Hasta que sea verano

14 Ene

Ignacio Arrabal

Editorial Anantes

El paraíso puede convertirse en un infierno y los juegos de la niñez en tragedia, cuando la maduración se produce a la fuerza y de forma dolorosa. En “Hasta que sea verano” Ignacio Arrabal narra una historia de desarrollo, la del cambio durante el verano de un grupo de jóvenes, amigos desde la infancia, hacia la edad adulta sin vuelta atrás posible. Pero también es —y esto es lo que me ha parecido más interesante— una reflexión sobre cómo se construye la memoria, cómo las vivencias recordadas condicionan los años posteriores: “La desilusión y la tristeza de su presente, y que lo acompañarán en su futuro, son fragmentos sueltos de su pasado”.

En una playa del sur llamada Cala del Diablo, varias familias de Madrid veranean juntas, sin apenas mezclarse con los lugareños, desde hace años. Es un mundo amable, conocido, donde los roles sociales están bien establecidos. Esta supuesta estabilidad se ve amenazada por la llegada de unos nuevos veraneantes, una familia francesa —extranjeros, lo desconocido, lo anhelado, lo que no sabes que quieres pero aparece— que como catalizadores inevitables, van a poner en evidencia las fisuras de su amistad e incluso el bienestar y equilibrio de sus vidas familiares.

La energía vital del sexo es uno de los elementos de la trama. El personaje de Fabien destapa identidades sexuales reprimidas en una sociedad llena de prejuicios, y el de Sophie, objeto de deseo por el que todos suspiran, lo encarna como forma de comunicación pero también de jerarquía y dominio en el grupo. Javier es el líder al que todos admiran y se someten porque tiene una seguridad —en una discutible escala de valores, pero él sabe muy bien lo que quiere— de la que los otros carecen: “Un hombre que mira la vida como si la vida le debiera algo”. En este proceso de desarrollo, la inmadurez significa moverte entre la duda y la indecisión paralizante, cuya viva imagen es Alonso, el narrador, del que asistimos a su enfrentamiento con situaciones, en ocasiones dramáticas, que lo obligan a definirse y que él afronta con escaso éxito: “Me sumí en el silencio y dejé que la duda y la rabia se convirtieran en rencor y luego en odio”.

El ambiente de verano, muy bien reflejado por el autor, nos sumerge en los baños de mar y sol, en las tardes lánguidas y sexo fácil en Cala Diablo, espacio que simboliza la infancia, un paraíso que se va volviendo infierno conforme la historia avanza, hasta convertirse en el perdido. Entre los miembros se generan historias de amor imposible, bien por convenciones sociales, por represión o por la no correspondencia, hasta que el primer muerto altera definitivamente sus visiones aniñadas de la vida: “… si allí quedaron enterradas nuestras vidas vírgenes… y los recuerdos se bajan con el tren en marcha”.

Pero no todos en el grupo van a enfrentarse a los hechos, y sobre todo a los recuerdos, de la misma manera. Es este un aspecto, el cómo se realiza la construcción de la memoria, en el que el autor también ahonda —lo que sintió el personaje entonces, y lo que en realidad había tras haberlo descubierto al cabo de los años— de forma inteligente: “Es como si los recuerdos quisieran insinuarme que había algo escondido en esas pequeñeces a las que no le dimos la debida importancia”. De hecho la reconstrucción exhaustiva de aquel verano es el hilo conductor de la narración, llegando a la conclusión de que los recuerdos pueden impedir tener una vida adulta plena: “No le asustaba tanto sufrir como recordar”.  En resumen, una lectura recomendable con la que nos sentiremos identificados.

Ignacio Arrabal (Sánlucar de Barrameda, 1973) es autor de los volúmenes de poesía La palabra tiempo, La superficie del aire, Los sueños intactos, y La luz inversa, obteniendo premios como el Ángaro, Santa Teresa de Jesús o Paul Beckett. En 2014 publicó una selección de relatos bajo el título Las vidas invisibles y en 2016 debutó como novelista con El rasgo suplementario.

Ejerce la crítica literaria en revistas especializadas y en Diario de Jerez

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LA VUELTA AL DÍA

17 Dic

Hipólito G. Navarro

Páginas de Espuma

Tras doce años sin publicar, en barbecho como él mismo reconoce, Hipólito G. Navarro nos trae “La vuelta al día”, veintiún textos de temática variada que ha sido merecedora del Premio Andalucía de relato. En un prólogo-cuento inicial el autor nos relata los criterios que utilizó para agruparlos en secciones: los escritos y reescritos pero guardados en el cajón, los realizados por encargo, los que surgieron bajo la influencia de determinadas personas, o los que proceden de su más íntimos pensamientos y recuerdos. En todos ellos aparecen dos características que ha mostrado desde el comienzo de su carrera literaria: el humor —la sana capacidad de reírse de uno mismo, fealdades, incompetencias, fracasos amorosos y torpezas varias—, que además lo salva de situaciones amargas; y por otro lado un material autobiográfico —el despertar a la sexualidad y a la lectura, los amigos de la adolescencia, el padre…, en la Sierra de Huelva, su Macondo particular— que como el autor reconoce: “es muy fuerte en esta obra y sobre todo el último conjunto de cuentos”.

Entre los veintiún relatos, me parece interesante reseñar:

  • Verruga Sánchez” dónde desarrolla la hipótesis fantástica de qué pasaría si la sabiduría, la personalidad, incluso la voz, de alguien dependiera de una desagradable verruga, que conforme esta creciera lo hiciera también el encanto personal. Una caricatura del complejo de feo, que recuerda al mito bíblico de Sansón con su melena, y que a la postre no reconforta porque en la fealdad puede estar el tan buscado sentido de la vida.

  • Los artistas cautivos” es una lúcida crítica al tipismo, a la categoría de indígenas en que los andaluces nos hemos convertido, como consecuencia de la reverenciada industria nacional: “Esta aldea es poco menos que una comuna de funcionarios con antifaz”. Idea que se repite en “Puentes, acueductos” donde los pueblos de la sierra son parques temáticos: “Pasados dos o tres minutos la actividad aldeana es total”, pero como todo trabajo, ser figurante costumbrista también cansa: “Aguantan aún el tirón de los fines de semana, pero no están ya para muchos puentes”

  • En “Tantas veces huérfano” nos narra la historia de la llegada de la electricidad a la aldea del padre, pero cuando esta se ilumina a él se le apaga la vida. En este trágico relato, Hipólito G. Navarro utiliza con maestría la pantalla de la TV del bar para describir el ambiente, para conectar con los movimientos de los personajes, para crear un ambiente aterrador a la vez que onírico, hasta que el niño termina: “…viendo pasar veloces las caras de estupor de los vecinos como si ellos dos fuesen montados en un tiovivo”.

  • Mucho ruido y pocas nueces” es una alegoría del mundo del teatro, en concreto el de Chespir —así escrito— y un homenaje a Borges.

  • Luis Tristán, pintor de fondos”, relato realizado por encargo con motivo de una antología de relatos sobre El Greco, es un precioso homenaje a la serranía de Huelva. A partir del personaje de un cuadro reconstruye toda su posible historia —de amor por cierto, como muchas otras que aparecen en la obra—, en lo que podríamos considerar un relato histórico, lo que aumenta la versatilidad del autor.

  • Los otros Tiresias y Clariclea (variaciones pornoeróticas sobre una obsesión astriciliana)” nos traslada al “Orlando” de Virginia Woolf, mucho más disparatado, en la que se nos enseña un muestrario de investigaciones y posibles inventos para transformarse en mujer.

  • Los dos últimos “La vuelta al día”, narra los recuerdos de su adolescencia en el pueblo; y finalmente el emotivo relato “La poda y la tala de los árboles frutales” sobre su padre alcohólico, que le inculcó amor por los libros, por un único libro. “Hay demasiada autobiografía en estos cuentos, me temo (…) sobre todo en la última sección, la que presta su título al libro, ahora me veo demasiado desnudo”, reconoce.

Hipólito G Navarro es uno de nuestros cuentistas más reconocido, tanto por reflejar los huecos del alma mediante grandes verdades dichas con sencillez y humor: “Unos oficiales se especializan en escalas de cuerda, con estribos, y otros en escalas de valores, con todos sus peldaños mismamente metafísicos”, como por su capacidad para generar un estilo novedoso, a veces caricaturesco hasta el esperpento, porque no se trata de sobre qué contar, sino de cómo hacerlo, de ser singular. Domina la técnica narrativa de fabricar cuentos redondos (“Las estampas del timo”), de generar intriga con pocas palabras (“la maldita operación”, “las escopetas pueden estar oxidadas o no”), o con una escalada de preguntas retóricas que desembocan en el mayor desastre (“La excusa termodinámica”), o en finales sorpresivos (“Ligamentos” y “En el fondo de la memoria”), sin olvidar la poesía por ejemplo en esta preciosa descripción de un hormiguero: “… un pequeño volcán en miniatura hecho de finísimas partículas de entusiasmo”.

El recuerdo —volver al corazón— y la memoria, como el autor bien sabe por su formación científica, son una construcción del cerebro, un sistema de conexiones nerviosas que se mantienen o se pierden, que interactúan entre ellas hasta dar el relato que nos contamos a nosotros mismos, para lo que la literatura resulta un gran aliado. Tan equivocado sería decir que la obra de un autor es solo la proyección de su biografía, como que esta no importa. Pero nuestra memoria no es solo nuestra, es compartida, así que animo al autor a que continúe escarbando en ese fondo porque como él opina lúcidamente: “El oficio a la postre solo sirve para disimular un poco y que no se descubra tan a las claras la autobiografía”. Oficio demostrado, que sus lectores queremos seguir disfrutando.

BIOGRAFIA

Hipólito G. Navarro (Huelva, 1961) es autor de los libros de relatos ‘El cielo está López’ (1990), ‘Manías y melomanías mismamente’ (1992), ‘El aburrimiento, Lester’ (1996), ‘Los tigres albinos’ (2000) y ‘Los últimos percances’ (2005) ‘Mario Vargas Llosa NH’ al mejor libro publicado; y de la novela ‘Las medusas de Niza’ (Premios Ateneo de Valladolid 2000 y de la Crítica andaluza 2001). Con la antología ‘El pez volador’ (Páginas de Espuma, 2008), preparada por el escritor Javier Sáez de Ibarra, recibió el Premio ‘El Público’ de Narrativa 2009, otorgado por los periodistas culturales de Andalucía. Durante los años 1994 y 2001 editó la revista ‘Sin embargo’, dedicada al cuento literario. Asimismo, fue el responsable de la edición de los cuentos completos de Fernando Quiñones, ‘Tusitala’ (Páginas de Espuma, 2003). Sus relatos, traducidos a diez idiomas, están recogidos en numerosas antologías del género en Europa y Latinoamérica.

Madeira 3: Grutas de Säo Vicente y costas.

30 Nov

Tras cruzar hacia el norte la Sierra de Água llegamos a las Grutas de Säo Vicente. En este centro volcánico la Geología se ha hecho parque temático, con bajada a los infiernos del núcleo —una enorme bola incandescente cuyos destellos se parecen a los de las lejanas estrellas— y con máquina del tiempo que nos traslada hasta el origen volcánico del archipiélago, incluidas. Tras la interesante explicación divulgativa, realizamos un paseo de 700 m por los túneles que la lava formó en su descenso hacia el mar: al solidificarse la parte exterior más rápidamente, como una costra, que la interior, por donde la lava continuaba fluyendo, tras la erupción han permanecido unos perfectos tubos que se pueden recorrer,  con la ayuda de escalones y senderos construidos al efecto. El ambiente es húmedo y frío —los visitantes más optimistas tienen que abrigarse con sus toallas playeras— pero en este mundo rocoso y oscuro, existen cristalinos lagos azules y han crecido algunos helechos junto a la luz de los focos.

Descendemos hacia la costa sur oeste —con una nube pinchada en Sierra de Água durante muchos kilómetros y el frío todavía metido en la espalda— por magníficos y continuos túneles construidos para salvar las vertiginosas pendientes que descienden hasta la orilla. Esta zona es la más turística de la isla, así que todo son facilidades para el primer motor económico, para que el turista pueda llegar desde aeropuerto de Funchal a los hoteles playeros en menos de cuarenta minutos. Un sol implacable, que nos libera de todo el abrigo que fue necesario para pasear por las profundidades volcánicas, y un mar azul, invitan al baño, como lo están haciendo los todavía numerosos turistas que llenan la playa de Calheta, cuyo nombre intenta recordar a la de Cádiz pero es artificial: fabricada con arena blanca traída del Sáhara, mucho más chica, y no tiene ni barquitas pesqueras ni castillo, sino anglosajones jubilados y familias rusas. A los que desde luego ahora mismo envidiamos. ¿Cómo es posible este cambio de clima en solo 30 Km de distancia?

Al atardecer llegamos a la península de San Lorenzo, situada en la costa este —y que se prolonga bajo el mar hasta las Desertas— tras atravesar un conjunto residencial de casitas populares portuguesas, con tejas rojas y piedras enmarcando las ventanas, imagino que el equivalente a nuestros tópicos pueblos marineros blancos. La vegetación es propia de zonas áridas —algún pino, algún cactus— escasa, e inexistente al final de la península. Ni rastro de los exuberantes bosques de las zonas altas.

La luna llena asoma ya tras los promontorios rojos y ocres que, como unos gigantes inoportunos, salen del agua; hay bolas de lava rodando por las laderas; reconozco basaltos, diabasas, pumitas…; farallones verticales caídos desde los acantilados, mientras las olas siguen golpeándolos, rompiéndolos, decenas de metros bajo nuestros pies. La falta de vegetación, las rocas desnudas, el color del cielo, evocan una sensación de soledad y desolación intensa, como la de estar en un mundo extraño… ¿quizás en Marte? Se me ocurre pensar que si un náufrago llegara a estas costas, después de la alegría de gritar “¡tierra!”, pensaría que más le valiera haber seguido en el mar, porque no hay manera de ascender por esos imponentes acantilados.

Al llegar al hotel encuentro en internet una leyenda sobre unos enamorados ingleses que durante la Edad Media —es decir, antes del descubrimiento del archipiélago— huyeron de sus familias porque no aprobaban su noviazgo, ella era de origen noble, y embarcaron hacia Francia. Pero una terrible tormenta desvió la nave, provocó el naufragio, y fueron a parar a las islas Desertas donde, como su propio nombre indica, no hay nada de nada, en las que… murieron de enfermedad y hambre. Ella primero, él a los pocos días, pero antes levantó una cruz donde dejó escrita su triste historia.  Fueron sus huesos los únicos restos humanos que los primeros colonos portugueses encontraron a su llegada a la isla. Murieron, pero imagino que viendo unas puestas de sol preciosas, sobre afiladas rocas rojas y un limpio mar azul.

Madeira 2: Caldeirao verde

23 Nov

El agua desciende tranquila por la pendiente de la levada, esas construcciones que los habitantes de Madeira han realizado para llevar agua desde las partes altas —altísimas—, y húmedas —nubosas—, hasta las bajas y conseguir así cultivar algo en esta isla de relieve increíble. Junto a cada levada discurre un sendero, en uno de los cuales me encuentro.

A un lado, las paredes de las rocas negras, que rezuman agua sin descanso, están tapizadas de helechos, musgos y acantos en un espléndido jardín vertical; al otro, rododendros densos en hojas —que ya quisiera cualquier parque— junto a enormes y altísimas hortensias de flores verdes, no azules —como si el exceso de agua les permitiera ese derroche de clorofila— y árboles tan tupidos que impiden ver el precipicio desde donde ascienden, o la ladera boscosa de enfrente; y delante el camino, a veces despejado, otras cruzado por ramas horizontales, tan fuertes que invitan a columpiarte en ellas para recordar la infancia. Todo florece, todo germina, todo crece hasta tamaños imposibles de imaginar en nuestros áridos jardines, mientras el agua sigue corriendo y los pájaros cantando. Aquí sí se cumple aquello de que los árboles no te dejan ver el bosque, un terreno inexplorado, pero no tenebroso ni acechante como en los cuentos infantiles.

El sonido continuado del agua, como el de la fuente de un patio, o de un pueblo, es tranquilizador y me invita a meditar. Un pequeño pájaro con las alas blancas y negras, la tripa gris y el babero amarillo, me rodea picoteando el suelo, sin ningún miedo. Nos miramos de frente. La luz clarea en las pequeñas olas de la corriente. Los helechos gotean. Las nubes se cierran sobre la montaña. Las raíces de los árboles forman una red en el suelo. Yo sigo escuchando la cadencia del agua, el primo del gorrión picoteando tranquilo alrededor. 

Solo revolotea cuando pasan los senderistas de todas las nacionalidades y en todas las actitudes: deportistas que ascienden las cuestas caminando vigorosamente apoyados en bastones, o incluso corriendo; familias con niños que corretean —lo que no deja de tener cierto peligro habida cuenta los precipicios que asoman tras la cortina verde—; indolentes parejas, quizás en viaje de novios, que sonríen y manifiestan su amor en cada curva; y, sobre todo, grupos de saludables jubilados anglosajones, con el pelo blanco y las rodillas huesudas. Aunque yo también sea una intrusa, a mi amigo le debo parecer un elemento más del paisaje.

Continúo por un camino que se complica. A veces se estrecha tanto que solo es posible caminar sobre las rocas húmedas de la propia levada, o bien se introduce en el interior de la montaña por túneles serpenteantes y oscuros donde la única guía es el sonido del agua, que sigue corriendo junto a los pies, y la improvisada luz del móvil, si la tienes. Es un momento difícil, pero afortunadamente unos animosos senderistas, perfectamente equipados para la aventura con linternas en la frente, te rescatan de ese principio de rendición.

El final del sendero es una inmensa catarata —más de 100 metros de altura— cuya agua se almacena en la laguna Caldeirao verde, y que alimenta la levada siguiendo el ineludible camino hacia abajo. Allí nos volvemos a encontrar, y a reconocer, todos los intrépidos senderistas. La feracidad de la vegetación, el agua grandiosa, la sensación de felicidad por haber llegado y de gratitud por lo que se te ofrece…recuerdan lo que debe ser un paraíso.

Pero incluso estos se acaban, toca 6,5 Km de vuelta.

Raíces y puntas

18 Nov

Alejandro Luque

Triskel Ediciones

A pesar de su juventud —cuarenta y pocos es nada—, Alejandro Luque tiene una amplia experiencia como periodista cultural, como escritor, y en menor medida como músico; la misma que ha ido plasmando en su blog “Raíces y puntas” desde 2007, del que ahora la editorial Triskel ha publicado esta selección que nos ocupa.

Por tal origen, esta obra tiene difícil clasificación: podría ser un libro de viajes; un compendio de crítica literaria y cinematográfica; un conjunto de opiniones sobre la situación política y social de nuestro país; una reflexión sobre de pequeños sucesos de su vida… Es decir, lo que escribimos todos los que mantenemos un blog. Entonces, ¿qué es lo que hace esta obra diferente y, en nuestra opinión, digna de ser leída?

La cantidad de personajes de todas las artes —algunos totalmente desconocidos para mí, debo reconocer— que aparecen como resultado de sus entrevistas o análisis, es abrumadora; pero el autor no realiza una escueta anotación informativa, sino que se implica en la vida pasada y futura del artista, se duele de sus errores, se alegra con sus éxitos.. y sobre todo ejerce una crítica basada en el compromiso ético, en la denuncia de los que conciben la literatura como un manejo interesado de la lengua para conseguir lectores —en un momento dado parafrasea a Serrat: “Entre esos tipos y yo hay algo personal”—. Mención especial se merece la entrada del pregón a la clausura del III Festival de Perfopoesía de Sevilla, dedicada a los malos poetas —categoría en la que él mismo se incluye—, donde  al hilo de un humor que permanece en todo el texto, realiza una disección hilarante de los personajes que revolotean alrededor de esa categoría literaria. No dudo en que habrá autores por los que Alejandro Luque tendrá preferencias —muy interesante como nos cuenta su evolución en gustos y conocimientos literarios—, de otros él mismo reconoce abiertamente su debilidad: Borges y Carlos Edmundo de Ory, sus guías espirituales desde la juventud  —“La deuda que uno contrae con quienes lo han hecho soñar nunca caduca”—, pero es de agradecer ese intento de visión honesta sobre el panorama literario.

La critica social y económica no deja de estar presente, la crisis en todas sus formas y más aún en el oficio de periodista o de escritor, pero es interesante como el autor defiende la necesidad de sacudirnos de una vez la losa de la España negra, de ese destino trágico al que parecemos abocados por ser un país cutre, cateto y pobre… Es tener definitivamente una mirada joven, libre de prejuicios que parecen aplastarnos desde la creación del imperio. Bordeando la crítica, o el comentario ilustrativo, aparecen también otros que podemos definir como cotilleos sobre autores literarios y demás personajes de la farándula (no necesariamente artística), que nos demuestran como indudablemente el autor se divierte en su trabajo, que aunque mal pagado e incierto, le compensa con otras prebendas, a veces materiales —cuando come y bebe a cuenta de la institución de turno— y otras espirituales, por lo que “a cualquier cosa le llaman trabajar” se congratula y expone en las redes a menudo.

Con “Raíces y puntas” viajamos a Sicilia, muy importancia en la vida del autor; Cuba, de la que teme no ser capaz de expresar todo lo que la isla significa; Nueva York: “Visitar NY es revivir los importantes mitos de la literatura y el cine”; Grecia e, incluso sin coger un avión, solo a través de la literatura, a Japón. En todos estos lugares paseamos por ciudades a las que ya conocemos antes de ir, ciudades icono, reprocesadas en nuestra imaginación: “Inevitable la sensación de que pasear por NY no puede ser un descubrimiento sino un reconocimiento”. Pero me atrevo a afirmar que todos estos viajes Alejandro Luque los realiza sin salir de Cádiz, y por tanto de su infancia y adolescencia, porque la comparación con dicha ciudad es continua: “En Cádiz como en Venecia no hace frío sino humedad”, “…el ficus (del Orto Botánico de Palermo) bien podría competir con el de la Caleta gaditana”, “Siracusa, esa otra Cádiz”, recuerdos como restos de un naufragio que le devuelve la marea: “Yo tuve una isla”, precioso comienzo de su  entrada sobre una playa de Ceuta. Realidad que nos acoge en la sabia frase de Antonio Machado sobre la verdadera patria del hombre,  o citando a una de las entrevistadas por la que el autor demuestra más aprecio, Ana Mª Matute: “El hombre es en todo caso lo que queda del niño. Todos caminamos con nuestra infancia a cuestas”. Esta gaditanía, de la que presume abiertamente de forma casi militante, impregna todas las entradas, no solo por la referencias geográficas, sino por la utilización de su particular léxico: cortapichas, sangangui, biruji…;  o por la filosofía de vida, que absorbida desde su más tiernos años se desprende, pero sobre todo por la guasa, la que le permite sobrevolar por todas sus críticas sin demasiado escozor:  “Hay que ver lo que se parece un concierto de Ken Follet a una novela de Ken Follet” “Los malos poetas somos como aquel personaje de Borges: no tenemos nada que decir y además lo decimos”.

Asistimos también, como no podía ser de otra forma, a sus pequeñas vicisitudes y victorias personales, como la importancia de dejar de fumar, que se convierte en casi una ruptura sentimental, sus cavilaciones sobre tabaco versus inspiración porque: “¿No tienen los fumadores cierto aire de familia con los tragafuegos del circo?”; o asumir la irremediable llegada de la calvicie (medida el tiempo, motivo de intimidad con personajes ilustres…) con dignidad.

Hemos dicho lo que podría ser, ahora lo que no es: no es una novela, ni un compendio de relatos, ni un poemario…, pero cada entrada participa de alguno de estos géneros como todo buen blog. Debemos admitir que a veces es difícil mantener la atención del lector, ya que este modelo de estructura puede resultar repetida, pero en cualquier caso es un libro muy recomendable. Como dijo Cervantes: “Quien mucho lee y mucho viaja, mucho vive y mucho sabe”. Es este el caso.

  Alejandro Luque (Cádiz 1974) desde 2005 es redactor cultural del El Correo de Andalucía y colabora asiduamente en diversos medios de presa escrita, radiofónica y televisiva. Su carrera periodística se inició en 1994 en el Diario de Cádiz y Cádiz Información, para luego pasar a El País donde colaboró cinco años. Durante diez años codirigió la revista de literatura y pensamiento Caleta, y actualmente impulsa la revista digital de cultura M´Sur.

                Ha publicado la antología de poetas gaditanos “La Plata fundida” (Quorum 1997); el poemario “Armas gemelas” (2003); el ensayo biográfico “Palabras mayores” (2004), donde analiza la amistad entre Borges y Fernando Quiñones; la novela corta “Calle de la soledad antigua”(Tristana 2006) ; y el libro de relatos “La defensa siciliana” (Algaida 2006) ganadora del IV Premio Alfonso de Cossío de Relatos Cortos; y “Viaje a la Sicilia con un guía ciego” (Almuzara 2007), una sugerencia para seguir las huellas de Borges en Sicilia.

                Como músico acompaña habitualmente al cantaor Juan Luis Pineda, con quién ha grabado el disco Olla de grillos

 

MADEIRA 1: Vuelo a Funchal

8 Nov

El Vasco de Gama es un largo tránsito entre la niebla rodeado por farolas de luces amarillas. A las 3,30 de la madrugada en el aeropuerto de Lisboa me llama la atención la cantidad de gente durmiendo por los suelos, ¿es que no hay suficientes bancos? El cambio horario con nuestros vecinos me regala una hora más de espera, yo también intento dormir, pero las puertas de embarque se van llenando o vaciando de viajeros al son de los altavoces, las llamadas de aviso son continuas y repetidas en tres idiomas, el sonido de las ruedas de los trolleys, las conversaciones a gritos… A las 6,30 empiezo a no soportar la suciedad de mis manos, del foulard con el que intento sin éxito defenderme de la luz y, por supuesto, de los duros bancos de plástico. No hay un lugar tranquilo para dormir, así que desisto, pero mis propósitos de aprovechar el tiempo leyendo los apuntes de la imagen poética también se estrellan en mis ojos enrojecidos. Mejor bajar los párpados, no hay nada fuera de ellos lo suficientemente importante —puede que tampoco dentro— pero ahora solo toca esperar. Hasta que por fin el deseado numerito para el embarque aparece en pantalla. Entonces, toda esa desidia se convierte en prisas y movimientos compulsivos… y es cuando llega el instante del pánico: ¿dónde está la tarjeta de embarque? Palpo todos mis bolsillos: ¿habré perdido, a lo largo de los numerosos lugares por donde me he arrastrado, el salvoconducto que me permitirá liberarme de esta cárcel acristalada?

Amanece en una Lisboa rodeada por nubes, aún así puedo ver los tejados rojos, el enorme y verde estadio del Sporting, y algunos parques y avenidas. El mar pronto se hace dueño del paisaje, y cruzamos el Atlántico mientras las nubes adoptan todos los tonos posibles de púrpuras (“La Aurora temprana de dedos de rosa”, como diría Homero) hasta terminar en el blanco refulgente de un buen día soleado.

Tras hora y media, en la que sí consigo dormitar, el avión da un giro sobre sí mismo, más parecido al de una exhibición de acrobacia aérea que al de un vuelo comercial, y aterriza en el aeropuerto Cristiano Ronaldo peinando con su ala izquierda los tejados cercanos. Veo aproximarse el mar azul por la proa, ¿tendrá suficiente pista? Por lo visto tras la ampliación, el aeropuerto es mucho más seguro…

Funchal aparece como una ciudad extendida en la que las casas llegan casi hasta las cimas de unas enormes montañas buscando siempre el menor desnivel posible, y dejando libres solo los barrancos verticales. Cuentan que cuando la Reina Isabel de Castilla le preguntó a Cristóbal Colón cómo era Madeira, este cogió un papel, lo arrugó con sus manos y al soltarlo sobre la mesa le dijo: “Así es Majestad”. Buena comparación. Los picos de miles de metros, con sus correspondientes coronas de nubes, caen casi en vertical hasta el mar, las torrenteras han excavado profundos barrancos, y las cataratas de agua se deslizan por las vertiginosas laderas. Pero durante el recorrido hacia el hotel voy descubriendo cultivos en terrazas, túneles perfectamente conservados, viaductos y cauces de hormigón en lo que significa una lucha continua contra este relieve volcánico negro, hostil y magnífico.

También observo que la vegetación, como un regalo de la Naturaleza, crece con feracidad asombrosa, y a poca distancia de la costa se vislumbran las sombras de las islas Desertas, donde solo habitan aves.

Mi trabajo en el restaurante indio

26 Oct

 25 de agosto 2012

Mi trabajo en el restaurante indio consiste en secar las tazas, los platos, el enorme surtido de bandejitas y pocillos que utilizan para cada salsa, otros recipientes como el bowl del arroz o la fuente de la carne, y colocarlos en los estantes. Secar y ordenar, rápidamente porque se les acaban enseguida, y siempre de pie.

Me encantan los olores, los sabores a especias desconocidos y sus múltiples salsas que convierten en una aventura descubrir de qué están hechas. En la sala, decorada con carteles de sus actrices famosas de Bollywood, siempre suena música de guitar o de flauta, y además encienden velas de incienso por las esquinas, por lo que consiguen una atmósfera muy sensual.

Los propietarios son una enorme familia —hermanos, tíos, primos—, a los que conforme van llegando para trabajar en este o en otros restaurantes de la cadena, los acoplan en pisos que tienen repartidos por toda la ciudad. Aquí solo trabaja una chica, Priya, que es más o menos de mi edad. Tiene un precioso color cobrizo de piel y el pelo lacio cortado en media melena al estilo europeo, nada que ver con las gruesas trenzas, ni el espeso maquillaje de las que cuelgan por las paredes. Sobre la frente, —en vez del punto rojo habitual propio de las casadas—, ella tiene un enorme lunar, negro y algo desplazado hacia la ceja derecha, como un tercer ojo errático o rebelde.

Y les va fantásticamente bien, siempre lleno, siempre la cocina ajetreada. Los camareros lanzan las propinas, que son altísimas, a un bowl metálico, y el sonido que hacen al caer se me antoja el de las limosnas en el cuenco de los mendigos. Al final del día se sientan alrededor de una mesa para contarlas con veneración. A mí, por supuesto, no llegan.