Sombras

7 Jul

Eva Monzón

Ed. Dauro

Un encuentro entre dos hombres, al parecer esperado por ambos, comienza la narración que nos lleva directamente a la escena de una masacre. A partir de ahí, la autora nos sumerge en el mundo asfixiante y opresivo de las sectas, siguiendo una estructura fragmentaria, en el espacio y en el tiempo, como espejos que repiten los mismos hechos: la desaparición de dos mujeres, la vida en el interior de la casa y la muerte colectiva de los miembros desde diferentes perspectivas. Ya en las primeras páginas se anuncia su estructura: Encima lo lees en desorden; así como el recorrido que tendrá la historia en el autobús donde escapan, hacia una supuesta nueva y mejor vida, las dos mujeres: El tiempo viajaba hacia atrás, a cada curva se alejaban de todo. Por lo que hasta no completar la lectura desde los diferentes ángulos, no se conoce lo que realmente ha sucedido.

Por un lado la secta y sus miembros, cada uno con su historia y su maleta de frustraciones; por otro, la investigación policial y los habitantes del pueblo, que se debaten entre el interés económico, el civismo responsable y la necesidad de fama; así como los medios y el propietario de un blog que cubren la información de forma más que cuestionable. Narrativa de género negro: el dossier con las declaraciones de los testigos sirve para narrar los hechos trágicos, presentar a los muertos y a los vecinos; alternada con otra de naturaleza poética e intimista, cuando la autora nos cuenta las vidas de los implicados antes de ser obligados al lavado mental: se contaba lo que contó cuando aún podía.  

Pues, como en toda manipulación, la desmemoria es obligada para pertenecer a la secta. Algo buscado por sus miembros, ya que todos huyen de un pasado lastimoso, me da igual lo que pase, lo que no soporto es lo que pasó: desde un marido maltratador hasta una brutal dictadura o una guerra; y buscan convertirse en otros, para lo que desarrollan una gran capacidad de simulación: Ella, como todos, acopla lo que piensa a lo que quiere pensar, y si no funciona, lo cambia sin más. Varios personajes incluso cambian de nombre, a la búsqueda de nueva identidad pues iban a eso: A ser otros siendo ellos (…) Te disfrazas de todos, y nadie te ve. Las mujeres desaparecidas: Beatriz y Marga-Rosa, la musulmana Aisha, la rumana Blanca, un líder a la busca de carisma,  la señora Matilde pues no hay edad para la estupidez, Alfredo un aburrido existencial y otros, deciden vivir fingiendo. Hasta convertirse en sombras.

El lector asiste a la investigación del crimen en paralelo a la elaboración de la imagen del líder: …alguien superior a quien admirar (…) que se sintieran inferiores para temerlo; y a la construcción de la doctrina de secta: No más consejos, tocaba dar normas. Normas fáciles para que todo el mundo sepa lo que tiene que hacer, normas para alejar los pensamientos, para llenar el tiempo, idea que ya recoge la autora en su novela El día a día: lo cotidiano calma, sirve para sobrellevar la vida. Ideario en el que se cuela, por supuesto, el pensamiento mágico sobre la condición humana y su destino: Debe ser cierto que algo, o alguien, guía los pasos errantes. 

Entre los vecinos del pueblo y la secta se establecen relaciones de conveniencia: los de abajo eran un buen negocio para todos, había más ventas desde que llegaron; de simple curiosidad, expectativas de aventura y fama en los adolescentes, sin calibrar las consecuencias: seremos los héroes. Ya verás, vamos a ser famosos, actitudes de las que tenemos ejemplos tristemente reales; o incluso afectivas, como la señora Palmira a la que la joven musulmana le recuerda a su hija. Cuando los hechos se descubren una corriente de vergüenza se extiende sobre su silencio cómplice, pero no es la primera vez que un colectivo fanático termina mal, se justifican. Aderezado con la banalidad de los medios informativos y el periodismo sensacionalista que sólo buscan la noticia. Pero es igual a como se ve en las películas, no parece real, dicen asombrados los vecinos. La muerte de los sectarios ha sido tan ficticia como su vida.  

La autora nos lleva a una reflexión sobre la manipulación social, pero también sobre la necesidad humana de pertenecer a un grupo y de paso darle sentido a la existencia: Tenía esa mirada. Ya sabes, esa que solo ve lo que quiere ver, pues no es algo tan simple: ¿dónde termina la manipulación? Pregunta muy necesaria en tiempos de desinformación donde la postverdad circula sin control, y la autora realiza de nuevo un paralelismo, esta vez entre el mundo de la secta y el de los que somos supuestamente libres: Qué más da seguir las estructuras sociales de afuera que la lista de tareas de dentro.

Frente a todos, el personaje del inspector Eladio Gómez, policía honrado al que este suceso le ha arrollado y para el que la muerte colectiva no ha prescrito, porque ¿cómo envejecen los crímenes? El tiempo los va deformando, los moldea, reestructura y cambia, sobre todo si nunca se sabe con veracidad qué sucedió porque ya a nadie le importa. ¿Y las culpas? Quizás nadie es culpable, o quizás lo son todos, porque los sucesos son fruto de un juego de decisiones, pequeñas, en apariencia sin trascendencia, ni equivocadas ni correctas, actos cotidianos sobre los que nadie reflexiona que se enredan unos con otros: hablar de más en la mesa de un bar, retrasarte en buscar a tu novia, cambiar el turno de cocina… que juntos llevan al drama final. ¿Se podía haber evitado? Pregunta que me lleva a la teoría budista del karma y al precioso relato Los ojos del hermano eterno de Stefan Zweig, en el que un antiguo guerrero intenta liberarse de las consecuencias de sus actos.

La novela es un buen trabajo de profundización psicológica (como no podía ser de otra manera dada la formación académica de la autora), una búsqueda de la verdad entre tanta parafernalia ideológica que ahora se no vende como solución simplista, y una apuesta de juego narrativo muy en consonancia con los procesos para reconstruir los hechos que se producen en nuestra memoria. 

Eva Monzón nació en Santander, actualmente vive en Valencia donde trabaja como psicóloga clínica y jurídica. Ha publicado “Tiempo muerto” Bartleby editores; tradujo el diario de Steinbeck: “Diario de una novela: las cartas al Este del Edén”; su cuarta novela “Errantes” fue publicada por Paréntesis y reeditada por Sargantana, que también le publicó su quinta novela “El día a día”.  Su sexta novela es “En esa delgada línea” editada por NPQ

Tiene escrito el guión cinematográfico de “Entreactos” y de cinco cortos, así como las obras de teatro: “Lo que no se quiere recordar”, “El jurado”, “El descubrimiento”, y con “La pelea” ganó el certamen de Crono Teatro y fue publicada por Estreno. Publica relatos y poesía en varias revistas y mantiene activo su blog Fragmentos que ganó el premio Leibster Award.

Todas las imágenes del estudio

26 Jun

Tus libros de la facultad los guardé en el estudio, dice sin mirarla, y levanta el dedo hacia un lugar impreciso del piso superior como la que ha conseguido olvidarlo. Porque su madre no solo lo cerró, sino que también echó las gruesas cortinas, día y noche, para bloquear la luz. Para bloquear el mundo.

Ana sube las escaleras poco a poco; en cada escalón una pausa, hasta llegar a esa habitación a la que no ha vuelto desde que se fue a vivir con Lucas. Al poner la mano en el picaporte, se siente invadida por multitud de imágenes, como si hubiera abierto de golpe el álbum familiar y las fotos le golpearan en los ojos: ella con sus lápices y cuadernos para hacer la tarea, adormilada abrazando a Fotón en el sofá de terciopelo rojo, su madre recitando en la tertulia… Todas las imágenes que atesora el estudio, algunas recordadas, otras que no sabe de dónde vienen, se agolpan ahora en el pecho. Cierra los ojos y espera a que el dolor pase; es un viejo conocido, sabe cómo tratarlo.

            La penumbra invade la antigua habitación luminosa. Los caballetes, los tubos de colores, los pinceles sin limpiar, muestran sus contornos difusos; incluso el resto de muebles se mezclan con las paredes, como si la negrura también se hubiera introducido en ellos. Un jaramago se insinúa en el alfeizar entre las cortinas. Siente el impulso de descorrerlas con un golpe enérgico, pero tiene miedo de que la luz la ilumine tanto que no sepa dónde esconderse. No quiere ver la imagen de su padre limpiado los pinceles, ni observando de cerca el objeto que pinta porque hay algo que le hace dudar, ni sonriéndole y preguntándole que tal van sus tareas… Pero sobre todo no quiere ver el cuadro Las olas que fue devuelto dos meses después, con el marco que lució en la exposición de Madrid, y revivir el viento salitroso, las gotas de lluvia golpeando en la ventana, la cara de excitación de su padre mientras lo pintaba, siempre unida a una expresión de irrealidad que nunca entendió, pero que ahora echa tanto de menos. No; no descorrerá las cortinas. Sabe que si ve ese espacio, lo verá a él en cada uno de esos objetos. Prefiere esperar. Coge sus apuntes, cubiertos también del aire enmohecido y polvoriento que se ha colado por los goznes de la ventana. Los aires mohosos son roedores, piensa. 

            Antes de salir se detiene a observar de nuevo la habitación. Sombras y aires viejos, algún día os pararé los pies, promete. Al cerrar la puerta le parece oír un silbido, como si hubieran emitido una larga y lastimosa respiración a coro.

Fragmento de la novela En el río trenzado

Reyes García-Doncel            

MADRE DEL AGUA Por las huellas del Tao

7 Jun

El poemario de Gregorio Dávila es un homenaje a la madre universal, a la madre arquetipo interior y a la propia madre biológica. Mediante mensajes directos a un tú lector; o a ese otro yo nuestro que escucha escondido en el yo que se manifiesta, y bajo la presencia omnipresente del agua (la verdad suprema es como el agua, dice el Tao) aguacero, lluvias, lloviznas, nieblas… el autor consigue llevarte hasta un mundo de dulzura y armonía con la Naturaleza.

En forma de 81 poemas (los mismos que el Tao Te Ching), prosa poética y haikus, en los que él es un experto, su serena visión de la realidad no le impide mostrar la belleza violenta del instante: el mordisco del vendaval; el sauce lagrimea por mi aorta; las ramas surcan el filo en la aurora. Ese aquí y ahora eterno que… se muestra fractal, una muesca en el tiempo.

Libro sabio, para releer y meditar, que ha recibido el XXII Premio de Poesía Eladio Caballero 2019. Ayuntamiento de Tomelloso.

Enhorabuena amigo, me siento orgullosa de esta palabra, y gracias por escribirlo.

Velocidad de los jardines

13 Abr

Eloy Tizón

Páginas de Espuma

Leer Velocidad de los jardines te devuelve al estado de asombro literario, pues sin recurrir a palabras exquisitas, pero sí precisas y sugerentes, el autor consigue transmitir emociones y reflejar atmósferas: «Una sombra fría de color té va descolgándose desde los hombros de los árboles hasta el amarillo humillado de las margaritas», con profundidad y belleza. Pero este libro también es un regalo íntimo, que aborda el inevitable paso del tiempo, los recuerdos y la añoranza del pasado, temas ineludibles para el ser humano, llegando a alcanzar la definición que del relato hace el propio autor: «Te leen a ti. Un buen cuento es un acelerón de la mente». Y cuando esto ocurre, además de disfrutar de la lectura, te enamoras del libro.

Su primera edición fue en 1992, y veinticinco años después (2017) se produjo la reedición, añadiéndole un prólogo, que ahora tenemos entre las manos. No solo no ha envejecido mal, es que ha crecido y se ha convertido en un clásico contemporáneo. Es un libro para no parar de subrayar, con asociaciones sorprendentes: bañeras forasteras, duchas resentidas, maletas boquiabiertas, cafeterías delictivas… ―y podría seguir poniendo ejemplos soberbios―, que generan imágenes llenas de expresividad, a veces hiperrealistas, casi siempre oníricas, quizás con la intención de atraparlas pues él mismo anhela: «Congelar la imagen para congelar el tiempo». Los relatos tienen una estructura muy sencilla ―el autor admite preferir la lírica a la épica― de forma que la interpretación poética de la realidad refleja lo que hay más allá, lo imposible de explicar, lo inefable: «…los mozos de cuerda sorteando cada charco, tiene algo de baile de máscaras en un jardín zoológico»; en ocasiones con cierto aire de teatralidad: «En el reflejo del vidrio, el bar duplicado parecía más alegre.»

El prólogo Zoótropo. Biografía de un libro es un magnífico relato autobiográfico que tiene tres hilos conductores: la sociedad española en los años 60 al 90: «Había más bingos que bibliotecas. Más salones de bodas que galerías de arte»; la historia de este libro, y el nacimiento del escritor, el proceso por el que Eloy Tizón se va identificando con el oficio: «Con esta mezcla de gracia y bricolaje que es la escritura», y reconoce qué es y qué no es Literatura. De hecho el lector se asombra de que un libro de esta calidad fuera escrito a edad tan temprana. Así mismo el autor nos da valiosas lecciones de creación literaria: «Algo auditivo, sonoro, filarmónico. Eso es literatura»; incluso fórmulas matemáticas: «Cuento = rigor técnico + compasión humana»; o nos confiesa sus estrategias: «Escuchas sin pausa “Take This Waltz de Leonard  Cohen para entrar en su ritmo y  adoptar su cadencia», pues para él «aprender a escribir es aprender a sintonizar».

Como se ha dicho, el tema que sobrevuela todos los relatos es el inevitable tránsito del tiempo y la nostalgia de un pasado que no volverá: «Nuestro pasado va siendo engullido en pedazos por el vagón mercancías», mostrado en diferentes escenarios. Entre ellos:

―Las zonas deprimidas de la ciudad, metáforas de la propia soledad y decrepitud: «Edificios en demolición parecen enormes caries dentales». En el relato Austin, un profesor conduce en Nochevieja por carreteras del extrarradio, solo y borracho: «Miró al espejo retrovisor y saludó al joven Austin de los veinte años». O en el magnífico Los puntos cardinales, narrada en primera persona por un viajante de comercio taciturno que debe alojarse en «apartamentos con vistas a un anuncio de Cinzano». O bien Cubriré de flores tu palidez, donde un marido abandonado observa en un bar a una muchacha pálida y drogadicta, con un vestido de flores: «El mundo aúlla por amor mientras se destroza».

―La familia como germen de los recuerdos: Escenas de picnic relata amores incestuosos: «Hermana mía, tu desnudo esmalta mis insomnios»; o Los viajes de Anatalia, en el que una familia con la hija enferma atraviesa en tren Europa durante la guerra; y Familia, desierto, teatro, casa: Bernardo estudia matemáticas en casa de Mabel, donde pasaban cosas raras y «olía a medicamentos maltrechos, a bombillas fusiladas».

―Los recuerdos pueden ser inventados y eso tiene mucho que ver con el proceso de creación literaria como  En cualquier lugar del Atlas donde dos escritores están obsesionados con una inmigrante, Klara, y sus amigos que viven en los cementerios: «esos sembrados de calcio». O bien con los escritores de referencia del autor, por ejemplo Carta a Nabokov.

―Unido al desasosiego del envejecer, viene la añoranza por la juventud perdida, que se nos muestra en los relatos de amores adolescentes La vida intermitente: dos compañeros de COU, «juntos y resumidos», en un mundo joven y perfecto, o quizás en un decorado: «Un museo de gestos con risas del pasado». Y por supuesto el relato que da título al libro Velocidad de los jardines que narra los problemas amorosos a la par que los contenidos de 3º BUP: «…en aquel momento nos parecía tan importante como el asesinato del archiduque de Sarajevo y el cálculo integral juntos», lo que refleja magníficamente la vida en un instituto y la mente del estudiante. Al aumentar los años aumenta la velocidad de la vida, pero esa capacidad cinética también la tiene Olivia Reyes: «Todo adquiere un ritmo, una velocidad diferente cuando la puerta se abre y entra en clase Olivia Reyes».

―Y para cuando el peso del pasado se descubre limitante, el magnífico relato fundacional del libro, Villa Borguese: Bruno y Eva se cruzan, se miran pero no se hablan, «cuando Eva caminaba, estaba sentada sobre su maleta»; «Bruno se refugiaba en el parque cada tarde como en un gran islote verde de paz y rencor», mientras las tatas condenan a merendar a sus pupilos y el sol se descuelga de los árboles.

La velocidad que imprimen los años no le han impedido al autor contar estas historias con lentitud, macerando cada frase, enhebrando «todos los jardines que te vienen a la memoria desde tu infancia». Quizás para exprimir el tiempo, quizás para atrapar lo inasible, los cuentos de Eloy Tizón nunca se acaban, «ningún cuento está completo si no le falta algo». Esa tarea se la deja al lector. Pero en eso se reconoce a la buena literatura, en la capacidad de transformar el material que atraviesa, para encontrar en cada uno la milésima parte que tenemos de únicos.

«Escribir, como vivir ―como leer buena Literatura, añado yo― siempre deja cicatrices».

Reyes García-Doncel

Eloy Tizón (Madrid, 1964) Reconocido autor de tres libros de cuentos: Técnicas de iluminación (2013), Parpadeos (2006) y Velocidad de los jardines (1992 y 2017); de tres novelas: La voz cantante (2004), Labia (2001) y Seda salvaje (1995); y del ensayo literario Herido leve. Treinta años de memoria lectora (2019).

Ha sido incluido entre los mejores narradores europeos en la antología Best European Fiction 2013, prologada por John Banville. Sus obras forman parte de numerosas antologías y han sido traducidas a diversos idiomas.

 Colaborador asiduo en medios de comunicación desde joven, durante cuatro años mantuvo en El Cultural la columna Vértigos.

Ha impartido numerosos talleres de narrativa, en centros como La Casa Encendida, Fuentetaja, Festival Eñe, etc. En la actualidad imparte un taller de narrativa breve en Hotel Kafka y otro de lectura crítica en Ítaca.

Biografía con libro.

15 Mar

Corrían los años 70, en los últimos estertores del franquismo, cuando los sonidos del silencio se oían nítidos junto a los de cantautores solitarios con sus guitarras, cuando Leonard Cohen era partisano y maxis y minis invadían las calles, cuando a nuestra España gris llegaban los ecos del nirvana y de Acuario, yo descubrí a Rabindranath Tagore, que se alzó sobre otros ecos, los gitanos de Lorca y los marineros de Alberti, que en esos momentos recitaba. Si los poetas andaluces estaban en mi piel, respiraban en mis entrañas porque además de en los libros yo los oía en las voces de mi casa y mi colegio, en la calle, eran la corporeidad y sensualidad de mi propio mundo, Tagore fue un destello de levedad, de volar por encima de esa realidad. La cosecha, de la editorial bonaerense Losada, llegó a mi vida el año 1972 unida a cánticos en sánscrito y varitas de incienso, rodeada de palabras románticas como liberación y paz en el mundo, en esa época donde crees tener todas las respuestas. Su espiritualidad, la sensualidad ―de otro tipo― de su lenguaje con imágenes serenas, su búsqueda de la belleza, su conexión con la Naturaleza me abrió otra forma de enfocar, me acompañó hacia otra perspectiva y, sobre todo, marcó el inicio de un camino que, abandonado y retomado a lo largo de los años, siempre ha sido definitorio en mi vida. La cosecha reúne aforismos, poemas, y relatos líricos, una suerte que fuera mi iniciación en este prolífico poeta, Premio Nobel de Literatura 1913, pues se puede considerar un compendio de casi todos los géneros que trabajó.

“Ya estaban extinguidas todas las lámparas y cerradas todas las puertas de los hogares. Y el sucio cielo de agosto ocultaba el fulgor de todas las estrellas”.

Pasaron los años. En la vorágine de la juventud productiva, tanto laboral como biológica, me olvidé de su tierna búsqueda de la espiritualidad ―donde la amada es el alma, en el más puro estilo de San Juan de la Cruz―, además durante el desmantelamiento de la casa paterna lo perdí. Pero ahora que lo años vividos se imponen a los por vivir, y me encuentro instintivamente haciendo balance, me ha resultado necesario que este libro volviera a mi vida, así que en un ejercicio de justicia divina, como una restitución necesaria para recomponer mi historia, o quizá por la ilusa pretensión de recuperar la mirada adolescente, lo busqué en Iberlibro, y lo encontré ―rubricado con el nombre de otra mujer, en otro año diferente―, ya de nuevo es mío, y ocupa su lugar imprescindible en mi biblioteca. 

“Tú hiciste lijeros tus vientos, y tus vientos son lijeros en servirte. A mí me cargaste las manos, porque yo mismo las alijerara, y yo he ganado para tu servicio la ingrávida libertad.”

Al cabo, su voz suave ha vuelto a acompañarme e incluso ha sido capaz de inspirarme algunos versos.

Reyes García-Doncel

BAJAMARES

13 Feb

Antonio Tocornal

Ediciones Insólitas

Hay libros que no basta con leerlos una vez, que antes de acabarlos ya sabes que tendrán una relectura, libros que agradeces tenerlos entre las manos como quien ha descubierto un tesoro inesperado. Bajamares de Antonio Tocornal es uno de ellos, del que me atrevo a hacer esta reseña a sabiendas de que habrá capas de comprensión y facetas de la historia que se me quedarán atrás, pues tal es la cantidad de símbolos que aparecen y tan bien narrado el relato.

La novela se desarrolla en Roque Espino, un islote inhóspito  rodeado de farallones que se ha cobrado muchas vidas a lo largo de los años. A la necesidad imperiosa de un guardafaro responde el protagonista, con la condición expresa de que nadie pise la isla, salvo el barquero que cada quince días le lleva los víveres y útiles necesarios. Y en este escenario isla, el autor despliega  un espléndido relato sobre un hombre también isla que, al igual que su hábitat rocoso, está rodeado por abismos personales.

       Cinco voces a coro nos conducen por un texto onírico y poético, a veces duro y soez, a saber: la voz del guardafaro ―que repasa su vida desde que siendo muy joven se hizo cargo del faro, pero no en una forma de tiempo lineal, sino circular, como corresponde a un hombre que se rige por los ciclos de la naturaleza―; la voz del barquero ―el único ser humano en contacto, que nos va descubriendo la extraña relación que mantienen ambos―; la voz de un narrador omnisciente, una sucesión de documentos oficiales sobre diversos temas y finalmente un largo lamento de la madre muerta. Ni el guardafaro, ni el barquero, ni por supuesto la madre muerta, son narradores creíbles pues ocultan, cambian e incluso inventan hechos, pero frente a ellos el autor utiliza al narrador omnisciente y a los documentos, de forma que su lejanía proporcione la fiabilidad necesaria, y muestre que no todo es como aparenta en la mente del farero. Además esta alternancia de perspectivas le da agilidad al relato de un hombre solo en una isla lejana, lo que podría convertirse fácilmente en un monólogo agobiante.

Pero no ocurre así, pues es una delicia dejarse llevar por la prosa de Tocornal, por su maestría en el uso del lenguaje, por las imágenes que despliega, y asistir a través de los ojos del guardafaro a las pleamares y bajamares, a las noches estrelladas: el negro del mar y el negro del cielo se funden en una noche sin luna a través de la costura de un horizonte ciego que es como una cicatriz, al canto de algún grillo osado que llegó enredado en la tela de su viento, a los cambios de estaciones. Asistimos a pasajes escatológicos ―magnífica y valiente descripción del acto de defecar―, eróticos ―precioso el del árbol de las novias―, o violentos, pero siempre envueltos en olores, luz y sabores capaces de crear un estado de ánimo en el lector y un ambiente perfectamente creíble, sin necesidad de un argumento complicado, solo al compás de las mareas y los años.

Los “personajes” que acompañan al guardafaro durante toda su vida son: un perro ―con ojos de persona y que no envejece―; miles de omnipresentes lagartos: diablos subalternos (…) parecen una lengua movediza que siempre va unos pasos por detrás, como el manto verde y vibrante de algún rey excéntrico; los náufragos enterrados en el Cementerio de los Pies fríos: como si el mar reclamase para sí, dos veces al día, los cadáveres que se había cobrado, que él se preocupa de acondicionar: Me gusta la dignidad, la poesía y la tragedia que encierran los naufragios; un cangrejo ermitaño y aristocrático metido en una caja de oro con incrustaciones; los graznidos de las gaviotas, como una coma o un punto y coma en el cielo; el árbol de las novias; la ballena con la que tiene un vínculo ancestral, como si fuesen de alguna manera miembros de la misma familia… Y un voluminoso diccionario enciclopédico. Resulta contradictorio, y a la vez esclarecedor, que una persona tan huraña y asocial tenga ese amor por las palabras, aunque no le ponga nombre propio a nada de lo que le rodea porque… el único que podía nombrar las cosas no tenía quien lo escuchase. Cada día él las estudia y eso le mantiene su condición humana. Memorable el pasaje de las ballenas flotadoras y las palabras navegando por el mar, preciosa metáfora del lenguaje: en la encrucijada movediza de un mar lejano y entre ellas formaban una frase breve en el tiempo.

El autor lleva al límite las condiciones de vida, pero el guardafaro ama la naturaleza, su islote y su soledad: Allá afuera parece que siempre tuviera una cita conmigo mismo a la que no hubiera prisa por llegar, porque a pesar de la dureza, ha sido capaz de crear un universo que incluye un camino hasta las antípodas donde habita su otro yo, en un faro idéntico, por cuyos mares también habrá navegado la ballena. Además tiene lo más importante: ¿Hay alguien más rico que el que se puede permitir perder su tiempo sin sentirse culpable por ello?, porque como repite a lo largo del texto:el tiempo en el Roque no significaba gran cosa. Un hombre con la experiencia de años en leer los signos del viento y del mar, que conoce cada mm de roca, es muy creíble que diga: Nada es eterno, ni lo bueno ni lo malo, y que los días en rojo de su calendario no sean los oficiales sino aquellos en los que ha disfrutado de algo especial, por ejemplo la llegada de una botella con la marea. En ese tiempo eterno se abre la Posibilidad, siempre en mayúsculas porque lo completa todo, es el destino, el camino que se bifurca… o no.

Los problemas existenciales y metafísicos que plantea el autor conviven con historias de naufragios y con un halo de libro de aventuras: aparte del obvio Robinson Crusoe, revivimos el Viaje al centro de la Tierra, y la idea del doble, de las vidas paralelas mientras se sueña, como en Antes de Adán. Sin olvidar el humor que intercala de forma elegante, como la ecuanimidad del farero con las ramas de levante y poniente en el árbol de las novias, la actitud supuestamente solemne de los lagartos del cementerio, o la historia del alcalde innovador.

A la vejez del guardafaro se descubre su trágica y espantosa historia familiar, y se intuyen los motivos por los que decidió recluirse en la isla, la huida como opción vital. Toda la familia de palabras que incluyen amor, amistad, cariño, afecto… No me salen. Y al final la ballena, con su sabiduría ancestral grabada en la retina, vendrá en su auxilio para proporciónale el único lugar donde puede encontrar la paz.

Antonio Tocornal nació en San Fernando (Cádiz). Cursó estudios de Bellas Artes en Sevilla y tras una larga estancia en París (1984-1991), se instaló definitivamente en la isla de Mallorca. Actualmente se dedica exclusivamente a leer y a escribir. Compagina esas actividades con la realización de informes de lectura para escritores, correcciones de estilo, así como asesoramiento personalizado para narradores y clases particulares de escritura creativa. Es colaborador en las revistas Moon Magazine y  RSC Culture Magazine. Publicaciones: La ley de los similares (novela) Editorial Dauro. 2013; La noche en que pude haber visto tocar a Dizzy Gillespie (novela). XXII Premio de novela «Vargas Llosa». Editorial Aguaclara. 2018; En el paréntesis del mundo (relato). Premio «Ignacio Aldecoa» de la Diputación Foral de Álava. 2020 ; Bajamares (novela). XIX Premio de novela corta «Diputación de Córdoba». Editorial Insólitas, 2020; Pájaros en un cielo de estaño (novela). Premio «València» de Narrativa en castellano Alfons el Magnànim. Editorial Versátil. (Publicación prevista para diciembre de 2020); Numerosos relatos en antologías, revistas y revistas digitales.

La forastera

11 Dic

Olga Merino

Ed. Alfaguara                                  

Además de los genes y las posesiones, se heredan algunos actos, y sus vergüenzas, como si con la memoria familiar se transmitiera de una generación a otra el ADN de un patrón de conducta, tan inevitable como una enfermedad. Esta es la hipótesis que le sirve a la autora de esta magnífica novela para reflexionar sobre los motivos que impulsan al suicidio: “como un comportamiento aprendido. Alguien entre los familiares o en el entorno próximo se quitó la vida y ese suicidio persiste en la memoria”; como una de esas cosas que se mete en la sangre y los miembros están abocados a cumplirlo: “Los que se matan están arropados por otros muertos, por la tradición agónica de quienes los precedieron”; suicidio por desamor, por el peso de un secreto, porque el mundo conocido se acaba, o porque “se lo comía la tristeza, y sus muertos lo llamaron” en algunas familias el suicidio es un destino inexorable.

Ángela, protagonista y narradora de La forastera, es una mujer madura que regresa de Londres, tras una traumática ruptura amorosa, al pueblo del que sus padres emigraron, una tierra de olivos, frutales, huertas y cereal, pueblo del que jamás se dice su nombre y que podríamos situar en la campiña del alto Guadalquivir, en busca de lo que ni ella misma sabe muy bien: “¿En qué malgasté mi vida? ¿De qué iba huyendo?” Vive en El Hachuelo con la única compañía fiel de sus dos perros, y la ocasional de dos inmigrantes, jornaleros del cortijo Las Breñas, propiedad de los terratenientes, los Jaldones, con los que mantiene una antigua disputa por el robo de las tierras a su familia, los Maroto. Tras la aparición del amo Julián Jaldón ahorcado, se produce una sucesión de acontecimientos, entre ellos nuevos suicidios, y desvelamiento de secretos con los que Ángela asume que para tener un presente debe conocer y asumir los fantasmas de su pasado.

Olga Merino desarrolla en tiempo presente el conflicto con los habitantes vivos del pueblo y los actuales propietarios; y en pasado, su infancia, la relación con su padre, los rencores y sucesos entre ambas familias, y la relación con su novio inglés. Haciendo gala de un potente pulso narrativo, la autora consigue que este cruce continuo entre dos tiempos, presente y pasado, lo realicemos con absoluta facilidad, como si estuviéramos dentro de la mente y los recuerdos de Ángela. A partir de ahí la colección de personajes que la rodea ―tanto los vivos y presentes, como los recordados, o los espíritus familiares que la acompañan― se dibujan con enorme maestría, entre ellos: la tía Emeteria, espiritista y espíritu aparecido, que trabajó de sirvienta en las Breñas y guarda un secreto muy doloroso y decisivo para sus vidas; su padre, enfermo del pulmón por trabajar en la fábrica, al que ella siempre sintió como un desconocido: “Un hombre demasiado mayor para tener una hija tan pequeña. Yo fui un desliz, y lo miraba con recelo, embebido en sí mismo, remugando”; Niger, su novio inglés, un pintor neurótico con el que descubre la auto destrucción en el amor; Ibrahim, senegalés, callado y trabajador, con el que desarrolla una relación ambivalente; las mellizas, distantes y especuladoras; el capataz Dionisio, que no sabe adaptarse a los cambios; Tomás, hippie trasnochado que regenta un bar donde se puede oír buena música; o el viejo Rodales al que permiten vivir en la abandonada fábrica de harina… Con ellos construye una historia dura, como el paisaje, en la que todos guardan secretos y todos están unidos entre sí: “todos somos medio parientes, hijos del incesto” y a la tierra, ya sea madre o madrastra: “La tierra hambrienta reclama lo que le pertenece.”

Si es de alabar el pulso narrativo, más lo es el estilo, muy visual, casi fotográfico a veces: “… normas y lejía es lo único que pueden ofrecerle”, dos sustantivos para definir un asilo; “El coche olía a ambientador de barra americana, a Ducados, a hombre solo” o para describir certeramente al personaje; siendo poético en otras ocasiones: “Un temblor en el aire, el crujido de una semilla que germina, el hervor de los insectos, la avidez de la mariposa negra que revolotea sobre las espinas de una aulaga”; utilizando siempre un amplio y preciso vocabulario del medio rural ―que me hizo recurrir con frecuencia, pero gratamente, al diccionario― con el que demuestra tanto su conocimiento: “Es malo quemar leña de higuera. Los ajos no deben plantarse con luna menguante. La encina es el árbol que más atrae la descarga del rayo”, como su amor por la Naturaleza, y con el que además de ilustrar su prosa, reivindica la riqueza de nuestro patrimonio cultural y natural. ―Y de otro contexto no me resisto a reseñar la magnífica descripción del estudio, el trabajo y los colores que utiliza el pintor―. 

Pero esta es una obra llena de aristas, con varias capas de lectura, y en un nivel más profundo, la autora ha escrito una novela sobre aprender a volver, a tus orígenes, a tus antepasados, a ti misma. No es casualidad que Ángela estuviera leyendo Pedro Páramo. Ella ha vuelto a la tierra donde nació y vivió su padre, en la que los muertos hablan entre sí y con los vivos: “Los muertos no necesitan articular palabras para hacerse entender”;  los muertos siguen habitando sus casas: “Las casas tienen memoria. A veces, los muertos se ríen”, donde crecieron y parieron: “Todos mis muertos suben a la superficie mientras trato de poner orden en mi cabeza”, y al igual que en la novela de Juan Rulfo, en el pueblo parecen estar todos muertos, porque prefieren callar a luchar por su tierra, que será arrasada y perderá la identidad.

Vivir en un pueblo aislado implica vivir en un tiempo más flexible, percibir con distinto sentido el espacio: “El ritmo cíclico del campo, la cadencia de las estaciones, me absorbió y acabó diluyendo los restos de lo que fui.”, lo que ella necesitaba para sosegarse.También es un universo cerrado y fisgón, clasista y machista, una manada espesa: “Y las risotadas, el ejercicio colectivo de una mordacidad defensiva”, que le hace recordar por qué se fue. Pero en su recorrido de ida y vuelta, Ángela ha aprendido a defenderse: “Ten cuidado, despojo; las lobas sabemos dónde hay que morder” y, sobre todo, a no estar jamás sola: “no temo la soledad: mis muertos me acompañan”.

BIOGRAFÍA

Olga Merino (Barcelona, 1965) es licenciada en Ciencias de la Información y máster en Latin American Studies por la University College of London (Beca La Caixa/British Council). Ha residido en Londres y en Moscú. Ha publicado cuatro novelas: Cenizas Rojas (Ediciones B, 1999), fruto de su experiencia durante cinco años como corresponsal en Rusia;  Espuelas de papel (Alfaguara, 2004), que narra la epopeya de una humilde familia andaluza que emigra a Cataluña durante la posguerra; Perros que ladran en el sótano (Alfaguara, 2012); y La forastera (Alfaguara 2020)
Ha sido Traducida al italiano, neerlandés e inglés. En 2006, obtuvo el X Premio Mario Vargas Llosa NH de Relatos, por el cuento Las normas son las normas, y en 2013 un accésit de los Premios del Tren por el relato Presagio. Actualmente, es columnista de El Periódico de Catalunya y profesora en la Escuela de Escritura del Ateneo Barcelonés.

Presentación Eva mitocondrial en Cádiz

11 Dic

Gracias a la Fundación Ory, a Jesús Fernández Palacios por su cálida presentación, y a todos los que vinistéis a la Biblioteca provincial de Cádiz, porque ayer, a pesar de las distancias y la falta de abrazos, a pesar del rígido aforo que dejó amigos fuera, a pesar de las caras tapadas… ayer hubo poesía. Quizás influyó el plenilunio introito, como diría el propio Carlos Edmundo de Ory, que dominaba la noche.

Presentación de Eva mitocondrial en Sevilla

11 Dic

El pasado 17 de septiembre se presentó en Sevilla mi poemario Eva mitocondrial. Esta es la reseña que la poeta, dramaturga y presentadora del acto, Isabel Martín Salinas, realizó sobre la obra:

Reyes García-Doncel se ha dedicado a la docencia durante muchos años. Es farmacéutica, catedrática de Biología-Geología en Secundaria y autora de numerosos libros de texto y guías didácticas para diferentes editoriales y niveles de enseñanza. Enamorada de la naturaleza y la literatura, ambas querencias están presentes en su vida y en su obra. Es autora de varias novelas, la última publicada en 2018, Ulises con alma ajena, y ha participado en numerosas antologías poéticas y narrativas. Eva Mitocondrial es su primer poemario.

Ya de entrada nos llama la atención el título. En el mundo de la literatura científica Eva mitocondrial correspondería a un antepasado femenino común que comparten todos los  seres humanos. En el prefacio, que cuenta con textos de varias poetas, se lee “sus óvulos trasmiten el ADN de las mitocondrias, una herencia exclusivamente femenina”, de esta primera mujer, probablemente africana, que sería nuestra madre común, la madre de la humanidad.

El prefacio y luego el poemario rememoran oníricamente aquel paraíso de la humanidad prehistórica, la existencia precaria, milagrosa del día a día en un medio inclemente, y la evolución posterior, siempre desde una cosmovisión femenina. La remembranza de voces tribales, elementos como la sangre y el fuego, el bosque, el nacimiento, la vida y la muerte recorren los versos.  Destaca a lo largo del poemario su personal su visión de la naturaleza, una naturaleza real, intuitiva, subterránea.

Lo femenino primigenio transita las páginas del libro. El  origen común femenino que compartimos. “El mundo es una mujer”, leemos en un verso.

Reyes García-Doncel conjuga con acierto un léxico de tinte lírico,  a veces prosaico, o hasta científico, este último, sobre todo, en Inventario de fiestas, donde utiliza vocablos y signos matemáticos.

El poemario, de métrica variada, va desde los versos breves hasta algún atisbo de prosa poética (Berenice) y de versículos; se balancea entre el ritmo rápido, ágil del poema Reglamento y la morosidad de los veros largos.

En algunos poemas la antítesis se construye entre el dolor, lo oscuro, y la luz, la vida como esperanza: El grito. Otras veces opone la descripción realista de lo cotidiano (Tras el café)  al discurso poético irracional y simbólico predominante.

Mediante la repetición de palabras y versos logra un ritmo sugerente que deviene en mantra: El canto de la huesera.

Temas recurrentes en el poemario son la sangre, el grito, los lobos, junto con frecuentes referencias literarias, pictóricas y mitológicas (Walt Whitman, Virginia Wolf, Clarissa Pinkola Estés, Van Gogh, Edvard Munch, Astarté, Ariadna, Aracne, Venus…).

El libro tiene tres partes nombradas con un verso. En la primera parte, ¿De qué perdida claridad venimos?, se presenta una especial visión de la feminidad ante el amor y el deseo. Además,  la interpelación en el presente de la mujer que quisimos ser, o la mujer olvidada que habita como loba salvaje y libre en cada una de las mujeres. Una  imagen femenina, opuesta a la que el hombre ha construido a lo largo de los siglos.  En Ecos de Virginia Woolf leemos: “ni vientres para el barbecho de las semillas, ni animalillos, ni vulnerables”Y amonesta en estos versos: “Vosotros, los del esperma, la testosterona/ y el poder/ os equivocáis”.

Nos ofrece también  versos en los que rememora la quietud, la serenidad, el regalo de la presencia materna: Madre tejedora.

En la segunda parte, Temblando con tu pájaro de sombra, canta  la fuerza del instinto amoroso, fuerza atávica e irresistible, “Bestia abisal” y en Tu boca es el arado. O  la sensualidad como rendición y el íntimo gozo de la cercanía en calma. El amor huidizo de Te llamo y el amor cansado de los años en Quisiera saber: “Porque quiero envejecer cosida a tus miserias”.   También el paso del tiempo en el bello y nostálgico poema: Atardezco.

En la tercera parte  nos sorprende el poema que le da nombre, La huesera,  un personaje mítico, creador de vida, capaz de erigir el ser íntimo femenino. Juntando huesos de lobos, la huesera revive e impulsa a la mujer que yace al fondo,  cuyos dones interiores la civilización ha querido someter: una suerte de loba atávica que espera un gesto de la naturaleza para resurgir.

La huesera y su canto ininteligible constituyen una llamada de lo salvaje, de lo primitivo y puro, de la libertad primigenia. De la feminidad subterránea y viva.

En la misma línea, encontramos un sugestivo poema, La vieja camina,el canto mágico,  de una mujer sabia y eterna, creativa y libre, que parece tener todas las respuestas. Una invocación a la naturaleza, al bosque más denso y a la mítica loba perdida, como psicología femenina más profunda.

Finalmente, resalta en el poemario Eva Mitocondrial la reivindicación  de la feminidad ancestral que nos hermana. La esencia biológica femenina que viene de la primera mujer y llega en nosotros al presente y se proyecta al futuro. La pervivencia de lo femenino en los seres humanos. La madre primera que nos hace hermanos a todos.

Isabel Martín Salinas

EVA MITOCONDRIAL

20 Abr

Por estas fechas ya debería haber visto la luz mi primer y, por ahora, único poemario llamado Eva Mitocondrial, editado por Ediciones en Huida, colección Cara B.

Tiene un precioso prólogo elaborado por las poetas Maria D Almeyda, Elena Marqués, Ana Isabel Alvea, Rosario Pérez Cabaña, Sara Castelar y Fermina Ponce a las que desde aquí les doy las gracias.

Por lo que ya sabéis esto no ha sido posible, y como tampoco sabemos lo que nos deparará mayo, os iré contando cosas por el blog.