombre es un lobo para el hombre (con perdón de los lobos). Pero en esta historia, el autor les permite conseguirlo, y el niño al final verá recompensado sus esfuerzos.

Dejo la novela, en la TV aparecen las imágenes del incendio de Doñana, y en el cielo de una playa de Cádiz las nubes de humo rodean a un sol demasiado rojo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Despedida

30 May

Queridos alumnos, queridos compañeros, estimados padres, señoras y señores.

Hoy estamos reunidos para celebrar el final de curso de segundo de Bachillerato. Nuestro director me ha pedido que participe con unas palabras, quizás porque sabe que me gusta escribir, o quizás porque este año, que será el último en el que vosotros, todavía alumnos, estudiaréis en el Instituto Herrera, también será el último para mí, ya que tras 37 años de docencia he decidido jubilarme. Hoy se nos acaba una etapa, pero también comienza otra para ambos.

Durante estos 37 años he trabajado en 5 institutos diferentes, he conocido otras tantas reformas educativas —de las que hace ya tiempo decidí no recordar ni siquiera sus siglas— que nos han cambiado los términos de las programaciones—los objetivos por las competencias, por ejemplo—; que han eliminado asignaturas, o las han trasladado de un nivel a otro; incluso algunas han sido casadas y divorciadas, como un baile de parejas, con el correspondiente cambio de titularidad. Todo ello, a mi entender, en un arreglo más de forma que de fondo. También he visto modificar el aspecto de las aulas: desde los antiguos pupitres con la tapa color madera transformados luego en verdes —puede que imbuidos del afán autonómico de la época—, a los actuales de un pálido azul; los cuadernos de los alumnos se han sustituido por pequeños ordenadores; y hasta las pizarras: de la tradicional a las digitales —lo que personalmente he agradecido mucho, porque me facilitan las asignaturas que todavía imparto—. Asignaturas cuyos contenidos también han cambiado debido al implacable avance de la Ciencia. ¿Dónde quedó el dogma de la Biología: “un gen, una proteína”? ¿Dónde hay que buscar hoy esa capa denominada SIAL que flotaba sobre el SIMA en la corteza terrestre, y que yo explicaba con dibujos incluidos? ¿Dónde? Solo en libros obsoletos. Otros avances en el conocimiento han sido más alarmantes, como el paso de las tímidas insinuaciones sobre un posible cambio climático, a la plena aceptación actual por la comunidad científica, y por los sufridos habitantes de las regiones del sur.

Mientras estos 37 años se sucedían, vosotros, los alumnos, siempre habéis sido los mismos, y los profesores, espectadores de los cambios que la adolescencia os provoca: en 1º de la ESO sois niños, pequeños alevines temerosos, llenos de incertidumbre y respeto ante el salto de ciclo que acabéis de hacer. Todavía no os consideráis mayores y mantenéis los comportamientos de la escuela. Pero esta inocencia se pierde durante el verano en el que las hormonas ya empiezan a funcionar, y os crecen los brazos y las piernas, no necesariamente en sincronía, por lo que volvéis a 2º transformados en la talla corporal, que no mental, de un adulto que no cabe en las mesas. 3º de la ESO es el año del desarrollo de los caracteres sexuales secundarios, ese tema que siempre me toca explicar precisamente ahora, en primavera, y que origina alguna que otra situación nerviosa en clase. Cuarto se convierte en un proceso de búsqueda de identidad, de vuestra personalidad anhelada, con los consiguientes cambios físicos que os provocáis para conseguirla: es el año en que aparecen los piercings, las rastas, o las crestas teñidas de colores imposibles, según la tribu urbana a la que hayáis decidido uniros. En 1º de bachillerato, junto a algún que otro lamento por la niñez de Secundaria perdida, se os detecta una mirada responsable. Sabéis que el juego ya va en serio, y asumís la tarea de conseguir las mejores notas posibles. Finalmente, en 2º de Bachillerato os convertís en sudorosos ratones de biblioteca, hilvanando un examen tras otro, pero una mirada de ilusión aparece en vuestros ojos cuando se os pregunta qué queréis estudiar, a qué os gustaría dedicaros en la vida.

Y así está bien, todos esos cambios continuarán, porque como empecé diciendo a ambos se nos acaba una etapa, pero se nos abre otra. Puede que, al igual que vosotros, yo eche de menos a mis compañeros, el apoyo que me han dado siempre en los momentos bajos —durante estos 37 años he perdido definitivamente a varios, alguno presente en la mente de todos ¡Mis mayores deseos de que sean felices, ¡allá donde ahora estén!—; también añoraré las conversaciones en la sala de profesores, la compresión y complicidad en las evaluaciones, los consejos de la experiencia… Y estoy segura de que recordaré vuestras preguntas en clase, inocentes o inteligentes, vuestras hipótesis, no siempre descabelladas, y vuestras caras, primero de asombro cuando tras una explicación se os desvela una pequeñísima verdad, algo escondido, sobre como funciona la Naturaleza, y después de gratitud por sentiros más sabios. Porque sois vosotros los que nos enseñáis a los profesores, los que nos obligáis a estar en un proceso de formación constante. Y evidentemente, al igual que vosotros, no añoraré ni el timbre de cambio de clase, ni los exámenes, ni las evaluaciones, ni tampoco las guardias.

Estoy convencida de que el Herrera es el mejor instituto para trabajar y también para jubilarse. Os confieso, compañeros, que cuando me dieron este destino sentí algo parecido al miedo escénico: ¿Cómo voy a ir a yo ese instituto con tantísimo nivel? ¿Conseguiré estar a la altura?… Impactada por el aura de sabiduría que de aquí se emanaba. Al cabo, estos han sido los mejores años de mi vida profesional rodeada por unos compañeros de Departamento, antiguos y actuales, inmejorables, por el respaldo común cuando nos vienen mal dadas —como lamentablemente tantas veces ha sido—, y por una dirección que premia el trabajo y la dignidad del profesor por encima de cualquier otra consideración, y a la que le estaré siempre agradecida.

Aunque ya tenga bastantes años —para jubilarse hay que tenerlos—, no penséis que lo hago por sentirme quemada, ni cansada, ya que me encuentro totalmente capaz y con suficientes fuerzas —eso también se lo agradezco a este instituto, que canaliza las energías de sus profesores en que lo realmente importa—, sino porque ha llegado el momento de cambiar. Me siento igual que vosotros, los todavía alumnos, llena de ilusión por el futuro. Hoy es el día que acaba todo, también el que todo empieza.

Y estos son los últimos consejos que me permito daros: nunca es tarde para tener una vida plena, para luchar por nuestros ideales. Llenaos de proyectos, de experiencias, de retos, trabajad con inteligencia y honestidad —de eso estoy segura, porque os conozco bien—, vivid lo más en paz con vuestra conciencia que os sea posible, para que después de una fructífera vida profesional, como yo siento que ha sido la mía, seáis capaces de enfrentar la edad madura sin nostalgia por la juventud.

Os deseo lo mejor.

Hasta siempre, vuestra profesora, vuestra compañera.

La gran ola

11 May

Daniel Ruiz García

Tusquets Editores

La crisis ha hecho mucho daño, pero el mantra de que la crisis significa una oportunidad, más daño aún. En base a esa premisa, jóvenes altamente cualificados emigran, o trabajan aquí como eternos becarios o con contratos basura y “nóminas más propias de un repartidor de pizzas”, mientras a los empleados fijos se les exigen horas extras, no remuneradas, o se les amplían sus competencias aunque no necesariamente su sueldo. Pero no importa, porque eso significa la oportunidad de poner en marcha nuestra resiliencia y crecer personal y profesionalmente, según el nuevo ideario buenista fabricado con “… frases motivadoras de saldo pescadas en la almadraba de Internet: sé tu mismo, confía en ti, sal de tu zona de confort… que constituyen el nuevo Pensamiento Mágico”.

Daniel Ruiz García en su novela La gran ola, premio Tusquets Editores de Novela, realiza un análisis ácido, irónico, muy actual, de la situación laboral que viven las empresas españolas, en concreto la de la empresa familiar Monsalves, dedicada a productos de limpieza. Una galería de personajes entre ellos: Julián Márquez cuya vida familiar —magnífica descripción del partido de fútbol, cualquiera que haya llevado un hijo a uno de estos lugares identifica a los personajes que el autor describe— se desintegra y la profesional se encuentra en serio riesgo; Gertru, la Monja, eficiente secretaria de una jefa incompetente, que fantasea con ideas incendiarias y asesinas: “Monsalves ardiendo y el rostro de Martita Pineda, entre gritos, deshaciéndose bajo las llamas como un muñeco de cera”; Ribera, nuevo fichaje procedente de una empresa inmobiliaria fracasada que tiene muy claro donde pescar las oportunidades para “aprovechar la gran ola”; Macipe, con maneras de depredador, pero cazado en sus propias redes…

La absorbente vida laboral se mezcla, incluso elimina la propia, pero ahora bajo la dirección del coach Estabile, un gurú barato que hace gala de diferentes títulos insólitos: “Orador motivacional, transformador conductual, experto en disrupción, especialista en mentoring, psicólogo holístico, gestor de entornos críticos, conferenciante, escritor…”,  y que transforma en palabras grandilocuentes lo que es pura y dura explotación laboral, hay que hacerlo de una manera feliz, con entusiasmo y una sonrisa en los labios, porque de otra manera, ese coach, cual Gran Hermano que todo lo ve, puede considerarte un miembro no proactivo de la comunidad. La novela es una crítica feroz a la palabrería vacía, a la banalización del yoga, a todas las teorías de autoayuda que actualmente se utilizan para solucionar profundos problemas de soledad e insatisfacción. Todos en la empresa se apuntan al teatro, algunos se lo creen, aunque luego deban recurrir a otras drogas para sobrevivir: hachís, farlopa, bebidas energéticas, alcohol, o los inocentes Sugus.

Aquella distopía de Orwell se está haciendo realidad, nos avisa el autor, y además la aceptamos con agrado porque significa adaptarse a los nuevos tiempos de los que nadie quiere verse excluido. Pero con evidente domino del lenguaje es capaz reducir la pseudo filosofía a lo que realmente es: “…polvo en suspensión, que contribuye a otorgar cierta espiritualidad al conjunto” , porque “…al coach le olía la boca a pocilga”.

Daniel Ruiz García (Sevilla 1976), es escritor, periodista y especialista en comunicación. Su primera novela, Chatarra, obtuvo el Premio de Novela Corta de la Universidad Politécnica de Madrid. Le siguieron cinco novelas, que le han valido reconocimientos como el V Premio de Novela Corta Villa de Oria o el Premio Onuba de Novela, además de ser finalista en premios como El Ojo Crítico de RNE. La gran Ola, ha obtenido el XII Premio Tusquets Editores de Novela 2016.

La danza de los espejos enfrentados

16 Abr

GREGORIO VERDUGO

EDITORIAL SELEER

Amor y soledad, la búsqueda del primero y la huída de la segunda condicionan nuestras vidas, pero puede existir un lugar donde escapar de esa lucha, un lugar donde al multiplicarte por mil y camuflarte entre las imágenes, se engañe al destino. Gregorio Verdugo lo ha creado, es el Drop, un bar del extrarradio de una ciudad andaluza en los años 80: “El trampantojo impedía transparentar la soledad que acosaba a los seres que lo frecuentaban y hacía posible el espejismo de la ilusión de desprenderse algún día de ella”.

El autor realiza un recorrido por la década de los 80 y sus problemas sociales: el miedo al Sida, el golpe de estado del 23 de febrero, los estertores del franquismo…, cuando todavía los españoles éramos ingenuos frente al futuro de la democracia y del desarrollo económico. Un conjunto de personajes con trayectorias vitales sorprendentes, o insólitas, y bajo la cobertura de una atmósfera impregnada de realismo mágico —algo que como todo sevillano el autor conoce bien­—, entre ellos: Manuel José Fuenlabrada y Márquez, cuyo padre fantasma se le aparece todas las noches exigiéndole descendencia con mensajes dibujados el aire mediante aerosoles turquesas; Guadalupe de las Nieves y Nieto, nacida de un parto gemelar por maldición de Géminis a las hembras de su familia que actúa como ángel benefactor del bar; Dolores Heredia, gitana pitonisa de profecías misteriosas; o Pepa Nardos cuyos amores bajo una barca en la playa multiplican la pesca de su dueño…, se encuentra en el Drop —otro personaje, el más importante de la novela— que interactúa con ellos. Su juego de espejos le hace poseedor de la facultad de engañarlos, pero también de enfrentarlos a su propio destino, en la mayoría de las veces trágico, a pesar de los poemas amorosos con mensajes de alerta escondidos, sin que falten rasgos de humor y bajo la sabia mirada del camarero, “esa flor”, que todo lo ve, casi tanto como los espejos.

Así es como ese conjunto de seres deambulaban por el bar sin rumbo determinado mientras sus esperanzas se materializan junto a una copa y, solo a veces, logran verse a sí mismos tal y como son. Genial esa partida de cartas inútil, fingiendo que no ven las del contrario a pesar de que se las desvelan los espejos, pero: “La vida te va dejando poco a poco sin cartas hasta que al final pierdes la batalla contra el miedo a la soledad que nos gobierna”.

Como el viento en Macondo, un diluvio casi universal, termina arrasando y destruyendo el bar, ese mundo mágico en el que se crea la ilusión de engañar a la propia muerte. Sin continuación, porque toda descendencia, tan reclamada por los ancestros, es inútil. Y entonces es cuando el Drop deja de pertenecer al mundo real y empieza a vivir su propio tiempo.

Gregorio verdugo González-Serna (Sevilla 1957), es escritor, licenciado en periodismo y diplomado en Educación General Básica por la Universidad de Sevilla. Ha publicado artículos, reportajes y pequeños relatos en diferentes diarios tanto del panorama local como nacional. En 2014 publicó con la editorial Ediciones Pura Tinta el libro de relatos “Cuentos de una guerra lejana”

Mala letra

18 Feb

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Sara Mesa

Editorial Anagrama

¿Qué se puede hacer cuando se tiene esa “maldita capacidad de ver siempre las cosas desde al ángulo podrido”?, ¿que se puede hacer cuando sientes estar en la cuerda floja y en cualquier momento puedes perder el equilibrio? La respuesta es escribir, aunque sea con mala letra porque una coge el lápiz torcido, escribir para “dándole forma al horror evitar la realización del horror”.

Y por situaciones inquietantes, amenazadoras o directamente por el horror, nos pasea Sara Mesa en estos relatos, que van desde el abandono infantil, al asesinato, pasando por el suicidio de ancianos y adolescentes. Relatos duros en los que la autora nos obliga a mirar la realidad por el lado oblicuo, en los que la indefensión, “el mundo es impasible ante cualquier cosa que suceda, por inusual, horrible y cruel que ésta sea”, y el sentimiento de culpa sobrevuelan e incluso se heredan de madre a hija. Muchos protagonistas, o el personaje principal sobre el que se centra la historia, son niños y niños en transición a la adolescencia, quizás porque en esa época la cuerda está más floja que nunca.

Respecto a los relatos que me han impactado más:

En Palabras- piedra, la predestinación dirigida, la falta de comprensión y compasión llevan al desastre total. Esas palabras, instrumentos para herir, se convertirán en frases-piedra cuando la adolescente crezca, cuya historia se retoma en el primer relato, El cárabo: una llamada desde lo prohibido para escapar de la vida asfixiante llena de hipócrita moralina con sus tíos.

En Apenas unos milímetros —la historia de un chico que únicamente puede mover sus pupilas—, nos introduce en la culpa de la salud frente a la enfermedad, de la vida frente a la muerte, y en el instinto de conservación que se manifiesta al no querer presenciar lo ingrato de la vida, ¿es que acaso tiene derecho a ser mostrado? se debate la narradora, mientras que el director del instituto, muy en las nuevas pedagogías, personifica la postura casi ridícula de lo políticamente correcto.

Niños son también los protagonistas de Papá es de goma, en este acaso abandonados pero intentando mantener la realidad de un padre que todavía existe. Resulta enternecedor ese afán, ese deseo de normalidad que a veces consiguen, como cuando están viendo la TV o haciendo los deberes después de cenar. Pero mantener su mundo tiene un resultado escalofriante.

Creamy milk and crunchy chocolate, y Nosotros los blancos suceden Cárdenas, esa metrópoli imaginada por la autora, en la que también transcurre su novela Cicatriz, y que se caracteriza porque las chicas pueden desayunar solas y llevan botas anchas con lazada atrás y sin tacón. El protagonista del primer relato acaba asumiendo las culpas de todos con los que se relaciona; mientras que en el segundo, sin embargo, la culpa de un crimen es rechazada en el mismo ambiente turbio de pensiones baratas que le supone a su moral.

Y para concluir —los nombrados en esta reseña que no el libro—, la autora nos fabrica dos relatos de autoficción: en Mármol, sobre el mundo de su infancia, nos presenta a ese profesor que le corregía la forma de coger el lápiz; y en Mustélidos, un alter ego de la escritora nos confiesa que su timidez, percibida como altivez o indiferencia, es producto del desconcierto que le supone estar siempre en la cuerda floja.

Sara Mesa se atreve a mostrarnos la turbidez que esconde una vida de apariencia normal, con una prosa de pocas concesiones a los adornos literarios, precisa, directa, que a veces raspa. Un estilo y una voz muy reconocidos ya en la narrativa española actual.

Sara Mesa (Madrid 1976), ha publicado dos libros de relatos: La sobriedad del galápago (2008), y No es fácil ser verde (2009), además de las novelas El trepanador de cerebros (2010), Un incendio invisible (2011) Premio Málaga de Novela, y Cuatro por cuatro (2013), esta última Finalista del Premio Herralde de Novela en 2013, y “Cicatriz”, Premio El Ojo Crítico de Narrativa y elegido entre los libros del año por numerosos medios de comunicación. Su primer poemario, Este jilguero agenda (2007) fue galardonado con el Premio Nacional de Poesía Miguel Hernández.

El cordero no tendrá sueño

26 Ene

fragilidad-emocional1 Esa noche, como muchas otras desde hacía ya varios meses, la pasó en una duermevela ansiosa recordando escenas del día anterior y repitiéndose las frases que debería haber dicho y no dijo. Frases que se quedaban revueltas entre las sábanas, como sus piernas, o aplastadas contra la almohada sudada y caliente. Los lugares, los ambientes, los gestos de los otros volvían una y otra vez, mostrándole su incapacidad de reacción y su torpeza… Hasta que cansada de estar cansada, decidía esperar el amanecer en la butaca del salón. Al menos, las luces violentas en el horizonte le proporcionaban un poco de paz. Luego se hacía un café muy cargado, se maquillaba las ojeras, y salía de su casa lo más airosa posible a enfrentar otro día en el instituto.

Fragmento (página 95) de “No soporto tu luz” Ediciones en huida