EL JUEGO DE LA INVENCIÓN

14 Oct

ELENA MARQUÉS

Extravertida Editorial

Que la literatura es un riesgo Elena Marqués lo sabe. Se ha enfrentado a este, siempre con buen hacer, desde que comenzó su carrera literaria, y lo asume; pero en esta ocasión ha dado un salto más y construido una novela donde propone un juego entre realidad y ficción, entre el escritor y el lector —al que a veces interpela: “¿Es que no vas a tener la piedad de detenerme?” tomando como itinerario el proceso creativo. Porque: ¿quién es cada cual? ¿Cuándo la persona que escribe comienza a ser escritor? Es más: ¿dónde termina la creación y comienza la superchería?

Estructurada en capítulos cortos, algunos de un único párrafo o incluso de una línea, esta ambiciosa novela se sustenta en dos personajes: Yago Creuet y Diego Amat, que nos llevan de la mano, nos introducen no solo en su propia psicología sino también en la de los escritores que imaginan personajes, a modo de superposición de estratos por descubrir, como se le supone a toda obra literaria que se precie. En la trama se narra tanto al proceso de plagio que Yago Creuet realiza de la obra de Diego Amat, como la absoluta fagocitación de su persona. Los capítulos se ordenan de forma alterna, con números árabes o romanos, y representan cada faceta de Yago Creuet conforme asimila la personalidad del otro, Diego Amat, en una suerte de juego de espejos entre ambos, o de Dr. Jekyl y Mr. Hyde, donde cada historia encierra otras relacionadas entre sí. Pero lo que de verdad se cuestionan estos escritores —y la autora por sus bocas— es por qué se escribe, por qué existe la necesidad irrenunciable de plasmar la realidad hecha ficción, o viceversa: Si supiese por qué escribo, tal vez no escribiría”; y arremete contra toda la industria cultural, aquellos que no escriben pero hacen alardes de escritores, con la invención no como descubrimiento, como hallazgo o acto creativo, sino como ingenio vanidoso para fabricar la figura del escritor de éxito. “Se había rendido a la industria cultural (…) Dejó de escribir para convertirse en escritor”

Los escenarios de la trama son tres: la casa familiar en Colombia, origen de Yago Creuet , donde la autora da rienda suelta a su predilección por la literatura sudamericana de la que es admiradora confesa, y crea un mundo cercano al realismo mágico con la lluvia, por supuesto, como protagonista: “El pobre veía musgos que le tapizaban el abdomen, membranas que le crecían en la juntura de los dedos, sapos que se le colaban por la garganta y pedían auxilio con su propia voz de medio hombre”; la casa, o más bien la habitación, donde malvive Diego Amat, y donde el proceso de asimilación y plagio se va produciendo paso a paso; y el desastrado bar en el que ambos se conocieron y se reúnen cada día Día de perros, nombre muy en consonancia con la lluvia omnipresente —Quizás la lluvia nos estuviera borrando del mapa”— que envuelve el relato.

Los que ya conocemos a Elena Marqués sabemos de su respeto y amor por la lengua, pero en esta obra se ha superado: hay un magnífico dominio del lenguaje, culto, riguroso, rico en vocablos, a menudo de procedencia latinoamericana —¿Yago Creuet es colombiano para propiciar el uso de estos vocablos y como homenaje a García Márquez?—, juegos de palabras, admiración por el diccionario al que hace alusión numerosas veces, todo envuelto en un tono de humor sin estridencias, en una prosa repleta de poesía, y tamizada por la originalidad de su ojo de escritora — ella sí lo es— el que todo lo ve, lo que hay dentro y fuera de los personajes, de los autores y del lector.

“Escribo para tener derecho a mentir”. ¿La literatura es una mentira? Por cierto, está lloviendo, y no es una lluvia cualquiera, quién lea el “El juego de la invención” debe estar preparado para lo que le pueda ocurrir pues hay escritores que solo escriben “para que nunca deje de llover”.

Elena Marqués Núñez (Sevilla 1968), filóloga y correctora de textos, inicia su carrera literaria en 2010. Desde entonces ha sido galardonada en numerosos certámenes literarios y publicado en diversas antologías y revistas, llegando a ser finalista del Premio Fernando Lara de Novela 2016. Autora de las novelas El último discurso del general Santibáñez, Versos perversos en la cubierta azul del Mato Grosso, ambas en Ediciones Oblicuas, y El largo camino de tus piernas (Tau editores 2015), disfruta trazando relatos que aparecen recogidos en La nave de los locos (VII Premio Vivendia-Villieres) y Diversas formas de ir a la deriva (Tau editores 2017). El pasado año publicó la novela Año sabático, 2017. Como poeta ha publicado Lo sublime y el frío, libro con el que obtuvo el I Premio Alvaro de Tarfe; y la lluvia perpetua (accésit en el IX Certamen Nacional de Poesía Rumayquiya) que aparece en un volumen junto al ganador de la edición.

Anuncios

Mentir, pensar

12 Oct

Lo peor de mentir es que crea una falsa verdad. (No, no es tan obvio como parece, no es una perogrullada; sé que estoy diciendo una cosa, pero que no sé decirla de la manera correcta; además, lo que me irrita es que todo tiene que ser “de la manera correcta”, una imposición muy limitadora). ¿Qué es lo que yo estaba intentando pensar? Tal vez esto: si la mentira fuese solo la negación de la verdad, entonces ésta será solo una de las maneras (negativas) de decir la verdad. Pero la peor mentira es la mentira “creadora” (No hay duda, pensar me irrita, porque antes de empezar a intentar pensar, yo sabía muy bien lo que sabía)

Clarice Lispector

 

En esta era de la posverdad, nadie se atreverá a negar que la peor mentira sea la mentira creadora. Según la RAE, posverdad: “Distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en las actitudes sociales”.

Pero Clarice Lispector va más allá. Analiza la ineficacia de las palabras para expresar los pensamientos, la incapacidad para abarcar los mundos mentales de unos y otros tan característicos, personales, diferentes y llenos de matices. Sólo pueden actuar como puentes huidizos, de esa certeza que hemos creado al contemplar los colores del atardecer o escuchar las mareas, para conseguir salvar el abismo de un cuerpo al otro. Además, como ella se queja, la forma de expresión debe ser la correcta: un adjetivo — ¡no digamos un adverbio!— equivocado, puede ser demoledor. Si a esto le añadimos el hecho de que verdades y mentiras son las dos caras de la misma realidad, ¿cómo podemos diferenciarlas?

Definitivamente, pensar es muy irritante. De hecho media humanidad ha decidido dejar de hacerlo, prefiere las posverdades elaboradas y empaquetadas listas para el consumo.

Tengo miedo de escribir

5 Oct

Tengo miedo de escribir. Es tan peligroso. Quién lo ha intentado lo sabe. Peligro de hurgar en lo que está oculto, pues el mundo no está en la superficie, está oculto en sus raíces sumergidas en las profundidades del mar. Para escribir tengo que instalarme en el vacío. Es en este vacío donde existo intuitivamente. Pero es un vacío terriblemente peligroso, de él extraigo sangre. Soy un escritor que tiene miedo de la celada de las palabras: las palabras que digo esconden otras ¿Cuáles? Tal vez las diga. Escribir es una piedra lanzada a lo hondo del pozo (…) Escribir es la manera de quién usa la palabra como un cebo, la palabra que pesca lo que no es palabra. Cuando esa no-palabra —la entrelínea— muerde el cebo, algo se ha escrito. Cuando se ha pescado la entrelínea, se puede con alivio tirar la palabra.

Clarice Lispector

 

El trabajo de escribir puede parecer muy seguro. Normalmente se realiza en una casa o cualquier otro territorio conocido, en silencio y rodeado por objetos que —a menos que te lo metas por un ojo o te electrocutes— no son hirientes: lápiz, papel, ordenador …, por lo que puede parecer una actividad sosegada, incluso aburrida. Nada más lejos de la realidad. El escritor/ a suele ser una persona curiosa, a la que le gusta levantar los velos, las tapaderas, hurgar y sacar lo que se acumula en los agujeros de nuestra alma, huela bien o no, lastime o deleite, sangre o cicatrice. La mayoría de las veces ni siquiera sabe lo que se va a encontrar, pero insiste, porque otra característica de los escritores es que suelen tener un natural obsesivo, una necesidad insaciable de remover temas que ya parecerían agotados: el amor y la muerte, el bien y el mal, la voluntad o el destino…, para sacarles más punta, para darles otra vuelta de tuerca. Como nos dice Clarice Lispector, son unos aventureros que se internan por sendas sin abrir y mares sin cartografiar, instalados en el vacío de la intuición, esperando ese fogonazo de sabiduría que ilumina de vez en cuando la conciencia.

Y por si fuera poco, el material de trabajo son las palabras, las tramposas que te llevan al lugar equivocado, las traidoras que tienen significados dobles, las deslumbrantes que suenan en el aire como cometas a los que agarrarse para cruzar el cielo, las refrescantes como el agua limpia, las palabras. Jose Angel Valente dijo que la poesía — y yo me atrevo a ampliar que toda la Literatura—, es “un conocimiento haciéndose”, aquel que se produce durante el mismo proceso creador.

Pues de escribir y leer, esas actividades de alto riesgo, de la Literatura y todo el mundo que la rodea trata nuestro programa La Inopia. Os invitamos a la aventura.

EN ESA DELGADA LÍNEA

24 Jul

Eva Monzón Jerez

NPQ Editores

Un enfermo en estado de coma, como consecuencia del tiroteo de un asesinato múltiple, escribe mentalmente la novela de su vida. Además de las historias de los asesinados —cada víctima tiene la suya—, nos cuenta también la de aquellos que vienen de visita —ya sea a él o a otros enfermos —, la de sus familiares, la de los vecinos de su pueblo… siendo cada cual más original, curiosa o disparatada, en algunos casos raya el realismo mágico, y en otras no falta el humor negro, aunque: “Reírse, sin cuerpo que te acompañe, da tristeza”, nos dice el narrador.

La novela —o deberíamos decir el conjunto de relatos— es una declaración de amor al acto de narrar, siendo la curiosidad del protagonista la excusa para encontrar historias, ya que éste sigue a la gente por la calle para averiguar su vida, se cuela en notarías, entierros y funerales para oír los testamentos, suplanta personalidades, se hace amigo del cartero…, relatos en los que disfruta de su infancia y libertad de movimientos perdidos. Invariablemente vuelve al ahora, a su cama de hospital, donde vegeta entre tubos y respiradores, y desde donde investiga el autor del crimen que lo dejó postrado, por lo que podemos considerar que “En esa delgada línea” es también una novela de intriga detectivesca.

El enfermo percibe olores, colores, sonidos, tiene nostalgia de la cotidianidad y, desde ese observatorio “privilegiado”, se convierte en un estudioso de la especie humana. Los personajes toman vida, las historias son reales y a la vez inventadas: “En sueños, o a través del viento, o cuando menos lo espero, escucho de nuevo esa palabra susurrada” o, por lo menos, el lector es incapaz de distinguirlas, e incluso duda de que hayan pasado -como si desde su cárcel hubiera poseído los recuerdos de los demás-, se relatan unas dentro de otras en un magnífico ejercicio de cajas chinas, a veces en orden cronológico y a veces no —de hecho la edad del niño, joven o adulto en coma, no está bien definida, lo que casa a la perfección con ese ambiente onírico entre lo real y lo inventado, cuestión que al final de la trama se descubrirá su porqué—. La autora utiliza microrrelatos, leyendas, la misma historia contada por personajes distintos en forma de espejo, juegos de palabras, todo con una prosa clara donde no faltan pasajes poéticos, como la preciosa descripción de los cambios en el pueblo según la hora del día; y siembra la intriga, la duda sobre si el narrador e víctima o asesino, porque: “La verdad de toda muerte, por muy intrincada que parezca, está escrita en los actos de la víctima”.

Entre los relatos más sugerentes señalaré: Rosario la portera, cotilla por condición congénita: “Que gran inquisidora se perdió el mundo, es lo que le pasa a los genios cuando el destino, impertinente, los desubica”; Federico, el viajero sin moverse de su casa; Leopoldo, médico de muñecas y juguetes, incluso con horario de urgencias, lo que todos habríamos querido tener cerca cuando niños; Andrea, la hija del sepulturero, cuyos muñecos son los bebés muertos y recién embalsamados; Josete el peluquero que viene al hospital para asearlo y le cuenta las historias que ve en las casas, incluso las más truculentas, las que no quiere oír nadie; Sebastián, el enterrador, en su huerto junto al cementerio recolecta muy buenas hortalizas y limones, pero nadie se las compra; y Elena, la policía encargada de resolver el asesinato múltiple, aunque hay una Elena real, un poco torpe, y otra que él inventa, más lista y segura de sí misma.

También visitan al narrador muertos recientes, desorientados que no encuentran el camino de salida, y suicidas, lo que le permite a la autora reflexionar sobre la vida y la muerte, porque la narración nace de un ser que habita en esa delgada línea, que participa de ambos mundos: “Un segundo eterno en el que todavía estás vivo pero vas para muerto, en el que ya muerto aún sigues vivo: esa frontera donde los recuerdos se agolpan desesperados” Entre los muertos, con humor negro y socarrón, se mantienen las mismas rencillas y trifulcas que cuando estaban vivos, porque: “Ser fantasma no te libra de tu personalidad”, nos viene a decir la autora. Y de nuevo —como ya vimos en su novela anterior “El día a día”— Eva Monzón muestra una gran percepción del mundo de la infancia, de ese momento en el que el miedo, las decepciones y contradicciones de la existencia hacen que ya siempre “crezcas torcido”.

Interesante novela —a la que también me atrevo a calificar de divertida—, donde se reflexiona sobre si nuestra experiencia vital, lo que denominamos realidad, puede ser comprendida sin ser narrada; es más: se duda de si los hechos existen antes de ser narrados, porque: “Somos nuestras propias ficciones. Yo soy mi propia ficción”.

Eva Monzón nació en Santander, actualmente vive en Valencia donde trabaja como psicóloga clínica y jurídica. Ha publicado “Tiempo muerto” Bartleby editores; tradujo el diario de Steinbeck: “Diario de una novela: las cartas al Este del Edén”; su cuarta novela “Errantes” fue publicada por Paréntesis y reeditada por Sargantana, que también le publicó su quinta novela “El día a día”. Tiene escrito el guión cinematográfico de “Entreactos” y de cinco cortos, así como las obras de teatro: “Lo que no se quiere recordar”, “El jurado”, “El descubrimiento”, y con “La pelea” ganó el certamen de Crono Teatro y fue publicada por Estreno. Publica relatos y poesía en varias revistas y mantiene activo su blog Fragmentos que ganó el premio Leibster Award.

EL COLOR DE LOS ÁNGELES

13 Jun

EVA DÍAZ PÉREZ

ED. PLANETA

¿Cómo le afectará el paso del tiempo a mis cuadros?, se pregunta un Murillo anciano y convaleciente tras caerse del andamio donde trabaja en Los desposorios de Santa Catalina. La memoria del pintor sevillano durante sus últimos días es el hilo del que se sirve la escritora Eva Díaz Pérez, no sólo para narrar la historia del pintor, sino para reflexionar sobre los binomios: vida/arte y realidad/ficción, paradojas que han atormentado a todos los artistas desde que la primera mano humana se impregnó en las paredes de una cueva rocosa. Bartolomé Esteban Murillo, el pintor de ángeles, injustamente reducido a su faceta de temas religiosos, se nos muestra en esta novela como un hombre profundamente preocupado por el devenir de los tiempos y el de su ciudad, la Sevilla gloriosa pero ya menos, que sigue viviendo del pasado mientras sus oropeles se destiñen, quizás como le habrá ocurrido a sus cuadros cuando los miren ojos que todavía no han nacido.

La autora nos sumerge con gran habilidad en la atmósfera de Sevilla en el siglo XVII, para lo que utiliza tanto un léxico antiguo (nombres en desuso de objetos cotidianos, como bargueños; prendas de vestir: guardainfantes, zaragüelles…; actividades y profesiones: azacanes…; enfermedades, no en desuso pero nombradas de otra manera: romadizo o garrotillo; y comidas con sonidos de clara resonancia árabe: aloja, alajú…); así como el sentido del olfato, que será fundamental a lo largo de toda la narración —“…sería fácil guiarse por Sevilla sólo con el olfato”, llega a pensar el pintor—, con continuas referencias al hedor de orines, sangre, enfermedades y tripas; o por el contrario los agradables olores del ámbar, los perfumes y las maderas exóticas — “Dentro del taller huele intensamente a bosque de Indias”— , incluido el de azahar de su mujer, Beatriz Cabrera, que él intentará conservar en sus ropas después de muerta.

Estructurada en tres partes: Veladuras, Naturalezas muertas y Claroscuros, se van intercalando en el momento presente —anciano, solo y moribundo tras la caída del andamio— la historia de una vida que no fue fácil, llena de tragedias: huérfano desde niño, tuvo nueve hijos, los tres mayores murieron en la cruenta epidemia de peste de 1649, y del resto solo le sobrevivieron dos, muriendo su mujer en el último parto. Es meritoria la imaginación que se aplica a la reconstrucción de escenas cotidianas, como la muy posible cazuela de berenjenas que le prepara su hermana mayor, o la llegada de los barcos que un Murillo adolescente otea entusiasmado desde la azotea de su casa, soñando con aventuras en el Nuevo Mundo. El Guadalquivir adquiere importancia desde el primer capítulo. Mediante un paseo en barca con su entonces novia, así como en otras variadas escenas, se nos describen los misterios de este río con doble cara, trae riquezas, pero también vicios, y muerte —simbolizada por los delfines premonitorios— con las temibles crecidas. Sevilla, también tiene una cara devota y otra viciosa, paraísos e infiernos se crían juntos, y una religiosidad vengativa en la que herejes y pecadores son quemados en medio de una gran fiesta. Aquí vemos aflorar recuerdos de esa otra memoria, la que la autora nos regaló en “Memoria de cenizas”.

Además de la vida cotidiana, Eva Díaz Pérez realiza, y esto es lo que más me ha interesado, un análisis del proceso creativo, de la obra pictórica, de las dudas y éxitos, de su evolución como artista. Murillo ha sido muy admirado por mostrar una religiosidad amable, una visión delicada de lo mártires y de la santidad. En ese sabio equilibrio entre realidad y piadosa mentira, utiliza como modelos a sus hijos, a su esposa, al mulato Juan, a la gente humilde de la calle, incluso a una joven prostituta con cuya belleza se obsesiona —y la persigue poniendo en peligro su honorabilidad— para inmortalizarla en la cara de una Inmaculada. “Miraba la tierra para pintar el cielo”, hasta que un día se pregunta: ¿Pintar seres divinos con las facciones de mortales es una herejía?; es más: ¿tienen estos ángeles tan bellos un lado oscuro?, ¿provocan su hermosura, el color de su carne, deseos no piadosos? Sus dudas se acrecentarán al verse atrapado, junto con personas muy cercanas, en una turbia trama de lujuria y explotación que le hará conocer el lado más oscuro de Sevilla y dudar de su arte: “No era más que un farsante que pintaba a Dios para conseguir dineros”, se culpa.

Novela intensa que reconstruye con acierto la figura de Bartolomé Esteban Murillo, al que descubrimos como artista de religiosidad sincera y profunda, pintor de ángeles e Inmaculadas, pero también de la vida callejera, de los personajes que éramos, tanto que su pintura se podría considerar como un documental sobre la barroca y decadente Sevilla del XVII. La autora pone en boca del pintor una posible solución a la maraña de dudas que le atemorizan al final de su vida: “Quizá ha llegado el momento de hacer arte para el hombre. Contemplar la belleza por la belleza, sin que sea sagrada.”

Eva Díaz Pérez (Sevilla, 1971) es licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad de Sevilla. Es autora de las novelas “El club de la memoria” (Finalista del Premio Nadal 2008), Adriático (Premio Málaga de novela 2013 y Premio Andalucía de la Crítica 2014), El sonámbulo de Verdún, Memoria de cenizas (Premio Unamuno) e Hijos del Mediodía (Premio de narrativa El Público, de Canal Sur), así como de ensayos y guías literarias. Colabora con los periódicos Abc y El País, y en las revistas Mercurio y Andalucía en la Historia. Recibió el Premio Francisco Valdés de Periodismo Cultural, el Unicaja de Artículos Periodísticos, el Ciudad de Málaga, Universidad de Sevilla, Ciudad de Huelva, y en 2013 el Premio Feria del Libro de Sevilla por su trayectoria literaria.

Veintidós estaciones

13 May

M. Dolores Almeyda Domínguez

ÁVALON Narrativa. KARIMA Editora 

Una mujer es recluida por su familia en su pueblo natal como terapia de choque frente a una neurosis obsesiva por la limpieza, el orden, las normas y la perfección. Este es el pretexto que necesita M. Dolores Almeyda para incorporar reflexiones sobre el paso del tiempo utilizando una cuidada prosa poética. Ese retiro en una pequeña aldea minera de la sierra onubense, estancada en el tiempo, donde hasta el reloj está parado, le genera a la protagonista la necesidad de distraer la soledad recordando su vida y plasmándola en un cuaderno amarillo. Así nos enteramos que un error de juventud —la única intriga de la trama, que se va desvelando poco a poco sin causar impaciencia en el lector, por lo que ésta no se puede considerar una novela con estructura al uso—, la ha llevado a dejarse dominar, hasta la sumisión, por una madre controladora que le hizo adoptar comportamientos impuestos, y buscar la felicidad en modelos estereotipados y vacíos.

En este homenaje a la memoria, un “andar hacia atrás” como acertadamente lo denomina la autora, va hilvanando los recuerdos, con claros tintes autobiográficos aunque con estratos de indefinición, en capítulos que recorren sus amores de la niñez y juventud, sus amigos, las fiestas del pueblo y, por supuesto, su familia que prácticamente se centra en la poderosa imagen de la madre: “Mi madre era una gran señora. Ojeaba a mis pretendientes desde alguna perspectiva que yo ignoraba y estos dejaban de serlo de inmediato”. De esta manera se conforma la historia de una comarca andaluza en el siglo XX, las consecuencias de la guerra civil, sus cambios sociales y políticos en los modos de vida, en los de trabajo y producción de riqueza, la emigración del campo a la ciudad, las fiestas, incluso los más recientes cambios ambientales: contaminación del río —“Piedras incrustadas de amarillo hasta su más profundo ser por el amor del cobre”—, y la pérdida de biodiversidad en los bosques. Hay otros recuerdos y reflexiones que, por demasiado recientes y genéricos (corrupción política o problemas de la inmigración), no encajan en el tono global de la narración.

Utilizando el formato de diario intimista, M. Dolores Almeyda se recrea en la prosa, no en la trama, alcanzando momentos poéticos notables: “Recogeré la lluvia. Haré castillos de hojas después de ponerlas al sol para que se sequen y las dejaré expuestas al viento para que él los destruya”, párrafos en lo que aparentemente la narradora no realiza nada productivo, pero en su interior se están recolocando los recuerdos, y se está enfrentando a sus fantasmas. En el solitario monólogo, les pide cuentas a los amigos por las relaciones perdidas, a la sociedad por obligarle a asumir vergüenzas impuestas, a su madre por cortarle todos los caminos de realización personal y, por supuesto, a ella misma por haberse permitido tal grado de sumisión. Especialmente notorios para mí han sido los capítulos PIEDRAS dedicado a su infancia, los trabajos mineros y el río de Sotiel; y PÁJAROS, en el que compara a los bulliciosos y alegres gorriones con las mujeres del pueblo sentadas en el porche al atardecer, y además los convierte en los indicadores del tiempo, símbolos de la vida, que cambia y permanece a la vez.

Con esa preciosa imagen de la reconstrucción de la memoria: “… el hecho de vernos desde atrás, como si yo misma fuese alguien que caminaba en la misma dirección y detrás de nosotros mismos”, la mujer olvida sus obsesiones, se reconcilia con sus espíritus, supera sus miedos, comprende que está curada de sí misma aunque no sabe todavía si lo está de los demás. Pero: “Mi cuaderno está lleno y yo vacía. Ya puedo irme”.

 

Maria Dolores Almeyda Domínguez nació en Sotiel, un pueblo minero de la provincia de Huelva. Ha publicado los libros de poemas “Versos clandestinos” Nuño editorial ( 2011), “La casa como un árbol” Urania ediciones (2013), “Veintidós estaciones” Karima editora (2015), “Pequeños versos furiosos” Editorial Lastura, “Instrucciones para cuando anochezca” Anantes (2016). Participó en el libro colectivo “Pessoas, Veintiocho Heterónimos esperando a Pessoa” Karima editora y “Lus Sur” Urania Editorial (2016). Ha publicado el libro de relatos “Algunos van a morir” Urania, “El valle inacabado” Karima editora; “Mundos” Tau editores; “Dos flores de loto” Padilla, y “El sol no arde mejor en primavera” Encuadres (1918)

Trampantojo

6 Abr

Charo Jiménez 

Editorial Triskel 

Que la realidad y la ficción se confunden, es lo nos quiere transmitir la autora de Trampantojo. En la novela coexisten dos historias: la “imaginada” por una protagonista escritora, y la “real”, su propia vida. Charo Jiménez lleva ambas de la mano, vamos asistiendo en paralelo al crecimiento, adolescencia, primeros amores, madurez y finalmente vejez, incluso muerte, tanto de los personajes supuestamente reales como de los ficticios, pero, a lo largo de los años, unos y otros se miran, se reconocen, y se interpelan, como si de un espejo, o un trampantojo, se tratase porque la cuestión es: “entretejer la ficción con los hilos de la realidad, ¿o es al revés?”. Como si el yo real se ocultara para fabular, a partir de las experiencias, un yo deseado, porque: “Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes”, dice el alter ego de la autora.

En la historia “ficticia” Elena y Rosa viven una fuerte amistad forjada desde la niñez y la adolescencia, hasta la primera juventud, cuando Elena comete un acto de traición hacia su amiga. Esta culpa le perseguirá, le condicionará sus relaciones posteriores, las de su familia y, por supuesto, acabará con esa amistad que parecía a prueba de cualquier fuego. Mientras la escritora Teresa va creando —capítulo a capítulo la novela antes citada-, el lector descubre la historia “real” —denominada “Lo que el viento nos dejó”—, en la que también tuvo una amiga de la infancia, Irene, de la que sólo conserva sus cartas como un reclamo del tiempo, y un pasado del que tampoco se siente muy orgullosa. Algunos personajes: los familiares y el incondicional amigo César, permanecen idénticos en ambas vidas. La autora utiliza un lenguaje sencillo, pegado a la narración y de fácil lectura, lo que no le impide utilizar en ocasiones prosa poética: “No sé qué historias se habrá dedicado el viento a murmurarle a las aves esta madrugada de nidos desvelados”, prosa que se echa de menos en más ocasiones. 

Mientras se desgranan las dos historias, asistimos a reflexiones sobre la importancia del perdón, no solo hacia los demás sino hacia uno mismo; también del olvido que sana las heridas; el valor de la amistad y la familia por encima de cualquier comportamiento; y una cuestión a la que la mirada de un escritor siempre se enfrenta: la irrealidad del mundo real, o qué hay más allá de lo que vemos: “¿Recuerdas Irene? La vida es un trampantojo, nos decía tu padre (…) Una ilusión con la que quieren engañarnos haciéndonos ver lo que no es”. Un cuadro en el que la memoria y lo inventado se funden desde la verdad de la escritora. 

Charo Jiménez (Sevilla 1961), licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla, ha sido profesora durante más de veinte años en diversos Colegios e Institutos públicos de su ciudad y provincia. En palabras de la autora, y parafraseando a Julio Cortázar: “la literatura y yo andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos” Ha publicado las novelas “Trampantojo” y “Ara, como el río” ambas en la editorial Triskel.